El juramento y convenio del sacerdocio

Deberes y bendiciones del Sacerdocio, Parte B, 1997


El propósito de esta lección es ayudarnos a comprender el significado del juramento y convenio del sacerdocio, y cómo magnificar nuestros llamamientos.

Introducción

El élder Reed Smoot fue miembro del Quórum de los Doce desde el año 1900 hasta que falleció en 1941. Durante gran parte de ese tiempo fue un sobresaliente miembro del Senado de los Estados Unidos de América, y muchas personas lo alentaron para que se postulara a la presidencia, pero le dijeron que tendría que dejar su religión, ya que en aquella época la gente no iba a elegir a un mormón. Él contestó de la siguiente manera: “Si yo tuviera que elegir entre ser un diácono de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días o ser Presidente de los Estados Unidos de América, preferiría ser diácono” (citado por Bryant S. Hinckley, The Faith of our Pioneer Fathers, pág. 202).

Si usted se encontrara en una posición en la que tuviera que elegir entre ser diácono o un hombre de mucha influencia en el mundo de los negocios o en el gobierno, ¿cuál elegiría y por qué?

¿Por qué piensa que el élder Smoot le dio tanto valor al sacerdocio?

Para que el élder Smoot fuera senador necesitaba cumplir con ciertos requisitos; nosotros también necesitamos cumplir con ciertos requisitos para poder recibir el sacerdocio. Nuestros líderes del sacerdocio deben entrevistarnos; nos hacen ciertas preguntas para comprobar si somos dignos de recibir el sacerdocio y si realmente estamos dispuestos a aceptar las responsabilidades que éste implica.

¿Cuáles son algunas de las preguntas que nos hacen nuestros líderes del sacerdocio?

Después que el élder Smoot fuera elegido senador, prestó juramento de cumplir con sus obligaciones en el gobierno. Cuando nosotros recibimos el sacerdocio, también prometemos cumplir con nuestros deberes para con el Señor.

El juramento y convenio del sacerdocio

Recibimos el santo sacerdocio por medio de un “juramento y convenio”. Esto significa que nuestro Padre Celestial nos da Su juramento (garantía, seguridad), de que tendremos el poder y las bendiciones del sacerdocio, siempre que hagamos el convenio (promesa) con Él de cumplir con ciertas obligaciones. “Así que, todos los que reciben el sacerdocio reciben este juramento y convenio de mi Padre, que él no puede quebrantar, ni tampoco puede ser traspasado” (D. y C. 84:40).

El presidente Marion G. Romney explicó el significado de un convenio de la siguiente forma:

“Un convenio es un contrato, y un contrato es un acuerdo entre dos o más personas. Si yo hiciera un convenio con ustedes, les prometería algo, teniendo en cuenta que ustedes también me prometerían algo a mí. Si hago acuerdo con alguien de pagar cierta cantidad de dinero por un automóvil y aquella persona promete entregarme el automóvil por esa cantidad, ése sería un convenio. En igual forma, en un convenio del sacerdocio, nosotros prometemos darle algo al Señor y Él, a la vez, promete darnos algo por lo que nosotros le damos a Él” (“Conference Report”, Conferencia de Área de Corea, 1975, pág. 36).

En la sección 84 de Doctrina y Convenios, se explica el juramento y el convenio del sacerdocio. Este pasaje de las Escrituras explica claramente las promesas que nosotros hacemos y las promesas que nos hace el Señor cuando recibimos el Sacerdocio de Melquisedec.

Escriba en la pizarra: Nuestras promesas y Promesas del Señor. Haga una lista debajo de cada título: primero de las promesas que nosotros hacemos y luego las promesas que el Señor nos hace.

Lea Doctrina y Convenios 84:33.

Nuestras promesas para con el Señor

En la primera parte del versículo 33 el Señor nos dice cuál es nuestra parte del convenio: “Porque quienes son fieles hasta obtener estos dos sacerdocios de los cuales he hablado, y magnifican su llamamiento…” (cursiva agregada).

¿Cuál es nuestra parte del convenio?

Nosotros prometemos magnificar nuestros llamamientos. Esto significa que nos esforzaremos al máximo al aceptar y llevar a cabo nuestros llamamientos del sacerdocio; magnificar nuestros llamamientos quiere decir agrandar, aumentar y ampliar el reino del Señor sobre la tierra mediante nuestro servicio. También cuando recibimos el sacerdocio prometemos ser fieles y obedecer todos los mandamientos.

Las promesas del Señor para con nosotros

Lea en Doctrina y Convenios 84:33–38; haga una pausa después de cada parte de la promesa del Señor, escríbala en la pizarra y luego analícenla.

El Señor nos promete que si guardamos nuestra parte del convenio seremos “santificados por el Espíritu para la renovación de [nuestros] cuerpos” (D. y C. 84:33; cursiva agregada). De esta manera podemos esperar ser fortalecidos en cuerpo y espíritu a medida que cumplamos con nuestros llamamientos.

También podemos llegar a ser “los hijos de Moisés y de Aarón” (D. y C. 84:34; cursiva agregada). Los hijos de Moisés y de Aarón administraron las ordenanzas de salvación a los hijos de Israel. Nosotros, a través del sacerdocio, tenemos en la actualidad el mismo privilegio de administrar estas sagradas ordenanzas.

El Señor nos promete que llegaremos a ser “la descendencia de Abraham” (D. y C. 84:34; cursiva agregada); o sea que podemos recibir las bendiciones prometidas a Abraham y a su descendencia.

Pida a un miembro de la clase que lea Abraham 2:8–11.

Dios hizo un convenio con Abraham y su descendencia de que todas las naciones de la tierra serían bendecidas con el Evangelio a través de ellos. Es por medio del poder y de la autoridad ejercidos por los fieles poseedores del sacerdocio que estas bendiciones se dan al mundo.

El Señor también promete que llegaremos a ser “los elegidos de Dios” (D. y C. 84:34; cursiva agregada). Esto significa que a los fieles poseedores del sacerdocio que magnifiquen sus llamamientos y reciban las ordenanzas sagradas de salvación del sacerdocio, se les dará la plenitud del reino del Padre.

Entonces el Señor dice: “todo lo que mi Padre tiene [les] será dado” (D. y C. 84:38; cursiva agregada).

El presidente Spencer W. Kimball lo explicó de la siguiente forma: “¿Se han detenido alguna vez a contar las bendiciones y los poderes que el Señor posee? Todo poder, toda influencia, toda fortaleza, serán de ustedes conforme al juramento y convenio del Santo Sacerdocio que ustedes poseen” (Conference Report, Conferencia de Área de Buenos Aires, 1975, pág. 51).

No cabe duda de que el Señor cumplirá con sus promesas a los fieles y obedientes; por lo tanto, es nuestra la responsabilidad: Si fallamos en el cumplimiento de las promesas que hicimos al Señor, le impediremos que nos dé todo lo que Él ha preparado para darnos.

Cómo magnificar nuestros llamamientos en el sacerdocio

Nosotros prometimos al Señor, bajo convenio, que magnificaríamos nuestros llamamientos.

¿Cuáles son nuestros llamamientos del sacerdocio?

Cuando se nos confiere el Sacerdocio de Aarón, al mismo tiempo se nos ordena a un oficio en éste: diácono, maestro o presbítero. Cada uno de estos oficios es un llamamiento que tiene ciertos deberes y responsabilidades. Los oficios en el Sacerdocio de Melquisedec son élder, sumo sacerdote, patriarca, Setenta y Apóstol. (Véase Principios del Evangelio, capítulo 14, págs. 85–93 para una explicación sobre los deberes de estos llamamientos.)

“El sacerdocio es el poder y la autoridad de Dios que se delega a los hombres en la tierra para obrar en todas las cosas pertinentes a la salvación de los hombres. El ejercer la autoridad del sacerdocio requiere la autorización de los que poseen las llaves y sean nombrados para presidir; así se mantiene el orden de la casa de Dios” (Manual del Sacerdocio de Melquisedec, 1984, pág. 1).

El Presidente Spencer W. Kimball dijo:

“Este sacerdocio no es un juego. No es algo que se tiene y que luego se olvida. Es prácticamente lo más importante del mundo, y lo recibimos bajo juramento y convenio…

“El Señor sabía que seríamos débiles y que podríamos caer en tentaciones, y Él dice que ésta es la razón por la cual nos pidió que oráramos día y noche, y a toda hora; esa es también la razón por la que organizó el programa de la noche de hogar, para que nos ayuden a recordar con frecuencia nuestras responsabilidades. Es la razón por la cual disponemos de las reuniones del sacerdocio, para reunirnos con nuestros hermanos y recordarnos nuestras responsabilidades los unos a los otros” (Conference Report, Conferencia de Área de Corea 1975, págs. 40–41).

Antes de que alguien pueda magnificar su llamamiento en el sacerdocio, deberá entender, en primer lugar, qué es lo que se espera de él. Primero deberá aprender “su deber”, para luego “obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado” (D. y C. 107:99).

El siguiente relato indica que el presidente Kimball entendió sus deberes y magnificó su llamamiento como diácono:

“Recuerdo cuando era diácono… Para mí era un gran honor el serlo. Mi padre era siempre muy considerado con respecto a mis responsabilidades y siempre me permitía llevar el buggy (coche tirado por un caballo) para recoger las ofrendas de ayuno porque tenía que recorrer una distancia bastante grande. Además, cuando se acumulaban una bolsa de harina, un frasco de verduras o fruta, o un pan, se convertían en pesada carga. Así que el buggy era muy cómodo y sumamente útil… para mí era un gran honor servir a mi Padre Celestial de esta manera; y… todavía sigue siendo un gran honor llevar a cabo este servicio.

“Soy diácono y siempre me siento orgulloso de serlo. Cuando veo a los Apóstoles que se preparan para bendecir la Santa Cena en nuestras asambleas solemnes, y a otras Autoridades Generales levantarse e ir a la mesa sacramental para buscar las bandejas para el pan y para el agua y con humildad pasarlas a toda la gente de la asamblea, para después regresar con las bandejas vacías, me siento orgulloso de que soy diácono, maestro y presbítero” (véase “Sed dignos poseedores del sacerdocio”, Liahona, octubre de 1975, pág. 21).

¿Cuál fue la actitud del presidente Kimball hacia su llamamiento en el sacerdocio?

¿Cómo podemos influir en los demás por la forma en que magnificamos nuestros llamamientos?

Cómo recibimos ayuda para magnificar nuestro llamamiento

El presidente Marion G. Romney dijo: “A fin de magnificar nuestros llamamientos en el sacerdocio, se requieren por lo menos tres cosas: la primera es que tengamos el deseo de hacerlo; la segunda es que busquemos y meditemos las palabras de vida eterna; y la tercera es que oremos” (véase “El magnificar nuestro llamamiento en el sacerdocio”, Liahona, diciembre de 1973, pág. 42; cursiva agregada).

¿Cuáles son las tres cosas que el presidente Romney dijo que son necesarias para magnificar nuestros llamamientos? Escriba en la pizarra:

Debemos:

  1. 1.

    Tener el deseo.

  2. 2.

    Estudiar las Escrituras.

  3. 3.

    Orar.

Si hacemos estas cosas y obedecemos los mandamientos, recibiremos la ayuda de nuestro Padre Celestial para magnificar nuestros llamamientos.

El élder Orson Pratt, uno de los misioneros más famosos de la Iglesia, creía en esto firmemente y con todo su corazón. Cuando fue llamado a una misión en Escocia, había solamente ocho miembros de la Iglesia en ese país. Los misioneros anteriores habían sido expulsados en medio de una lluvia de piedras, basura e injurias. Al arribar, a principios del año 1840, viajó a Edimburgo, la capital de Escocia, y al día siguiente de su llegada, subió a un cerro rocoso en medio de un parque natural, desde donde se apreciaba una hermosa vista de la antigua ciudad; se conoce al sitio con el nombre de “el asiento de Arturo”, pero los miembros de la Iglesia lo llaman con cariño “el cerro de Pratt”. Allí el élder Orson Pratt rogó al señor que le permitiera convertir doscientas almas y el Señor escuchó y le concedió ese pedido (Muriel Cuthbert, “Strong Saints in Scotland”, Ensign, octubre de 1978, pág. 36).

El élder Pratt magnificó su llamamiento y otros, que siguieron su ejemplo, también fueron bendecidos. En 1853, sólo trece años después de que el élder Pratt subió al cerro y pidió ayuda al Señor, había 3.291 miembros de la Iglesia en Escocia.

Conclusión

“Las bendiciones del Señor se ofrecen a los santos y al mundo a través de la ministración de aquellos que poseen Su Santo Sacerdocio… Poseer el sacerdocio no es una cosa ligera o insignificante. Estamos tratando con el poder y la autoridad del Señor, que Él nos ha dado al abrir los cielos en esta época a fin de que toda bendición pudiera estar disponible para nosotros otra vez” (véase Joseph Fielding Smith, “Bendiciones del sacerdocio”, Liahona, sept. de 1972, pág. 2).

El Señor prometió, bajo juramento y convenio, que cuando magnifiquemos nuestros llamamientos en el sacerdocio recibiremos todo lo que nuestro Padre Celestial tiene. El don más grande que Él tiene para nosotros es la vida eterna (véase D. y C. 14:7), y tenemos la promesa de que podemos lograrla y que podemos ayudar a otros a alcanzarla. Debemos pensar muy a menudo en las grandes bendiciones que el Señor nos ha prometido. Si lo hacemos, nuestro deseo de guardar los convenios que hayamos hecho aumentará y ello nos llevará hacia la vida eterna.

Cometidos

Decida hoy que magnificará su llamamiento. Estudie las Escrituras para recibir inspiración, luego ore sinceramente para pedir ayuda; tenga presente el juramento y convenio del sacerdocio, recordando que nuestro Padre Celestial quiere darle todo lo que Él tiene. Sea generoso con el servicio que dé a otros, valiéndose de los oficios y llamamientos del sacerdocio para bendecir la vida de ellos.

Pasajes adicionales de las Escrituras

  • Jacob 1:17–19 (el magnificar los llamamientos).

  • Mosíah 2:20–24 (nuestra deuda para con Dios).

  • D. y C. 58:26–29 (estar anhelosamente consagrados a una causa buena).

  • D. y C. 121:34–36 (el sacerdocio gobernado por principios de justicia).

Preparación del maestro

Antes de presentar esta lección:

  1. 1.

    Lea Doctrina y Convenios 84:1–48. Familiarícese especialmente con los versículos 33–44.

  2. 2.

    Pida a cada uno de los miembros de la clase que lleve sus Escrituras a la clase para leerlas y usarlas como referencia.

  3. 3.

    Asegúrese de que haya tiza y pizarra.

  4. 4.

    Pida a algunos de los integrantes de la clase que relaten con sus propias palabras o lean las narraciones y los pasajes de las Escrituras de la lección durante la presentación de ésta.