Pautas especiales para fomentar la participación de los miembros discapacitados

Deberes y bendiciones del Sacerdocio, Parte B, 1997


Durante Su ministerio terrenal, Jesús subió a un monte cercano al mar de Galilea.

“Y se le acercó mucha gente que traía consigo a cojos, ciegos, mudos, mancos, y otros muchos enfermos; y los pusieron a los pies de Jesús, y los sanó;

“de manera que la multitud se maravillaba, viendo a los mudos hablar, a los mancos sanados, a los cojos andar, y a los ciegos ver; y glorificaban al Dios de Israel” (Mateo 15:30–31).

El Salvador nos dio el ejemplo al sentir compasión por los discapacitados y los que tienen imperfecciones. Cuando visitó a los nefitas después de Su resurrección, Él dijo:

“…He aquí, mis entrañas rebosan de compasión por vosotros.

“¿Tenéis enfermos entre vosotros? Traedlos aquí. ¿Tenéis cojos, o ciegos, o lisiados, o mutilados, o leprosos, o atrofiados, o sordos, o quienes estén afligidos de manera alguna? Traedlos aquí y yo los sanaré, porque tengo compasión de vosotros; mis entrañas rebosan de misericordia” (3 Nefi 17:6–7).

El hecho de ser un maestro en la Iglesia constituye una excelente oportunidad para demostrar compasión por quienes tienen incapacidades, y aunque el maestro generalmente no esté calificado para brindar asistencia profesional a los miembros discapacitados, aun así debe demostrar comprensión, preocupación y un sincero deseo de incluirlos en las actividades didácticas de la clase. Los miembros de la clase que tengan discapacidad mental, auditiva, visual, del lenguaje, física, cultural (incluso del idioma), emocional, social, por la edad y de aprendizaje necesitan atención especial. Las siguientes pautas podrán ayudar al maestro a comprender y a ayudar a los miembros con necesidades especiales.

  • Familiarícese con las necesidades y habilidades de cada uno de los miembros de la clase.

  • Consulte por adelantado con los miembros discapacitados que asisten a la clase antes de invitarlos a participar a leer, a orar o a hacerlos participar de otra manera. Hágales preguntas como éstas: “¿Le gustaría leer en la clase?”. “¿Podría ofrecer una oración en público?”.

  • Para determinar las necesidades especiales de cada uno de los miembros discapacitados, consulte con los líderes del sacerdocio, con los padres, con los parientes y, cuando lo considere apropiado, con la persona misma.

  • Trate de aumentar y de mejorar la participación y el aprendizaje de los miembros con incapacidades.

  • Asegúrese de que cada uno de los integrantes de la clase respete y entienda a los demás.

  • Compórtese en forma natural, amistosa y gentil. Todo hijo de Dios, tenga o no una discapacidad, tiene la necesidad normal de ser amado y comprendido.

Los maestros de la Iglesia deben recordar que todo miembro, a pesar de la condición física, mental, emocional o social en que se encuentre, cuenta con el potencial para desarrollarse y alcanzar la exaltación. El maestro tiene el deber de ayudar a cada uno de los integrantes de su clase a aprender todo aquello que sea capaz de aprender. Recordemos las palabras del Salvador:

“…en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40).