Jesucristo, nuestro fundamento seguro

Deberes y bendiciones del Sacerdocio, Parte B, 1997


Esta lección debe ayudarnos a determinar hacer de Jesucristo el fundamento seguro de nuestra vida.

Introducción

Ponga en un lugar bien visible la lámina en colores de Jesús que se encuentra al final del manual. Pídale a la clase que la contemple y que luego cierren los ojos por unos treinta segundos, y que se imaginen que están en Su presencia. Explique que el relato que se encuentra a continuación les ayudará a comprender mejor a nuestro Salvador Jesucristo. (Cree un ambiente espiritual antes de compartir este relato con la clase.)

En una ocasión, el élder Melvin J. Ballard fue misionero entre los indios norteamericanos. Durante su misión quería tener un testimonio de que estaba haciendo la voluntad del Señor. Dijo que después de pedirle al Señor que le confirmara su pedido, tuvo un sueño en el cual él se encontraba en el templo. En su sueño, entró en una de las salas del templo.

“Al entrar en la sala”, dice el élder Ballard, “vi sentado en una elevada plataforma al ser más glorioso que mis ojos habían visto, un ser que ni siquiera imaginaba que existía en todos los mundos eternos. A medida que avanzaba hacia Él, para ser presentado, se puso de pie y caminó hacia mí con los brazos extendidos y, al mismo tiempo que sonreía, pronunció suavemente mi nombre. Aunque viviera un millón de años, jamás olvidaría aquella sonrisa. Me tomó entre Sus brazos, me besó, me estrechó entre Sus brazos y me bendijo, hasta que la médula de mis huesos pareció derretirse. Cuando terminó, caí a Sus pies, y mientras los bañaba con mis lágrimas y mis besos, pude ver las marcas de los clavos en los pies del Redentor del mundo. Los sentimientos que me embargaron al verme en la presencia de Aquél que todo lo tiene en Sus manos, el tener Su amor, Su afecto y Su bendición, fueron tales que si algún día pudiera recibir eso que tan sólo fue una muestra, ¡daría todo lo que soy y todo lo que podría llegar a ser para sentir lo que entonces sentí!” (Sermons and Missionary Service of Melvin J. Ballard, pág. 156).

La necesidad que tenemos de un Salvador

Antes de venir a la tierra, vivíamos con nuestro Padre Celestial y, mientras estábamos en Su presencia, se nos presentó el plan de salvación. Nos sentimos tan felices con aquel plan que lo aceptamos con profundo regocijo (véase Job 38:1–7).

El plan de salvación requería que dejáramos la presencia de nuestro Padre Celestial y viniéramos a la tierra como seres mortales. Aquí estaríamos separados física y espiritualmente de nuestro Padre Celestial. Se nos daría la libertad de escoger por nosotros mismos el obedecer o el desobedecer los mandamientos de ecide.

Sin embargo, si elegíamos pecar, llegaríamos a ser impuros. Esto quería decir que alguien libre de pecado tendría que pagar el precio por nuestros pecados; porque ninguna persona impura puede morar en el reino de los cielos (véase 1 Nefi 15:34).

Con el fin de ayudarnos a volver a Su presencia, nuestro Padre Celestial eligió a un Salvador para que nos redimiera. Este Redentor es nuestro hermano mayor espiritual, Jesucristo, quien se ofreció en forma voluntaria para venir a la tierra y ser nuestro Salvador. Al ofrecerse como voluntario, Él expresó que la gloria de nuestra salvación pertenecería a nuestro Padre Celestial. (Véase Abraham 3:27; Moisés 4:2.) Lucifer, otro hermano espiritual nuestro, también quería ser nuestro Salvador, pero él quería forzarnos a ser salvos y deseaba retener la gloria para él (véase Moisés 4:1). Nuestro Padre Celestial rechazó su ofrecimiento y preordenó a Jesús para que fuera nuestro Salvador (véase 1 Pedro 1:18–20). Al hacerlo, preservó nuestro libre albedrío.

Jesucristo es nuestro fundamento seguro

¿Qué es un fundamento seguro?

Un fundamento seguro es una base sólida, firme y fuerte; no puede moverse ni ser destruido y sostendrá cualquier cosa que descanse sobre él. Al edificar un edificio, por ejemplo, tenemos cuidado de hacer el fundamento lo más fuerte posible, para que dicho edificio pueda permanecer. De igual forma, nosotros también debemos construir nuestra vida sobre un fundamento seguro para poder resistir las pruebas de la vida.

Nuestro único fundamento seguro es nuestro Salvador Jesucristo, y es sobre Él que debemos edificar nuestra vida. El profeta Helamán dijo:

“Es sobre la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo, el Hijo de Dios, donde debéis establecer vuestro fundamento, para que cuando el diablo lance sus impetuosos vientos, sí, sus dardos en el torbellino, sí, cuando todo su granizo y furiosa tormenta os azoten, esto no tenga poder para arrastraros… a causa de la roca sobre la cual estáis edificados, que es un fundamento seguro, un fundamento sobre el cual, si los hombres edifican, no caerán” (Helamán 5:12).

Jesús es nuestro fundamento seguro porque fue preordenado por Dios para ser nuestro Redentor. Nefi dice: “No hay otro nombre dado debajo del cielo sino el de este Jesucristo, de quien he hablado, mediante el cual el hombre pueda ser salvo” (2 Nefi 25:20). Es solamente a través de la expiación y el sacrificio de Jesucristo que podemos ser perdonados de nuestros pecados y recibir la vida eterna. No podemos hacer esto por nosotros mismos, ya que es sólo Jesús quien tiene este poder.

El Salvador puede ayudarnos, pero primero tenemos que hacer de Él nuestro fundamento seguro. Si lo hacemos, Él nos ayudará a salir triunfantes en las pruebas que enfrentamos, y aumentará la capacidad que tengamos de llevar nuestras cargas. A través de Él, podemos recibir la fortaleza necesaria para ejecutar las tareas difíciles; Él llegará a ser nuestro amigo en quien podremos confiar; podremos compartir con Él nuestros triunfos y fracasos, y sentiremos el amor y la preocupación que Él tiene por nosotros.

Edifiquemos sobre Cristo

Para edificar nuestra vida sobre el fundamento seguro, nuestro Redentor, debemos llegar a conocerlo. Las Escrituras nos enseñan que conocer a Cristo es guardar Sus mandamientos (véase 1 Juan 2:3). Al guardar los mandamientos, llegamos en forma gradual a parecernos más a Él, hasta que somos admitidos totalmente en Su presencia (véase Joseph Fielding Smith, Doctrina de Salvación, 2:8).

¿Cómo podemos edificar sobre Cristo? (Muestre la gráfica, “Cómo podemos edificar sobre Cristo, el fundamento seguro”, o escriba la información en la pizarra.)

Podemos edificar sobre Cristo en las siguientes formas:

Estudio de las escrituras

Las Escrituras nos relatan la historia de la vida del Salvador, Sus doctrinas y Sus enseñanzas. El Señor nos da el mandamiento: “Escudriñad las escrituras; porque… ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). En ellas vemos cómo el Salvador trató con los hombres mientras estuvo en la tierra, y cómo debemos tratarnos los unos con los otros.

En las Escrituras el Señor nos entregó Su Evangelio. Dijo que si edificamos nuestra vida sobre Su Evangelio, Él nos tendrá por inocentes ante el Padre en el día de juicio. (Véase 3 Nefi 27:13–16.) Edificar nuestra vida sobre el Evangelio de Cristo quiere decir que tenemos fe en el Señor, que nos arrepentimos de nuestros pecados, nos bautizamos, recibimos el don del Espíritu Santo y perseveramos hasta el fin. El Señor nos ha prometido que si edificamos sobre la roca de Su Evangelio, las puertas del infierno no prevalecerán contra nosotros (véase 3 Nefi 11:39). Esto quiere decir que si edificamos sobre el Evangelio de Cristo, Satanás no tendrá poder sobre nosotros, sino que, con el tiempo, seremos santificados y enaltecidos en el postrer día. (Véase 3 Nefi 27:17–22.)

¿De qué forma les ha ayudado el estudio de las Escrituras a conocer al Salvador?

Oración y ayuno

La oración y el ayuno pueden ayudarnos a acercarnos al Señor. Mientras ayunamos y al orar en un lugar apacible y tranquilo, sentiremos el amor de nuestro Salvador y seremos capaces de decirle al Señor los sentimientos profundos que tenemos, y Él nos dará consuelo y tranquilidad.

La experiencia de una hermana nos demuestra la forma en que ella llegó a conocer mejor al Salvador y a nuestro Padre Celestial mediante la oración:

La hermana era maestra; un día la llamaron a su casa y le informaron que su hijo se había ahogado. El golpe fue terrible y en su agonía imploró al Señor: “¿Mi Señor, mi Dios, por qué?”. La impresión que sintió en su mente fue una respuesta clara, inmediata y bondadosa: “Lo necesito”.

Con el paso de los días, recibió un maravilloso consuelo. “Mientras derramaba mi corazón en oración a mi Padre”, dijo, “Él me escuchó, y en su propia manera y en su debido tiempo contestó mis oraciones… Esta prueba pudo haberme alejado mucho de mi Padre Celestial… Sin embargo, me siento más cerca de mi Creador ahora, como nunca lo había estado antes, y Él me ha bendecido con conocimiento y un testimonio” (Anita Hughes, “Why Did You Take My Son?”, Ensign, julio de 1978, pág. 66).

Participación de la Santa Cena

El Espíritu del Señor nos dará comprensión acerca de la vida y el carácter de nuestro Salvador, ya que uno de los propósitos del Espíritu es testificar de Cristo (véase Juan 15:26). En realidad, es solamente a través del Espíritu del Señor que podemos aprender el significado más profundo del sacrificio que el Señor hizo por nosotros.

Si participamos dignamente de la Santa Cena, mantendremos con nosotros el Espíritu del Señor después del bautismo y la confirmación (véase D. y C. 20:77, 79).

¿En qué debemos pensar cuando participamos de la Santa Cena?

Seguir los consejos de nuestro profeta viviente

¿Cómo nos ayudará a edificar sobre Cristo el seguir los consejos del Profeta viviente?

El Presidente de la Iglesia es el portavoz de nuestro Padre Celestial en la tierra, y como tal nos revela Su voluntad en estos tiempos. De manera que cuando obedecemos el consejo del Profeta, seguimos y obedecemos la voluntad de Dios. De esta manera, al aprender la obediencia y al lograr experiencia, desarrollamos la fe en el Señor. Esta fe actúa como un “ancla” para nuestra alma y nos motiva a llevar a cabo buenas obras (véase Éter 12:4). Así es como llegamos a ser bondadosos e hijos dignos de nuestro Padre Celestial (véase Moroni 7:25–26).

Amor y servicio al Señor

El rey Benjamín le habló de la siguiente manera a su pueblo: “Cuando os halláis al servicio de vuestros semejantes, sólo estáis al servicio de vuestro Dios” (Mosíah 2:17). El amar y servir a nuestros semejantes significa que amamos y servimos a nuestro Señor, y cuando amamos y servimos al Salvador, le conocemos mejor. Es a través del servicio al Señor que aprendemos a sentir como Él siente y a pensar como Él piensa: “Porque ¿cómo conoce un hombre al amo a quien no ha servido, que es un extraño para él, y se halla lejos de los pensamientos y de las intenciones de su corazón?” (Mosíah 5:13).

Vivir como Cristo lo hizo

¿Cómo podemos vivir como lo hizo Jesucristo?

Cuando obedecemos los mandamientos del Señor y vivimos Su Evangelio, comenzamos a vivir como Él vive, y de esta manera llegamos a parecernos más a Él.

Pida con anticipación a un miembro de la clase que al llegar a esta parte presente un informe acerca de Mosíah 4–5. Puede dedicar de 3 a 5 minutos para hacerlo.

Debido a las palabras del rey Benjamín, su pueblo sintió el Espíritu de Dios y fue motivado a prometerle a Dios que siempre guardaría Sus mandamientos. Algunos de los mandamientos que el rey Benjamín mencionó que deberían guardar son: recordar la grandeza de Dios; humillarse; orar diariamente; no injuriarse los unos a los otros; enseñar a sus hijos a amarse; dar de sus bienes a los pobres; ser puros en sus pensamientos, palabras y hechos. A medida que el pueblo del rey Benjamín hizo estas cosas, llegó a parecerse más al Señor. De igual manera sucede con nosotros. Si hacemos estas mismas cosas, llegaremos a parecernos más a nuestro Salvador.

Alma nos dice que si vivimos más como el Salvador, llegaremos a tener “la imagen de Dios grabada en [nuestros] semblantes” (véase Alma 5:14, 19). Esto quiere decir, en parte, que estamos llenos del amor de Dios y sentimos compasión por nuestros semejantes. Significa que queremos guardar nuestros convenios con el Señor y ser dignos de llevar Su nombre.

Conclusión

Llegaremos a conocer y a parecernos más a nuestro Salvador si estudiamos las Escrituras, oramos y ayunamos, participamos de la Santa Cena, seguimos los consejos del Profeta viviente, amamos y servimos al Señor y si vivimos como Cristo. De esta manera edificamos sobre Él como nuestro fundamento seguro.

Se nos ha prometido que cuando fundemos nuestra vida sobre la roca que es Cristo, no fallaremos; es decir, una vida que se construye sobre Jesucristo —el fundamento seguro— permanecerá para siempre. Quiere decir que al llegar a parecernos más al Señor, podremos vivir otra vez con Él y con nuestro Padre Celestial y recibiremos todo lo que ellos tienen para nosotros.

El Señor nos ha prometido: “El que me recibe a mí, recibe a mi Padre; y el que recibe a mi Padre, recibe el reino de mi Padre; por tanto, todo lo que mi Padre tiene le será dado” (D. y C. 84:37–38).

Comparta su testimonio de Jesucristo como su Redentor y Salvador. Si el tiempo lo permite, pida a otros poseedores del sacerdocio que también lo hagan.

Pida a un miembro de la clase que nuevamente lea a la clase la experiencia del élder Ballard que se encuentra en la introducción de esta lección.

Cometidos

  1. 1.

    Hágase el propósito personal, como poseedor del sacerdocio, de conocer al Salvador y de llegar a parecerse más a Él.

  2. 2.

    Elija una cualidad del Señor que le gustaría perfeccionar en su propia vida. Comience ahora mismo a perfeccionar dicha cualidad.

Preparación del maestro

Antes de presentar la lección:

  1. 1.

    Repase Principios del Evangelio, capítulo 3, “Jesucristo, nuestro guía escogido y nuestro Salvador”, y capítulo 11, “La vida de Cristo”.

  2. 2.

    Prepare la siguiente gráfica: “Cómo podemos edificar sobre Cristo, el fundamento seguro”, o prepárese para escribir la información en la pizarra.

    Cómo podemos edificar sobre Cristo, el fundamento seguro

    • Estudiar las Escrituras.

    • Orar y ayunar.

    • Participar de la Santa Cena.

    • Seguir el consejo del Profeta viviente.

    • Amar y servir al Señor.

    • Vivir tal como Cristo lo hizo.

  3. 3.

    Esté preparado para compartir su testimonio de Jesús como su Redentor y Salvador.

  4. 4.

    Pida con anticipación a un miembro de la clase que dé un informe de 3 a 5 minutos sobre lo que el rey Benjamín le pidió a su pueblo que hiciera, lo que se encuentra en Mosíah 4; y cómo reaccionó el pueblo a este mensaje, en Mosíah 5. (Los puntos que se deben hacer resaltar en el informe son los mismos que se tratan en la lección bajo el subtítulo: “Vivir como Cristo lo hizo”.)

  5. 5.

    Pida a algunos miembros de la clase que lean o presenten los relatos y los pasajes de las Escrituras que se citan en esta lección.