Dios ama a Sus hijos

Dios ama a Sus hijos, 2007


Este mensaje va dirigido a los Santos de los Últimos Días que tienen problemas con la atracción hacia personas de su mismo sexo y que a veces se sienten desalentados, pero que sinceramente desean llevar una vida que sea agradable a nuestro Padre Celestial.

Usted es un hijo o una hija de Dios, y de todo corazón le tendemos una mano de amistad y afecto. A pesar de la atracción que actualmente siente hacia las personas de su mismo sexo, usted puede ser feliz en esta vida, llevar una vida moralmente limpia, brindar servicio valioso en la Iglesia, disfrutar de hermandad plena con los demás santos y, finalmente, recibir todas las bendiciones de la vida eterna.

Nefi, el profeta del Libro de Mormón, expresó los sentimientos que todos tenemos, cuando reconoció que “no [sabía] el significado de todas las cosas”, pero testificó: “Sé que [Dios] ama a sus hijos” (1 Nefi 11:17). En efecto, Dios ama a todos Sus hijos. Sin embargo, muchas preguntas, entre ellas algunas relacionadas con la atracción entre personas del mismo sexo, deben esperar una respuesta futura, incluso en la vida venidera. No obstante, Dios ha revelado verdades sencillas e invariables con el fin de guiarnos. Él ama a todos Sus hijos, y a causa de que Él le ama a usted, puede confiar en Él.

Su identidad y su potencial

Usted es un preciado hijo o una preciada hija de Dios. Dios no sólo sabe cómo se llama usted, sino que le conoce; el amor que le tiene es personal. Usted vivió en Su presencia antes de nacer en esta tierra. Usted no puede recordar la relación preterrenal que tuvo con Él, pero Él sí la recuerda. Aunque a veces Sus hijos hagan cosas que lo decepcionan, Él siempre los amará.

Si usted sabe quién es y se siente satisfecho con la certeza de que Dios le ama, le resultará más fácil comprender lo que Él desea para usted. Él quiere que usted tenga todas las bendiciones de la vida eterna, la cual es mucho más que una vida larga y sin fin. Recibir la vida eterna significa llegar a ser como nuestro Padre Celestial, vivir como Él vive y recibir una plenitud de gozo. Usted puede recibir la vida eterna si se ciñe a las mismas leyes a las que Dios se ciñe y hace lo que Él hace.

El plan de felicidad

Dios ha proporcionado el Plan de Salvación, o plan de felicidad, para ayudarle a usted a recibir las bendiciones de la vida eterna. Este plan se describe en las Escrituras; ni los hombres ni las mujeres pueden redactarlo de otra forma a fin de acomodarlo a sus deseos. Sólo Dios concede el galardón de la vida eterna. No se ha dispuesto que algunas de las bendiciones más grandes que se prometen en el plan, entre ellas la vida eterna, se disfruten de inmediato. La eternidad es larga y la vida terrenal es breve. Si usted basa sus decisiones en principios eternos en vez de retos o deseos terrenales, podrá tener “paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero” (D. y C. 59:23).

Esas bendiciones se basan en la obediencia a los principios eternos. La importancia de la familia es uno de esos principios. El cielo está organizado en familias, las cuales requieren que un hombre y una mujer ejerzan conjuntamente sus poderes creadores dentro de los límites que el Señor ha establecido. Las relaciones entre personas del mismo sexo son incompatibles con este plan. Sin la presencia conjunta de un esposo y una esposa no habría una familia eterna ni la oportunidad de llegar a ser como nuestro Padre Celestial.

En determinadas circunstancias, una persona pospone el matrimonio porque de momento no se siente atraída hacia un miembro del sexo opuesto. Aunque muchos Santos de los Últimos Días logran vencer la atracción hacia personas de su mismo sexo en esta vida gracias a su esfuerzo personal, al ejercicio de la fe y a la confianza que han depositado en el poder de la Expiación, es posible que otros no logren superar ese reto en esta vida. Sin embargo, en el plan perfecto de nuestro Padre Celestial se toma en cuenta a las personas que procuran observar Sus mandamientos pero que, sin ser culpables de ello, no tienen un matrimonio eterno en la vida terrenal. A medida que cumplamos con el plan de nuestro Padre Celestial, nuestros cuerpos, sentimientos y deseos serán perfeccionados en la vida venidera, a fin de que cada uno de los hijos de Dios halle gozo en una familia compuesta de un esposo, una esposa e hijos.

La atracción entre personas del mismo sexo comprende sentimientos emocionales, sociales y físicos. Todos los hijos de nuestro Padre Celestial desean amar y ser amados, entre ellos muchos adultos que, por diversas razones, permanecen solteros. Dios asegura a Sus hijos, incluso a los que actualmente se sienten atraídos hacia personas de su mismo sexo que, con el tiempo, sus justos deseos serán plenamente satisfechos a la manera de Dios y de acuerdo con Su propio tiempo.

El autodominio

A fin de hacernos merecedores de las bendiciones del plan de nuestro Padre Celestial, a cada uno de nosotros se nos envió a esta tierra por un período de probación durante el cual enfrentamos una variedad de tentaciones y desafíos. Algunos de estos retos tienen que ver con nuestro cuerpo físico. Puesto que antes de esta vida no teníamos un cuerpo físico, debemos aprender a vivir con sus imperfecciones e interpretar sus señales, impulsos y necesidades; y con frecuencia debemos aprender a decir “no”. El autodominio del cuerpo físico es muy importante, ya que en la vida venidera poseeremos estos cuerpos en su forma perfecta.

Nuestros cuerpos son sagrados; a veces se hace referencia a ellos en las Escrituras como “templos de Dios”. Muchas personas que se sienten atraídas hacia personas de su mismo sexo respetan el carácter sagrado de sus cuerpos y obedecen las normas que Dios ha establecido, de que la sexualidad debe expresarse “sólo entre el hombre y la mujer legítimamente casados, como esposo y esposa” (“La familia: Una proclamación para el mundo”, Liahona, octubre de 1998, pág. 24). La vida de esas personas es agradable a nuestro Padre Celestial. Otros, sin embargo, cruzan ese límite y dan rienda suelta a una conducta inmoral. El deseo por el placer físico no autoriza a nadie a cometer actos de inmoralidad.

La verdadera felicidad depende de mucho más que la expresión de los impulsos físicos. Estos impulsos disminuyen cuando se satisface un mayor número de necesidades emocionales básicas, como la necesidad de relacionarse con otras personas y brindarles servicio. La verdadera felicidad se deriva del autodominio, del autorrespeto y del rumbo positivo que llevemos en la vida; proviene del testimonio de la doctrina verdadera —incluso del saber quién es usted y quién puede llegar a ser— y del vivir de acuerdo con el plan de felicidad de Dios.

Muchas de las personas que se sienten atraídas hacia las personas de su mismo sexo tienen fuertes testimonios del Evangelio y, por lo tanto, no ceden a esas atracciones. Las atracciones en sí no hacen indignas a las personas. Si usted evita los pensamientos y los actos inmorales, no habrá transgredido, aun cuando sienta esa atracción. La Primera Presidencia ha declarado: “Existe una diferencia entre los pensamientos y sentimientos inmorales y el participar en comportamientos heterosexuales inmorales o en cualquier comportamiento homosexual” (carta, 14 de noviembre de 1991).

Este principio se aplica a todos los hijos de Dios, pues Él ha declarado que toda relación sexual fuera de los lazos del matrimonio es inaceptable. Todos tenemos tentaciones, pero uno de los propósitos de esta vida es aprender a superarlas. El presidente David O. McKay definió bellamente la espiritualidad como “la consciencia de la victoria sobre el yo” (en Conference Report, octubre de 1969, pág. 8). Estas tentaciones, que por lo general se presentan sin que la persona las busque, pueden resultar poderosas, pero jamás serán lo suficientemente fuertes para privarnos de nuestra libertad de elección. El élder Dallin H. Oaks dijo: “Todos experimentamos algunos sentimientos que nosotros no elegimos, pero el evangelio de Jesucristo nos enseña que, no obstante, tenemos el poder para resistir y reformar nuestros sentimientos (según sea necesario) y para garantizar que no nos lleven a abrigar pensamientos indebidos o a participar en un comportamiento pecaminoso” (véase “La atracción entre personas del mismo sexo”, Liahona, marzo de 1996, pág. 17). Los pensamientos indebidos disminuyen si de inmediato se los reemplaza con pensamientos edificantes y constructivos.

Durante su búsqueda del autodominio, recuerde la importancia de vivir rectamente tanto en público como en privado. El presidente Gordon B. Hinckley instó: “Nuestra conducta en público debe ser intachable; nuestra conducta en privado es aún más importante; debe ajustarse a la norma establecida por el Señor. No podemos ceder al pecado, y mucho menos tratar de encubrir nuestros pecados” (véase “La dignidad personal para ejercer el sacerdocio”, Liahona, julio de 2002, pág. 58).

Si usted ha quebrantado los mandamientos de Dios o los convenios que haya hecho con Él, puede arrepentirse. Mediante la Expiación, Jesucristo ha pagado el precio por los pecados de usted, y Dios lo perdonará. Después de que se haya arrepentido de manera completa y sincera, no es necesario que siga atormentándose por las transgresiones pasadas. El mandato del Señor de “perdonar a todos los hombres” incluye el requisito de perdonarse a usted mismo (véase D. y C. 64:10).

El comprender las verdades eternas constituye una poderosa motivación para tener un comportamiento correcto. Usted tendrá más éxito si se concentra en las cosas que por ahora puede entender y controlar, en vez de desperdiciar su vigor o aumentar su frustración preocupándose por aquello que Dios aún no ha revelado en su totalidad. Concéntrese en vivir las sencillas verdades del evangelio de Jesucristo. La preferencia por personas del mismo sexo puede resultar muy poderosa, pero mediante la fe en la Expiación usted puede recibir el poder para resistir toda conducta indebida y de esa manera mantener una vida libre de pecado.

Llene su vida de lo bueno

Alguien dijo sabiamente que si sembramos un huerto con semilla buena, no habrá tanta necesidad de emplear el azadón. Del mismo modo, si llenamos nuestra vida con el alimento espiritual que Dios nos ha proporcionado, podremos controlar nuestras inclinaciones con más facilidad y convertirnos en amos de nosotros mismos. Esto significa crear a diario un entorno positivo en el que el Espíritu pueda florecer y evitar los entornos de tentación donde se le ofenda. En un entorno positivo se incluye la adoración regular en público y en privado, asistir a la Iglesia, ayunar, ir al templo, prestar servicio, leer las Escrituras, orar, relacionarse con buenos amigos y disfrutar de literatura y música edificantes. Si usted se rodea de estas cosas, su huerto dará buen fruto y será un gozo para usted y para su Padre Celestial. La felicidad se cosecha al sembrar cosas buenas y no sólo al evitar aquello que ofende a Dios.

Una manera muy importante de llenar su huerto espiritual de semilla buena es participar activamente en la Iglesia. A pesar de que la atracción hacia personas de su mismo sexo pueda seguir presente y seguir fomentando tensiones que no se hayan resuelto, usted se fortalecerá al servir en la Iglesia y al relacionarse con otros miembros de la misma que compartan sus mismas creencias y que hayan hecho los mismos convenios que usted. El participar de la Santa Cena, cantar los himnos de Sión y tomar parte en conversaciones edificantes son actividades que contribuirán a su progreso espiritual. El desatender esas influencias positivas y alejarse de la Iglesia a causa del desaliento, del supuesto rechazo o del sentimiento de no sentirse aceptado, únicamente dañará su espiritualidad y su deseo de controlar sus acciones.

Algunos de los que se sienten atraídos hacia las personas de su mismo sexo se han sentido rechazados porque los miembros de la Iglesia no siempre demostraron amor. Ningún miembro de la Iglesia debiera ser nunca intolerante. Si usted muestra amor y bondad hacia los demás, les da la oportunidad de cambiar de actitud y de seguir a Cristo más íntegramente.

Además de llenar su huerto de influencias positivas, también debe evitar cualquier influencia que pueda dañar su espiritualidad. Una de esas influencias adversas es el obsesionarse o concentrarse en pensamientos y sentimientos relacionados con la atracción hacia personas del mismo sexo. De nada sirve hacer alarde de tendencias homosexuales ni convertirlas en el centro de comentarios y conversaciones innecesarias. Es preferible tener como amistades a aquellas personas que no exhiban públicamente sus sentimientos homosexuales. La minuciosa selección de amigos y mentores que lleven vidas constructivas y rectas es uno de los pasos más importantes para ser productivos y virtuosos. Es natural y deseable relacionarse con personas del mismo sexo, siempre y cuando usted establezca límites prudentes para evitar cualquier dependencia emocional impropia y poco saludable que, a la larga, podría resultar en la intimidad física y sexual. Existe un riesgo moral si se tiene una estrecha relación con un amigo del mismo sexo ya que podría conducir a vicios que el Señor ha condenado. Las relaciones más importantes son aquellas que tenemos con nuestra propia familia puesto que nuestros lazos con ella pueden ser eternos.

La desesperanza es otra influencia adversa que por lo general se deriva de la falta de entendimiento y confianza en el amor constante de Dios que tenemos a nuestro alcance mediante el poder de la Expiación. Usted puede hallar esperanza en el hecho de que cada bendición que es posible obtener por medio del plan de felicidad de nuestro Padre Celestial sigue estando al alcance de cada uno de Sus hijos. La desesperanza y la duda pueden llevarle a alejarse, a criticar y a impacientarse porque las respuestas y las resoluciones a los problemas de la vida no se consiguen de inmediato. El Espíritu de Dios brinda buen ánimo y felicidad. Confíe en el Señor. No culpe a nadie —ni a usted, ni a sus padres, ni a Dios— por tener problemas que no se pueden comprender plenamente en esta vida.

La pornografía, en todas sus formas sutiles y dañinas, es una influencia particularmente adversa, peligrosa y adictiva. Las imágenes a las que la mente queda expuesta, aun cuando sólo sea por un breve instante, quedan grabadas y se presentarán en un momento de debilidad para quebrantar su determinación. El actuar en rectitud es el resultado de la pureza de pensamiento, la que se fomenta por medio de la literatura, la conversación, la música y otros medios edificantes.

Algunas personas han padecido abuso sexual en los primeros años de su vida o han tomado parte en la experimentación sexual a tierna edad. Si esto le ha sucedido a usted, le rogamos que entienda que el abuso sexual por parte de otras personas o las experiencias de la niñez no deben crear en usted un sentimiento actual de culpa, de indignidad ni de rechazo por parte de Dios ni de Su Iglesia. Las travesuras inocentes que se cometen a temprana edad en la vida no predisponen a un jovencito o jovencita a sentir atracción hacia personas de su mismo sexo cuando sea adulto.

Usted tendrá más éxito para controlar su vida si constantemente nutre su espíritu. El evitar alimentos durante largos períodos, seguidos de comidas excesivamente cuantiosas no servirá para mantener la salud física. Del mismo modo, si usted alimenta el espíritu esporádicamente, aun cuando sea en grandes proporciones, no producirá los mismos resultados, que si lo nutre de manera constante y diaria.

“Seguir adelante”

El presidente Gordon B. Hinckley ha prometido que aquellos que se sientan atraídos hacia las personas de su mismo sexo, pero que no expresen esas inclinaciones, pueden “seguir adelante como todos los demás miembros de la Iglesia” (“¿Qué pregunta la gente acerca de nosotros?”, Liahona, enero de 1999, pág. 83). Si usted se rige por las normas que Dios ha establecido y ocupa sus días con cosas que valgan la pena, su vida rebosará de esperanza y puede esperar tener oportunidades para brindar servicio significativo, participar en actividades sociales y crecer espiritualmente en esta vida.

Es de provecho conversar con su obispo y con otros líderes del sacerdocio que poseen las llaves de consejo inspirado para los miembros de su unidad local de la Iglesia. Si acude a ellos con humildad y franqueza, ellos le ofrecerán compasión y amor al deliberar en consejo con usted. La Primera Presidencia declaró: “Recomendamos a los líderes de la Iglesia y a los miembros que se acerquen con amor y comprensión a esas personas que luchan con estos problemas. Muchas responderán al amor cristiano y al consejo inspirado” (carta, 14 de noviembre de 1991). Con frecuencia también resulta útil buscar la guía de consejeros profesionales que tienen experiencia en tratar asuntos relacionados con la atracción entre personas del mismo sexo y cuyo consejo esté en armonía con las enseñanzas del Evangelio.

Si procura la ayuda de otras personas, tenga cuidado de no llegar a depender únicamente de ellas para adquirir su fortaleza espiritual. Su obispo y otros líderes pueden aconsejarle y enseñarle los principios verdaderos del plan de Dios para Sus hijos, pero, al final, la fortaleza constante que usted necesita debe proceder del Señor, a medida que se somete a la influencia del Espíritu Santo y ejerce fe en Jesucristo. Sólo entonces logrará la determinación permanente y la entereza suficiente para abstenerse de la conducta y de los pensamientos que son desagradables para Dios.

Los Santos de los Últimos Días que sienten atracción hacia las personas de su mismo sexo siguen adelante con sus vidas, ciñéndose estrictamente a las normas del Evangelio, permaneciendo cerca del Señor y procurando ayuda eclesiástica y profesional cuando sea necesario. Su vida es plena y satisfactoria, y pueden tener la certeza de que, al final, todas las bendiciones de la vida eterna serán suyas.

Las enseñanzas del Evangelio difieren enormemente de los caminos y de las enseñanzas del mundo en muchos aspectos, incluso la conducta moral. Esas diferencias resultan de nuestro entendimiento del don de la vida eterna que nuestro Padre Celestial ha preparado para nosotros, así como de las condiciones necesarias para recibirla. A nadie se le excluye ni nunca se le podrá excluir del círculo del amor de Dios ni de los brazos abiertos de Su Iglesia, porque todos somos Sus amados hijos e hijas. El presidente Hinckley dijo: “Deseamos expresar nuestro amor por los que luchan con sentimientos de afinidad hacia los de su mismo sexo. Oramos al Señor por ustedes; nos compadecemos de sus padecimientos, los consideramos nuestros hermanos y hermanas” (“Permanezcan firmes frente a las asechanzas del mundo”, Liahona, enero de 1996, pág. 113).

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