Llegar a ser buenos padres


L. Tom Perry
Existen muchas maneras mediante las cuales los buenos padres pueden acceder a la ayuda y al apoyo que necesitan para enseñar a sus hijos el evangelio de Jesucristo.

Este verano llegué a un hito especial: cumplí 90 años. Al llegar a ciertos hitos en la vida, nos es de ayuda y es instructivo reflexionar sobre los acontecimientos y las experiencias del pasado. Quizás a ustedes, los jóvenes que estén escuchando o leyendo este discurso, no les impresionen demasiado 90 años de vida, pero cuando yo nací, el vivir todo ese tiempo se consideraba un gran logro. Todos los días estoy agradecido al Padre Celestial por bendecirme con una larga vida.

Muchas cosas han cambiado en el transcurso de mi vida; he visto el desarrollo de la era industrial y de la era de la información. La producción de automóviles en masa, los teléfonos y los aviones eran las grandes innovaciones de los primeros años de mi vida. En la actualidad, las formas en que encontramos, compartimos y usamos la información cambian casi a diario. A mi edad, me maravilla el mundo rápidamente cambiante en el que todos vivimos. Muchos de los adelantos de hoy estimulan la imaginación con el potencial que tienen de mejorar nuestra vida.

Con todos los cambios vertiginosos que ocurren a nuestro alrededor, oramos y nos esforzamos con empeño para asegurar que los valores del evangelio de Jesucristo perduren. Algunos de ellos ya están en peligro de perderse. Entre los primeros de esta lista de valores y, por lo tanto, de los principales objetivos del adversario, se encuentran la santidad del matrimonio y la importancia central de las familias. Éstos proporcionan un ancla y un refugio seguro de un hogar en donde a cada hijo de un amoroso Padre Celestial se le puede influir para bien y puede adquirir valores eternos.

Mi propia familia, al anticipar la celebración de este hito de mis 90 años, empezó a ayudarme a recordar y a apreciar las experiencias de mi larga vida. Por ejemplo, mi sobrina recopiló y compartió conmigo varias cartas que yo había escrito a mis padres hace casi 70 años desde mi puesto de infante de marina en la isla de Saipán, en el Pacífico, durante la Segunda Guerra Mundial.

Una de esas cartas me llamó la atención en particular; era una que le escribí a mi madre para que la abriera y la leyera el Día de las Madres en 1945. Me gustaría compartir con ustedes algunos extractos con la esperanza de que vean la razón por la que siempre estaré agradecido a mi querido padre y querida madre por las lecciones que aprendí de sus enseñanzas en el hogar. Mis padres son el ejemplo que tengo y que define a padres buenos que dieron la mayor prioridad a su matrimonio y a la debida crianza de los hijos.

Mi carta del Día de las Madres de 1945 empezó así:

“Querida mamá:

“Durante los últimos cuatro años he tenido la gran desdicha de pasar el Día de las Madres lejos de ti. Cada año he deseado estar contigo y decirte lo mucho que te quiero y lo mucho que pienso en ti, pero ya que una vez más es imposible hacerlo, tendré que hacer lo mejor después de eso y enviarte mis pensamientos por correo.

“Este año, más que cualquier otro, puedo ver lo que ha hecho por mí el tener una madre maravillosa. En primer lugar, extraño las cosas pequeñas que hacías por mí. Siempre que me levantaba por la mañana, nunca me tenía que preocupar por si tendría una camisa o calcetines limpios. Todo lo que tenía que hacer era abrir un cajón, y allí los encontraba. A la hora de comer, siempre sabía que encontraría algo que me gustaba preparado de la mejor manera posible. Por la noche, siempre sabía que encontraría sábanas limpias en la cama y la cantidad precisa de cobijas para estar cómodo. El vivir en casa fue verdaderamente un gran placer”.

Cuando leí esos dos primeros párrafos de la carta, al principio me quedé asombrado porque sonaban muy sentimentales. Tal vez el hecho de vivir en una tienda de campaña y dormir bajo una red para mosquitos en un catre de campamento hizo que pensara en mi hogar tan especial.

La carta a mi madre continuaba:

“Pero mi sentimiento hacia ti es más profundo por el ejemplo que me has dado. Hiciste la vida tan agradable para nosotros como familia que deseábamos seguir tus pasos, seguir adelante disfrutando del mismo gozo que habíamos sentido en nuestros días de juventud. Siempre encontraste tiempo para llevar a la familia al cañón, y podíamos contar con que harías cualquier cosa con nosotros, desde escalar montañas hasta jugar a la pelota. Tú y papá nunca fueron solos de vacaciones; la familia siempre iba con ustedes. Ahora que estoy lejos de casa, siempre me gusta hablar sobre mi vida familiar porque fue tan placentera. No podría alejarme de sus enseñanzas ahora porque mis acciones reflejarían el carácter de ustedes. La vida presenta el gran desafío para mí de ser digno de ser llamado el hijo de Nora Sonne Perry. Estoy muy agradecido por ese título, y espero que siempre sea digno de él.

“Espero que el año próximo me encuentre contigo a fin de demostrarte las cosas lindas que he estado planeando durante los últimos cuatro años para ti para el Día de las Madres.

“Que el Señor te bendiga por todas las cosas maravillosas que has hecho por este mundo atribulado.

“Con todo mi amor, Tom”1.

Al volver a leer la carta, también reflexioné en la cultura de la familia, del barrio, de la estaca y de la comunidad donde me crié.

La cultura se define como el modo de vida de un pueblo. Existe una cultura única del Evangelio, un conjunto de valores, expectativas y prácticas comunes para todos los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Esta cultura del Evangelio, o modo de vida, se deriva del plan de salvación, de los mandamientos de Dios y de las enseñanzas de los profetas vivientes. Se manifiesta en el modo en que criamos a nuestra familia y vivimos nuestra vida.

La primera instrucción que se dio a Adán en cuanto a su responsabilidad mortal se encuentra en Génesis 2:24: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se allegará a su mujer, y serán una sola carne”.

El unir juntos a un hombre y a una mujer para que estén legal y legítimamente casados no es sólo una preparación para que las generaciones futuras hereden la tierra, sino que también trae el gozo y la satisfacción más grandes que se puedan hallar en esta experiencia mortal. Eso es especialmente de esta manera cuando mediante el poder del sacerdocio se proclama que un matrimonio será por el tiempo y por toda la eternidad. Los hijos que nacen en esos matrimonios tienen una seguridad que no se encuentra en ninguna otra parte.

Las lecciones que enseñan los buenos padres en el hogar se están volviendo cada vez más importantes en el mundo de hoy, donde la influencia del adversario está tan difundida. Como sabemos, él está tratando de erosionar y destruir el cimiento mismo de nuestra sociedad: la familia. De maneras astutas y cuidadosamente enmascaradas está atacando el compromiso a la vida familiar en todo el mundo y está minando la cultura y los convenios de los fieles Santos de los Últimos Días. Los padres deben tomar la determinación de que la enseñanza en el hogar sea una de las responsabilidades más sagradas e importantes. Si bien otras instituciones, tales como la Iglesia y la escuela, pueden ayudar a los padres a “[instruir] al niño [o a la niña] en su camino” (Proverbios 22:6), esta responsabilidad descansa, en última instancia, en los padres. Según el gran plan de felicidad, son los buenos padres a quienes se confía el cuidado y el desarrollo de los hijos de nuestro Padre Celestial.

En nuestra extraordinaria mayordomía como padres, existen muchas maneras mediante las cuales los buenos padres pueden tener acceso a la ayuda y al apoyo que necesitan para enseñar el evangelio de Jesucristo a sus hijos. Permítanme sugerir cinco cosas que los padres pueden hacer para crear culturas familiares más fuertes:

Primero, los padres pueden orar con fervor para pedirle a nuestro Padre Eterno que los ayude a amar, comprender y guiar a los hijos que Él les ha enviado.

Segundo, pueden llevar a cabo la oración familiar, el estudio de las Escrituras, las noches de hogar, y comer juntos con tanta frecuencia como sea posible, convirtiendo la hora de la cena en un tiempo de comunicación y enseñanza de valores.

Tercero, los padres pueden beneficiarse plenamente de la red de apoyo de la Iglesia, comunicándose con los maestros de sus hijos en la Primaria, con los líderes de los jóvenes y con las presidencias de clase y de quórum. Al comunicarse con aquellos que han sido llamados y apartados para trabajar con sus hijos, los padres pueden proporcionar un conocimiento fundamental de las necesidades especiales y específicas del niño.

Cuarto, con frecuencia los padres pueden compartir su testimonio con sus hijos, hacer que se comprometan a guardar los mandamientos de Dios, y prometerles las bendiciones que nuestro Padre Celestial promete a Sus hijos fieles.

Quinto, podemos organizar a nuestras familia basándonos en reglas y expectativas familiares claras y sencillas, en tradiciones y ritos familiares sanos, y en una “economía familiar” donde los hijos tengan responsabilidades en el hogar y ganen cierta cantidad de dinero a fin de que aprendan a hacer un presupuesto, a ahorrar y a pagar el diezmo del dinero que ganen.

Esas sugerencias para crear culturas familiares más fuertes funcionan en armonía con la cultura de la Iglesia. Nuestras culturas familiares fortalecidas serán una protección para nuestros hijos contra “los ardientes dardos del adversario” (1 Nefi 15:24) integrados en la cultura de su grupo de amistades, las culturas del entretenimiento y de las celebridades, las culturas del crédito y de tener derecho a todo, y las culturas del internet y de los medios de comunicación a los que constantemente se ven expuestos. Las culturas familiares fuertes ayudarán a nuestros hijos a “vivir en el mundo” y a “no ser del mundo” (Juan 15:19).

El presidente Joseph Fielding Smith enseñó: “Los padres tienen el deber de enseñar a sus hijos estos principios salvadores del evangelio de Jesucristo, a fin de que sepan por qué se han de bautizar y para que se grabe en su corazón el deseo de continuar guardando los mandamientos de Dios después de que se bauticen, para que puedan volver a Su presencia. Mis buenos hermanos y hermanas, ¿quieren a sus familias y a sus hijos?, ¿quieren ser sellados a su padre y a su madre que los antecedieron…? Si es así, deben empezar la enseñanza desde la cuna. Han de enseñar tanto por el ejemplo como por el precepto”2.

La Proclamación acerca de la familia dice lo siguiente:

“El esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y de cuidarse el uno al otro, así como a sus hijos. ‘…herencia de Jehová son los hijos’ (Salmos 127:3). Los padres tienen el deber sagrado de criar a sus hijos con amor y rectitud, de proveer para sus necesidades físicas y espirituales, y de enseñarles a amarse y a servirse el uno al otro, a observar los mandamientos de Dios y a ser ciudadanos respetuosos de la ley dondequiera que vivan…

“…Por designio divino, el padre debe presidir la familia con amor y rectitud y es responsable de proveer las cosas necesarias de la vida para su familia y de proporcionarle protección. La madre es principalmente responsable del cuidado de sus hijos. En estas sagradas responsabilidades, el padre y la madre, como compañeros iguales, están obligados a ayudarse el uno al otro”3.

Creo que es por designio divino que la función de la maternidad se centra en el cuidado y la enseñanza de la próxima generación; pero es maravilloso ver a esposos y esposas que han forjado una verdadera asociación donde armonizan su influencia y se comunican con eficacia acerca de sus hijos y con ellos.

La avalancha de maldad contra nuestros hijos es más sutil y descarada de lo que jamás haya sido. Cuando edificamos una cultura familiar más fuerte se agrega otra capa de protección para nuestros hijos, aislándolos de las influencias del mundo.

Dios bendiga a las buenas madres y a los buenos padres de Sión. Él ha confiado a su cuidado Sus hijos eternos. Como padres, nos asociamos e incluso nos unimos a Dios al llevar a cabo Su obra y gloria entre Sus hijos. Nuestro deber sagrado es esforzarnos por hacer lo mejor que nos sea posible. De ello testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.

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    Notas

  1.   1.

    Carta de L. Tom Perry a su madre para el Día de las Madres, enviada desde Saipán, con fecha 3 de mayo de 1945.

  2.   2.

    Joseph Fielding Smith, en Conference Report, octubre de 1948, pág. 153.

  3.   3.

    “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.