Un tiempo de preparación


Ian S. Ardern
Debemos dedicar nuestro tiempo a las cosas que más importan.

El capítulo ocho de Predicad Mi Evangelio centra nuestra atención en el uso del tiempo con sabiduría. En ese capítulo, el élder M. Russell Ballard nos recuerda que tenemos que fijarnos metas y aprender a dominar las técnicas para alcanzarlas (véase Predicad Mi Evangelio: Una guía para el servicio misional, 2004, pág. 156). El dominio de las técnicas necesarias para alcanzar nuestras metas incluye convertirnos en el gerente supremo de nuestro tiempo.

Estoy muy agradecido por el ejemplo del presidente Thomas S. Monson. Aun con todo lo que hace como profeta de Dios, se asegura, como hizo el Salvador, de tener suficiente tiempo para visitar a los enfermos (véase Lucas 17:12–14), levantar a los pobres en espíritu y ser siervo de todos. También estoy agradecido por el ejemplo de muchos otros que dan de su tiempo para servir a sus semejantes. Testifico que el dar de nuestro tiempo para servir a los demás complace a Dios y que el hacerlo nos acercará más a Él. Nuestro Salvador será fiel a Su palabra de que “el que es fiel y sabio en esta vida es considerado digno de heredar las mansiones preparadas para él por mi Padre” (D. y C. 72:4).

El tiempo nunca está a la venta; el tiempo no es un producto que se pueda comprar en cualquier tienda a cualquier precio por más que lo intenten, pero cuando se emplea el tiempo con sabiduría, su valor es incalculable. En un día cualquiera, a todos se nos asigna sin costo alguno la misma cantidad de minutos y horas para que los utilicemos, y pronto nos damos cuenta de que, como nos enseña esmeradamente el conocido himno en inglés, “el tiempo vuela en alas de relámpago, no podemos hacerlo regresar” (“Improve the Shining Moments”, Hymns, Nº 226). Debemos usar el tiempo que tenemos con sabiduría. El presidente Brigham Young dijo: “…todos estamos endeudados con Dios en cuanto a la habilidad para aprovechar nuestro tiempo, y Él nos exigirá una estricta rendición de cuentas acerca de cómo utilizamos dicha habilidad” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Brigham Young, 1997, pág. 300).

Con las exigencias que se nos hacen, debemos aprender a priorizar nuestras decisiones para hacerlas concordar con nuestras metas, o corremos el riesgo de sucumbir a los vientos de la postergación y perder el tiempo discurriendo entre una actividad y otra. En el Sermón del Monte, el Maestro nos enseñó bien acerca de las prioridades cuando dijo: “Por tanto, no busquéis las cosas de este mundo, mas buscad primeramente edificar el reino de Dios, y establecer su justicia” (Mateo 6:33, nota a al pie de la página, de la Traducción de José Smith, Mateo 6:38). (Véase Dallin H. Oaks, “Enfoque y prioridades”, Liahona, julio de 2001, págs. 99–102.)

Alma habló de las prioridades cuando enseñó que “esta vida llegó a ser un estado de probación; un tiempo de preparación para presentarse ante Dios” (Alma 12:24). El utilizar mejor el rico legado de tiempo a fin de prepararnos para presentarnos ante Dios podría requerir cierta guía, pero seguramente colocaremos al Señor y a nuestra familia en el primer lugar de la lista. El presidente Uchtdorf nos recordó que “En las relaciones familiares, amor en realidad se deletrea t-i-e-m-p-o” (“De las cosas que más importan”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 22). Testifico que cuando buscamos ayuda con ferviente oración y sinceridad, nuestro Padre Celestial nos ayudará a darle prioridad a lo que merece nuestro tiempo sobre todo lo demás.

El mal uso del tiempo es un primo cercano de la ociosidad. Al seguir el mandato de “[cesar] de ser ociosos” (D. y C. 88:124), debemos asegurarnos de que el estar ocupados equivalga a ser productivos. Por ejemplo, es maravilloso contar con medios de comunicación instantánea, literalmente, al alcance de la mano, pero asegurémonos de no convertirnos en comunicadores digitales compulsivos. Tengo la sensación de que algunos estamos atrapados en una nueva adicción que consume nuestro tiempo, una que nos ata a estar revisando constantemente y enviando mensajes sociales, y que nos da la falsa impresión de que estamos ocupados y somos productivos.

El acceso fácil a la información y a la comunicación tiene muchas bondades. Me he dado cuenta de que es útil para acceder a artículos de investigación, discursos de conferencia y registros de antepasados, y recibir correos electrónicos, recordatorios en Facebook, tweets y mensajes de texto. A pesar de lo bueno que son esas cosas, no podemos permitirles que desplacen a las de mayor importancia. Qué triste sería si el teléfono y la computadora con toda su complejidad desplazaran la sencillez de la oración sincera a un amoroso Padre en los cielos. Seamos tan rápidos para arrodillarnos como lo somos para enviar mensajes de texto.

Los juegos electrónicos y los ciberamigos no son un sustituto permanente de los amigos reales que pueden darnos un abrazo de ánimo, que pueden orar por nosotros y procurar lo que nos es más conveniente. Qué agradecido estoy de ver a los miembros de quórumes, de clases y de la Sociedad de Socorro esforzarse para apoyarse mutuamente. En esas ocasiones, he entendido mejor lo que el apóstol Pablo indicó cuando dijo: “…ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos con los santos” (Efesios 2:19).

Sé que la felicidad más grande viene cuando nos sintonizamos con el Señor (véase Alma 37:37) y con esas cosas que brindan una recompensa duradera, en lugar de sintonizar para estar incontables horas actualizando nuestro estado, cultivando granjas en internet y catapultando pájaros enojados contra muros de concreto. Insto a cada uno de nosotros a sujetar aquellas cosas que nos roban de un tiempo precioso y a tomar la determinación de dominarlas, en lugar de permitirles que nos dominen a nosotros mediante su carácter adictivo.

Para tener la paz que menciona el Salvador (Juan 14:27), debemos dedicar nuestro tiempo a las cosas que más importan, y las cosas de Dios son las que más importan. Al relacionarnos con Dios mediante la oración sincera, al leer y estudiar las Escrituras a diario, meditar sobre lo que hemos leído y sentido, y luego poner en práctica y vivir las lecciones aprendidas, nos allegamos más a Él. La promesa de Dios es que a medida que busquemos conocimiento diligentemente de los mejores libros “[Él nos] dará conocimiento por medio de su Santo Espíritu” (D. y C. 121:26; véase también D. y C. 109:14–15).

Satanás nos tentará a usar mal nuestro tiempo mediante distracciones disfrazadas. Aunque las tentaciones vendrán, el élder Quentin L. Cook enseñó que “Los santos que respondan al mensaje del Salvador no permitirán que los intereses que distraen y son destructivos los [desvíen]” (“¿Es usted santo?”, Liahona, noviembre de 2003, pág. 96). Hiram Page, uno de los Ocho Testigos del Libro de Mormón, nos enseñó una valiosa lección sobre las distracciones. Él tenía cierta piedra y por medio de ella escribió lo que él creía que eran revelaciones para la Iglesia (véase D. y C. 28). Cuando se le corrigió a Hiram, un registro señala que la piedra fue tomada y pulverizada para que nunca más volviera a ser una distracción1. Invito a que detectemos las distracciones que nos hacen perder el tiempo en nuestra vida y que ameriten ser pulverizadas en sentido figurado. Tendremos que ser sabios en nuestro juicio para garantizar que nuestro uso del tiempo esté bien equilibrado para incluir al Señor, a la familia, al trabajo y a las actividades recreativas. Como muchos ya han descubierto, hay mayor felicidad en la vida cuando usamos nuestro tiempo para aspirar a lo “virtuoso, o bello, o de buena reputación o digno de alabanza” (Artículos de Fe 1:13).

El tiempo marcha sin demora al compás del reloj. Hoy sería un buen día, mientras el reloj de la vida terrenal marca la hora, para revisar lo que estamos haciendo a fin de prepararnos para presentarnos ante Dios. Testifico que hay grandes recompensas para aquellos que dedican de su tiempo en la vida terrenal para prepararse para la inmortalidad y la vida eterna. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Mostrar las referencias

    Nota

  1.   1.

    Véase Provo Utah Central Stake general minutes, 6 de abril de 1856, tomo 10 (1855–1860), Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City, pág. 273 (la ortografía, la puntuación y el uso de las mayúsculas del texto en inglés se han actualizado): “El padre [Emer] Harris dijo que el apóstol dijo que tenemos que luchar contra principados y potestades en lugares altos. El hno. Hiram Page sacó de la tierra una piedra negra [y] se la metió en el bolsillo. Cuando llegó a casa, la vio. Ésta contenía una frase en papel que cabía en ella. Tan pronto como él escribió una frase, otra frase apareció en la piedra, hasta que escribió 16 páginas. Se le informó al hno. José del hecho. Una persona le preguntó a José si eso era correcto. Él dijo que no lo sabía, pero oró y recibió la revelación de que la piedra era del diablo. Entonces fue pulverizada y los escritos fueron quemados. Ésa era una obra del poder de las tinieblas. Amén”.