La justicia y la misericordia de Dios

Tomado del discurso “Llevado en alas de águila”, pronunciado en una charla fogonera el 2 de junio de 1974 en la Universidad Brigham Young. Para el texto completo en inglés, véase speeches.byu.edu.


Jeffrey R. Holland
Sé que regresaremos a vivir con el Salvador, que, si le somos fieles, seremos libres —sin restricciones ni limitaciones— y que reconoceremos en las marcas de Su carne parte de Su sometimiento y cautiverio, y de Su sacrificada muerte por nosotros.

Fotografía por Jeremy Burke Hunter, prohibida su reproducción.

Aquella ceremonia de graduación no era como ninguna otra a la que hubiera asistido o en la que hubiera participado. Había cuarenta y cuatro graduados, todos varones; no llevaban las togas ni los birretes académicos tradicionales, sino que cada uno de ellos iba vestido con una camisa celeste y pantalones vaqueros azul oscuro.

La ceremonia no se llevaba a cabo en un gimnasio, ni en un estadio ni en un elegante auditorio; tenía lugar en la cárcel del estado de Utah, Estados Unidos, en una modesta capilla que compartían todos los credos religiosos. La clase de graduados había terminado con éxito el curso de un año del estudio de la Biblia, auspiciado por La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y abierto a todos los que quisieran participar.

Un hombre joven que parecía casi un niño ofreció la primera oración; estaba muy nervioso, pero oró de todo corazón. Estaba cumpliendo una condena de diez años a perpetuidad a causa de un robo a mano armada. La última oración la ofreció un hombre de aproximadamente cuarenta y cinco a cincuenta años que parecía un hombre común y corriente; estaba encarcelado por el resto de su vida por haber cometido asesinato en segundo grado.

Otro joven que había salido en libertad estaba allí para recibir su certificado y alentar a sus ex compañeros de prisión. “Muchachos”, les dijo, “la perspectiva desde la cárcel es muy mala. Les aseguro que desde afuera es mucho mejor. Traten de recordarlo”. Luego se volvió a los visitantes, los amigos y familiares que estaban presentes y agregó: “Ustedes son una luz en un lugar tenebroso. Si no fuera por amor como el de ustedes, no seríamos capaces de ir de donde estamos a donde debemos estar”.

Cuando terminó la ceremonia, el preso que había dirigido la reunión dijo, con voz emocionada y los ojos humedecidos por las lágrimas: “Ésta es para nosotros la mejor ocasión del año; es mejor que la Navidad, el día de Acción de Gracias o el Día de la Madre; es mejor porque se nos ha iluminado y eso, para nosotros, es lo más cercano a la libertad”.

Fotografía © Thinkstock

Más tarde, los portones se cerraron ruidosamente detrás de mi esposa y de mí. Esa noche regresamos a casa, y debo admitir que no pude conciliar el sueño; me atormentaban los eventos de ese día. Durante las primeras horas de la mañana tuve emociones, pensamientos y una reacción en cuanto al concepto del cautiverio y la libertad (y su relación con la iluminación y el amor) que nunca antes había tenido.

La justicia de Dios

Una impresión que recibí aquella noche fue que Dios es justo. Alma dijo: “¿…supones tú que la misericordia puede robar a la justicia? Te digo que no, ni un ápice. Si fuera así, Dios dejaría de ser Dios” (Alma 42:25). Y el apóstol Pablo dijo a los gálatas: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado, porque todo lo que el hombre siembre, eso también segará” (Gálatas 6:7).

Otra cosa que me vino a la mente es que Pablo verdaderamente quiso decir que segamos lo que sembramos. Me di cuenta de que si sembramos cardos, no esperamos cosechar fresas; si sembramos odio, realmente no esperamos recibir amor en abundancia. Recibimos lo que sembramos.

Luego, al recordar a aquellos hombres vestidos de azul, también pensé: es verdad que cosechamos lo que sembramos; pero, de algún modo, siempre cosechamos una cantidad mayor. Si sembramos unos pocos cardos, crecerán un montón de ellos, por años y años, arbustos grandes con ramas abundantes; nunca nos libraremos de ellos a menos que los cortemos de raíz. Si sembramos un poquito de odio, antes de que nos demos cuenta habremos cosechado mucho odio —un odio ardiente, enconado y beligerante, y finalmente contencioso y malvado.

Después, irónicamente, me reconfortó el darme cuenta de que mi primera idea —la de que Dios es justo— no era tan dolorosa como sonaba. Por mucho que nos asuste el hecho de que todos hemos pecado y sin importar cuán atemorizador sea el considerar a un Dios justo, me resulta mucho más aterrador imaginar a un Dios injusto.

Un principio básico de la doctrina de los Santos de los Últimos Días es que necesitamos saber que Dios es justo a fin de seguir adelante. Uno de Sus atributos es la justicia y, debido al temor, no tendríamos la fe para vivir con rectitud, ni para amar más profundamente, ni para estar más dispuestos a arrepentirnos, si no pensáramos que la justicia estará de nuestra parte o si creyéramos que Dios puede cambiar de parecer y optar por un conjunto de reglas diferentes1. Debido a que sabemos que Dios es justo y que dejaría de ser Dios si no lo fuera, tenemos la fe para seguir adelante con el conocimiento de que no seremos víctimas de la arbitrariedad ni del capricho, ni del mal humor, ni de una broma maliciosa. Esa seguridad es muy alentadora.

La misericordia de Dios

Entonces se me cruzó otro pensamiento: ¡Cuán agradecido estaba por saber que Dios, debido a Quien es, también tiene que ser un Dios misericordioso! En el capítulo 42 de Alma, después de haberle señalado a Coriantón que Dios tiene que ser justo, Alma le explicó que ese mismo Dios también tenía que ser misericordioso y que esa misericordia reclamaría al penitente. Ahora ese concepto adquirió una perspectiva diferente para mí, precisamente porque acababa de estar en la penitenciaría. Eso me dio ánimo: La misericordia podía reclamar al penitente; por lo tanto, llegué a la conclusión de que si aquellos hombres habían tenido que ir a la penitenciaría para beneficiarse del don de la misericordia —si por estar allí habían descubierto el evangelio de Jesucristo, las Escrituras o la Expiación— entonces valió la pena que estuvieran presos.

Por lo tanto, vayamos al lugar de penitencia: al obispo, al Señor, a quienes hayamos ofendido o a quienes nos hayan ofendido a nosotros. Supongo que tenemos a nuestro alrededor nuestras pequeñas penitenciarías privadas. Si el ir allí es lo que nos hace falta para ser verdaderamente penitentes y para estar en condiciones de reclamar el don de la misericordia, entonces debemos hacerlo.

Sé que no es fácil retroceder, deshacer lo hecho y comenzar de nuevo, pero creo con todo mi corazón que es más fácil, y sin duda más satisfactorio, embarcarse en un nuevo comienzo que continuar adelante tratando de creer que la justicia no exigirá su precio.

Ilustración fotográfica por Welden C. Andersen.

Un renombrado escritor británico dijo: “No creo que todos los que escogen caminos equivocados perezcan; sin embargo, su rescate consiste en ponerlos otra vez en el camino correcto. Una suma [matemática] [que esté incorrecta] se puede corregir, pero únicamente si se retrocede hasta encontrar el error y [entonces] se empieza de nuevo a partir de ese punto; nunca se corregirá si simplemente se sigue adelante. El mal se puede deshacer, pero no puede ‘evolucionar’ hasta convertirse en bien; el tiempo no lo sana; el mal debe corregirse”2.

Por lo tanto, Dios es justo, “la misericordia reclama al que se arrepiente” (Alma 42:23) y el mal puede remediarse.

La necesidad del arrepentimiento

La idea final y culminante que tuve me ayudó a comprender lo que tal vez nunca había comprendido literalmente: el porqué de que en toda generación y a todas las dispensaciones el Señor les ha dicho lo mismo que dijo al comienzo de esta dispensación: “No prediquéis sino el arrepentimiento a esta generación; guardad mis mandamientos…” (D. y C. 6:9). Ese concepto y ese versículo se convirtieron en algo sumamente positivo, beneficioso e inspirador para mí; y supe, como jamás lo había entendido antes, que no existe otra vía salvo el arrepentimiento.

Si ustedes son como los demás seres mortales, tienen algunas situaciones de las que deben alejarse, algunas ataduras y limitaciones de las que podrían liberarse y algunos pecados de los que arrepentirse. Permítanme darles sólo un ejemplo: la esclavitud de la ignorancia.

Lo que me parece ser la primera y suprema atadura que nos esclaviza es sencillamente no saber lo suficiente. Muy temprano en la vida aprendemos expresiones trilladas; dos de ellas son: “La ignorancia es fuente de felicidad” y “Ojos que no ven, corazón que no siente”. Permítanme decir con toda la intensidad de la que soy capaz, que nada les hará mayor daño que aquello que ignoren. Creo que se nos culpará por la esclavitud en la que caigamos debido a lo que no hayamos aprendido y que tendremos que cumplir una sentencia en esta vida o en la otra por ello.

En la doctrina de nuestra fe, aprendemos que no podemos salvarnos en la ignorancia (véase D. y C. 131:6); que lo que aprendamos en esta vida se levantará con nosotros en la resurrección (véase D. y C. 130:18); que si adquirimos conocimiento, tendremos una gran ventaja en el mundo venidero (véase D. y C. 130:19); que nuestra salvación es proporcional a lo que hayamos aprendido3; que la luz y la verdad desechan al inicuo (véase D. y C. 93:37); que la gloria de Dios es la inteligencia (véase D. y C. 93:36); y más. En cierto momento, al principio de esta dispensación, la Iglesia entera fue condenada en forma colectiva; en la sección 84 de Doctrina y Convenios, el Señor dice:

“Y ahora os doy el mandamiento de tener cuidado, en cuanto a vosotros mismos, de estar diligentemente atentos a las palabras de vida eterna.

“Porque viviréis de toda palabra que sale de la boca de Dios.

“Porque la palabra del Señor es verdad, y lo que es verdad es luz, y lo que es luz es Espíritu, a saber, el Espíritu de Jesucristo” (versículos 43–45; cursiva agregada).

El comienzo para finalmente llegar a la presencia del Señor Jesucristo, que es adonde nos dirige la sección 84, es la palabra.

“Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros”, dijo el Señor durante Su ministerio, “pedid todo lo que queráis, y os será hecho” (Juan 15:7; cursiva agregada).

La importancia de la libertad

Si tuviéramos que elegir un tema para nuestra existencia —la existencia que conocemos ahora, no la pasada en la vida premortal ni la que nos espera más adelante— ese tema tendría que estar relacionado con la búsqueda de la verdadera libertad. Sabemos que una parte importante del gran concilio de los cielos se dedicó a enseñarnos cómo podríamos avanzar hacia una libertad completa. El camino del Padre fue uno de albedrío y de libertad para escoger: la libertad de cometer errores pero, en última instancia, la libertad de tener éxito. Se usaron todos los medios de protección posibles y todos los poderes del universo para asegurar la libertad de ejercer el albedrío y de regresar a nuestro hogar celestial. Entre esos medios de protección se encuentran la plenitud de las verdades del Evangelio y la expiación del Salvador Jesucristo.

José Smith en la cárcel de Liberty, por Greg K. Olsen; prohibida su reproducción

En verdad nos encontramos en cautiverio y prisión cuando no somos libres. Casi desearía haber estado en la cárcel alguna vez para que estas palabras tuvieran un efecto más dramático; ojalá pudiera hablar como Pedro o Pablo y que ángeles sorprendieran a los guardias y abrieran las puertas de la prisión (véase Hechos 12:5–11; véase también 16:25–26); o como Alma y Amulek, y que los muros de la prisión se derrumbaran (véase Alma 14:23–29); o como José Smith, que escribió lo que quizás sea lo más sublime de las Escrituras de nuestra dispensación en el interior de una cárcel sucia, lúgubre y sórdida (véase D. y C. 121–123). Agradecemos a Dios el hecho de vivir en esta época en que el Presidente y Profeta de nuestra Iglesia no tiene necesidad de temer que lo encarcelen y en la que no estamos sometidos, por lo menos política y físicamente, al cautiverio ni a la esclavitud. No obstante, en nuestra vida hay otros tipos de esclavitud y otra clase de prisiones que debemos destruir. Tenemos que hacer todo lo que hemos venido a hacer aquí.

Creo de todo corazón que si nos arrepentimos de nuestros pecados, somos comprensivos con los pecados de los demás, enfrentamos nuestras circunstancias con valor y tenemos el deseo de hacer algo al respecto, el Padre viviente de todos nosotros extenderá Su mano y, para citar palabras de las Escrituras, nos sostendrá “como en alas de águila” (D. y C. 124:18).

Yo he sido sostenido en alas de águila. Sé con todo mi corazón que Dios vive y que Jesús es el Cristo. Sé que Jesús dirige esta Iglesia, que es Su Iglesia y que Él es la principal piedra del ángulo alrededor de la cual se ha establecido el cimiento de apóstoles y profetas vivientes. Sé que regresaremos a vivir con el Salvador; que si le somos fieles, seremos libres —sin restricciones ni limitaciones— y que reconoceremos en las marcas de Su carne parte de Su sometimiento y cautiverio, y de Su sacrificada muerte por nosotros. Sé que debemos arrepentirnos de nuestros pecados y que Dios tiene que ser justo; pero me deleito al leer las Escrituras y las palabras de los profetas vivientes que nos dicen que donde exista mucho pecado, abundará mucha más gracia y que “la misericordia reclama al que se arrepiente”.

Para más información sobre este tema, véase D. Todd Christofferson, “Redención”, Liahona, mayo de 2013, pág. 109; y Craig A. Cardon, “El Salvador desea perdonar”, Liahona, mayo de 2013, pág. 15.

Vayamos al lugar de penitencia: al obispo, o al Señor, o a quienes hayamos ofendido o a quienes nos hayan ofendido a nosotros.

Si sembramos cardos, no esperamos cosechar fresas; si sembramos odio, realmente no esperamos recibir amor en abundancia. Recibimos lo que sembramos.

Sé que no es fácil retroceder, deshacer lo hecho y comenzar de nuevo, pero creo con todo mi corazón que es más fácil, y sin duda más satisfactorio, embarcarse en un nuevo comienzo que continuar adelante tratando de creer que la justicia no cobrará su precio.

José Smith escribió lo que quizás sea lo más sublime de las Escrituras de nuestra dispensación en el interior de una cárcel sucia, lúgubre y sórdida.

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    Notas

  1.   1.

    Véase Lectures on Faith [Disertaciones sobre la fe], 1985, págs. 50–54.

  2.   2.

    C. S. Lewis, The Great Divorce [El gran divorcio], 1946, pág. VIII.

  3.   3.

    Véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 280.