Capítulo 11: La vida de Cristo

Principios del Evangelio, (2011), 50–58


La vida de Cristo fue predicha mucho antes de Su nacimiento

Toda persona que viene a la tierra depende de Jesucristo para que se cumpla la promesa que Él hizo en los cielos de ser nuestro Salvador. Sin Él, el plan de salvación hubiera fracasado. Debido a que Su misión era necesaria, todos los profetas, desde Adán hasta Jesucristo, testificaron de Su venida (véase Hechos 10:43), y todos los profetas a partir de Cristo han testificado que Él vino. Cada uno de nosotros debe estudiar la vida del Salvador y seguirlo fielmente a lo largo de nuestra vida.

A los maestros: Este capítulo probablemente contiene más material del que podrá cubrir durante la clase. Conforme lo estudie y se prepare para la enseñanza, procure la guía del Espíritu a fin de determinar qué porciones serán más útiles a aquellos a quienes enseñe.

Un ángel le dijo a Adán que el nombre del Salvador sería Jesucristo (véase Moisés 6:51–52). Enoc vio que Jesús moriría en la cruz y resucitaría (véase Moisés 7:55–56). Noé y Moisés también testificaron de Él (véase Moisés 1:11; 8:23–24). Unos 800 años antes del nacimiento del Salvador en la tierra, Isaías predijo Su vida y, cuando vio el dolor y el sufrimiento que Jesús pasaría a fin de pagar el precio de nuestros pecados, exclamó:

“Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores y experimentado en quebranto…

“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores…

“Mas él herido fue por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades…

“Fue oprimido y afligido, pero no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero” (Isaías 53:3–5, 7).

Nefi también tuvo una visión del futuro nacimiento y misión del Salvador. En ella vio a una hermosa virgen, y un ángel le explicó: “…He aquí, la virgen que tú ves es la madre del Hijo de Dios, según la carne” (1 Nefi 11:18). Luego, Nefi vio a la virgen con un niño en los brazos, y el ángel le declaró: “…¡He aquí, el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno!…” (1 Nefi 11:21).

Aproximadamente 124 años antes del nacimiento de Jesús, el rey Benjamín, otro profeta nefita, también profetizó sobre la vida del Salvador:

“Porque he aquí que viene el tiempo, y no está muy distante, en que con poder, el Señor Omnipotente que reina, que era y que es de eternidad en eternidad, descenderá del cielo entre los hijos de los hombres; y morará en un tabernáculo de barro, e irá entre los hombres efectuando grandes milagros, tales como sanar a los enfermos, resucitar a los muertos, hacer que los cojos anden, y que los ciegos reciban su vista, y que los sordos oigan, y curar toda clase de enfermedades.

“Y echará fuera los demonios, o los malos espíritus que moran en el corazón de los hijos de los hombres.

“Y he aquí, sufrirá tentaciones, y dolor en el cuerpo, hambre, sed y fatiga, aún más de lo que el hombre puede sufrir sin morir; pues he aquí, la sangre le brotará de cada poro, tan grande será su angustia por la iniquidad y abominaciones de su pueblo.

“Y se llamará Jesucristo, el Hijo de Dios, el Padre del cielo y de la tierra, el Creador de todas las cosas desde el principio; y su madre se llamará María” (Mosíah 3:5–8).

  • ¿Cuáles son algunas de las profecías de la antigüedad acerca de Jesucristo?

Fue el Unigénito del Padre

  • ¿Qué heredó Jesucristo de Su Padre? ¿Qué heredó de Su madre?

La historia del nacimiento y la vida del Salvador se encuentran registrados en el Nuevo Testamento, en los libros de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. De esos relatos aprendemos que Jesús nació de una virgen llamada María, quien estaba comprometida para casarse con José. Un ángel del Señor se le apareció a María y le dijo que ella iba a ser la madre del Hijo de Dios, y ella le preguntó cómo iba a ser eso posible (véase Lucas 1:34). Él le respondió: “…El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1:35). Por lo tanto, Dios el Padre es el Padre literal de Jesucristo.

Jesús es la única persona en la tierra que nació de una madre mortal y de un Padre inmortal, y esa es la razón por la que se le ha llamado el Hijo Unigénito: de Su Padre heredó poderes divinos y de Su madre heredó la mortalidad y, por consiguiente, quedó sujeto al hambre, a la sed, a la fatiga, al dolor y a la muerte. Nadie podía quitarle la vida al Salvador a menos que fuera Su voluntad; tenía el poder para poner Su vida, y poder para tomar Su cuerpo nuevamente después de la muerte (véase Juan 10:17–18).

Vivió una vida perfecta

  • ¿Qué significado tiene para nosotros la vida del Salvador?

Desde Su juventud, Jesús obedeció todo lo que Su Padre Celestial le pidió. Bajo la guía de María y de José, Jesús se crió como cualquier otro niño; Él amaba y obedecía la verdad. Lucas nos dice: “Y el niño crecía, y se fortalecía y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él” (Lucas 2:40; véase también D. y C. 93:12–14).

Para la época en que tenía 12 años de edad, había aumentado el entendimiento de Jesús de que había sido enviado para hacer la voluntad de Su padre. Fue con Sus padres a Jerusalén. Cuando Sus padres iban de regreso a casa, se dieron cuenta de que el niño no se encontraba entre las personas del grupo y volvieron a Jerusalén a buscarlo. “Y aconteció que tres días después le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley, y éstos le oían y le hacían preguntas” (Traducción de José Smith, Lucas 2:46). “Y todos los que le oían se asombraban de su entendimiento y de sus respuestas” (Lucas 2:47).

José y María se tranquilizaron al encontrarlo, pero “se maravillaron; y su madre le dijo: Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia”. Jesús le respondió, diciendo: “…¿No sabíais que en los asuntos de mi Padre me es necesario estar?” (Lucas 2:48–49).

A fin de cumplir con Su misión, Jesús hizo la voluntad de Su Padre Celestial y declaró: “…nada hago por mí mismo, sino que, como el Padre me enseñó, así hablo… yo hago siempre lo que a él le agrada” (Juan 8:28–29).

Cuando Jesucristo tenía 30 años de edad, fue a ver a Juan el Bautista para que le bautizara en el río Jordán. Juan se mostró renuente a bautizar a Jesús porque sabía que Jesús era mayor (en grandeza) que él, pero Jesús le pidió que lo bautizara a fin de “cumplir toda justicia”. Juan bautizó al Salvador sumergiéndolo completamente en el agua. Después de que Jesús fue bautizado, Su Padre habló desde los cielos y dijo: “…Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco” y el Espíritu Santo descendió en forma de paloma. (Véase Mateo 3:13–17).

Poco después de su bautismo, Jesús ayunó durante 40 días y 40 noches para estar con Dios, después de lo cual Satanás se le presentó para tentarlo. Jesús resistió firmemente todas las tentaciones de Satanás y le ordenó que se retirara. (Véase Mateo 4:1–11; véase también Traducción de José Smith, Mateo 4:1, 56, 89, 11). Jesucristo permaneció sin pecado, el único ser perfecto que ha caminado sobre la tierra (véase Hebreos 4:15; 1 Pedro 2:21–22).

  • ¿Qué relatos de la vida del Salvador tienen un significado especial para usted?

Nos enseñó a amar y a servir a nuestros semejantes

  • ¿Cómo nos enseñó el Salvador a amar y a servir a nuestros semejantes?

Después de haber ayunado y de haber tenido el encuentro con Satanás, Jesús comenzó Su ministerio entre los hombres. Él vino a la tierra no sólo para morir por nosotros, sino también para enseñarnos la forma en que debemos vivir. Nos enseñó que hay dos grandes mandamientos; el primero: amar a Dios con todo nuestro corazón, mente y fuerza; y el segundo: amar a los demás como a nosotros mismos (véase Mateo 22:36–39). Su vida es un ejemplo de la forma en la que debemos obedecer esos dos mandamientos. Si amamos a Dios, confiaremos en Él y le obedeceremos como lo hizo Jesús. Si amamos a los demás, les ayudaremos a satisfacer sus necesidades físicas y espirituales.

Jesús pasó Su vida al servicio de los demás; curó enfermedades, hizo que el ciego recobrara la vista, que el sordo oyera y que el cojo caminara. Una vez, estaba sanando enfermos y se hizo tarde y la gente tuvo hambre. En lugar de mandarles que se retiraran, bendijo cinco hogazas de pan y dos peces y en forma milagrosa dio de comer a una multitud de cinco mil personas. (Véase Mateo 14:14–21.) Nos enseñó que siempre que hallemos a alguien que tenga hambre o frío, que esté desnudo o se sienta solo, debemos ayudarle en todo lo que esté a nuestro alcance. Cuando ayudamos a los demás, estamos sirviendo al Señor. (Véase Mateo 25:35–46).

Jesús amó a los demás con todo Su corazón, con frecuencia, se sintió tan lleno de compasión que lloró por ellos; amó a los niños, a los ancianos y a la gente sencilla y humilde que tenía fe en Él. Amó a quienes habían pecado y con gran compasión les enseñó a arrepentirse y a ser bautizados. Jesús enseñó: “…Yo soy el camino, y la verdad y la vida…” (Juan 14:6).

Jesús amó incluso a quienes pecaron en Su contra y que no se arrepintieron. Al final de Su vida, cuando colgaba en la cruz, oró a Su Padre por los soldados que lo habían crucificado, y le rogó: “…Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen…” (Lucas 23:34). Él enseñó: “Éste es mi mandamiento: Que os améis los unos a los otros, como yo os he amado” (Juan 15:12).

  • ¿De qué manera le podemos demostrar al Señor que le amamos?

Organizó la única Iglesia verdadera

  • ¿Por qué organizó el Salvador Su Iglesia y ordenó apóstoles?

Jesús quería que Su evangelio se enseñara a todos los habitantes de la tierra, por lo que eligió a doce apóstoles para que testificaran de Él. Ellos fueron los primeros líderes de Su Iglesia, los cuales recibieron la autoridad para actuar en Su nombre y para llevar a cabo las obras que le habían visto hacer a Él. Las personas que recibieron la autoridad de manos de ellos también tenían la facultad de enseñar, bautizar y efectuar otras ordenanzas en Su nombre. Después de Su muerte, ellos continuaron haciendo Su obra hasta que la gente se volvió tan inicua que mataron a los apóstoles.

Nos redimió de nuestros pecados y nos salvó de la muerte

  • A medida que estudie esta sección, tómese el tiempo para meditar en cuanto a los acontecimientos de la Expiación.

A los maestros: La meditación invita al Espíritu. Considere pedir a los miembros de la clase o de la familia que lean en silencio las dos secciones finales del capítulo al mismo tiempo que piensen en los sentimientos que tienen por el Salvador. Luego pida a quienes tengan deseos de hacerlo que compartan con la clase lo que pensaron.

Hacia el final de Su ministerio terrenal, Jesús se preparó para hacer el sacrificio supremo por todos los pecados de la humanidad; había sido condenado a morir porque Él había testificado a la gente que era el Hijo de Dios.

La noche antes de Su crucifixión, fue a un huerto que se llamaba Getsemaní; pronto se sintió agobiado por una gran angustia y lloró mientras oraba. Al apóstol Orson F. Whitney le fue permitido ver el sufrimiento del Salvador en una visión. Al ver al Salvador llorar, dijo: “Me conmovió tanto la escena que, por conmiseración, yo también lloré. Mi corazón estaba con Él, y le amé con toda mi alma y deseé fervientemente poder estar a Su lado como jamás había deseado cosa alguna en mi vida” (“The Divinity of Jesus Christ”, Improvement Era, enero de 1926, págs. 224–225; véase también Liahona, diciembre de 2003, pág. 16). Jesús, “yendo un poco más adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (véase Mateo 26:39).

En una revelación moderna, el Salvador describió cuán grande fue Su sufrimiento, y dijo que hizo que “…temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu…” (D. y C. 19:18). Sufrió “según la carne”, tomando sobre Sí nuestros dolores, enfermedades y pecados (véase Alma 7:10–13). Ninguna persona mortal puede comprender cuán terrible fue esa carga. Ninguna otra persona pudo haber padecido una agonía de cuerpo y espíritu como esa. Él “…descendió debajo de todo… a fin de que estuviese en todas las cosas y a través de todas las cosas, la luz de la verdad” (D. y C. 88:6);

pero Su sufrimiento aún no había terminado. Al día siguiente, Jesús fue golpeado, humillado y escupido, y fue obligado a llevar Su propia cruz; luego fue levantado y clavado en ella. Fue torturado de la forma más cruel que los hombres jamás hayan concebido; y después de sufrir en la cruz, clamó en agonía: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has desamparado?” (Marcos 15:34). En la hora más amarga de Jesús, el Padre retiró Su espíritu de Él para que el Salvador terminara de pagar con Su sufrimiento los pecados de toda la humanidad y pudiera tener una victoria completa sobre las fuerzas del pecado y la muerte (véase James E. Talmage, Jesús el Cristo, 1975, pág. 695).

Cuando el Salvador supo que el Padre había aceptado Su sacrificio, clamando a gran voz dijo: “…¡Consumado es!” (Juan 19:30). “…Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu…” (Lucas 23:46); e inclinando la cabeza entregó voluntariamente Su espíritu. El Salvador había muerto y un violento terremoto sacudió la tierra.

Algunos de Sus amigos llevaron el cuerpo del Salvador a un sepulcro, donde permaneció hasta el tercer día. Durante ese tiempo, Su espíritu fue y organizó la obra misional entre los otros espíritus que tenían que recibir Su Evangelio (véase 1 Pedro 3:18–20; D. y C. 138). Al tercer día, un domingo, Su espíritu volvió a Su cuerpo y lo tomó nuevamente. Él fue el primero en vencer la muerte. La profecía de que “…era necesario que él resucitase de entre los muertos” (Juan 20:9) se había cumplido.

Poco después de Su resurrección, el Salvador se apareció a los nefitas y estableció Su Iglesia en las Américas; Él enseñó a la gente y la bendijo. Este relato conmovedor se encuentra en 3 Nefi del 11 al 28.

Su sacrificio demostró el amor que tiene por Su padre y por nosotros

Jesús enseñó: “Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis las cosas que yo os mando” (Juan 15:13–14). Él, de buena voluntad y con humildad, padeció la angustia de Getsemaní y el sufrimiento en la cruz a fin de que pudiéramos recibir todas las bendiciones del plan de salvación. A fin de recibirlas, debemos venir a Él, arrepentirnos de nuestros pecados y amarlo con todo el corazón. Él dijo:

“He aquí, os he dado mi evangelio, y éste es el evangelio que os he dado: que vine al mundo a cumplir la voluntad de mi Padre, porque mi Padre me envió.

“Y mi Padre me envió para que fuese levantado sobre la cruz; y que después de ser levantado sobre la cruz, pudiese atraer a mí mismo a todos los hombres… para que sean juzgados según sus obras…

“…pues las obras que me habéis visto hacer, ésas también las haréis”…

“Por lo tanto, ¿qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy” (3 Nefi 27:13–15, 21, 27; cursiva agregada).

  • ¿Qué sentimientos experimenta a medida que medita sobre el sacrificio del Salvador por usted?

Pasajes adicionales de las Escrituras y otros recursos