Mis oraciones de gratitud


Con nuestros problemas económicos, sentí que eran muchas las necesidades por las que teníamos que orar. ¿Podría realmente centrar mis oraciones solamente en la gratitud?

Hace años, mi esposo y yo compramos una casa que nos encantaba, y pasamos mucho tiempo y dinero renovándola. Dieciocho meses después, la economía se vino abajo y tuvimos que gastar los ahorros que habíamos guardado a costa de grandes sacrificios, en una gravosa hipoteca y un sinnúmero de gastos imprevistos.

Transcurrieron meses de aflicciones y problemas económicos. Tuvimos un mes particularmente difícil con reparaciones a la casa y al automóvil, cuentas médicas y un recorte en el salario; nuestros ahorros rápidamente desaparecieron.

Recuerdo que oré pidiendo una y otra vez las cosas que necesitábamos. Agobiada por el estrés, me era difícil atender debidamente a nuestros hijos y a las necesidades de la familia, ya que me iba hundiendo en la depresión y la desesperación. No obstante, seguí orando en busca de consuelo pues sabía que eso era el ancla que impedía que cayera más profundamente en las tinieblas.

Después de varios meses de orar pidiendo ayuda, empecé a pensar cómo podía orar más fervientemente. El Espíritu me recordó el consejo de los líderes del sacerdocio y pasajes de las Escrituras que enseñaban la importancia de expresar gratitud a nuestro Padre Celestial. Esas impresiones me ayudaron a darme cuenta de que necesitaba expresar más agradecimiento por mis bendiciones y pedir menos las cosas que mi familia y yo necesitábamos. Decidí que durante una semana trataría de dejar a un lado mis súplicas diarias y expresaría únicamente gratitud en mis oraciones.

Fue difícil; sentía que mi familia necesitaba tantas cosas; era como si estuviese defraudando a mi familia al no pedir las bendiciones que necesitábamos tan desesperadamente. ¿Cómo me bendeciría el Señor si no se lo pedía?

A pesar de la ansiedad que sentía, lo intenté. Al poco tiempo me di cuenta de que mis oraciones ya no eran súplicas monótonas; recuperé la habilidad de reconocer las necesidades de los demás, de ver más allá de mis problemas y las bendiciones que aún tenía. Mi gratitud me estaba acercando al Salvador, y sentí el consuelo que no habría recibido de otra manera.

A mi mente seguía acudiendo este pasaje de las Escrituras: “Y si la hierba del campo, que hoy es y mañana es echada al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe?” (Mateo 6:30). Ese pasaje me hizo sentir más humildad a medida que seguí orando; por medio de la gratitud, estaba aprendiendo más sobre la verdadera humildad.

En el transcurso de la semana, mis oraciones cambiaron de: “Te doy gracias por los alimentos, la vestimenta y un techo”, a: “Te doy gracias por la familia que has preservado y mantenido, por la protección que sigues proporcionándonos. Te doy gracias por las provisiones con las que continúas bendiciéndonos”. También recuerdo que oré: “Te doy gracias porque dependemos de Ti, porque nos tienes presentes, y por el sendero que estás preparando para que escapemos de esta esclavitud, cualquiera que ése sea”. En algún momento, mis oraciones se convirtieron no sólo en oraciones de gratitud y humildad, sino también de fe. Sin pedir bendiciones, estaba expresando fe en que el Señor proveería de lo necesario, y mi fe crecía a pasos agigantados.

Durante esas oraciones, mis pensamientos muchas veces se volvían al sacrificio de los primeros santos y me preguntaba qué estaba dispuesta a sacrificar yo. Pasaron unos días más y pusimos nuestra querida casa en venta. El mercado inmobiliario estaba sumamente lento; pero, milagrosamente, tuvimos la bendición de vender nuestra casa. A pesar de que perdimos una cantidad considerable de dinero en la venta, como lo habíamos esperado, nuestra familia ahora se encontraba en condiciones de empezar a edificar sobre un cimiento más firme en lo material.

Aun así, el poder vender nuestra casa en tiempos económicos tan difíciles no es el milagro que extraje de esta experiencia. El milagro es la fe que cultivé y el conocimiento que adquirí. El presidente James E. Faust (1920–2007), Segundo Consejero de la Primera Presidencia, dijo que la gratitud es un “principio salvador”1. Creo que experimenté un poco de aquello a lo que él se refería cuando volví mi corazón y mis oraciones al Padre Celestial y recibí consuelo, paz y guía. Mi nuevo testimonio sobre la gratitud es que inspira humildad, la humildad fomenta la fe y la fe produce milagros.

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    Nota

  1.   1.

    Véase James E. Faust, “La gratitud: Un principio salvador”, Liahona, julio de 1990, pág. 100.