El albedrío es un don de Dios

Deberes y bendiciones del Sacerdocio, Parte B, 1997


El propósito de esta lección es ayudarnos a comprender mejor el principio del albedrío y enseñarnos la importancia que tiene el tomar decisiones sabias.

Introducción

El hermano de Nefi, Jacob, declaró lo siguiente en el Libro de Mormón: “Anímense, pues, vuestros corazones, y recordad que sois libres para obrar por vosotros mismos, para escoger la vía de la muerte interminable, o la vía de la vida eterna” (2 Nefi 10:23).

¿De dónde proviene el poder para tomar decisiones? Por ejemplo, ¿por qué decidimos bautizarnos? O, ¿por qué estamos capacitados para decidir qué vestuario vamos a usar, a qué escuela vamos a asistir o qué trabajo vamos a desempeñar?

La respuesta es que se nos ha dado un don de Dios llamado albedrío, y es el poder para tomar decisiones. La elección más importante que debemos hacer, elección que la expiación del Salvador hizo posible, afecta la vida eterna. El Señor no nos forzará para que aceptemos Su Evangelio, pero si elegimos seguirlo a Él, nos bendecirá y nos enseñará a usar nuestro albedrío para llegar a ser como Él es.

El albedrío es una ley eterna

El albedrío es una ley eterna. El presidente Brigham Young, al referirse al albedrío del hombre, enseñó lo siguiente:

“Esta es una ley que ha existido desde las eternidades, y seguirá existiendo aun a través de todas las eternidades venideras. Todo ser inteligente debe tener el poder de elegir” (Discourses of Brigham Young, pág. 62).

Pida a un miembro de la clase que lea en voz alta Moisés 4:1–4.

¿Cuándo ocurrió esto? ¿Qué fue lo que sucedió?

Antes de venir a la tierra nos reunimos en un concilio celestial. Ante nosotros se presentó una de las cuestiones más grandes íntimamente relacionada con el principio eterno del albedrío. Lucifer, o Satanás, quería privarnos de nuestro albedrío. Jesucristo, por el contrario, deseaba hacer la voluntad del Padre, la que era permitirnos elegir por nosotros mismos.

“Este albedrío”, cita el presidente Wilford Woodruff, “ha sido siempre la herencia del hombre bajo las normas y el gobierno de Dios. Lo tuvo en el cielo de los cielos aun antes de que el mundo fuese, y el Señor no quiso quitarlo, y lo defendió ante la amenaza de Lucifer y de aquellos que estaban de parte de él… Es en virtud de este albedrío que tanto ustedes como yo y todo el género humano somos hechos seres responsables, sí, responsables del curso que seguimos, de la clase de vida que vivimos y de las obras que ejecutamos” (Discourses of Wilford Woodruff, págs. 8–9).

Cómo debemos usar nuestro albedrío

Ciertas cosas son necesarias para que usemos nuestro albedrío en esta vida. Primero, debemos tener un conocimiento de lo bueno y lo malo; segundo, debemos tener la libertad para hacer elecciones; y tercero, después de ejercer nuestro albedrío, debe haber consecuencias que siguen nuestras elecciones.

Mientras analicen cada punto, escriba en la pizarra: conocimiento de lo bueno y lo malo, libertad para hacer elecciones, consecuencias de elegir.

Conocimiento de lo bueno y lo malo

Para que el Señor nos juzgue en justicia, es necesario que seamos capaces de pensar, de razonar y de elegir. Debemos comprender lo que estamos haciendo y reconocer la diferencia que existe entre lo bueno y lo malo. Si una persona es demasiado joven o por otra razón no puede entender estas diferencias, no podrá ser juzgado de igual forma que aquellos que sí las entienden.

Por esta razón, no somos responsables de nuestras decisiones ante el Señor hasta que cumplimos ocho años de edad. En ese momento alcanzamos la edad de responsabilidad (véase D. y C. 68:25–27); lo que significa que después de haber cumplido ocho años seremos responsables de todo lo que hagamos, a menos que tengamos algún impedimento mental que nos prive de ser responsables de nuestros actos.

El profeta Mormón también explicó: “Los niños pequeños son sanos, porque son incapaces de cometer pecado… Los niños pequeños no pueden arrepentirse; por consiguiente, es una terrible iniquidad negarles las misericordias puras de Dios, porque todos viven en él por motivo de su misericordia” (Moroni 8:8, 19).

Mormón también explicó que “todos aquellos que están sin ley”, “viven en Cristo” (Moroni 8:22). Esto quiere decir que a aquellos que no hayan tenido la oportunidad de aprender el Evangelio, como igualmente a aquellos que estén incapacitados para comprenderlo, no se espera que lo vivan, y no se les puede considerar responsables hasta que se les enseñe el Evangelio y hasta que lo puedan comprender.

La libertad de hacer elecciones

A fin de poder usar nuestro albedrío, debemos tener elecciones que hacer. Si tenemos la capacidad para elegir pero no hay nada que podamos elegir, no tenemos albedrío. O sea que no podemos elegir a menos que se nos presente una alternativa. El uso más grande de nuestro albedrío consiste en elegir entre lo bueno y lo malo. Es por eso que nuestro Padre Celestial permite que Satanás se oponga a lo bueno. Pero cuando cedemos a las tentaciones de Satanás, limitamos nuestras elecciones. Cada vez que elegimos lo malo, perdemos algo de nuestra libertad. Por otra parte, nuestra libertad aumenta sólo cuando elegimos lo correcto.

Muestre la ayuda visual 28-a, “¡Peligro! Prohibido nadar”.

Pida a un miembro de la clase asignado con anticipación que narre el relato acerca del cartel “¡Peligro! Prohibido nadar” (vea al final de la lección la sección “Preparación del maestro”).

El Señor sabía que tendríamos la influencia del bien y del mal. Sin este conflicto entre lo bueno y lo malo, no tendríamos elecciones que hacer, por lo que no hubiéramos tenido el albedrío. Por eso, el Señor nos da principios, leyes y mandamientos que debemos obedecer, y Satanás nos tienta para que no lo hagamos.

El Señor dijo: “Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Marcos 12:30). La sugerencia que nos ofrece Satanás es: “¿Por qué amar a Dios? ¿Por qué no olvidarlo, mejor?”. ¡Aun puede implicar que ni siquiera existe un Dios!

El Señor dice: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo” (Éxodo 20:8). Satanás dice: “Usa el día de reposo como día de recreo. ¿Qué valor tiene el asistir a la Iglesia y el no trabajar en este día?”.

El Señor dice: “Honra a tu padre y a tu madre” (Éxodo 20:12). Satanás planta en nuestra mente la idea de desobedecer a nuestros padres: “Es tu vida y puedes vivirla como se te dé la gana. Toma todo lo que tus padres te den. Ya envejecerán y otros podrán cuidar de ellos” (adaptado de Carl W. Buehner, “Who’s on the Lord’s Side”, Improvement Era, junio de 1961, pág. 402).

En una ocasión el presidente Kimball le escribió una carta a un jovencito que estaba luchando con una decisión relacionada con la religión, y él quería estar seguro de que este joven comprendía las decisiones que podía tomar. Esto fue lo que escribió:

“Querido Juan:

“La resistencia y los argumentos que esgrimes en contra de las verdades del Evangelio me han causado grave preocupación.

“Comprendo que no puedo convencerte en contra de tu voluntad. No trataría de forzar tus pensamientos ni siquiera aunque pudiera hacerlo, puesto que el albedrío es la ley básica de Dios y cada uno de nosotros debe asumir la responsabilidad de sus propias acciones. Pero, ciertamente, cada uno de nosotros debe cumplir con su deber de influir para el bien sobre todos aquellos que necesiten alguna ayuda” (“La verdad absoluta”, Liahona, julio de 1979, pág. 1).

Las consecuencias que acarrea el tomar decisiones

Debemos comprender que somos libres de elegir, pero no tenemos la libertad para elegir las consecuencias de nuestras acciones. Las elecciones o decisiones correctas traen como consecuencia buenos resultados; malas consecuencias provienen de elecciones equivocadas. Samuel, el Profeta del Libro de Mormón, declaró:

“Él [Dios] os ha concedido que discernáis el bien del mal, y os ha concedido que escojáis la vida o la muerte; y podéis hacer lo bueno, y ser restaurados a lo que es bueno, es decir, que os sea restituido lo que es bueno; o podéis hacer lo malo, y hacer que lo que es malo os sea restituido” (Helamán 14:31).

El principio del albedrío es como la ley de la siega: Todo lo que sembremos es lo que vamos a cosechar (véase Gálatas 6:7–8). El granjero vive literalmente según esta ley, ya que la clase de semilla que elija plantar determinará qué fruto él cosechará. Si planta semillas de trigo, cosechará trigo, no maíz. Tampoco puede elegir descuidar su plantación después de la siembra y tener una buena cosecha.

Así como sucede en el caso del granjero, en nuestra vida las consecuencias están íntimamente ligadas a las elecciones que hagamos; y una vez que las hacemos, debemos aceptar los resultados que consigo acarrean. Ocurrirá en alguna ocasión que no podremos ver las consecuencias totales sino hasta que seamos juzgados por Dios; pero muchas veces se ven poco después de hacer las elecciones. Por ejemplo, como miembros de la Iglesia se nos concede el don del Espíritu Santo después de nuestro bautismo. La totalidad del beneficio de tener el Espíritu Santo como nuestro compañero no lo recibiremos sino hasta después de la resurrección; sin embargo, si elegimos desobedecer al Espíritu Santo y pecamos, perdemos su influencia actual en nuestra vida. La consecuencia inmediata al hacer lo erróneo es el retiro inmediato de nuestra vida del consuelo, la comprensión, el amor y la guía que nos provee el Espíritu Santo cuando hacemos lo correcto.

¿Cuáles son las consecuencias de sus hechos cuando un jovencito viola la Palabra de Sabiduría? (No es digno de que se le avance en el sacerdocio. El Espíritu se retira. Es indigno de servir en una misión. Puede volverse adicto a sustancias que dañarán su cuerpo.)

¿Cuáles serán las consecuencias cuando un padre no le enseña el Evangelio a sus hijos? (Falta de amor en la familia. Puede ocurrir que los hijos no conocerán la diferencia entre el bien y el mal. Puede perder a sus hijos. Se retrasa el progreso de sus hijos.)

No importa si las consecuencias son inmediatas o futuras, nuestra vida reflejará la forma en que usamos nuestro albedrío. La bendición de hacer lo correcto es el hecho de que no tenemos que temer las consecuencias inmediatas ni las que seguirán en el futuro, y éste es el mensaje que nos da el himno “Haz tú lo justo”.

Entonen el himno “Haz tu lo justo” (véase Principios del Evangelio, pág. 342).

Somos responsables de nuestras decisiones o elecciones

El presidente Joseph F. Smith dijo: “Dios ha dado a todos los hombres un albedrío, y nos ha concedido el privilegio de servirlo o no servirlo… No obstante, Él nos hará rendir cuentas muy estrictas del uso que hagamos de este albedrío, y como le fue dicho a Caín así se dirá a nosotros: ‘Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta’ (Génesis 4:7)” (Doctrina del Evangelio, pág. 47).

Lehi explicó el libro albedrío a su hijo Jacob: “Así pues, los hombres son libres… para escoger la libertad y la vida eterna, por medio del gran Mediador de todos los hombres, o escoger la cautividad y la muerte, según la cautividad y el poder del diablo” (2 Nefi 2:27).

Llegará el día en que cada uno de nosotros se presentará delante de Dios para ser juzgado. Allí, daremos cuenta de nuestras mayordomías y de las decisiones y elecciones que habremos hecho. Luego, nuestro Dios nos juzgará, y Sus juicios serán justos y misericordiosos, basados en Su amor y las leyes del cielo. Alma dice:

“Y es indispensable en la justicia de Dios que los hombres sean juzgados según sus obras; y si sus hechos fueron buenos en esta vida, y buenos los deseos de sus corazones, que también sean ellos restituidos a lo que es bueno en el postrer día.

“Y si sus obras son malas, les serán restituidas para mal” (Alma 41:3–4).

Tenemos la libertad de actuar como nos parezca bien, pero seremos responsables de nuestros actos; y nuestras acciones son el resultado de nuestras decisiones. Por tanto, es de suma importancia que tomemos las decisiones correctas, las que podremos tomar si seguimos el ejemplo de Jesucristo y de Sus siervos justos. De la vida de José en el Antiguo Testamento, por ejemplo, podemos aprender una gran lección.

Después que José fue llevado a Egipto, fue puesto al servicio de Potifar, capitán de la guardia de Faraón. José fue bendecido porque decidió seguir al Señor. Potifar vio que todo lo que José hacía era bueno, de manera que le entregó toda la responsabilidad de su casa y todo lo que poseía. Para beneficio de José, el Señor bendijo y prosperó la casa y los campos de Potifar.

Fue durante esta época, sin embargo, que la esposa de Potifar comenzó a codiciar a José. Sus sentimientos aumentaron hasta que un día le tentó para que cometiera adulterio con ella.

¿Conocía José las leyes de Dios con respecto al adulterio? ¿Qué alternativa tenía José? ¿Qué eligió hacer?

Pida a un miembro de la clase que lea en Génesis 39:7–12.

Al enfrentarse con esta tentación, José pensó en la gran confianza que Potifar había depositado en él, pero más importante que eso, pensó en el Señor y la promesa que José había hecho de obedecerle a Él. Por último, José sabía que debería rendir cuentas a Dios, y este conocimiento le dio la fuerza necesaria para resistir a la esposa de Potifar. José escogió obedecer a Dios.

Los esfuerzos de la esposa de Potifar por tentar a José no terminaron porque él la había rechazado una vez; ella continuó tentándolo día tras día y él rechazándola cada vez. Por último, enojada y frustrada, lo acusó del pecado del que ella misma era culpable y, como consecuencia de esto, José fue enviado a la prisión.

“Y Jehová estaba con José” porque decidió obedecerlo a Él. Con el tiempo, José fue sacado de la cárcel y llegó a ser gobernante sobre todo Egipto. (Véase Génesis 39–41.)

¿Qué recordó José al ser tentado? ¿Cómo puede el ejemplo de José ayudarnos a usar correctamente nuestro albedrío?

Conclusión

El presidente David O. McKay declaró lo siguiente:

“Próximo al otorgamiento de la vida misma, el derecho de dirigir nuestra propia vida es el don más grande que Dios le ha dado al hombre. La libertad de elección es un tesoro más preciado que cualquier posesión que pudiéramos tener en esta tierra; viene con el espíritu del hombre; es un don divino de cada ser normal… Se le ha dado al hombre una investidura especial, que no se ha otorgado a ninguna otra criatura viviente. Dios le entregó el poder de elegir. El Creador dijo solamente al ser humano: ‘Podrás escoger según tu voluntad, porque te es concedido’ (Moisés 3:17). Sin este divino poder de hacer elecciones, la humanidad no podría progresar” (“Man’s Free Agency”, Improvement Era, diciembre de 1965, pág. 1073).

Debemos tener albedrío para progresar; pero debemos usarlo en forma correcta, ya que Dios nos hará responsables de nuestras elecciones. Hemos de elegir sabiamente y la única manera de hacerlo es obedeciendo a nuestro Padre Celestial. También debemos dirigirnos a Él en oración, escuchar a Sus Profetas y ser dignos de la guía del Espíritu Santo.

Cometidos

Piense en todas las decisiones y elecciones que debe hacer diariamente. Deténgase a pensar por un minuto en las decisiones más importantes que haya tomado y las consecuencias que le han traído. Elija un aspecto de su vida en el que quiera mejorar. Tome algunas decisiones que le traigan los resultados que usted desee.

Pasajes adicionales de las Escrituras

  • 1 Nefi 2:11 (existe la oposición en todas las cosas).

  • 2 Nefi 2:27 (escoger la libertad y la vida eterna o el cautiverio y la muerte).

  • D. y C. 58:26–29 (no conviene que Dios mande en todas las cosas).

  • D. y C. 101:78 (responsabilidad por los pecados).

Preparación del maestro

Antes de presentar esta lección:

  1. 1.

    Repase el capítulo 4 de Principios del Evangelio, “La libertad de escoger”.

  2. 2.

    Pida a un miembro de la clase que prepare con anticipación la siguiente analogía:

    “Cuando cedemos ante las tentaciones de Satanás, limitamos nuestras elecciones. El siguiente ejemplo nos demuestra en qué forma lo hace. Imaginen que ven un letrero en la playa que dice: [‘¡Peligro! Prohibido nadar’]. Podemos pensar que ello representa una restricción, pero, ¿lo es en realidad? Todavía tenemos muchas elecciones delante de nosotros: podemos ir a nadar a otro lado; somos libres de contemplar el atardecer; somos libres de regresar a nuestra casa; y a la vez, somos libres de hacer caso omiso a las advertencias de peligro y nadar en el lugar. Sin embargo, una vez que seamos atrapados por [el peligro que nos advirtió el letrero], éste nos arrastrará y tendremos muy pocas oportunidades de elegir. Podremos tratar de escapar o de pedir ayuda, pero es muy posible que nos ahoguemos” (Principios del Evangelio, pág. 23).

  3. 3.

    Prepárense para cantar “Haz tú lo justo”, Himnos, Nº 154, y Principios del Evangelio, pág. 342.

  4. 4.

    Pida a algunos miembros de la clase que lean o presenten los relatos y los pasajes de las Escrituras que se encuentran en esta lección.