Capítulo 2: Nuestra familia celestial

Principios del Evangelio, (2011), 8–12


Somos hijos de nuestro Padre Celestial

  • ¿Qué nos enseñan las Escrituras y los profetas de los últimos días en cuanto a nuestra relación con Dios?

Dios no es sólo nuestro Gobernante y Creador, sino que también es nuestro Padre Celestial. Todo hombre y mujer es literalmente hijo o hija de Dios. “…el hombre, como espíritu, fue engendrado por padres celestiales, nació de ellos y se crió hasta la madurez en las mansiones eternas del Padre antes de venir a la tierra en un cuerpo temporal [físico]” (Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: Joseph F. Smith, 1999, pág. 360).

Toda persona que ha nacido en la tierra es nuestro hermano o hermana espiritual. Debido a que somos hijos espirituales de Dios, hemos heredado el potencial de desarrollar las cualidades divinas que Él posee. Mediante la expiación de Jesucristo, podemos llegar a ser como nuestro Padre Celestial y recibir una plenitud de gozo.

A los maestros: No es necesario enseñar todo lo que se incluye en cada capítulo. A medida que se prepare con espíritu de oración para enseñar, busque la guía del Espíritu a fin de saber qué porciones del capítulo debe cubrir y qué preguntas debe hacer.

  • ¿Cómo influye en sus propios pensamientos, palabras y acciones el saber que usted es un hijo o una hija de Dios?

Mientras vivíamos en el cielo desarrollamos talentos y una personalidad

  • Piense en los talentos y los dones con los que ha sido bendecido.

Las Escrituras nos enseñan que los profetas se prepararon para llegar a ser líderes en la tierra mientras todavía eran espíritus celestiales (véase Alma 13:1–3). Antes de que nacieran con cuerpos terrenales, Dios los preordenó (escogió) para que fueran líderes en la tierra. Jesús, Adán y Abraham fueron algunos de esos líderes (véase Abraham 3:22–23). José Smith enseñó que “todo hombre que recibe el llamamiento de ejercer su ministerio a favor de los habitantes del mundo fue ordenado precisamente para ese propósito” (Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, págs. 544–545); sin embargo, toda persona en la tierra es libre de aceptar o rechazar cualquier oportunidad de dar servicio.

No todos éramos iguales en el cielo. Sabemos, por ejemplo, que éramos hijos e hijas de Padres Celestiales: hombres y mujeres (véase “La familia: Una proclamación para el mundo”, Liahona, octubre de 1998, pág. 24). Teníamos diferentes talentos y habilidades, y se nos llamó para efectuar cosas distintas en la tierra. Podemos aprender más sobre nuestras “posibilidades eternas” cuando recibimos la bendición patriarcal (véase Thomas S. Monson, en Conference Report, octubre de 1986, pág. 82; o en Liahona, enero de 1987, pág. 64).

Un velo cubre nuestros recuerdos de la vida preterrenal, pero nuestro Padre Celestial sabe quiénes somos y lo que hicimos antes de venir aquí. Él ha elegido el momento y el lugar en el que cada uno de nosotros debe nacer para aprender las lecciones que necesitaremos en forma individual y para hacer todo lo bueno que podamos con nuestros talentos y nuestra personalidad.

  • ¿De qué forma le han bendecido los talentos de otras personas?¿De qué manera pueden sus propios talentos y dones bendecir a otras personas?

Nuestro Padre Celestial nos presentó un plan para que llegáramos a ser semejantes a Él

  • ¿De qué forma nos prepara la vida terrenal para llegar a ser como nuestro Padre Celestial?

A los maestros: Habrá más posibilidades de que los alumnos o los integrantes de la familia den respuestas bien pensadas si se les da tiempo para meditar en lo que van a responder. Por ejemplo, después de hacer una pregunta, podría decir: “Por favor tomen un minuto para pensar en su respuesta, y después les pediré que la compartan”; luego deles tiempo para meditar.

Nuestro Padre Celestial sabía que no podríamos progresar más allá de cierto punto a menos que lo dejáramos durante algún tiempo. Él deseaba que nosotros cultiváramos las cualidades divinas que Él posee y, para que eso fuera posible, tendríamos que dejar nuestro hogar preterrenal para ser probados y obtener experiencia. Era necesario que nuestro espíritu fuera revestido con un cuerpo físico, el cual abandonaríamos a la hora de la muerte y con el que nos reuniríamos nuevamente en la resurrección. Después, recibiríamos un cuerpo inmortal semejante al de nuestro Padre Celestial. Si pasábamos nuestras pruebas, recibiríamos la plenitud de gozo que nuestro Padre Celestial ha recibido (véase D. y C. 93:30–34).

Nuestro Padre Celestial convocó un gran concilio a fin de presentar Su plan para nuestro progreso (véase Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: José Smith, págs. 220, 544–545) y aprendimos que, si seguíamos Su plan, llegaríamos a ser como Él; resucitaríamos y tendríamos todo poder en los cielos y en la tierra; llegaríamos a ser padres celestiales y tendríamos hijos espirituales tal como Él los tiene (véase D. y C. 132:19–20).

Aprendimos que Él nos proporcionaría una tierra en la cual seríamos probados (véase Abraham 3:24–26). Un velo cubriría nuestra memoria y olvidaríamos nuestro hogar celestial, lo cual era necesario a fin de que pudiésemos ejercer nuestro albedrío para escoger entre lo bueno y lo malo sin la influencia del recuerdo de haber vivido con nuestro Padre Celestial. De esa forma, lo obedeceríamos debido a nuestra fe en Él y no a causa del conocimiento o recuerdo que guardábamos de Él. Nuestro Padre Celestial nos ayudaría a reconocer la verdad cuando la escucháramos de nuevo en la tierra (véase Juan 18:37).

En el gran concilio también aprendimos en cuanto al propósito de nuestro progreso: el tener una plenitud de gozo. Sin embargo, también supimos que algunos serían engañados, escogerían otros senderos y se perderían. Nos enteramos de que todos tendríamos que pasar por pruebas durante la vida: enfermedades, desilusiones, penas, dolor y muerte; pero comprendimos que serían para nuestro bien y que nos servirían de experiencia (véase D. y C. 122:7). Si lo permitíamos, esas pruebas nos purificarían en lugar de vencernos; nos enseñarían a ser perseverantes, pacientes y caritativos (véase Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: Spencer W. Kimball, 2006, págs. 16–18).

En ese concilio aprendimos también que, debido a nuestras debilidades, todos nosotros pecaríamos, salvo los niños pequeños (véase D. y C. 29:46–47); se nos dijo que se nos proporcionaría un Salvador para que pudiésemos superar nuestros pecados y vencer la muerte con la resurrección. Aprendimos que si teníamos fe en Él, obedecíamos Su palabra y seguíamos Su ejemplo, seríamos exaltados y llegaríamos a ser como nuestro Padre Celestial; es decir, recibiríamos una plenitud de gozo.

  • Enumere algunos de los atributos de nuestro Padre Celestial. ¿Cómo nos ayuda el plan de salvación a desarrollar esos atributos?

Pasajes adicionales de las Escrituras