La enseñanza y el aprendizaje en la Iglesia


Jeffrey R. Holland

Una alta prioridad

Agradecemos al presidente Packer y al élder Perry ese cimiento inspirador para el tema de hoy, y esperamos con ansias el mensaje culminante que recibiremos del presidente Monson al final de nuestra reunión.

Como prueba de la alta prioridad que las Autoridades Generales que presiden le dan al tema de la enseñanza y del aprendizaje, este año estamos dedicando toda esta transmisión de la capacitación mundial de líderes a este tema. Quizá la razón de ello sea obvia. Todos comprendemos que el éxito del mensaje del Evangelio depende de que se enseñe, se comprenda y luego se viva de tal forma que la promesa de felicidad y salvación que nos brinda pueda hacerse realidad.

Por esa razón, la última y gran responsabilidad que Jesús dio a Sus discípulos poco antes de Su ascensión al cielo fue:

“Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;

“enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:19–20; cursiva agregada).

Lo que el Salvador recalca en este pasaje es que por mucho que sea lo que hay que hacer para vivir el Evangelio —y es mucho lo que debemos hacer para vivirlo— nada de ello se puede lograr hasta que se nos enseñen esas verdades y aprendamos el camino del Evangelio. Durante varios años, el presidente Hinckley nos ha aconsejado que mantengamos a nuestra gente cerca de la Iglesia, especialmente a los jóvenes y a los nuevos conversos. Dijo que todos necesitamos un amigo, una responsabilidad y ser nutridos “por la buena palabra de Dios” (Moroni 6:4; véase también Gordon B. Hinckley, en Conference Report, abril de 1997, pág. 66; o Liahona, julio de 1997, pág. 53).

La inspirada enseñanza en el hogar y en la Iglesia ayuda a proporcionar ese elemento crucial de ser nutrido por la buena palabra de Dios. Y la oportunidad de magnificar este llamamiento existe en todo lugar: padres, madres, hermanos, amigos, misioneros, líderes y maestros del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares, maestros de clase, incluso nuestros fantásticos maestros de seminario e instituto, que hoy están con nosotros. Y bien, la lista continúa. De hecho, en esta Iglesia, es casi imposible encontrar a alguien que no sea maestro.

El presidente Packer señaló esto en su conversación con el élder Perry al decir: “Todos somos maestros”: el líder, el discípulo, el padre, el consejero. No es de extrañar que el apóstol Pablo dijera en sus escritos: “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros”, y después de eso viene la amplia bendición de los milagros, dones espirituales y manifestaciones celestiales (véase 1 Corintios 12:28).

Haciendo recalcar la naturaleza divina de los que son llamados como maestros, un joven apóstol llamado David O. McKay dijo en una conferencia general en 1916: “La responsabilidad más grande que puede tener un hombre [o una mujer] es la de ser maestro de los hijos de Dios” (en Conference Report, octubre de 1916, pág. 57; o La enseñanza: El llamamiento más importante, pág. 3). Eso sigue siendo verdad. De esta cita sacamos la idea para el título de la maravillosa guía de consulta y manual de la Iglesia, La enseñanza: El llamamiento más importante. En el venerado himno de la Primaria “Soy un hijo de Dios”, los niños cantan esta petición a los padres y maestros:

Guíenme; enséñenme
la senda a seguir
para que algún día yo
con Él pueda vivir.
(Himnos, Nº 196)

Ésta es la tarea que tenemos en común en esta Iglesia; es la responsabilidad que compartimos. Todos somos hijos de Dios, y debemos enseñarnos el uno al otro; debemos enseñarnos “la senda a seguir”. Esto es lo que intentaremos hacer el día de hoy.

Prepararse para enseñar

Se darán cuenta al ver estos materiales esparcidos sobre la mesa que estoy tratando de preparar una lección. ¿Les parece familiar? Es la lección de hoy: una lección para todos ustedes. Prepararse para una clase requiere mucho trabajo y toma tiempo. Con respecto a esto, quisiera exhortarlos a empezar a planear y a pensar con anticipación en la lección que tengan que dar.

Por ejemplo, si fuera a enseñar una clase el domingo, leería la lección y empezaría a orar en cuanto a ella el domingo anterior. Eso me da toda una semana para orar, para buscar inspiración, para pensar, para leer y estar atento a aplicaciones de la vida real que den vitalidad a mi mensaje. No terminarán la preparación ese día, pero les sorprenderá cuántas cosas les vendrán a la mente durante la semana, cuánto Dios les dará, cosas que sentirán que deben usar cuando terminen su preparación de la lección.

Al hablar en cuanto a la preparación, me gustaría exhortarlos a que eviten la tentación que se le presenta a casi todo maestro de la Iglesia; por lo menos ha sido así conmigo. Es la tentación de cubrir demasiado material, la tentación de hacer caber más en una hora, ¡más de lo que los alumnos pueden retener! Recuerden dos cosas en cuanto a esto: primero, estamos enseñando a personas, no temas en sí; y segundo, todo bosquejo de una lección que he visto inevitablemente incluirá más en él de lo que podamos cubrir en la cantidad de tiempo disponible.

Así que dejen de preocuparse por eso. Es mejor tomar unas cuantas buenas ideas y llevar a cabo un buen análisis —y un buen aprendizaje— que estar apurado, tratando de enseñar cada palabra del manual. En estos materiales que tengo frente a mí, ya cuento con tres o cuatro veces más contenido de lo que pudiera decir o compartir con ustedes en la cantidad de tiempo disponible para una clase, por lo que, como ustedes, he tenido que escoger; estoy guardando algo del material para otro día.

Un ambiente tranquilo, sin apuros, es absolutamente esencial si se ha de tener la presencia del Espíritu del Señor en la clase. Por favor nunca olviden eso. Muchos de nosotros nos apuramos. Y en nuestro apuro, dejamos atrás al Espíritu del Señor, tratando de ganarle al reloj en una carrera totalmente innecesaria.

Demostración didáctica

Y bien, volvamos ahora a la estupenda conversación sostenida entre el presidente Packer y el élder Perry para buscar algunos de los puntos clave para el éxito en esta gran tarea de enseñar y aprender. Para ello vamos a entrar en un salón de clases aquí en las Oficinas Generales de la Iglesia en donde vamos a desenvolvernos en forma muy similar a la que esperamos que ustedes lo hagan en sus salones dondequiera que se encuentren en el mundo. Esto es improvisado y espontáneo, igual que sus clases. El maestro se ha esforzado por prepararse y orar —les aseguro que lo he hecho— y también los alumnos. Ahora que ya se ha ofrecido la primera oración, confiaremos en que el Espíritu del Señor nos guiará en nuestra experiencia didáctica.

Bienvenidos a la clase. Lo que se propone es que ésta sea una clase de tamaño medio, más o menos. Algunos de ustedes tendrán más y otros menos, pero los principios de la enseñanza serán básicamente los mismos, independientemente del tamaño de la clase. Aquí en nuestro auditorio tenemos a 15 personas absolutamente perfectas y bellas, y el número 16 es usted, que está recibiendo esta transmisión mundial.

Estén atentos a nuevas ideas, cosas que tal vez les lleguen sólo a ustedes. Quizá no tengan nada que ver con lo que estemos diciendo, pero así funciona el Espíritu. Sean receptivos a la inspiración del Espíritu de cómo pueden enseñar. Y recuerden, ¡sí pueden enseñar! ¡Pueden hacerlo!

Toda persona puede enseñar

El élder Perry le hizo una pregunta al presidente Packer a la mitad de su conversación: “¿Qué le diría a un nuevo maestro?”. Si alguien estuviera recién llamado, ¿qué le aconsejaría hacer? ¿Qué diría para ayudarle a este maestro a cobrar valor y poder aceptar el llamamiento, cumplirlo y disfrutarlo?

Hermano Charles W. Dahlquist II: Usted puede hacerlo.

Élder Holland: Usted puede hacerlo. Todos pueden enseñar. Y eso es lo que el presidente Packer dijo cuando respondió a la pregunta del hermano Perry.

Hizo referencia a pasajes de las Escrituras que prometen que podemos hacerlo. Las Escrituras siempre proporcionan palabras tranquilizadoras adicionales. ¿Les vienen a la mente algunos pasajes?

Élder Jay E. Jensen: Moroni 10:17.

Élder Holland: Moroni 10, el último capítulo del Libro de Mormón, un gran resumen sobre los dones. ¿Le gustaría leerlo, hermano Jensen?

Élder Jensen: “Y todos estos dones vienen por el Espíritu de Cristo; y vienen a todo hombre, respectivamente, de acuerdo con su voluntad”.

Élder Holland: Estupendo.

Élder Jensen: No excluye a nadie.

Élder Holland: Nadie queda excluido. Y a veces pensamos que significa: “Todos menos yo, todos pueden enseñar, pero yo no; o todos pueden ser líderes, menos yo”. Pero ése no es el caso. Estos dones son para todos. Observen una pequeña advertencia en cuanto a eso, ya que estamos en ese tema. Hermano Jensen, lea las primeras líneas del versículo ocho.

Élder Jensen: “Y además os exhorto, hermanos míos, a que no neguéis los dones de Dios, porque son muchos, y vienen del mismo Dios” (Moroni 10:8).

Élder Holland: Creo que nos sentimos un poco tentados a “negar”. Nos limitamos. Cuando recibimos el llamamiento, o tenemos que enfrentarnos a un salón de clases —y esa es una experiencia bastante intimidante para cualquiera— creo que algo dentro de nosotros dice: “No puedo hacerlo, y voy a negar. Voy a negar que ese don puede venir; voy a negar que el don es mío. En cierto modo, voy a negar la autenticidad del llamamiento”. En cierta forma, supongo que es lo que estamos diciendo. Y lo que Moroni dice aquí es “no neguéis”: “No neguéis los dones de Dios, porque son muchos”.

“Pedid, y se os dará”

Estoy pensando en algo que el Salvador mismo dijo directamente a Sus discípulos en el Nuevo Testamento, y se me ha dicho que es la promesa y declaración de las Escrituras que se repite más que casi cualquier otra en todas ellas. Alguien dijo que alguna variación de este pasaje aparece en las Escrituras cien veces. Y bien, si sólo apareciera una o dos veces, yo creo que podríamos aceptarla una o dos veces, pero algo que se repite 20, 40, 60 u 80 veces claramente tiene gran significado para el Señor.

¿Alguien tiene alguna idea de la promesa a la que me estoy refiriendo?

Hermana Vicki F. Matsumori: Creo que es el pasaje que dice algo sobre pedid y llamad y se os dará.

Élder Holland: Exactamente. Hermana Matsumori, ya que usted lo introdujo, ¿nos podría leer Mateo 7:7? Es del Sermón del Monte, que es uno de los lugares en donde se expresa esta promesa.

Hermana Matsumori: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá”.

Élder Holland: Gracias. Me encanta el espíritu preciso, claro y declarativo de esa promesa. Si pedimos, recibiremos; y si llamamos, se nos abrirá. Podemos hacerlo.

Ahora estamos empezando a acumular algunas ideas, y le voy a pedir a la hermana Kathy Hughes, de la presidencia general de la Sociedad de Socorro, que sea nuestra escribiente el día de hoy. Tenemos un tema que se está desarrollando, el cual nos dio el presidente Packer en su conversación con el élder Perry, el cual es “El don de la enseñanza”. ¿Podría poner ese título, por favor, hermana Hughes?

Vamos a hacer una lista de algunas de las cosas que queremos recordar sobre cómo buscar el don de la enseñanza. Y la que nos dio la hermana Matsumori sería la número 1: “Pedir, buscar y llamar espiritualmente”, que quizá supongo es el requisito más fundamental para un maestro que busca este don que Dios nos ha prometido.

Élder W. Rolfe Kerr: Me parece muy importante que pongamos la pieza final a esto y que quizás tengamos frente a nosotros. Lo que proviene de pedir es que recibimos. Lo que proviene de buscar es que encontramos. Llamamos, y es abierto.

Élder Holland: Escribamos eso en la pizarra, hermana Hughes, que vamos a recibir. Contiene una promesa.

Hermano Orin Howell: Relacionado con eso, me gusta Lucas 12:12, donde dice: “Porque el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que debáis decir” (Lucas 12:12).

Élder Holland: Eso nos abre todo un mundo nuevo porque siempre estamos hablando de esta forma a los misioneros. Siempre les decimos a los misioneros que abran la boca y que si se han preparado y esforzado, Dios les dará lo que deben decir en el momento en que lo necesiten. Esa es una fantástica y amplia nueva idea sobre pedir y recibir a la hora indicada. Es un versículo espectacular, Orin.

Hermana Tamu Smith: Creo que a veces, cuando estoy en situaciones en las que me siento abrumada, siendo conversa a la Iglesia, y se me pide enseñar una clase en la que hay personas de patrimonio pionero, el Espíritu sí le indica a uno a decir algo que no se planeaba decir. En Éxodo 4:12 dice: “Ahora pues, vé, y yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar”. Pienso que si estamos dispuestos a dejar que el Espíritu nos impulse a decir esas cosas, aunque no pensemos que sea lo correcto o no tengamos todas las respuestas, dejamos que nuestro Padre Celestial haga Su trabajo de hablar por medio de nosotros.

Élder Holland: Qué versículo tan maravilloso. No creo que en todos los años en que he tenido alguna conversación en cuanto a este tema, no creo haber escuchado que se usara este pasaje, así que gracias, hermana Smith. Y el contexto de esto, por supuesto, es la tarea abrumante que Moisés tenía y que los hijos de Israel tenían de salir de los problemas de la vida. Eso es a lo que todos le hacemos frente. Ése es un pasaje fantástico para decir: “No te preocupes, te será dado”. Gracias por ese pasaje.

Mantengan estas citas en mente si van a enseñar en cuanto a un tema como éste. Pueden usar éstos y muchos, muchos más.

Enseñar en base a las Escrituras

Élder Steven E. Snow: Muchos de nosotros, cuando se nos llama a enseñar, nos sentimos totalmente abrumados con la enormidad de la asignación y nos sentimos incompetentes y mal preparados, pero, si nos esforzamos por estudiar los materiales que se nos han dado, y nos adentramos en las Escrituras, y luego simplemente confiamos en el Espíritu, se nos ayudará por medio del proceso. Creo que a veces nos sentimos abrumados porque no sabemos lo suficiente.

Élder Holland: Absolutamente. Y todos nos sentimos así; todo maestro que ha enseñado se ha sentido así. Y creo que sería justo decir que todos aquí representamos el esfuerzo colectivo de la Iglesia de poner buen material en las manos de las personas. Realmente sí tenemos buen material de cursos de estudio. Tenemos buenos manuales, y no se enseñan por sí mismos, pero es tranquilizador saber que no estamos solos, que no tenemos que volver a inventar la rueda. Tenemos muy buenos recursos, y vamos a hablar de eso durante el día; eso nos ayudará a no sentirnos tan abrumados.

Cuando el presidente Packer estaba hablando con el élder Perry, dijo: “Siempre me he apoyado en las [raya]”, ya fuera en el púlpito o parado frente a la clase. Dijo que no quería ir a ningún lugar sin ellas. ¿A qué se estaba refiriendo?

Hermana Julie B. Beck: A las Escrituras.

Élder Holland: A las Escrituras; absolutamente. ¿Podría poner el número 2, hermana Hughes?: “Enseñar en base a las Escrituras”.

No creo que podamos exagerar en cuanto a esto en nuestro papel de enseñar en la Iglesia. Obviamente, puesto que la sustancia misma del Evangelio, las Escrituras mismas, son lo que se nos ha llamado a enseñar, ya sea en la Primaria, o en los grupos de adultos o de adolescentes, en casa o en la Iglesia. Recuerdo algo potente que se dijo en Alma 31, un pasaje favorito que creo que dice esto igual o mejor que cualquier otro que yo conozca en las Escrituras.

Alma se había embarcado en una misión muy seria, una misión muy difícil —la misión a los zoramitas— y acababa de intercambiar palabras con Korihor. Se da cuenta de lo que le funciona y de lo que no funciona en este desafío de enseñar y testificar.

Hermano Wada, ¿nos podría leer Alma 31:5?

Hermano Takashi Wada: “Y como la predicación de la palabra tenía gran propensión a impulsar a la gente a hacer lo que era justo —sí, había surtido un efecto más potente en la mente del pueblo que la espada o cualquier otra cosa que les había acontecido— por tanto, Alma consideró prudente que pusieran a prueba la virtud de la palabra de Dios”.

Élder Holland: Muchas gracias. Con el transcurso de los años éste ha llegado a ser uno de mis pasajes favoritos. Todos tenemos versículos a los que volvemos una y otra vez, y yo he vuelto una y otra vez a éste. “Como la predicación de la palabra” —el poder de la palabra— “tenía gran propensión a impulsar a la gente a hacer lo que era justo”, surtía “un efecto más potente en la mente del pueblo que la espada”, y habían tenido suficiente espada en este libro y en la vida, “o cualquier otra cosa”, todos los demás campos de batalla y conflictos y desafíos. “Por tanto, Alma consideró prudente que pusieran a prueba la virtud de la palabra de Dios”.

Un sinónimo de la palabra virtud es poder. Este mismo concepto se tradujo del griego en el Nuevo Testamento como poder. Cuando la mujer se acercó a tocar el borde del manto de Cristo, en la escena del Nuevo Testamento, Él dijo: “Ha salido poder de mí” (Lucas 8:46).

Así que Alma está diciendo que debemos poner a prueba el poder de la palabra de Dios, ya que surte un efecto muy potente.

Hermano Wada: Pienso que todos van a la Iglesia para aprender algo y tienen el deseo de ser nutridos. Una frase del libro de Jacob, Jacob 2:8, dice: “Y supongo que han subido hasta aquí para oír la agradable palabra de Dios; sí, la palabra [de Dios] que sana el alma herida”. Da mucha satisfacción cuando al terminar de enseñar una clase alguien se me acerca y dice: “Es exactamente lo que deseaba escuchar; lo necesitaba”.

Élder Holland: Un punto profundo —gracias, hermano Wada— porque la gente viene a la Iglesia para tener una experiencia espiritual, por eso vienen. Venimos a la Iglesia, y venimos a este tipo de reuniones a oír la palabra de Dios, a escuchar declaración, Espíritu, testimonio y convicción. Cuando llegan los momentos difíciles, cuando necesitamos ser sanados, lo que el mundo ofrece no será suficiente. Venimos para ser sanados por la palabra de Dios.

Hermana Matsumori: Para la mayoría de los maestros de la Primaria, enseñar a los niños en base a la palabra de Dios constituye un gran desafío. Ellos no saben leer, no tienen sus propios ejemplares de las Escrituras, no están familiarizados con ellas si la familia no les ha enseñado. Puede ser un gran desafío.

Élder Holland: Tiene razón. Aquí tenemos a una maestra de la Primaria con experiencia dándonos una pequeña advertencia para que nos demos cuenta de que tendremos niños en todas las etapas de desarrollo y que debemos encaminarlos gradualmente, de la forma en que se debe encaminar a los niños. Es bueno recordarlo, hermana Matsumori.

Hermano Dahlquist: También es lo mismo con los hombres y las mujeres jóvenes, y es que si han de comprenderlo, deben ser capaces, tal como dijo Nefi, de aplicarlo, de identificarse con ello.

Élder Holland: Deben aplicarlo a sí mismos (véase 1 Nefi 19:23).

Hermano Dahlquist: Necesitan que las Escrituras cobren vida.

Élder Holland: Sí, y estamos hablando de una gran cantidad de experiencia, algunas experiencias en el hogar; algunas en seminario e instituto. Estamos hablando de algo que tiene que crecer con el transcurso del tiempo en nuestros hombres y mujeres jóvenes. No seremos impacientes si toma algo de tiempo desarrollarlo.

Élder Jensen: Hasta ahora nuestro análisis se ha concentrado en los libros canónicos, pero también tenemos otras Escrituras.

Élder Holland: Así es. ¿Le gustaría mencionar algo en cuanto a los profetas vivientes?

Élder Jensen: Tenemos buenos manuales, y tenemos revistas e historias. ¿Verdad que son potentes?

Élder Holland: Sí tenemos gran material, además de los profetas vivientes y las transmisiones de la conferencia general semestral, y las publicaciones que se envían a la Iglesia. Tenemos a nuestra disposición la abundancia de la palabra de Dios, y debemos usarla.

Hermana Kathleen H. Hughes: Esto hace que en mi mente surja una pregunta. Con frecuencia vemos, tal como el élder Oaks señaló en otro discurso que dio, que sólo se reconoce muy superficialmente que el manual existe, y luego enseñamos otras cosas. ¿Por qué lo hacemos? ¿Cómo podemos ayudar a nuestros hermanos y hermanas a entender que los manuales son para nuestra edificación?

Élder Holland: Sí, es un buen recordatorio, y concuerda con el comentario del élder Jensen. Con el espíritu de los fantásticos comentarios que han hecho y las ideas que me han dado —las nuevas ideas sobre el poder de la palabra y el sanamiento y la ayuda y la luz que se recibe— recordé una historia que el presidente Packer contó al Quórum de los Doce hace unos años. Habló de un duro invierno en Utah cuando hubo demasiada nieve, lo que hizo que las manadas de venados bajaran hasta algunos valles. Algunos quedaron atrapados por cercos y circunstancias por haber salido de su hábitat natural. Agencias perfectamente capaces, que tenían buena intención, perfectamente receptivas, intentaron alimentar a los venados para que pudieran superar la crisis del invierno. Llevaron heno y lo tiraron por todos lados; fue lo mejor que pudieron hacer bajo las circunstancias. Más tarde se encontró a un número inmenso de venados que había muerto de hambre. Las personas que habían ayudado a los animales después dijeron que tenían el estómago lleno de heno, pero que habían muerto de hambre. Los habían alimentado, pero no habían sido nutridos.

Todo maestro debe recordar que debemos nutrir “por la buena palabra de Dios”. Y nosotros podemos nutrirnos también —eso puede ser en parte algo que lo haga ameno— pero la importancia de la enseñanza es la nutrición anclada en la palabra de Dios.

Enseñar por medio del Espíritu

Hermana Hughes, por favor, escriba el número tres: “Enseñar con el Espíritu y por medio de Él”.

El Espíritu del Señor es el verdadero maestro, y por eso anteriormente dije: “Escuchen”. Escuchen con el corazón; escuchen con el alma, y tendrán sentimientos o inspiraciones que no tienen nada que ver con lo que están diciendo”. Tal vez sea algo muy personal, quizá se relacione con algo en casa; con algo en el matrimonio o con un hijo, pero es el Espíritu, y Él es el verdadero maestro.

Hay una frase en Doctrina y Convenios 43:16 que dice que debemos ser instruidos de lo alto. Somos instrumentos, somos herramientas, y son nuestras lenguas y labios, pero el maestro es de lo alto.

Y bien, es una buena experiencia didáctica que los miembros de la clase se conozcan un poco mejor, así que vamos a hacer eso por un momento con Orin Howell.

Orin, ¿cuándo se unió a la Iglesia?

Hermano Howell: Me uní a la Iglesia en junio de 1996.

Élder Holland: ¿En dónde se unió a la Iglesia, hermano Howell?

Hermano Howell: En Bosnia.

Élder Holland: ¿Qué estaba haciendo en Bosnia, hermano Howell?

Hermano Howell: En ese entonces estaba en el ejército.

Élder Holland: ¿En dónde y en qué se bautizó en Bosnia?

Hermano Howell: Me bauticé en Tuzla, en un viejo bar ruso que habían convertido en una capilla; usamos una cubierta vieja del motor de un tanque, le dimos vuelta, la metimos a la capilla y la usamos como pila bautismal.

Élder Holland: Éste es un maravilloso joven del ejército que se siente conmovido por la vida de otros Santos de los Últimos Días en el ejército, y recibe un testimonio del Evangelio y desea bautizarse, por lo que, en la capilla adaptada en donde se reunían en tiempo de guerra, voltearon la cubierta de motor de un tanque para formar una estructura parecida a una cuenca y Orin la llenó de agua. Fue bautizado. Orin, ¿quién lo confirmó miembro de la Iglesia en ese lugar?

Hermano Howell: Usted, élder Holland.

Élder Holland: Tuve la gran oportunidad en el verano de 1996 de confirmar a Orin Howell como miembro de la Iglesia en Tuzla, Bosnia, bajo condiciones de guerra, donde estábamos peleando por la vida. Este maravilloso joven ahora es sumo sacerdote que sirve a la Iglesia fielmente aquí en el Valle de Lago Salado. Es un miembro muy distinguido de nuestra clase el día de hoy. Gracias, Orin, por esa información. Permite que los miembros de la clase se conozcan un poco mejor.

Le voy a pedir al hermano Howell que desarrolle con nosotros el tema de “Enseñar por medio del Espíritu”. Acudan a la sección 50, que es una serie de versículos que usamos con frecuencia, y con urgencia, con los misioneros, pero debemos usarlos de igual forma con todos. Hermano Howell, ¿podría leer Doctrina y Convenios 50:13?

Hermano Howell: “Por tanto, yo, el Señor, os hago esta pregunta: ¿A qué se os ordenó?”

Élder Holland: A fin de cambiar el énfasis un poco para un propósito más amplio, cambiemos la palabra ordenó por llamó. Ordenó es lenguaje del sacerdocio, y vamos a hablar sobre el llamamiento general de enseñar. Así que, “Por tanto, yo, el Señor, os hago esta pregunta: ¿A qué se os [llamó]?”

Ahora, hermano Howell, lea la respuesta del Señor en el versículo 14.

Hermano Howell: “A predicar mi evangelio por el Espíritu, sí, el Consolador que fue enviado para enseñar la verdad”.

Élder Holland: Ésa es una afirmación de las Escrituras que recalca lo que estamos tratando de desarrollar y que ya hemos mencionado: que el verdadero maestro es el Espíritu. Yo no soy el maestro, y ustedes tampoco lo son. Todos debemos ser receptivos al Santo Espíritu, a la guía del cielo, que es el maestro. Debemos “predicar [el] evangelio por el Espíritu, sí, el Consolador que fue enviado para enseñar la verdad”.

Ahora, una advertencia: ¿Qué pasa si intentamos hacerlo de otra forma? ¿Qué sucede si intentamos enseñar sin el Espíritu o no le hacemos caso o no somos receptivos a Él? ¿Cuál es el veredicto del Señor en cuanto a ese tipo de enseñanza?

¿Hermana McKee? ¿Quisiera leer el versículo 18?

Hermana Maritza McKee: “Y si es de alguna otra manera, no es de Dios”.

Élder Holland: Repítalo una vez más. Es una frase muy potente.

Hermana McKee: “Y si es de alguna otra manera, no es de Dios”.

Hermana Beck: ¿Quiere decir entonces que si me siento y estudio mis libros y manuales, y escribo un bosquejo, y tengo mi plan, no puedo enseñar eso? Me preparo, pero ¿tengo que estar lista a dejarlo de lado y dejar que el Espíritu me guíe con la preparación que tengo?

Élder Holland: ¿Hay algún comentario en cuanto a esa pregunta antes de que yo responda? Es una pregunta legítima.

Hermano Dahlquist: No es que el Espíritu nos susurre justo cuando estamos de pie sin usar nuestras notas; pienso que el Espíritu puede susurrarnos comenzando con la preparación de la lección. Es muy parecido a la conferencia general. La conferencia general tiene una forma increíble de afectar nuestra vida, pero hay mucha preparación.

Élder Holland: Muy bien, me gustaría que hiciéramos más comentarios al respecto. ¿Cuál es el papel del maestro y cuál es el papel del Espíritu?

Hermana Beck: Me preparé; trabajé en ello. Pero luego, si alguien en mi clase ha tenido un desafío esa semana, eso cambia la dinámica de la lección. Ayúdenme a entender cómo puedo saber dónde entra esa combinación de estar preparado y de ser guiado a decir lo que siento en el corazón en ese momento, o a utilizar un pasaje diferente de las Escrituras.

Élder Holland: Ésa es una pregunta estupenda, y todo maestro se enfrentará con ella.

Élder Kerr: Creo que la clave es —más allá de la preparación y de atesorar— es no quedar sujeto al plan de la lección, sino dejar que ésa sea la base y luego ser receptivo a la inspiración.

Élder Holland: No sería justo entrar y decir: “No me preparé, pero el Espíritu nos va a guiar”. Por otro lado, el estar tan sujeto a la preparación sin considerar ninguna inspiración que recibamos, sería el otro extremo.

Creo que la hermana Beck nos está llevando a una combinación de estas cosas. Nos hemos preparado, pero somos receptivos al Espíritu, y tenemos la libertad de movernos hacia donde debemos a la hora precisa, en el momento de presentar la lección.

Élder Snow: Tenemos que entender que cada miembro de la clase posiblemente se vaya a casa con una inspiración del Espíritu un poco diferente, y que es muy importante que el Espíritu esté presente. Pero cuántos de nosotros hemos estado en una clase en la que se está llevando a cabo un análisis maravilloso, y luego el maestro ha dicho: “Éste es un análisis muy bueno, pero debo continuar con la lección”.

Élder Holland: Sí, así es. Todos hemos escuchado eso.

Élder Snow: Y a veces perdemos oportunidades cuando hacemos eso.

Élder Holland: Sí, así es. Y esas son realidades a las que tendremos que aprender a dar cabida y nosotros mismos ser tan sensibles como la persona que recibió esa impresión para aprovechar la oportunidad y el momento.

Hermana Hughes: ¿Saben? Éste siempre ha sido un asunto muy interesante y algo desconcertante para mí. ¿Cómo sabemos, y cómo puede saber el maestro, que está enseñando con el Espíritu? Yo no lo sé. No estoy segura de que cuando voy a enseñar siempre tengo confianza en eso.

Élder Holland: ¿Alguien tiene una respuesta a eso? ¿Qué es lo que le da al maestro el sentimiento de tranquilidad de que está enseñando con el Espíritu? ¿Qué pueden buscar como indicación de que así es? ¿O se hace solamente con fe y esperanza de que está sucediendo, aun cuando no siempre se sabe si así es?

Élder Jensen: Yo tengo la misma pregunta, y me pregunto si la respuesta no está, por lo menos en mi caso, en Doctrina y Convenios 50:21–22:

“Por tanto, ¿cómo es que no podéis comprender y saber que el que recibe la palabra por el Espíritu de verdad, la recibe como la predica el Espíritu de verdad?

“De manera que, el que la predica y el que la recibe se comprenden el uno al otro, y ambos son edificados y se regocijan juntamente”.

Élder Holland: Quizá un poco de regocijo, Kathy. Tal vez si el corazón se regocija un poco es por lo menos una indicación.

Élder Jensen: ¿Está el maestro al frente, sentando cátedra, hablando sin pedir la participación de los demás? Tengo una pequeña cita que llevo en mis Escrituras que se relaciona con ese versículo, y creo que la aprecio un poco más el día de hoy al estar hablando de esto. El élder Scott enseñó esto en una reunión de capacitación del SEI: “Asegúrense de que haya participación abundante, porque el uso del albedrío por parte del alumno autoriza al Espíritu Santo a enseñar. Ayuda al alumno a retener el mensaje. A medida que el alumno expresa verbalmente la verdad, ésta es confirmada en su alma y fortalece su testimonio personal” (Richard G. Scott, To Understand and Live Truth [discurso dirigido a los maestros de religión del SEI, 4 de febrero de 2005], pág. 3).

Élder Holland: Qué maravilloso. Eso me recuerda algo que dijo en una ocasión el presidente Marion G. Romney: “Siempre sé cuando he hablado bajo la influencia del Espíritu, porque aprendo algo que no sabía”. Él es el maestro, y de pronto está diciendo o pensando cosas que nunca antes había pensado. O si las había pensado, le vienen con nuevo placer, nuevo poder. Esas pueden ser algunas de las formas con las que podemos tener una indicación de que estamos enseñando con el Espíritu.

En muchos de los casos, no sabremos. Haremos todo lo posible, con la esperanza de que cientos de cosas estén sucediendo en el corazón de la gente, o que sucedan, gracias a esta experiencia o a otras experiencias en la Iglesia. Pero es posible que nunca sepamos.

Quizá parte del llamamiento divino del maestro es ser un instrumento y seguir adelante, confiar que hemos sido tan espirituales y devotos como pudimos serlo, y entonces dejar que el milagro de la revelación personal continúe una y otra vez. Pienso que esa es una idea muy grata sobre enseñar y ser maestro.

La responsabilidad de aprender

Punto 4: “Ayudar al alumno a asumir la responsabilidad de aprender”.

¿Qué podemos hacer cuando llegamos a una nueva clase, y no sucede mucho, donde alguien, por su manera de comportarse, dice: “Lo reto a que me enseñe? Me voy a sentar en esta silla, y voy a estar cabizbajo, y sólo voy a mirar mis zapatos, y cuando lo mire a usted, voy a fruncir el ceño”. Quizás la situación no siempre esté tan mal, pero he tenido algunas de esas clases. Probablemente todos hemos estado en situaciones en las que parecía haber personas que no estaban preparadas para aprender. ¿Cómo ayudamos a la gente a lograrlo?

Hermana Beck: A veces me esfuerzo por elaborar mis preguntas, pero creo que esto es lo que estamos diciendo: cuanto más podamos hacer para que los alumnos hagan preguntas sobre algo, más involucrados estarán en el aprendizaje.

Y lo que se me ocurrió fue que cuando José Smith leyó un pasaje de las Escrituras en Santiago, ello hizo que se le ocurrieran preguntas, y dijo: “¿Cómo voy a saber? ¿Sabré algún día? Si no resuelvo esto, nunca sabré”. Y estaba en una modalidad de alumno cuando le preguntó a Dios. Para mí, ése es un desafío como maestra: no tanto las preguntas que yo haga, sino lo que está sucediendo que está ayudando a otros a hacer preguntas, para que el Espíritu Santo les pueda enseñar.

Élder Holland: Uno de mis libros favoritos de la Iglesia fue escrito por un viejo amigo profesor de BYU, Dennis Rasmussen, que se llama The Lord’s Question [La pregunta del Señor]. Es una muestra de cómo el Señor siempre enseña con una pregunta. Desde el tiempo de Adán, el Señor dijo: “¿Dónde estás tú?” (Génesis 3:9). Él sabe perfectamente bien dónde está Adán, pero precisa saber si Adán lo sabe. Por eso hace la pregunta: “Adán, ¿dónde estás?”. Etcétera. “¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” (Lucas 2:49). La vida del Salvador se edificó alrededor de la enseñanza por medio de preguntas. Muchas de las revelaciones —no sé cuántas; no he contado— pero muchas revelaciones de Doctrina y Convenios se recibieron en respuesta a preguntas que el profeta o los hermanos de la Iglesia le hicieron al Señor.

Hermana Matsumori: He estado luchando un poco con este tema en relación con los niños, incluso desde que el presidente Packer dijo que quería aprender. Pero para ser sincera, creo que es un concepto avanzado pensar que el alumno va a asumir la responsabilidad de aprender, especialmente hablando de niños pequeños. ¿Entonces cómo lo logra un maestro de la Primaria?

Élder Holland: Ése es un punto excelente. ¿Qué hacemos si nos enfrentamos a esa situación, pero seguimos siendo los maestros? De todos modos hay que desempeñarse. Por cierto, es el número 4 porque nos damos cuenta de que es un concepto un poco más maduro y avanzando. Pero quizá no hablamos suficiente de ello, así que hablemos sobre la pregunta de la hermana Matsumori. Un niño, un alumno de seminario, el maestro o la Damita de 14 años: a veces no tienen mucho interés, o al menos su comportamiento no lo refleja. Es posible que estén más interesados de lo que quisieran que nos diéramos cuenta, pero no parecen estar interesados. ¿Qué hacemos en esa situación? ¿Cómo los ayudamos?

Hermano Wada: El aprendizaje no siempre se lleva a cabo justo en el salón de clases. A veces sucede afuera. Cuando yo estaba aprendiendo sobre la Iglesia los misioneros me enseñaban, y una semana después pensaba sobre ello y decía: “De eso estaban hablando”. No debemos suponer que el aprendizaje debe llevarse a cabo en ese momento.

Élder Holland: Excelente punto. Estoy seguro de que fue el Espíritu del Señor que obró en usted durante una semana o durante el tiempo que fuera necesario.

Ése es el caso clásico de los investigadores de la Iglesia. Queremos que el Espíritu obre en ellos durante horas y días después de que los misioneros se hayan ido, y antes de que regresen para la siguiente charla.

Hermana Naomi Wada: A veces los niños tienen muchas preguntas, y yo he preparado tantos ejemplos o experiencias o ayudas visuales, y no las puedo usar todas. A veces estoy muy ocupada contestando preguntas. ¿Está bien eso? He tratado de simplificar la lección, y si me puedo concentrar aunque sea en un solo tema y enseñárselo, por lo menos se sienten cómodos.

Élder Holland: Muy bien. Usted lo dijo mejor de lo que yo lo hice al principio. No traten de hacer demasiado. Con un niño de la Primaria —bueno, o con cualquier niño, tal vez con cualquiera de nosotros— si podemos enseñar una idea, un principio, algo puro e importante que el hermano Wada seguirá sintiendo una semana después, eso probablemente hará de la experiencia en el salón de clases algo valioso. Sientan confianza. No se sientan renuentes por ello.

Élder Kerr: Lo que ella acaba de decir que me ha abierto los ojos es: ¿Qué mejor ambiente puede haber en la clase que el hecho de que los niños o los adultos estén haciendo preguntas?

Élder Holland: Alguien está respondiendo.

Élder Kerr: Están pensando.

Élder Holland: ¿Qué pasa si se enfrentan a una situación en la que el alumno todavía no esté participando, y la carga esté sobre ustedes por un tiempo?

Hermano Bruce Miller: ¿Debemos seguir adelante con la lección, o debemos detenernos y hacer algunas cosas que invitan al Espíritu, aun cuando hayamos tenido el primer himno, la oración y el pensamiento espiritual? Si todavía no está presente, en vez de seguir con la lección, debemos detenernos y decir: “Y bien, ¿cómo podemos obtener el Espíritu?”.

Élder Holland: ¿Alguien quisiera responder a eso?

Élder Snow: Pienso que es un proceso a largo plazo. No va a suceder en la primera clase. Creo que a veces tenemos que esforzarnos y luego habrá un momento en el que funcionará, cuando el Espíritu estará presente y todos hayan contribuido a la clase. Y entonces uno se detiene y dice: “¿Saben lo que está pasando en este momento? ¿Pueden notar la diferencia?”.

Élder Holland: Anteriormente la hermana Hughes dijo: ¿Cómo podemos saber si hemos tenido el Espíritu?”. Y quizá esto es lo que a su propia manera el hermano Miller quisiera que se le respondiera: con una clase indiferente frente a mí, ¿cómo sé si lo estoy haciendo bien? Y de alguna manera, lo importante para ellos y para ustedes es, ¿cómo me siento? ¿Pueden sentir el amor del Señor con ustedes, que el Señor les ama, que han hecho su mejor esfuerzo, que Él ama a los alumnos? Si sólo podemos tener algunos sentimientos por el Evangelio, si sólo nos amamos unos a otros, supongo que ése es un buen punto para empezar. Y si los chicos son indiferentes, quizá no les puedan enseñar todavía, pero pueden amarlos. Y si los aman hoy, quizá les puedan enseñar mañana.

Pienso que eso es algo que está totalmente en nuestras manos; nada de esto depende de ellos. Podemos amarlos de principio a fin, y habrá milagros, el tipo de milagros de los que ustedes han estado hablando.

Si yo, el maestro, quiero que ustedes, los alumnos, hagan preguntas, quizá tenga que fomentar la participación, como hemos intentado hacerlo hoy. Quizá trate de hacer una pregunta que después cobre vida por sí misma, y lo único que tengo que hacer es supervisar el análisis para que los alumnos participen.

Ahora quisiera hacer una pausa y hacer un comentario editorial. Un maestro quizá sepa que el hermano Merrill habló sobre ese tema en la conferencia, y diga: “Bien, iré al centro de materiales y obtendré ese video. Lo puedo pasar y le puedo mostrar a la clase al hermano Merrill”.

Si lo hacen, está bien, y debemos hacerlo de vez en cuando. Pero las ayudas audiovisuales son exactamente eso: son ayudas; no deben suplantar la lección. Utilícenlas de la misma forma en que se usan las especias para cocinar: para dar sabor, para realzar, para acentuar, para enriquecer. Un mapa, una pintura, el fragmento de un video, o un punto clave escrito en la pizarra pueden marcar la diferencia entre una buena lección y una gran lección, pero nadie quiere una comida que es sólo de especias; así que mi súplica a cada uno de ustedes es que no usen demasiado las ayudas visuales. No deben suplantar al maestro, ni al material de la clase; y no deben suplantar al Espíritu del Señor. Úsenlas cuando las necesiten.

Hermana Wada: Hay un niño que a veces es muy, pero muy indisciplinado en la clase de la Primaria, y trato de imaginármelo vestido de blanco, como un espíritu del Señor. La realidad es que todos somos hijos de Dios, y esa inteligencia, aun cuando su cuerpo es pequeño, ha venido a la tierra a aprender algo, y hay una razón por la que está aquí. Es muy útil pensar así.

Élder Holland: Muchas gracias. Es un comentario muy tierno.

Hermano Howell: Lo que parece que están diciendo es que a veces el maestro es el alumno y el alumno es el maestro.

Élder Holland: Casi siempre el maestro se beneficiará más que los miembros de la clase. Es una de las alegrías que conlleva el enseñar.

Testificar

Finalicemos. Número 5, una palabra: “Testificar”.

Quisiera que termináramos aquí de la forma en que todo maestro debe concluir su propia clase, en la Iglesia y en el hogar: con el espíritu del testimonio.

Durante muchos años me ha encantado la historia que el hermano Packer ha relatado una y otra vez sobre el maestro de Escuela Dominical de William E. Berrett cuando era joven. Se llamó a un viejo hermano danés a enseñar una clase de jóvenes alborotados. No parecía que fueran a ser compatibles; él no hablaba bien inglés, tenía un acento danés muy fuerte, era mucho mayor que ellos, tenía manos grandes, de granjero. Sin embargo, debía enseñar a esos jóvenes indisciplinados de 15 años. No parecía que fueran a ser compatibles, pero el hermano William E. Berrett solía decir —y ésta es la parte que el presidente Packer cita— que este hombre les enseñó de alguna forma; que frente a todas esas barreras, frente a todas las limitaciones, ese hombre entró al corazón de esos inquietos jóvenes de 15 años, y cambió sus vidas. Y el testimonio del hermano Berrett era: “Podíamos fortalecernos con el fuego de su fe”.

Todo alumno merece por lo menos eso. Tal vez no demos las lecciones más extraordinarias ni seamos tremendamente hábiles en el uso de las ayudas visuales (aunque podamos utilizar cualquiera que sepamos usar). Pero podemos compartir con cada alumno el fuego de nuestra fe, y ellos pueden fortalecerse con él.

En el transcurso de los años me he sentido muy decepcionado con lecciones espectaculares, dadas por maestros leales y talentosos que, de alguna manera al final de la clase dicen: “Bueno, ya sonó el timbre. Hermano Jones, ¿podría ofrecer la última oración?” Y así se acaba. No se cierran los libros, no se ve a los alumnos a los ojos por un momento, no se toma el tiempo para decir, en efecto, ¿dónde hemos estado? y ¿a dónde vamos? y ¿qué desea el Señor que hagamos? En algunos casos —y estoy siendo un poco injusto y un poco extravagante, pero para ilustrar lo que quiero decir— no se hace referencia alguna a lo que esto debe significar para el alumno o para el maestro. Salgo de la clase diciendo: “Me pregunto como se sintió él al respecto. Me pregunto lo que ella pensó al respecto y lo que debía significar para mí”. Se hace un esfuerzo tan grande para presentar una doctrina, un principio, un mapa, un video a los alumnos, pero no hay ni señas de un testimonio personal sobre lo que la doctrina o el principio significan para el maestro, que debía habernos guiado y enseñado la senda a seguir.

Tal y como lo dijo el presidente J. Reuben Clark en una ocasión: “Nunca permitamos que la fe sea algo difícil de advertir”. ¿Puedo repetirlo? “Nunca permitamos que la fe sea algo difícil de advertir”. Nunca sembremos semillas de duda; evitemos el comportamiento egoísta y la vanidad. No traten de impresionar a todos con su brillantez. Impresiónenlos con lo brillante que es el Evangelio. No se preocupen por dónde se encuentran las tribus perdidas o los tres nefitas. Preocúpense más sobre dónde se encuentra el alumno, de lo que sucede en su corazón o en su alma, del hambre y de lo que muchas veces es una necesidad espiritual casi desesperante de nuestra gente. Enséñenles y, sobre todo, testifíquenles. Ámenlos. Testifiquen desde el fondo de su alma. Será lo más importante que les digan en toda una hora, y es posible que salve la vida espiritual de alguien.

Digan que “[hablan] con la fuerza de [su] alma” (Alma 5:43). Me encanta esa frase. Quiero testificarles con la fuerza de mi alma. Si lo desean, podrían preguntar a la congregación lo que Alma le preguntó a la de él, a saber: “¿No suponéis que sé de estas cosas yo mismo?”. Y continúa: “Os testifico que yo sé que estas cosas de que he hablado son verdaderas… Os digo yo que sé por mí mismo, que [son] verdad” (Alma 5:45, 48).

Sé que Dios vive y nos ama. Sé que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, el Salvador y Redentor del mundo. Sé que ésta es Su Iglesia, y sé que la enseñanza importa.

Por tanto, sé que el cielo nos ayudará si enseñamos tal como se ha descrito aquí; y eso no será todo; sólo será el comienzo. Bienvenidos a la búsqueda del don de la enseñanza. Pero a medida que buscamos ese don y oramos pidiéndolo, si pedimos y buscamos y llamamos espiritualmente, si enseñamos en base a las Escrituras, si enseñamos con el Espíritu Santo y por medio de Él, si ayudamos al alumno a asumir la responsabilidad por el aprendizaje, y si testificamos de las verdades que hemos enseñado, Dios confirmará en nuestro corazón y en el de nuestros alumnos el mensaje del Evangelio de Jesucristo.

Hermanos y hermanas, los que están cerca y los que están lejos, los que están aquí y los que están por todo el mundo, el Evangelio de Jesucristo significa todo para mí. Significa todo para mí. Es mi vida entera. Es mi esperanza y mi seguridad y mi búsqueda de la salvación. Es todo lo que quiero para mis hijos y para los hijos de mis hijos.

Y lo que siento por el Evangelio es gracias a ustedes, porque personas como ustedes enseñaron a gente como yo. En algún lugar en esas pequeñas clases de la Primaria y en esas primeras noches de hogar y en el quórum de diáconos y en la misión y en todo lugar, alguien como ustedes le enseñó a alguien como a mí. Y todavía no llego a ser todo lo que quisiera. No soy todo lo que debiera, pero sea lo que sea que vaya a llegar a ser, se lo debo a grandes maestros, empezando con mis propios amados padres y toda otra buena persona que haya afectado mi vida, incluidos los consejos y quórumes de los que ahora soy miembro, donde recibo las enseñanzas de la Primera Presidencia y del Quórum de los Doce, así como de otras Autoridades Generales y maravillosos líderes de organizaciones auxiliares como todos ustedes.

Testifico del amor. Sé que Dios nos ama, y esto lo sé en parte porque los amo a ustedes, y amo la experiencia de enseñar, y ruego que mejoremos en ello, en el nombre de Jesucristo. Amén.

  • Elija algunas ideas de la presentación del élder Holland que pueda aplicar como alumno o como maestro.

  • El análisis de la clase del élder Holland se centra en cinco principios. Téngalos en cuenta y luego haga un plan de cómo los enseñaría a otra persona.

  • Además de lo que dijo, ¿qué demostró el élder Holland sobre el aprendizaje y la enseñanza?

“Cuando era miembro de la rama de Colonia Suiza, Uruguay, mi primer llamamiento fue el de presidenta de la Primaria cuando tenía 13 años. Yo era la presidenta y también la maestra. Recuerdo que se me apartó y se me dio el manual, y la asignación era la de enseñar a los niños las lecciones y el Evangelio. Abrí el manual y no sabía qué hacer ni cómo enseñar una lección. Así que oré, y dije: ‘Padre Celestial, necesito enseñar la lección a los niños el próximo domingo. ¿Me ayudarás?’. Y recibí la influencia del Espíritu, y aprendí a enseñar porque el Espíritu me enseñó”.

Hermana Delia Rochon

“Nunca olvidaré un domingo por la mañana. Estábamos en Athi River, Kenya, y había un joven que se puso de pie y dio un discurso en la reunión sacramental utilizando sólo las Escrituras. Fue tan potente. Pienso que sólo tendría unos 15 años, no podría haber tenido más. Yo lo pasé sonriendo, y pensé: ‘Cómo quisiera que todos pudiéramos escuchar a este jovencito dar testimonio y hablar de Cristo y predicar de Cristo’ ”.

Hermana Kathleen H. Hughes

“En una ocasión estaba sentada con una nieta de seis años de edad, y me dijo: ‘Quiero aprender a estudiar las Escrituras’. Y yo pensé: ‘Bueno, sólo tiene seis años. ¿Podrá realmente obtener algo potente de las Escrituras?’. Así que le dije: ‘Vamos a leer 1 Nefi, capítulo 1, y si lees algo que entiendas o que signifique algo para ti, lo puedes subrayar; y si quieres decir algo sobre ello, puedes escribirlo’. Así que empezamos con ese versículo: ‘Yo, Nefi, nací de buenos padres’ (1 Nefi 1:1), y se detuvo y dijo: ‘Yo tengo buenos padres’. Lo obtuvo con la primera frase. Marcó sus Escrituras y dijo: ‘Voy a terminar de leer el Libro de Mormón antes de que me bautice’. ‘Unos días’, dijo, ‘no entiendo nada’. Pero fue potente para ella leer el primer versículo del Libro de Mormón, la primera vez que lo intentó”.

Hermana Julie B. Beck

“A veces cuando uno está enseñando, trata de trabajar con el Espíritu, enseñar con el Espíritu, utilizar las Escrituras. Pero me parece a mí, por lo que he experimentado, que el que hace la conexión entre lo que estamos enseñando y la necesidad del alumno es el Espíritu. Y por esa razón, a veces he tenido a un alumno que se me acerca y me dice: ‘Gracias por haber dicho tal cosa’, y yo pensé: ‘¿Dije eso? ¿Cuándo?’. Me pregunto si esa persona realmente escuchó la voz del Señor, y todo lo que yo hice fue crear por medio de las Escrituras, por medio del Espíritu, el ambiente en el que el alumno recibió el mensaje que necesitaba”.

Hermana Delia Rochon

“Nuestra seguridad máxima se encuentra en la inspiración sincera del Señor: la inspiración de que usted es el instrumento del Señor, que ésta es Su clase, que ésta es Su Iglesia, que ésta es Su gente. Entonces hay que responder sinceramente a ese Espíritu. Por lo general, el curso de estudio nos va a dar el bosquejo, el camino y la dirección a seguir durante los meses del año. Pero en cualquier momento dado, somos menos de lo que debemos ser como maestros en las manos del Señor si no estamos dispuestos a hacer a un lado algo especial que hayamos preparado y responder a algo que el Señor nos inspire a hacer. Tenemos que decir: ‘El momento es ahora; éste es el momento propicio para la enseñanza’.

“Los padres se enfrentan a esta situación todo el tiempo. Ellos deben aprovechar el momento de la enseñanza porque es posible que no vuelva a surgir. Debemos prepararnos lo mejor que podamos, y luego confiar en que el Señor nos llevará a oportunidades inesperadas en una clase particular. Debemos estar preparados para ir a donde Él nos guíe”.

Élder Jeffrey R. Holland

“Vi un ejemplo maravilloso cuando fui a enseñar con dos misioneros. Estaban enseñando la quinta charla. Uno de los misioneros era alemán, y hablaba muy bien el idioma; ya había estado en la misión durante varios meses. El otro era bastante nuevo, y era la primera quinta charla que había enseñado.

“Y los observé. Uno tenía confianza; era un buen misionero. Enseñó con confianza. El otro tuvo que depender un poco en el plan de la lección, pero al estar allí sentado viendo a los dos, el Espíritu se manifestó en ambos. Y asimismo con maestros que están en diferentes niveles de enseñanza, el Espíritu puede susurrar sin importar en cuál estemos, si hemos hecho nuestra parte. Fue estupendo.”

Hermano Charles W. Dahlquist II

“Creo que se puede decir audazmente que no hemos tenido éxito si al final de 40 minutos el alumno sale por la puerta y dice: ‘Caramba, qué bonita clase’. Si se termina cuando el alumno sale por la puerta, creo que hemos fracasado en el sentido máximo de la enseñanza, el sentido continuo de la enseñanza. Nuestra instrucción debe ser tan provocativa, tan espiritualmente dulce, tan nueva e interesante que los alumnos se digan a sí mismos: ‘Sentí tanto que creo que pensaré en ello esta tarde y mañana y la próxima semana y el próximo mes’. En esa forma, nuestra lección cobrará vida por sí misma y hará que surjan nuevos pensamientos.

“Existe un peligro muy real en las presentaciones del salón de clases que parecen ser tan autónomas o deslumbrantes que se entretiene a la gente durante 45 minutos y dicen: ‘Qué bien; no puedo esperar a venir la próxima semana para que me entretengan’, y que nunca se tenga otro pensamiento durante la semana o durante el mes en cuanto a la sustancia de la doctrina que se les ha enseñado”.

Élder Jeffrey R. Holland

“Sean pacientes, y sobre todo no pierdan el Espíritu. No podemos de manera alguna ofendernos, enojarnos o sentirnos desilusionados porque hemos trabajado tanto en nuestra lección, y no parezca que los alumnos estén poniendo atención. Simplemente tenemos que ser pacientes y amorosos. Está sucediendo más en su corazón de lo que pensamos”.

Élder Jeffrey R. Holland

“Asistía al seminario temprano por la mañana, y siento que mi maestro de seminario asumió la responsabilidad de enseñarnos. Él suponía que estábamos recibiendo el mensaje que nos estaba dando. Hubo ocasiones en que llegábamos a seminario en la ropa de dormir; hubo veces en que algunos llevamos almohadas y frazadas; hubo ocasiones en las que las chicas se estaban pintando las uñas mientras lo escuchaban, pero fuimos bendecidos con un maestro de seminario que suponía que le estábamos escuchando. No entablábamos conversación con él, pero no hubo un día en seminario que yo no haya puesto atención o que no haya escuchado lo que él dijo con los oídos y con el corazón.

“Creo que como maestros, si hemos hecho todo lo que debemos, si hemos hecho nuestra parte, y el Espíritu está presente, entonces podemos suponer que los alumnos están asumiendo la responsabilidad de escuchar”.

Hermana Tamu Smith

El don de la enseñanza

  1. 1.

    Pedir, buscar y llamar espiritualmente.

  2. 2.

    Enseñar en base a las Escrituras.

  3. 3.

    Enseñar con el Espíritu y por medio de Él.

  4. 4.

    Ayudar al alumno a asumir la responsabilidad de aprender.

  5. 5.

    Testificar.