La pureza moral

Deberes y bendiciones del Sacerdocio, Parte A, 1997


El propósito de esta lección es ayudarnos a comprender la importancia de ser moralmente limpios.

Introducción

En el mundo actual existen muchas normas diferentes de moral, las cuales cambian con el tiempo y las circunstancias. Por el contrario, las normas de Dios nunca cambian, porque Él es el mismo ayer, hoy y siempre. Una de las normas que el Señor ha esperado que vivamos siempre es la de la pureza moral.

Las Escrituras nos dicen que “ninguna cosa impura puede morar con Dios” (1 Nefi 10:21). Y el apóstol Pablo escribe: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:16–17). Nuestro cuerpo es sagrado y el Señor nos lo ha concedido para un propósito divino y espera que lo mantengamos limpio y digno de recibir Su Espíritu.

Nuestros cuerpos son sagrados

Para nosotros, los poseedores del sacerdocio, es importante mantenernos moralmente limpios, ya que las bendiciones más importantes que podemos recibir están relacionadas con nuestra pureza moral. El élder Boyd K. Packer nos dice que: “Uno de los muchos poderes de Dios, uno que estima altamente, es el poder para dar y quitar la vida. Él nos ha prohibido quitar la vida, pero ha compartido con nosotros Su poder para crearla, al permitirnos traer hijos al mundo. Ya que éste es un poder divino, Él ha mandado a todos sus hijos que lo utilicen de la manera correcta y lo reserven sólo para el matrimonio. También nos ha dicho que debemos dominar el deseo que acompaña este gran poder y utilizarlo dentro de los límites que Él ha señalado, y no para una satisfacción egoísta o puro placer… Mucha de la felicidad que [tendremos] en esta vida dependerá de la forma en que utilice[mos] este poder creador.

“Este poder para crear por necesidad trae consigo fuertes deseos y apetitos; digo fuertes porque hay necesidad de persuadir a los hombres a que acepten la responsabilidad de un hogar y una familia. Pero a causa de la fuerza de estos deseos, con frecuencia nos tientan a que abusemos de este poder creador. Es por motivo del uso impropio de este poder que se separan las familias y se pierde la felicidad. Por esta razón, no se deberá usar este poder con ninguna otra persona que no sea [nuestra esposa]… Y al igual que este poder para crear, [nuestro] cuerpo también es sagrado. No [debemos] permitir que se palpe [nuestro] cuerpo para experimentar o en una manera que no sea natural, ni por [nosotros] mismos ni por otros. El único uso propio y recto de este poder es dentro de los vínculos del matrimonio” (“Why Stay Morally Clean?” The New Era, julio de 1972, págs. 4–6).

Moroni nos dice que esa virtud es “más car[a] y precios[a] que todas las cosas” (Moroni 9:9). Debemos mantenernos moralmente puros para que podamos formar nuestra propia familia en rectitud y vivir en paz y armonía.

La ley de pureza de Dios

Dios nunca ha cambiado sus leyes y mandamientos referentes al pecado sexual, aunque el hombre ha tratado de cambiarlas para satisfacer su propio placer. La ley de castidad significa que un hombre no debe tener relaciones sexuales con nadie a excepción de su propia esposa. El Señor ha mandado: “No cometerás adulterio” (Éxodo 20:14). Sin embargo, la ley de castidad no se limita solamente al adulterio, sino que también se extiende a todo uso impropio de ese divino poder.

¿Cuáles son algunas de las formas en que el hombre abusa de ese poder? (Anote las respuestas en la pizarra.)

Entre las formas en que el hombre abusa de este poder sagrado se encuentran las que se detallan a continuación:

  • Adulterio y fornicación (incluso el vivir en unión libre).

  • Homosexualidad.

  • Aborto.

  • Masturbación.

La castidad incluye también la pureza de pensamiento y la modestia en el vestir. Las Escrituras nos dicen que nuestras acciones son el resultado de nuestros pensamientos (véase Proverbios 23:7); por lo tanto, debemos mantener virtuosos nuestros pensamientos si hemos de mantenernos moralmente limpios. Una de las maneras de reflejar nuestros pensamientos en nuestra vida es mediante la forma en que vestimos. Quienes visten con modestia demuestran que consideran sagrado su cuerpo.

Pida al miembro de la clase previamente asignado que lea la historia del presidente Kimball que se relata a continuación:

“Igual que un viaje, el pecado empieza con el primer paso; y la prudencia y la experiencia enseñan que es más fácil resistir la primera tentación que las posteriores, cuando ya ha empezado a desarrollarse la rutina de la transgresión. Esto queda demostrado en la historia de la alondra. Mientras posaba en las altas ramas de un árbol fuera de daño, vio que pasaba por el bosque un viajero con una pequeña y misteriosa caja negra. La alondra lanzó el vuelo y descendió sobre el hombro del viajero.

“—¿Qué lleva en esa cajita negra?, —preguntó.

“—Gusanos, —fue la respuesta.

“—¿Los vende?

“—Sí, y muy baratos. El precio es de sólo una pluma por un gusano.

“La alondra pensó por un momento. ‘Debo tener un millón de plumas. Estoy segura de que una no me va a hacer falta. Aquí tengo la oportunidad de conseguir un buen bocado sin ningún trabajo.’ De modo que le dijo al hombre que le compraría uno. Buscó cuidadosamente una pluma pequeña debajo del ala. Se estremeció un poco al arrancarla, pero el tamaño y la calidad del gusano pronto la hizo olvidar el dolor. En lo alto del árbol nuevamente empezó a cantar con la belleza de siempre.

“Al día siguiente vio al mismo hombre, y una vez más le entregó una pluma por un gusano. ¡Qué manera tan admirable y desahogada de obtener su comida!

“Cada día subsiguiente la alondra entregaba una de sus plumas, y cada vez parecía dolerle menos. Al principio tenía muchas plumas, pero al pasar los días descubrió que le era más difícil volar. Finalmente, después de la entrega de una de sus plumas principales, ya no pudo llegar a la cima del árbol, y menos aún volar por los aires. Por cierto, no podía hacer más que aletear y elevarse una corta distancia, y se vio obligada a buscar su comida con los contendientes y rencillosos gorriones.

“El hombre con los gusanos dejó de venir, porque ya no había más plumas con qué pagar los gusanos. La alondra cesó de cantar porque se sentía muy avergonzada de su estado caído.

“Así es como los hábitos y vicios indignos se apoderan de nosotros. Al principio dolorosamente, después con mayor facilidad, hasta que al fin nos vemos privados de todo lo que nos permite cantar y ascender a lo alto. Así es como se pierde la libertad; así es como quedamos envueltos en el pecado” (El Milagro del Perdón, págs. 216–217).

El controlar nuestros pensamientos, vestir modestamente, prestar atención a los mandamientos de nuestro Padre Celestial y guardarlos, son algunas de las formas en que podemos asegurarnos de no desarrollar hábitos indignos y de no perder nuestra castidad.

Cuando el hijo de Alma cometió adulterio, su padre le dijo: “¿No sabes tú, hijo mío, que estas cosas son una abominación a los ojos del Señor; sí, más abominables que todos los pecados, salvo el derramar sangre inocente o negar al Espíritu Santo?” (Alma 39:5).

Necesitamos conocer y comprender claramente la seriedad de la inmoralidad. No debemos tan sólo vivir moralmente limpios nosotros, sino también enseñar y alentar la pureza moral en otros, especialmente en nuestros hijos.

¿Cómo podemos animar a nuestros hijos a vestir con modestia y a ser moralmente limpios?

El poder del sacerdocio y la pureza moral

Nadie puede transgredir la ley de castidad y esperar hallar paz, a menos que se arrepienta sinceramente del pecado. El Libro de Mormón nos dice que el Espíritu Santo no morará en tabernáculos impuros (véase Helamán 4:24), y si perdemos el poder de ese Espíritu, es imposible utilizar la autoridad del sacerdocio que nos ha sido concedida. El Señor ha dicho: “y háganse todas las cosas con pureza ante mí” (D. y C. 42:41). Cuando somos moralmente limpios, el Espíritu Santo puede obrar a través de nosotros para ayudarnos a ejercer adecuadamente nuestro poder del sacerdocio. De ese modo, el sacerdocio es una gran protección contra el pecado. A medida que lo usamos con rectitud, no solamente serviremos con más eficacia a otros, sino que también obtendremos poder para alejarnos de la tentación. El élder A. Theodore Tuttle da un ejemplo de cómo la iniquidad prohibe el uso de la autoridad del sacerdocio:

“Un joven imprudente fue entrevistado para una misión y a las preguntas muy directas que le fueron formuladas, respondió con mentiras… Después, salió y trató de predicar el Evangelio. Esa fue la prueba final, en la que falló. El misionero se encontró con que no podía llevar a cabo la obra misional sin tener el Espíritu del Señor… Así que este misionero tuvo que arrepentirse… y confesar que había mentido a quienes le interrogaron, antes de que el Espíritu del Señor pudiera morar en él” (“Men With a Message”, Discurso dado a los maestros de Seminario e Instituto en la Universidad Brigham Young, 1958, pág. 2).

El presidente Spencer W. Kimball ha dado algunos consejos que hubieran podido ser de ayuda al misionero del caso anterior: “Las citas o salidas entre parejas deben posponerse hasta después de los dieciséis años y aún entonces, deberá ejercerse el máximo cuidado y juicio en las selecciones que se lleven a cabo, así como en la seriedad de las relaciones. Los jóvenes deben limitar el contacto físico por unos cuantos años más, considerando el hecho de que a los 19 años de edad, el muchacho debe salir para cumplir una misión” (“La decisión matrimonial”, Liahona, julio de 1976, pág. 2).

También explica el presidente Kimball que “entre los pecados sexuales más comunes que cometen nuestros jóvenes están comprendidos el besuqueo y las caricias indecorosas. Estas relaciones impropias no sólo conducen frecuentemente a la fornicación… el aborto, todos ellos pecados repugnantes, sino que son maldades perniciosas en sí y de sí mismas, y con frecuencia le es difícil a la juventud distinguir donde una acaba y la otra empieza” (El Milagro del Perdón, pág. 63).

¿Cómo habría ayudado el consejo del presidente Kimball al joven misionero?

El mantenernos castos y virtuosos permite que el Señor nos bendiga con poderes espirituales; sin embargo, a veces cometemos errores. En caso de que esto suceda, debemos hablar sobre ello con nuestro obispo, con nuestro presidente de rama o con nuestro presidente de misión, ya que de ese modo recibiremos consejo y ayuda para conseguir el perdón.

El Señor está ansioso por perdonarnos cuando confesamos nuestros pecados y para ayudarnos a permanecer moralmente limpios. Él conoce nuestras tentaciones y proveerá una manera para que podamos resistirlas (véase 1 Corintios 10:13). Como ayuda adicional, nos ha enviado Profetas que nos guían y enseñan cómo vivir las normas que Él nos ha dado.

Si hacemos todo lo necesario para convertirnos en seres moralmente limpios ante el Señor, podremos: “…permanecer con confianza, sin miedo o vergüenza, en la presencia de Dios. Esta es la promesa que se ha brindado a todo hombre y mujer virtuoso” (Gordon B. Hinckley, “De una generación a otra, con amor”, Liahona, junio de 1971, pág. 32).

¿Cómo influye nuestro ejemplo de pureza moral en las actitudes de nuestros hijos? ¿Qué podemos hacer para dar el ejemplo adecuado?

Como poseedores del sacerdocio, no podemos llevar a cabo nuestros deberes espirituales a menos que seamos moralmente limpios, y el mejor modo de hacerlo es no permitir nunca que ninguna forma de impureza entre en nuestra vida. Si establecemos un ejemplo de obediencia a las leyes morales, nuestros hijos aprenderán la importancia de la limpieza moral y se esforzarán por conservarse moralmente limpios.

Conclusión

El Señor nos ha dado mandamientos para que seamos felices. Cuando obedecemos una ley de Dios, recibimos una bendición, pero cuando la transgredimos, sufrimos el resultado de tal acción. El vivir moralmente limpios puede beneficiarnos de muchas maneras. Una vida casta y limpia fomenta hogares y matrimonios felices y nos mantiene al margen de los sentimientos de desconfianza y remordimiento, permitiéndonos ser dignos de servir al Señor. Nos permite ir al templo y permite que nosotros, como poseedores del sacerdocio, podamos ejercer el sacerdocio eficazmente en favor de otros; lo que es más importante, nos permite vivir de tal forma que podemos permanecer en la presencia de nuestro Padre Celestial por toda la eternidad.

Cometidos

  1. 1.

    Tome las medidas necesarias para ser moralmente limpio.

  2. 2.

    Hable con su familia sobre la importancia de la pureza moral y sobre lo que se debe hacer para ser moralmente limpio.

Pasajes adicionales de las Escrituras

  • Mateo 5:27–28 (no debemos cometer adulterio en nuestro corazón).

  • 1 Timoteo 2:9–10 (la importancia de la modestia).

  • 2 Nefi 9:36, 39 (las recompensas de la limpieza moral; los castigos por la inmoralidad).

  • Jacob 2:27–28 (el Señor se deleita en la castidad).

  • D. y C. 42:22–24, 80–81 (las penalidades de la inmoralidad).

  • D. y C. 88:86 (la pureza moral preserva la libertad personal).

Preparación del maestro

Antes de presentar esta lección:

  1. 1.

    Lea el capítulo 39 del manual Principios del Evangelio, intitulado “La ley de castidad”.

  2. 2.

    Consiga una pizarra y tiza.

  3. 3.

    Asigne a miembros de la clase para que relaten las historias y para que lean los pasajes de las Escrituras de la lección.