La edificación del Reino de Dios

Deberes y bendiciones del Sacerdocio, Parte B, 1997


Esta lección deberá motivarnos a hacer nuestra parte en la edificación del Reino de Dios.

Introducción

El presidente Gordon B. Hinckley una vez contó la historia de un inteligente oficial de la marina que había venido de Asia para tomar un curso avanzado de capacitación en los Estados Unidos. Mientras el oficial cursaba los estudios correspondientes, conoció a algunos miembros de la Iglesia. Así fue que solicitó que le enseñaran sobre el Evangelio. Como consecuencia, se sintió profundamente afectado por el Espíritu, de modo que fue bautizado.

El élder Hinckley dijo:

“Le conocí poco antes de que regresara a su tierra natal. Hablamos de estos acontecimientos y yo le dije: ‘Su gente no es cristiana. Usted proviene de una tierra donde los cristianos han pasado por momentos muy difíciles. ¿Qué sucederá ahora cuando regrese a su hogar como cristiano, y especialmente como un cristiano mormón?’

“Su rostro adquirió un tono sombrío al contestar: ‘Mi familia se llevará una gran desilusión. Supongo que hasta llegarán a echarme; me considerarán muerto. Con respecto a mi futuro y mi carrera, creo que se me cerrarán con anticipación todas las oportunidades’.

“Entonces yo le pregunté: ‘¿Está dispuesto a pagar un precio tan algo por el Evangelio?’.

“Sus oscuros ojos brillaron, humedecidos por las lágrimas en su apuesta cara olivácea, cuando contestó: ‘Es la verdad, ¿no es así?’.

“Avergonzado de haber hecho tal pregunta, respondí: ‘Sí, es la verdad’.

“A lo cual él contestó: ‘Entonces, ¿qué más importa?’ (“La verdadera fortaleza de la Iglesia”, Liahona, febrero de 1974, pág. 43).

¿Por qué razón dejó ese joven a su familia y su carrera militar por el Reino de Dios? (Porque sabía que el Evangelio tenía mucho más valor que cualquiera otra cosa.)

Nuestra responsabilidad de edificar el reino

Ponga en frente de la clase un cartel con la siguiente declaración, o escríbala en la pizarra:

Brigham Young dijo una vez: “El Reino de Dios es lo único de valor real. Todo lo demás no vale la pena poseerlo aquí ni en la eternidad” (Discourses of Brigham Young, pág. 444).

¿Qué es el Reino de Dios?

El presidente Joseph F. Smith dijo: “El Reino de Dios es la organización de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, sobre la cual preside el Hijo de Dios y no el hombre” (Doctrina del Evangelio, pág. 69).

Desde que el reino del Señor fue restaurado sobre la tierra, cada miembro ha tenido la responsabilidad de hacer su parte para que continúe creciendo. Cada uno de nosotros tenemos la obligación de hacer todo lo que podamos para traer a la gente al conocimiento del Evangelio y para fortalecer a aquellos que ya son miembros de la Iglesia. Nuestra obra es la obra de Dios, la cual es llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre (véase Moisés 1:39). Al ayudar en la edificación del Reino de Dios, no solamente estamos preparando al mundo para la segunda venida del Salvador, sino que también ayudamos a nuestros hermanos y hermanas a alcanzar la vida eterna. Nada es más importante que esta obra.

Al edificar el Reino de Dios, debemos recordar que la familia es la unidad básica de este reino. En realidad, el mismo propósito del Reino de Dios es exaltar a las familias en el reino de los cielos (véase Abraham 2:6–11; D. y C. 65). Siempre debemos estar seguros, por lo tanto, de no descuidar a nuestra familia mientras servimos en la Iglesia y edificamos el Reino de Dios sobre la tierra. El consejo del Señor es muy claro: “Todo hombre que tiene la obligación de mantener a su propia familia, hágalo, y de ninguna manera perderá su corona; y obre en la iglesia” (D. y C. 75:28).

La ley de consagración

Cuando nos bautizamos, hicimos ciertas promesas al Señor. Una de esas promesas fue la de servirlo y guardar Sus mandamientos (véase Mosíah 18:10). Cuando recibimos nuestras investiduras en el templo del Señor, también hacemos promesas sagradas. Una de estas promesas es que viviremos la ley de consagración.

De acuerdo con la ley de consagración, damos de nuestro tiempo, talentos y posesiones para edificar el Reino de Dios, a medida que éstos sean necesarios. El Señor nos ha dicho que ésta es una ley celestial, e indica que es sumamente importante para Su obra aquí en la tierra.

Lea D. y C. 105:1–5 y 88:22.

¿Por qué debemos entender la ley de consagración y estar dispuestos a vivirla?

Con respecto a esta ley, el profeta José Smith dijo: “Una religión que no requiere el sacrificio de todas las cosas nunca tiene el poder suficiente con el cual producir la fe necesaria para llevar a la vida y salvación” (Lectures on Faith, pág. 58).

Tal como el Profeta explica, debemos desarrollar la clase de fe que nos lleve a la vida eterna. Esta clase de fe es el resultado de poner en primer lugar en nuestra vida las cosas del Reino de Dios. Al así hacerlo le demostramos al Señor que Él y Su reino son más importantes para nosotros que las cosas de este mundo. También nos ayuda a desarrollar el amor por los demás y la fortaleza espiritual. Por esta razón, el Señor nos ha mandado que le sirvamos con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza (véase D. y C. 4:2).

El vivir la ley de consagración en la actualidad

Aunque la ley de consagración requiere que estemos dispuestos a entregar al Señor todo lo que poseamos para el desarrollo de Su reino, “no siempre somos llamados para vivir por completo la ley de consagración” (Bruce R. McConkie, Ensign, mayo de 1975, pág. 50). Esta es la situación de la Iglesia en la actualidad.

Aunque en la actualidad no vivimos plenamente la ley de consagración, ¿cómo podemos demostrar nuestra voluntad de vivirla?

Algunas de las cosas que podemos hacer en la actualidad para vivir la ley de consagración son las siguientes:

  • Podemos ser misioneros entre nuestros vecinos, amigos, parientes y otras personas.

  • Podemos hacer investigaciones de historia familiar y hacer la obra del templo.

  • Podemos servir fielmente en nuestros llamamientos en la Iglesia.

  • Podemos pagar un diezmo íntegro y contribuir con otras ofrendas que el Señor nos haya pedido.

  • Podemos orar para recibir la guía necesaria para saber lo que el Señor espera de nosotros.

  • Podemos cuidar de nuestra familia y ayudar a otros necesitados.

José Smith dijo: “Que un hombre consagre sus bienes… al Señor, no es nada más ni menos que dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, visitar a las viudas y huérfanos, a los enfermos y afligidos, y hacer cuanto puede para aliviar sus aflicciones; y él y su casa servir al Señor” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 149).

Es un privilegio consagrar nuestro tiempo y talentos para la edificación del reino del Señor. No es el hombre quien nos pide que estemos dispuestos a dar todo al Reino de Dios, “Es la voz de Cristo que nos invita a consagrar nuestro tiempo, nuestros talentos y nuestros medios para llevar a cabo su obra; es Su voz la que nos llama al servicio y sacrificio. Ésta es Su obra. Él está… guiando y dirigiendo el destino de Su reino” (Bruce R. McConkie, Ensign, mayo de 1975, pág. 52).

Consagración de nuestro tiempo, talentos y posesiones

Tiempo

¿Cómo podemos usar nuestro tiempo para ayudar a edificar el Reino de Dios?

Cada uno de nosotros cuenta con veinticuatro horas al día, pero cada uno las usa en forma diferente, y la manera de hacerlo es muy importante. Algunos desperdiciamos el tiempo, mientras que otros no nos organizamos para hacer todo lo que deseamos hacer con nuestra familia, la Iglesia, el trabajo y la comunidad. El presidente Spencer W. Kimball dijo que si organizamos nuestro tiempo en forma sabia, “deberá haber tiempo para prestar servicio en las organizaciones y quórumes de la Iglesia; tiempo para orar, tiempo para la obra misional, tiempo para ser presidente de un quórum, líder de una de las organizaciones auxiliares, obispo, presidenta de la Sociedad de Socorro o maestro” (El milagro del perdón, pág. 258–259).

Talentos

¿Cómo podemos usar nuestros talentos para edificar el Reino de Dios?

Cada uno de nosotros tiene talentos; así lo ha dicho el Señor (D. y C. 46:11). Brigham Young dijo: “¿Qué es lo mejor que usted tiene para dedicar al Reino de Dios? Los talentos que Dios le ha dado. ¿Cuántos? Cada uno de ellos” (Discourses of Brigham Young, pág. 445).

La siguiente historia, relatada por la hermana Joann Ottley, nos demuestra cómo podemos servir al Señor con nuestros talentos:

“El Señor nos bendijo tanto a mi marido como a mí con talentos especiales para la música. Hemos dedicado toda nuestra vida a estudiar y a incrementar estos talentos, y nos hemos visto en la necesidad de tener que tomar muchas decisiones con respecto a la manera de emplearlos. Cuando cursábamos nuestros estudios en Europa, nos dimos cuenta de que teníamos que tomar una determinación especialmente importante y difícil. Los dos sabíamos que si nos quedábamos en tierra europea, tendríamos muchas oportunidades de alcanzar el éxito. No obstante, queríamos más que nada hacer lo que el Señor deseaba que hiciésemos. Sentíamos el deseo de obedecer y, más que eso, anhelábamos ser instrumentos en las manos del Señor para colaborar en la edificación de Su reino aquí en la tierra.

“Reiteradamente ayunamos y oramos pidiendo la orientación del Espíritu para llegar a conocer la voluntad del Señor. La respuesta la recibimos durante una reunión sacramental al terminar un período de ayuno. Los dos recibimos el mismo conocimiento cierto por medio del Espíritu Santo: que nuestra obra habría de continuar en nuestra propia tierra, que teníamos que regresar a los Estados Unidos.

“Después de eso transcurrieron unos meses más de estudio, preparación y pruebas. Entonces el Señor nos hizo posible el regresar a Salt Lake City. Yo fui aceptada como miembro del Coro del Tabernáculo y mi esposo se incorporó al Departamento de Música de la Universidad de Utah.

“Poco tiempo después, mi marido era llamado por la Primera Presidencia de la Iglesia a ser el director del Coro del Tabernáculo. Efectivamente, el Señor nos había estado preparando para prestar un servicio especial.

“En realidad, nuestro tiempo, talentos y bienes no son en absoluto nuestros, sino que pertenecen al Señor, y la dicha más grande que podamos llegar a experimentar en esta tierra se cristalizará cuando los utilicemos todos ellos en la edificación del Reino de Dios” (La mujer Santo de los Últimos Días, Parte B, Lección 10, “Edificando el Reino de Dios”).

¿Cuál fue la actitud que tenían los hermanos Ottley y que los hacía desear usar sus talentos para edificar el reino? (Ellos creían que sus talentos provenían del Señor y que son de Él.)

Pida a los miembros de la clase que hagan una lista de talentos en la pizarra. Analice cómo se puede usar cada uno de ellos para edificar el Reino de Dios.

Pida a los miembros de la clase que piensen en sus propios talentos y en cómo pueden hacer avanzar la obra del Señor compartiendo sus talentos.

Posesiones

Aun cuando el Señor nos ha dado todo lo que poseemos, a veces es todavía muy difícil el dar de nuestras posesiones para ayudar en Su obra. Somos egoístas por naturaleza, y en verdad requiere un amor verdadero hacia nuestros semejantes, hacia nuestro Padre Celestial y hacia Su Hijo Jesucristo para estar dispuestos a usar nuestros propios bienes, inclusive el dinero, para hacer el bien. Un relato del Nuevo Testamento demuestra lo difícil que es a veces, pero lo importante que es, estar dispuestos a dar de nuestras posesiones terrenales:

Un joven se acercó a Jesús cierto día y le preguntó: “¿Qué haré para heredar la vida eterna?”.

Jesús le respondió que debería guardar todos los mandamientos: no adulterar, no matar, no hurtar, no levantar falso testimonio o engañar a otros; también le dijo que debería honrar a su padre y a su madre.

El joven respondió que él siempre había hecho todas esas cosas, a lo que Jesús le contestó: “Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz”. Cuando el joven escuchó estas palabras, se fue triste porque tenía muchas posesiones. (Véase Marcos 10:17–22.)

Muchas veces, como al igual que sucedió con este joven rico, nosotros no estamos dispuestos a dar lo que tenemos al Señor. En otras oportunidades nosotros sentimos que quisiéramos dar más de lo que podemos dar en verdad. El Señor se da cuenta de nuestra situación y trata con nosotros como corresponde. De aquellos que no pueden dar lo que les gustaría dar, el rey Benjamín dijo:

“Y además, digo a los pobres, vosotros que no tenéis, y sin embargo, tenéis suficiente para pasar de un día al otro; me refiero a todos vosotros que rehusáis al mendigo porque no tenéis; quisiera que en vuestros corazones dijeseis: No doy porque no tengo, mas si tuviera, daría.

“Ahora bien, si decís esto en vuestros corazones, quedáis sin culpa” (Mosíah 4:24–25).

Ya sea dinero, tiempo o talentos, debemos estar dispuestos a dar al Señor todo lo que tenemos. Si al principio encontramos que es difícil dar, debemos solamente hacer el esfuerzo. Si lo hacemos, encontraremos que estamos desarrollando fe en el Señor, amor por los demás y el deseo de dar todo lo que tenemos para ayudar a edificar el Reino de Dios.

Conclusión

Como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tenemos la responsabilidad de edificar el Reino de Dios. Podemos hacerlo guardando nuestra promesa de servir al Señor con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza. Esto significa que debemos estar dispuestos a dar el tiempo, los talentos y los bienes que se nos requieran para edificar el Reino de Dios. A medida que lo hagamos, desarrollaremos la fe y el amor y demostraremos al Señor que ponemos Su reino en primer lugar. Es necesario vivir esta ley celestial —consagrando todo lo que tenemos para edificar el Reino de Dios— si deseamos heredar el reino celestial.

Cometidos

Dedique algún tiempo hoy a meditar acerca de su disposición de darle al Señor lo que Él le pida. Evalúe la consagración que usted hace de su tiempo, de sus talentos y de su dinero a la obra del Señor.

Pasajes adicionales de las Escrituras

  • Daniel 2:44 (el Reino de Dios avanzará).

  • Lucas 12:16–20 (parábola del joven rico).

  • Hechos 2:44–45 (los primeros cristianos tenían todas las cosas en común).

  • 1 Nefi 13:37 (ayudar a avanzar la causa de Sión).

  • Jacob 2:18–19 (buscad el reino antes de las riquezas).

  • 4 Nefi 1:3 (los nefitas tenían todas las cosas en común).

  • D. y C. 42:29–36 (se ha de dar al pobre).

Preparación del maestro

Antes de enseñar esta lección:

  1. 1.

    Haga un cartel con la declaración de Brigham Young que se encuentra en la pág. 295 de este manual (o escriba esta cita en la pizarra).

  2. 2.

    Lea la lección 34 del libro Principios del Evangelio, “Debemos desarrollar nuestros talentos”.

  3. 3.

    Repase la lección 19 de este manual.

  4. 4.

    Pida a algunos miembros de la clase que lean o presenten las historias y los pasajes de las Escrituras que se encuentran en esta lección.