La Semana Santa


Durante la última semana de Su vida, nuestro Salvador Jesucristo llevó a cabo la Expiación, que comprendía Su sufrimiento en Getsemaní, Su crucifixión en el Gólgota y Su resurrección de la tumba.

En el concilio de los cielos, antes de que se creara la tierra, el Padre Celestial presentó el plan que tenía para nosotros, Sus hijos. Cuando escogió a Jesucristo para que llevara a cabo el plan de salvación, gritamos de gozo (véase Job 38:7 y Abraham 3:27). Nacido de María en Belén, Jesús vivió una vida sin pecado y, gracias a Su expiación, podemos volver a vivir con nuestro Padre Celestial y recibir la vida eterna. Jesucristo regresará otra vez con poder y gloria para morar en la tierra durante el Milenio y será el Juez de todos los hombres en el último día.

A continuación se encuentran imágenes de videos de la Biblia que muestran la última semana de la vida del Salvador; puede leer los versículos de las Escrituras que corresponden a cada imagen. Para ver la cronología completa de los acontecimientos, consulte la concordancia entre los cuatro Evangelios en la Guía para el Estudio de las Escrituras. Los videos de la Biblia están disponibles en biblevideos.lds.org.

En el quinto día antes de la Pascua de resurrección, Jesús entró en Jerusalén montado en un asno, conforme se había profetizado. La gente lo reconoció como su Rey y daba voces, diciendo: “¡Hosanna!”, y al paso del asno tendían en el camino sus mantos y hojas de palma. (Véase Mateo 21:1–11; Marcos 11:1–11; Zacarías 9:9.)

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Por segunda vez durante Su ministerio terrenal, Jesús purificó los atrios del templo. “Mi casa, casa de oración será llamada, pero vosotros la habéis hecho cueva de ladrones”, dijo a los cambistas (Mateo 21:13). Luego, muchos de los ciegos y cojos vinieron a Él en el templo y Él los sanó; pero cuando los sumos sacerdotes y los escribas vieron Sus milagros, se enojaron y buscaron la manera de destruirlo. (Véase Mateo 21:12–17; Marcos 11:15–19.)

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Jesucristo, el Hijo Unigénito del Padre, condescendió a venir a la tierra para redimir a todos los hombres de la Caída. (Véase 1 Nefi11:16–22, 26–33; Alma 7:10–13.)

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A lo largo de la semana, el Salvador pronunció algunos de Sus sermones más memorables, entre ellos Sus enseñanzas sobre la ofrenda de la viuda. (Véase Marcos 12:41–44; Lucas 21:1–4.)

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En el Jardín de Getsemaní, el Salvador se arrodilló y oró, y Su agonía por los pecados del mundo hizo que “temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu” (D. y C. 19:18). Poco después, Judas Iscariote y una multitud de hombres armados aprehendieron a Jesús, y todos los discípulos abandonaron al Señor y huyeron. (Véase Mateo 26:36–56; Marcos 14:32–50; Lucas 22:39–53.)

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En Su última cena, Jesús prometió a Sus apóstoles que cuando Él ya no estuviera recibirían el Consolador o Espíritu Santo. Les enseñó que lo recordaran al participar de la Santa Cena. Al final de la noche, Jesús ofreció la oración intercesora, en la que pidió que los discípulos llegaran a ser uno. (Véase Mateo 26:17–30; Marcos 14:12–26; Lucas 22:14–32; Juan 13–17.)

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Después de un juicio ilegal y de una flagelación cruel, Jesucristo permitió que lo crucificaran, llevando a término el “gran y postrer sacrificio” que hizo posible la salvación para todos los hijos de Dios (véase Alma 34:14–15). Antes del anochecer, los seguidores de Jesús tomaron Su cuerpo de la cruz, lo envolvieron en lienzos y especias, y lo pusieron en un sepulcro. (Véase Mateo 27; Lucas 23; Marcos 15; Juan 19.)

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Al amanecer del domingo, María Magdalena y otras mujeres fieles llegaron al sepulcro para ungir una vez más el cuerpo de Jesús; encontraron que se había removido la piedra del sepulcro y a dos ángeles que declararon buenas nuevas: “No está aquí, porque ha resucitado” (Mateo 28:6). El Salvador resucitado venció la muerte física e hizo posible que cada uno de nosotros viva de nuevo: “Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22). (Véase Mateo 28; Marcos 16; Lucas 24; Juan 20.)

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