Un testimonio del Evangelio de Jesucristo

Deberes y bendiciones del Sacerdocio, Parte A, 1997


El objetivo de esta lección es ayudarnos a comprender cómo obtener y desarrollar un testimonio fuerte del Evangelio de Jesucristo.

Introducción

Un testimonio del Evangelio de Jesucristo es una de las posesiones más valiosas que podemos tener. El presidente David O. McKay se dio cuenta de esto en su juventud. Él dijo: “Sentí hambre por recibirlo; sentí que si podía recibirlo [un testimonio], todo lo demás me parecería insignificante” (“A Personal Testimony”, Improvement Era, septiembre de 1962, pág. 628).

Nuestro testimonio nos sostendrá a lo largo de la vida cuando lleguen las pruebas y dificultades, ya que en esos momentos no podemos sostenernos por el testimonio de los demás, sino que deberemos depender del nuestro propio para poder sobrellevar las pruebas con fe.

¿Qué es un testimonio?

Quizá podamos recordar nuestra primera reunión con los misioneros cuando aprendíamos el Evangelio, o el habernos relacionado con una persona que nos ayudó a obtener un testimonio. Es posible que recordemos el cálido sentimiento que tuvimos cuando escuchamos a alquien que nos expresó su testimonio. Ese sentimiento es el Espíritu Santo que da a nuestra alma la seguridad de que lo que estamos oyendo es verdad: se trata de un sentimiento de calma, de firme certeza. Por este sentimiento sabemos que Jesucristo es el Hijo de Dios, que José Smith fue un Profeta y que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es la única iglesia verdadera sobre la tierra. Este sentimiento puede darnos también un testimonio de la Palabra de Sabiduría, del principio de los diezmos o de la veracidad del Libro de Mormón.

Como miembros de la Iglesia en estos últimos días, es también esencial que tengamos un testimonio de los Profetas vivientes. El presidente Harold B. Lee explicó la importancia de este conocimiento:

“Quisiera hacerles comprender esto. Alguien lo dijo de esta forma, y creo que es la absoluta verdad: ‘Que una persona no se encuentra totalmente convertida hasta que comprueba la presencia del poder de Dios sobre los líderes de esta Iglesia y hasta que ese sentimiento arda en su corazón como si fuera fuego’. Hasta que los miembros de esta Iglesia no tengan la convicción de que son dirigidos de la forma correcta y de que estos hombres de Dios son inspirados y llamados adecuadamente por la mano de Dios, no estarán totalmente convertidos” (“The Strength of the Priesthood,” Ensign, julio de 1972, pág. 103).

Pida a los miembros de la clase que piensen por un momento en cuanto a su testimonio. Pídales que recuerden cuándo les fue revelada la verdad del Evangelio y cómo recibieron un testimonio espiritual de que la Iglesia es verdadera, de que Jesús es el Cristo o de que el Libro de Mormón es verdadero. Pregúnteles cómo fueron esas experiencias y cómo reconocieron que habían recibido un testimonio.

El recibir un testimonio

Un testimonio se basa en la revelación del Espíritu Santo. Llega cuando el Espíritu del Señor habla a nuestro corazón, mente y espíritu y nos confirma la verdad (véase D. y C. 8:2–3). Cristo explicó a Pedro que su testimonio no venía de ninguna fuente humana, sino de Dios (véase Mateo 16:13–17).

El élder Parley P. Pratt escribió la relación que figura a continuación sobre el testimonio que recibió de la veracidad del Libro de Mormón:

“Abrí con ansiedad [el Libro de Mormón]”, dijo, “y leí la portada. En seguida leí el testimonio de varios testigos con respecto a la forma en que se encontró y se tradujo… Leí todo el día; el comer fue una carga, no tenía deseos de comer; el dormir fue una carga al caer la noche, ya que prefería leer a dormir.

“A medida que leía, el Espíritu de Dios me influyó de tal forma que supe en ese momento que el libro era verdadero, de una forma tan perfecta como el hombre que comprende y sabe que él existe. Me parecía que mi gozo era perfecto, o al menos así me pareció, y me regocijé de tal modo que mi gozo compensó todas las aflicciones, los sacrificios y sufrimientos de mi vida” (Autobiography of Parley P. Pratt, pág. 37).

Para algunos, el recibir un testimonio es una experiencia vívida; para otros, es menos espectacular, pero no por ello menos importante o valioso. El élder Loren C. Dunn dijo: “Quizás no llegue como un destello de luz (no sé como el Señor se comunicará con ustedes), pero lo más seguro es que será una afirmación y un sentimiento en su corazón, una reafirmación que vendrá con calma, en forma natural pero real, día tras día, hasta que lleguen a darse cuenta de que saben” (“Watch Therefore: For Ye Know Not What Hour”, University of Utah Institute devotional, 10 de noviembre de 1972, pág. 5).

El presidente Marion G. Romney explicó que de esta manera obtuvo su testimonio:

“A veces un testimonio llega a una persona lentamente, a lo largo de un extenso período de tiempo. Yo no recuerdo haber recibido un testimonio de manera repentina… No puedo recordar alguna ocasión en que no tuve un testimonio. En efecto, se ha reforzado a lo largo de los años, pero no puedo recordar alguna ocasión en que no creí. Sin embargo, ya sea que el testimonio venga de manera repentina o por etapas, contribuye con un cambio en la vida de una persona. Uno es diferente después de recibir un testimonio” (“How to Gain a Testimony”, New Era, mayo de 1976, pág. 11).

Hay varios pasos que debemos seguir para recibir un testimonio, de los cuales hay cinco que son especialmente importantes:

Anote en la pizarra los cinco pasos que figuran a continuación:

  1. 1.

    El deseo de creer. Alma explica que el primer paso para obtener un conocimiento de la verdad es el deseo de creer (véase Alma 32:26–27).

  2. 2.

    Escudriñar las Escrituras. El profeta José Smith nos ha recomendado: “Escudriñad las Escrituras; escudriñad las revelaciones que publicamos y pedid a vuestro Padre Celestial en el nombre de Su Hijo Jesucristo, que os manifieste la verdad; y si lo hacéis con el sólo fin de glorificarlo, no dudando nada, Él os responderá por el poder de Su Santo Espíritu. Entonces podréis saber por vosotros mismos y no por otro. No tendréis entonces que depender del hombre para saber de Dios, ni habrá lugar para la especulación” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 7).

  3. 3.

    Hacer la voluntad de Dios. El Salvador aclara que antes de que un hombre pueda saber si una doctrina es de Dios, debe vivirla (véase Juan 7:16–18).

  4. 4.

    Meditar sobre los principios del Evangelio. El meditar sobre las Escrituras significa que debemos estudiarlas y analizarlas, y después orar con fe en Jesucristo para recibir conocimiento del Espíritu Santo sobre si nuestro pensamiento había sido correcto o no (véase Moroni 10:3–5).

  5. 5.

    Orar y ayunar a menudo. El profeta Alma llegó a saber por sí mismo que el Evangelio era verdadero porque ayunó y oró durante varios días. Tras su ayuno, el Espíritu Santo dio testimonio a su alma en cuanto a las doctrinas de Dios (véase Alma 5:45–56).

Pida al miembro de la clase previamente asignado que relate la experiencia que tuvo al obtener un testimonio.

El desarrollo de un testimonio más fuerte

Una vez que hayamos recibido un testimonio, ¿lo tendremos por siempre? El presidente Harold B. Lee dijo: “Un testimonio no es algo que hoy tenéis y siempre tendréis. Un testimonio es frágil. Es tan difícil de sujetar como lo es un rayo de luna. Es algo que tenéis que volver a lograr cada día de vuestra vida” (Church News, 15 de julio de 1972, pág. 4).

Para fortalecer nuestro testimonio cada día y permanecer felices en el Evangelio, debemos esforzarnos por vivir rectamente, llevar a cabo nuestros deberes del sacerdocio y servir a otros. Para que se pueda fortalecer, un testimonio debe ser un principio de acción.

Muestre la ayuda visual 26-a, “Podemos reforzar nuestro testimonio compartiéndolo con otros”.

El compartir nuestro testimonio con otros no solamente fortalecerá el nuestro, sino también el de quienes nos oyen. Se nos da la oportunidad de expresar nuestro testimonio una vez al mes en la reunión de ayuno y testimonios, pero debemos aprovechar cualquier oportunidad para compartirlo con nuestra familia y amigos.

Como miembros de la Iglesia, tenemos la responsabilidad de compartir nuestro testimonio con los demás, tanto con los miembros de la Iglesia como con los que no lo son. Cuando compartamos nuestro testimonio, se fortalecerán las demás personas y nosotros también. Debemos ser valientes en nuestro testimonio de Jesús (véase D. y C. 76:79).

Pedro advirtió: “…estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15). Nuestro testimonio expone a otros a la verdad y les ayuda a desear conocer más, además de que nos fortalece a nosotros y a ellos.

Pida a los miembros de la clase que lean D. y C. 62:3 y D. y C. 84:61. ¿Qué ha prometido el Señor a quienes compartan su testimonio?

Nuestro testimonio puede ser una fuente de fortaleza para nuestra familia. Un padre que estaba sirviendo en una misión en 1868, escribió esto a su hijo: “Hijo mío, que el testimonio de tu padre sea para ti una estrella orientadora durante toda tu vida” (citado por Reinhard Maeser en Karl G. Maeser, pág. 57).

Pregunte a los jóvenes cómo el testimonio de sus padres puede ser “una estrella orientadora” en su vida. Pida a los padres que expliquen de qué manera su testimonio puede ayudar a que sus hijos obtengan el suyo.

Cometidos

  1. 1.

    Trate de obtener, fortalecer y expresar su testimonio sobre el Evangelio de Jesucristo.

  2. 2.

    Trate de vivir una vida digna de recibir un testimonio cada vez mayor de la verdad, al permanecer cerca del Señor y al servirle fielmente en su llamamiento del sacerdocio.

  3. 3.

    Planee una noche de hogar sobre el tema del testimonio. En la misma, comparta su testimonio con su familia.

  4. 4.

    Comparta su testimonio en la reunión de ayuno y testimonios.

Pasajes adicionales de las Escrituras

  • Salmos 19:7 (el valor de un testimonio).

  • 1 Corintios 12:3 (el testimonio llega por medio del Espíritu Santo).

  • 2 Timoteo 1:8 (no debemos avergonzarnos de testificar).

  • D. y C. 76:22–23 (el testimonio de José Smith y Sidney Rigdon).

Preparación del maestro

Antes de presentar esta lección:

  1. 1.

    Consiga pizarra y tiza.

  2. 2.

    Si lo desea, asigne a un miembro de la clase para que relate su experiencia sobre cómo obtuvo su testimonio.

  3. 3.

    Planee comenzar la reunión cantando el himno “Yo sé que vive mi Señor”, Himnos, Nº 73.