Los deberes del diácono

Deberes y bendiciones del Sacerdocio, Parte A, 1997


El propósito de esta lección es ayudarnos a comprender los deberes de los diáconos.

Introducción

Un Obispo Presidente dio el siguiente consejo a los diáconos de la Iglesia.

“Todos los hombres son hijos de Dios, pero ustedes tienen algo más; tienen la autoridad de actuar en Su nombre. Esto los diferencia del resto del mundo; no los hace automáticamente mejores que otros, sino que les brinda la responsabilidad de vivir una vida mejor que la de los demás.

“A causa de que saben que son hijos de Dios y tienen Su sacerdocio, se espera más de ustedes que de aquellos que no poseen esta gran bendición” (véase Victor L. Brown, “El Sacerdocio Aarónico, un fundamento seguro”, Liahona, enero de 1973, pág. 37).

Los deberes de un diácono

Como diáconos, somos enviados del Señor (véase D. y C. 64:29). La obra del Señor es nuestra obra. Cuando honramos nuestro sacerdocio cumpliendo con nuestros deberes, honramos al Salvador. Por consiguiente, una de las mejores formas en que podemos mostrar nuestro amor por el Salvador es llevar a cabo nuestros deberes como diáconos, los cuales incluyen el velar por la Iglesia y repartir la Santa Cena.

Escriba en la pizarra o cartel: “Velar por la Iglesia” y “Repartir la Santa Cena”.

El velar por la Iglesia significa, entre otras cosas, ayudar a los miembros en sus necesidades temporales. En éstas quedan comprendidas el tener alimentos, un lugar donde dormir y ropa que vestir. Los diáconos ayudan al obispo a velar por quienes en la Iglesia padecen necesidades temporales al recaudar las ofrendas de ayuno, al trabajar en proyectos de bienestar y al efectuar servicios entre los necesitados.

La siguiente historia sobre la recaudación de ofrendas de ayuno muestra cómo un joven diácono aprendió la importancia de su responsabilidad. La misma tuvo lugar hace muchos años, cuando las ofrendas de ayuno que los miembros contribuían consistían de alimentos, ropa y combustible para ser distribuido entre los necesitados.

“Siendo diácono, recibí la asignación de recolectar las ofrendas de ayuno de nuestro vecindario. Un caballero barbado de más de 40 años de edad, el hermano Peter Reid, era la persona encargada de ver que las ofrendas de ayuno se recaudaran y se distribuyeran entre los necesitados…

“Yo debía visitar cada hogar del vecindario inmediato dándoles la oportunidad de beneficiar al pobre. En un hogar donaban un saco de carbón, en otro leña, en otro un poco de harina, una botella de zumo de frutas, una taza de azúcar, un trozo de tocino, etc.

“Un sábado en particular, nuestro equipo de fútbol americano había programado un encuentro, y yo tenía enormes deseos de jugar en el mismo. Sabía que era mi obligación recaudar las ofrendas de ayuno y quedaría muy mal que no cumpliera con mi deber; mas mis deseos de jugar sobrepasaban todo lo demás. Por encima del deber, escogí el placer, y me fui a jugar…

“Al día siguiente, temprano, el hermano Reid llamó a la puerta trasera de mi casa y preguntó por mí. Me sentía avergonzado y me hubiera escapado escondido; pero cabizbajo y sin atreverme a mirarle a los ojos, me enfrenté a él. Todo cuando me dijo fue: ‘Willard, ¿tienes tiempo para dar un paseo conmigo?’.

“Era un frío día de otoño.

“Primero fuimos hacia un área descubierta rodeada de pequeñas casas de madera. Suavemente llamó a un puerta que abrió una pobre y delgada señora, que dijo:

“ ‘Hermano Reid, ayer no recibimos nuestro alimento y hoy no tenemos nada que comer’.

“El respondió: ‘Lo siento, hermana, pero estoy seguro de que antes de que el día finalice tendremos algo para usted’.

“Nos dirigimos a otra casa; y en respuesta a nuestra llamada, una voz nos invitó a entrar, cosa que hicimos.

“Nos encontramos con un hombre anciano y su esposa en cama. El hombre dijo: ‘Hermano Reid, no hay carbón y tenemos que quedarnos en cama para evitar el frío’.

“En otra puerta nos recibió una madre rodeada por sus hijos. El más pequeño lloraba y los otros niños tenían lágrimas en las mejillas.

“¡Fue suficiente!

“Estaba a punto de llorar, abrumado por las aterradoras consecuencias de mi negligencia. Esas personas tuvieron sus alimentos y combustible a primera hora de la tarde, y yo aprendí una valiosísima lección” (“Program Outline for Teaching Observance of the Law of the Fast,” 1965, págs. 19–20).

Sin embargo, la recaudación de las ofrendas de ayuno es sólo una parte de la responsabilidad de velar por la Iglesia. Otro modo de cumplir puede ser ayudar a una viuda a plantar, regar y cuidar su jardín; durante la cosecha, podemos ayudarle a recoger y almacenar los alimentos. Mediante esas cosas, ayudamos a satisfacer sus necesidades temporales.

Muestre las ayudas visuales 5-a, “Uno de los deberes del diácono es recaudar las ofrendas de ayuno”, y 5-b, “El trabajar como quórum en un proyecto de bienestar es un modo en que el diácono puede velar por la Iglesia”.

El velar por la Iglesia también significa ayudar a los miembros a guardar los mandamientos.

¿Cómo podemos ayudar a los miembros a observar los mandamientos? (Enseñándoles el Evangelio por medio de nuestras palabras y acciones.)
Pida a los miembros de la clase que lean D. y C. 20:58–59. ¿Cuáles son algunas de las formas en que podemos amonestar, enseñar e invitar a todos a venir a Cristo?

Cuando amonestamos, invitamos y enseñamos, estamos ayudando a satisfacer las necesidades espirituales de los miembros de la Iglesia. Una manera de hacerlo es al discursar en la reunión sacramental. Cuando nos preparemos debidamente, el Espíritu Santo dará testimonio a los miembros de la veracidad de nuestras palabras. Otras formas en que podemos cumplir con este deber es al notificar a los miembros en cuanto a las reuniones y al llevar a cabo nuestras obligaciones como maestros orientadores, cuando hayamos recibido ese llamamiento.

Uno de los modos más sacros en que ayudamos a los miembros a cumplir con sus necesidades espirituales es al repartir la Santa Cena. En esos momentos, debemos sentir el Espíritu del Señor y la importancia de esa ordenanza. Debido al hecho de que es en el nombre del Señor que estamos dando la Santa Cena a los santos, debemos ser dignos de representarle, y debemos actuar y vestir como Él desea que lo hagamos.

Una Autoridad General recuerda en las siguientes palabras los tiempos en que servía como diácono: “Recuerdo que consideraba un gran honor el participar en un servicio tan sagrado, [la Santa Cena]. Recuerdo vívidamente que mis padres me enseñaron que mis manos y mi corazón debían estar limpios y puros a fin de que yo fuera digno de participar en esta ordenanza” (véase Victor L. Brown, “El Sacerdocio Aarónico, un fundamento seguro”, Liahona, enero de 1973, pág. 37).

Cuando repartimos la Santa Cena del modo adecuado, cumplimos con otra obligación del diácono: la de edificarnos el uno al otro (véase D. y C. 107:85). Viendo nuestra devoción hacia este deber, los miembros se sentirán edificados y tendrán un deseo mayor de cumplir con sus deberes.

Muestre la ayuda visual 5-c, “El repartir la Santa Cena es una responsabilidad sagrada”.
¿Qué cosas hemos mencionado que puede hacer un diácono para cumplir con su llamamiento? Anote las respuestas en la pizarra o el cartel. (Debe incluir las ideas anotadas bajo el título “Preparación del maestro”.)

Cómo aprenden los diáconos sus deberes

Como diáconos podemos aprender nuestros deberes de diversos modos y en diversos lugares. Uno de ellos es por medio de la oración y el estudio personal, para lo cual debemos buscar el tiempo y lugar en que podamos estar solos. De ese modo podremos estudiar nuestros deberes, tal como explican las Escrituras, y orar para recibir la ayuda necesaria a fin de entenderlas.

También aprendemos nuestros deberes en el hogar guiados por nuestros padres o hermanos mayores, y pueden enseñarse durante las noches de hogar. También recibimos esa instrucción los domingos, en las reuniones de sacerdocio, por medio del presidente del quórum de diáconos. El Señor ha mandado al presidente del quórum de diáconos que presida y enseñe sus deberes al quórum (véase D. y C. 107:85); él puede ayudarnos a comprender nuestras obligaciones y el modo de actuar en el oficio de diácono, debido a que él, a su vez, ha recibido enseñanza sobre tales deberes de un asesor del sacerdocio, o de un miembro del obispado o de la presidencia de rama. (En los casos en que no exista un quórum del sacerdocio aarónico, el obispado, la presidencia de rama, o el oficial del sacerdocio que preside, debe presidir sobre el Sacerdocio Aarónico y llevar a cabo las obligaciones de los varios presidentes de quórumes del Sacerdocio Aarónico.)

Una de las mejores formas en que podemos aprender nuestros deberes es ejecutándolos, ya que de esa manera los comprendemos mejor y agradamos al Señor; y cuando esto sucede, Él nos revelará muchas cosas por medio del Espíritu Santo. Como diáconos, debemos vivir siempre dignos de tener con nosotros el Espíritu Santo.

Cómo el quórum ayuda a los diáconos

Los miembros del quórum pueden ayudarse entre sí de muchas formas. Cuando nos reunimos durante la reunión del quórum, podemos hermanarnos, así como ayudarnos a aprender nuestros deberes y planear actividades que nos ayudarán a cumplir con ellos. Los mismos incluyen el ayudar a los miembros a satisfacer sus necesidades temporales, dar servicio misional y prepararles para una misión, hacer la obra genealógica y efectuar bautismos por los muertos, activar a jóvenes del mismo grupo de edad y aprender el Evangelio. El quórum nos da la oportunidad de trabajar juntos para llevar a efecto esos deberes, mediante lo cual ayudamos a edificar el Reino de Dios.

Por medio del servicio del quórum, podemos también experimentar crecimiento personal en el Evangelio, ya que a medida que lo estudiamos y cumplimos con nuestras responsabilidades, crecemos en conocimiento, así como también incrementamos nuestras habilidades de liderazgo al servir como oficiales en el quórum.

Solicite a los miembros de la clase que lean D. y C. 107:60–62, 85. ¿Quién preside sobre un quórum de diáconos? ¿Cuáles son sus deberes?

Quienes tienen autoridad sobre nosotros seleccionan al presidente del quórum y le extienden el llamamiento de servir. Seguidamente, el presidente selecciona dos consejeros, que deben ser aprobados y llamados por quienes tienen autoridad para hacerlo. El asesor del quórum capacita a los oficiales en sus deberes, y también enseña la lección del Evangelio en la reunión del quórum. Los oficiales del quórum instruyen a los miembros del quórum en cuanto a sus deberes en el sacerdocio. Mediante estas maneras, y por otras similares, los miembros del quórum aprenden a velar por la Iglesia.

Nuestro quórum provee también un lugar donde podemos recibir amistad y ayuda. Si nos sentimos desanimados o inseguros de la verdad, podemos recibir ánimo y encontrar respuesta a nuestros problemas por medio del quórum. La historia que se encuentra a continuación ilustra cómo podemos edificarnos recíprocamente, al mostrar interés mutuo. En este caso, el interés quedó manifiesto a favor de un miembro menos activo del quórum.

Un diácono se hallaba menos activo en la Iglesia, lo cual significa que nunca asistía a sus reuniones del sacerdocio o de la Iglesia. Por lo general, los domingos trabajaba en arreglos de la casa. En muchas de esas ocasiones, se acordaba de la reunión del sacerdocio y sentía la necesidad de ser hermanado; pero como nunca nadie le invitaba a asistir a la reunión, jamás se sintió necesitado. Un domingo, mientras se hallaba pintando un cuarto en su hogar, lo visitó la presidencia del quórum de diáconos y le preguntaron si desearía asistir el próximo domingo a la reunión del sacerdocio, a lo que él respondió negativamente. Su respuesta podría haber provocado desánimo en los visitantes; pero ellos rehusaron ceder en su intento, y los tres continuaron visitándole cada domingo para invitarle a asistir a la reunión de sacerdocio.

Aunque este muchacho menos activo nunca asistió a la Iglesia como diácono, el amor y el interés que mostró la presidencia del quórum le edificaron, creando en él una profunda impresión; y le motivaron a tal grado que cuando fue mayor, sintió la necesidad de acercarse a la Iglesia. Hoy es activo y cumple con sus deberes en el sacerdocio.

Conclusión

Cuando aprendemos nuestros deberes y magnificamos nuestro sacerdocio como diáconos, nos edificamos a nosotros mismos y ayudamos a los demás a hacer lo mismo. Este es el verdadero significado de “velar por la Iglesia… para ser sus ministros residentes” (D. y C. 84:111).

Cometidos

  1. 1.

    Viva el Evangelio y sea un buen ejemplo de lo que debe ser un poseedor del sacerdocio.

  2. 2.

    Estudie y ore en cuanto a los pasajes de las Escrituras que nos enseñan los deberes del diácono.

  3. 3.

    Recaude las ofrendas de ayuno cuando se nos pida que lo hagamos.

  4. 4.

    Sea reverente durante el servicio sacramental; y cuando reparta la Santa Cena, actúe y vista como debe hacerlo un representante del Salvador.

Pasajes adicionales de las Escrituras

  • 1 Timoteo 3:8–10 (los atributos del diácono).

  • D. y C. 84:30–32 (el oficio de diácono es dependencia del sacerdocio menor).

Preparación del maestro

Antes de presentar esta lección:

  1. 1.

    Lea D. y C. 20:38–60 y D. y C. 107.

  2. 2.

    Durante el análisis de la clase, prepárese para escribir en la pizarra los deberes de un diácono que figuran a continuación. En el caso de que no haya una pizarra disponible, anótelas en un cartel.

    Los deberes del diácono

    1. 1.

      Velar por la Iglesia.

    2. 2.

      Repartir la Santa Cena.

    Formas en que puede cumplir con los deberes

    1. 1.

      Enseñar el Evangelio mediante palabras y acciones.

    2. 2.

      Notificar a los miembros sobre las reuniones.

    3. 3.

      Ayudar a los miembros en sus necesidades temporales, por medio de:

      • A.

        La recolección de las ofrendas de ayuno.

      • B.

        El trabajo en proyectos de bienestar.

    4. 4.

      Aceptar asignaciones para repartir la Santa Cena.