Los deberes de los obispos y de los presidentes de rama

Deberes y bendiciones del Sacerdocio, Parte A, 1997


El propósito de esta lección es ayudarnos a comprender las responsabilidades de los obispos y de los presidentes de rama a fin de saber lo que debemos hacer para apoyarles y sostenerles.

Introducción

La unidad básica de la Iglesia es la familia, por lo que en aquellas áreas del mundo en que los miembros de la Iglesia están sumamente dispersos, las familias individuales funcionan como unidades de la Iglesia. Bajo la dirección de un poseedor del sacerdocio digno, las familias pueden llevar a cabo reuniones sacramentales, Escuela Dominical y otras reuniones, así como efectuar muchas actividades en las que normalmente participan las unidades de la Iglesia que son más grandes.

Se organiza una rama de la Iglesia cuando dos o más familias y personas viven en un área y por lo menos uno de los miembros es un presbítero o un poseedor del Sacerdocio de Melquisedec digno (véase Guía para rama, pág. 1). Una rama es simplemente una versión más pequeña de un barrio y, de hecho, se organiza como barrio una vez que la cantidad de miembros es suficientemente grande.

Los presidentes de rama presiden sobre las ramas, mientras que los obispos presiden sobre los barrios. A medida que la Iglesia continúa creciendo, se llama a más y más poseedores del sacerdocio dignos a servir en estos cargos de liderazgo y de responsabilidad. Muchos de ellos tienen poca experiencia en la Iglesia y poco conocimiento del Evangelio; no obstante, son humildes y precisan la fe, las oraciones y el apoyo de los miembros a quienes sirven.

La designación de obispos y de presidentes de rama

¿Quién designa a los obispos? ¿Qué sacerdocio posee un obispo?

A un obispo se le llama mediante la inspiración del Señor y lo ordena un presidente de estaca, bajo la dirección de la Primera Presidencia de la Iglesia y del Consejo de los Doce (véase D. y C. 68:14–15). Un obispado de barrio consta de tres sumos sacerdotes: un obispo y dos consejeros. El obispo es el sumo sacerdote presidente y preside sobre todos los miembros de su barrio. Además, es el presidente del quórum de presbíteros y el líder del sacerdocio responsable por el bienestar espiritual y temporal de las Mujeres Jóvenes del barrio (véase D. y C. 107:13–17, 71, 72).

A los presidentes de rama se les llama por inspiración para ser autoridades presidentes sobre sus ramas; este llamamiento lo efectúa el presidente de misión o de estaca; los presidentes de rama poseen el Sacerdocio de Melquisedec, tienen responsabilidades similares a las de los obispos y sirven con dos consejeros. Los pasajes de las Escrituras que se refieren a los obispos generalmente también atañen a los presidentes de rama.

Muchos miembros de la Iglesia ven a su obispo o presidente de rama solamente en sus funciones de oficiales presidentes en el barrio o rama. No se dan cuenta de que tienen muchos otros deberes de orden espiritual y temporal, y hasta que reciban el apoyo de los miembros en dichos deberes, no pueden rendirles un servicio completo.

Las responsabilidades temporales de los obispos y los presidentes de rama

Las responsabilidades temporales son aquellas obligaciones relacionadas con el bienestar físico de los miembros del barrio o la rama.

Una importante responsabilidad temporal que tienen los obispos y presidentes de rama es la recolección de diezmos y ofrendas. Como representante del Señor, el obispo o el presidente de rama es responsable ante Él de recibir, registrar y distribuir adecuadamente esas ofrendas, las cuales entregan los miembros fieles que se privan de dos comidas consecutivas cada mes con el fin de ayudar a los pobres. (Aquellos que no les es posible ayunar por razones de salud, sólo necesitan contribuir las ofrendas de ayuno.) El obispo o el presidente de rama conoce a los miembros de su barrio o rama, y cuando ellos precisan ayuda él puede ayudarles al utilizar las ofrendas de ayuno o al solicitar la ayuda de los miembros del barrio (véase D. y C. 84:112).

El siguiente relato nos muestra cómo un obispo ayudó a una familia necesitada:

“Al lado de una autopista que rodea Salt Lake City, se encuentra la casa de un hombre de sesenta años quien, debido a una despiadada enfermedad, jamás ha conocido un día sin dolor y permanece en soledad la mayor parte del tiempo. Cuando lo visité, en un día de invierno, demoró en contestar el timbre de la puerta y, al entrar en su bien arreglada casa, noté que, con excepción de la cocina, el resto de la casa estaba a unos 4 ó 5 grados centígrados más fríos, y me di cuenta de que él no tenía dinero suficiente para mantener prendida la calefacción en las otras habitaciones. Además, noté que las paredes necesitaban pintura, que el cielo raso estaba demasiado alto y que las alacenas estaban vacías.

“Preocupado por la situación de mi amigo, consulté con su obispo y tuvo lugar un milagro de amor; los miembros del barrio se organizaron y comenzó la obra de amor. Un mes más tarde, mi amigo me llamó y me pidió que fuera a ver lo que le había sucedido. Al hacerlo, fui testigo de aquel milagro: el piso de la vereda que había sido destrozado por las raíces de los álamos había sido reemplazado; el zaguán de la casa se había reconstruido, se había colocado una nueva puerta con un picaporte y cerradura relucientes, el cielo raso se había bajado, las paredes habían sido pintadas y las maderas barnizadas. Se habían reemplazado las tejas del techo y las alacenas estaban llenas; ahora la casa estaba caliente y acogedora, y parecía susurrar una cálida bienvenida. Mi amigo reservó para mostrarme por último el motivo de su orgullo y gozo: sobre su cama se encontraba un hermoso acolchado bordado con el escudo de la familia McDonald; había sido hecho con gran amor y cuidado por las hermanas de la Sociedad de Socorro. Antes de irme descubrí que una vez por semana los Jóvenes Mayores le llevaban una comida completa caliente, y compartían con él una noche de hogar. El calor había reemplazado al frío, las reparaciones habían transformado el desgaste de los años; pero lo más significativo era que la esperanza había disipado a la desesperación y ahora el amor reinaba triunfante (véase Thomas S. Monson, “A la manera del Señor”, Liahona, febrero de 1978, pág. 9).

Los obispos y los presidentes de rama tienen otros deberes temporales, tales como llevar los registros de todos los asuntos de la Iglesia y el mantenimiento de los edificios de la Iglesia. También recaudan otras contribuciones de los miembros tales como los fondos para sostener a los misioneros.

Las responsabilidades espirituales de los obispos y los presidentes de rama

Los obispos y los presidentes de rama tienen el llamamiento de ocuparse del bienestar espiritual de los miembros de sus respectivas unidades, y el deber específico de ser jueces comunes de los santos (véase D. y C. 107:74). Con el fin de poder ayudarles en tales deberes, el Señor ha prometido a los obispos y a los presidentes de rama el don de discernimiento (véase D. y C. 46:27).

El don de discernimiento capacita al obispo o al presidente de rama para conocer la verdad, comprender la diferencia que existe entre el bien y el mal y aun conocer lo que hay en el corazón de una persona. Debido a este don que posee, podemos buscar su consejo y él puede decirnos lo que el Señor desea que hagamos para crecer espiritualmente.

Tal como se relata a continuación, un obispo pudo ayudar a un joven de su barrio por medio del don de discernimiento.

Carlos era un joven excepcional de 16 años, siempre dispuesto para hacer cualquier cosa que el obispo López le pidiera; sin embargo, un día, el obispo percibió que Carlos lo evitaba; hasta en las reuniones de quórum de sacerdocio, Carlos evitaba la mirada del obispo. El obispo deseaba llamar a Carlos como el nuevo secretario del quórum de presbíteros, pero sintió que algo andaba mal, por lo que llamó a Carlos para entrevistarlo en su oficina. Durante la entrevista Carlos confesó que tenía un problema moral; dijo que se sentía avergonzado y que no se consideraba digno del sacerdocio. El obispo habló con él y le aseguró que Carlos podía arrepentirse y que llegaría el momento en que nuevamente volvería a sentirse bien acerca de su condición espiritual; en esta entrevista, Carlos aprendió la forma de superar sus problemas y, mediante el arrepentimiento, fue perdonado y recobró la felicidad y el entusiasmo. Así fue que llegó el día en que el obispo López pudo llamarle como secretario del quórum de presbíteros.

¿Cómo fue que el don de discernimiento del obispo ayudó a Carlos en su desarrollo espiritual?

Ya que el obispo o el presidente de rama es un juez común en Israel, podemos confesarle nuestros pecados y él puede ayudarnos a arrepentirnos. Cuando los miembros cometen pecados serios y no se arrepienten, pueden perder su condición de miembros en la Iglesia; en tales casos el obispo tiene la responsabilidad de llevar a cabo consejos disciplinarios y, en ellos, el obispo emite juicios y anima a los miembros a que se arrepientan. Estos consejos disciplinarios se efectúan con amor y su finalidad es la de ayudar a la persona a que se arrepienta y que disfrute nuevamente de las bendiciones del Evangelio (véase D. y C. 58:42–43 y D. y C. 58:14, 17–18). Esta responsabilidad no se debe tomar a la ligera, ya que al obispo se le considerará responsable por los juicios que haga.

En los casos en que haya transgresiones en las ramas de una misión, el presidente de misión debe llevar a cabo el consejo disciplinario (véase el Manual General de Instrucciones).

Entre algunos de los deberes espirituales adicionales de los obispos y los presidentes de rama, se incluyen los que se mencionan a continuación:

  • Presidir y ayudar en la planificación de las reuniones sacramentales.

  • Dirigir la orientación familiar de todas las familias.

  • Dirigir reuniones (tal como la del Comité de los Servicios de Bienestar).

  • Escoger y llamar miembros para servir en los distintos cargos del barrio o de la rama.

  • Aprobar ordenaciones y avances en el Sacerdocio de Aarón.

  • Recomendar hermanos para ser avanzados al Sacerdocio de Melquisedec.

  • Entrevistar miembros que deseen recibir recomendaciones para el templo y bendiciones patriarcales.

  • Dirigir el ajuste de diezmos.

  • Dar bendiciones de consejo y consuelo.

  • Preparar recomendaciones misionales.

Apoyemos a nuestros líderes del sacerdocio

Nuestro obispo o presidente de rama ha sido llamado por el Señor; lo representa a Él, así como al Presidente de la Iglesia; por esta razón es importante que le apoyemos en su llamamiento. El élder Boyd K. Packer dijo: “Un hombre que diga que apoya al Presidente de la Iglesia o a las Autoridades Generales, pero que no puede sostener a su propio obispo, se engaña a sí mismo. Quien no sostenga al obispo de su barrio y al presidente de su estaca, no apoya al Presidente de la Iglesia” (“Follow the Brethren,”Speeches of the Year, Universidad Brigham Young, 23 de marzo de 1965, págs. 4–5).

Las Escrituras nos enseñan cómo sostener a nuestros líderes del sacerdocio.

Solicite a los miembros de la clase que sigan en sus propios ejemplares de los libros canónicos mientras se leen los pasajes de las Escrituras que se incluyen a continuación. Después de leer cada pasaje, pídales que expliquen qué es lo que nos dice sobre lo que podemos hacer para apoyar a nuestros líderes.

Pasaje de las escrituras

  • D. y C. 6:9

  • 1 Nefi 3:7

  • D. y C. 60:2

  • Malaquías 3:8–10

  • Hebreos 13:17

  • D. y C. 64:9–10

Consejo

  • Enseñar el arrepentimiento y vivir los mandamientos

  • Aceptar y cumplir con todos los llamamientos que se nos dan

  • Compartir nuestros talentos

  • Pagar diezmos y ofrendas

  • Ser obedientes al consejo de nuestros líderes

  • Perdonar las debilidades de otros, incluso las de nuestros líderes

El éxito que nuestro obispo o presidente de rama tenga en su llamamiento, está determinado en gran manera por la forma en que lo apoyemos. Siempre debemos orar a nuestro Padre Celestial para que lo guíe, a fin de que nos dirija por el camino correcto.

Conclusión

Los servicios que nuestros obispos y presidentes de rama llevan a cabo son vitales para nuestro bienestar. Esos dignos hombres son llamados para proporcionar dirección a los miembros de la Iglesia; ellos nos sirven y aman, y nosotros debemos hacer todo cuanto esté a nuestro alcance para ayudarles a cumplir con sus responsabilidades.

Cometidos

  1. 1.

    Orar por nuestros líderes de la Iglesia en las oraciones personales y familiares.

  2. 2.

    Abstenernos de criticar o murmurar en contra de los líderes de la Iglesia.

  3. 3.

    Apoyar a nuestros líderes de la Iglesia al seguir sus consejos rectos.

Pasajes adicionales de las Escrituras

  • 1 Timoteo 3:1–7 (requisitos de los obispos).

  • Tito 1:5–9 (requisitos de los obispos).

Preparación del maestro

Antes de presentar esta lección:

  1. 1.

    Invite a un obispo o presidente de rama a asistir a la clase para responder a las preguntas sobre su llamamiento.

  2. 2.

    Recuerde a los miembros de la clase que traigan consigo sus libros canónicos.

  3. 3.

    Asigne a miembros de la clase para que relaten las historias y para que lean los pasajes de las Escrituras de la lección.