Capítulo 8: Debemos orar a nuestro Padre Celestial

Principios del Evangelio, (2011), 34–38


¿Qué es la oración?

A los maestros: Este capítulo se organiza bajo cinco encabezamientos, cada uno de los cuales es una pregunta en cuanto a la oración. Usted puede utilizar estas preguntas como guía para su lección. Si el entorno del salón de clases es tal que se puedan tener análisis en grupos pequeños, considere dividir a los miembros de la clase en grupos de dos a cuatro integrantes y asignar a cada grupo una de las secciones del capítulo. Pida a cada grupo que lea y analice la sección asignada y que comparta experiencias personales que se relacionen con ella; luego analicen las cinco secciones todos juntos, centrándose en las preguntas que sean de mayor interés para los miembros de la clase.

Jesús enseñó: “Por tanto, siempre debéis orar al Padre en mi nombre”(3 Nefi 18:19).

La oración es una de las mayores bendiciones que tenemos mientras estamos sobre la tierra; por medio de ella podemos comunicarnos con nuestro Padre Celestial y buscar Su guía diariamente.

La oración es un diálogo franco y sincero con nuestro Padre Celestial. Debemos orar a Dios y a nadie más. No debemos orar a ningún otro ser ni cosa hecha por la mano del hombre o de Dios (véase Éxodo 20:3–5).

¿Por qué oramos?

La oración ha sido una parte importante del Evangelio desde el principio del mundo. Un ángel del Señor mandó a Adán y a Eva que se arrepintieran e invocaran a Dios en el nombre del Hijo (véase Moisés 5:8) y ese mandamiento nunca se ha revocado. La oración nos ayudará a acercarnos a Dios. Nuestras oraciones influyen en todos nuestros pensamientos, palabras y hechos.

Debemos orar para pedir la fortaleza necesaria para resistir las tentaciones de Satanás y sus seguidores (véase 3 Nefi 18:15; D. y C. 10:5); debemos orar para confesar nuestros pecados a Dios y pedirle que nos perdone (véase Alma 38:14).

Debemos orar para recibir la guía del Señor y Su ayuda en nuestro diario vivir. Debemos orar por nuestra familia y amigos, por nuestros vecinos, por nuestra cosecha y por nuestros animales, por nuestro trabajo diario y otras actividades. Debemos orar para pedir protección de nuestros enemigos (véase Alma 34:17–27).

Debemos orar para expresarle amor a nuestro Padre Celestial y para sentirnos más cerca de Él. Debemos orar a nuestro Padre para agradecerle nuestro bienestar y todo lo que nos da a diario (véase 1 Tesalonicenses 5:18). También debemos orar para pedir a nuestro Padre Celestial que nos dé la fortaleza necesaria para vivir el Evangelio.

Debemos orar con el fin de mantenernos en la senda recta y angosta que conduce a la vida eterna. Debemos orar a Dios, el autor de toda rectitud, para que seamos rectos en nuestros pensamientos, palabras y acciones.

  • ¿De qué forma le ha ayudado la oración a estar más cerca de nuestro Padre Celestial?

¿Cuándo debemos orar?

Podemos orar siempre que sintamos la necesidad de comunicarnos con nuestro Padre Celestial, ya sea en silencio o en voz alta. A veces necesitamos estar a solas para poder derramar toda nuestra alma a Él (véase Mateo 6:6). Además, podemos orar durante nuestras actividades diarias, en las reuniones de la Iglesia, en casa, al caminar por un sendero o por la calle, en el trabajo, al preparar la comida, doquiera que nos encontremos sin importar lo que estemos haciendo. Podemos orar de día o de noche; cuando estemos solos o con otras personas. Podemos tener a nuestro Padre Celestial en nuestros pensamientos en todo momento (véase Alma 34:27); podemos “ora[r] siempre…” (D. y C. 10:5).

En ocasiones, quizá no sintamos deseos de orar; tal vez nos sintamos enojados, desilusionados o disgustados. Sin embargo, en esos momentos es cuando debemos hacer un esfuerzo especial por orar (véase 2 Nefi 32:8–9).

Debemos orar en privado al menos una vez por la mañana y otra por la noche. En las Escrituras se nos habla de orar por la mañana, al mediodía y al atardecer (véase Alma 34:21).

Se nos ha mandado hacer oraciones familiares para que nuestra familia sea bendecida (véase 3 Nefi 18:21). Los líderes de la Iglesia nos han aconsejado orar en familia cada mañana y cada noche.

También tenemos el privilegio de orar para agradecer y pedir una bendición por los alimentos antes de cada comida.

Iniciamos y concluimos todas las reuniones de la Iglesia con una oración; damos gracias al Señor por Sus bendiciones y pedimos Su ayuda con el fin de adorarle en una forma que sea agradable para Él.

¿Cómo debemos orar?

No importa dónde estemos, ya sea que estemos de pie o arrodillados; ya sea que oremos verbalmente o en silencio, en forma individual o a favor de un grupo, debemos siempre hacerlo con fe, “…con un corazón sincero, con verdadera intención…” (Moroni 10:4).

Al orar a nuestro Padre Celestial, debemos decirle lo que realmente sentimos en el corazón, confiar en Él, pedirle perdón, suplicarle, agradecerle y expresarle nuestro amor. No debemos repetir palabras ni frases sin sentido (véase Mateo 6:7–8). Siempre debemos pedir que se haga Su voluntad, recordando que a veces lo que deseamos no es lo mejor para nosotros (véase 3 Nefi 18:20). Al terminar la oración, debemos hacerlo en el nombre de Jesucristo (véase 3 Nefi 18:19).

¿De qué forma se contestan las oraciones?

  • ¿Por qué piensa que las respuestas a las oraciones no siempre se reconocen fácilmente? ¿Por qué piensa que las respuestas a las oraciones no siempre llegan cuando las queremos o de la manera en que las queremos?

Las oraciones sinceras son siempre contestadas. A veces la respuesta es no, debido a que lo que hemos pedido no es lo mejor para nosotros; a veces la respuesta es sí, y experimentamos un sentimiento cálido y de seguridad con respecto a lo que debemos hacer (véase D. y C. 9:8–9). A veces, la respuesta es “espera un poco”. Nuestras oraciones son siempre contestadas en el momento y en la forma en que el Señor considera que son de más beneficio para nosotros.

En ocasiones, el Señor contesta nuestras oraciones por medio de otras personas, ya sea por medio de un buen amigo, nuestro cónyuge, uno de nuestros padres u otro miembro de la familia, un líder de la Iglesia o un misionero; cualquiera de esas personas puede ser inspirada a efectuar algo que sea la respuesta a nuestras oraciones. Un ejemplo de ello es la experiencia que tuvo una joven madre cuyo bebé sufrió un accidente: ella no tenía los medios para llevar a su pequeño al doctor, era nueva en el vecindario y no conocía a sus vecinos. La madre oró para pedir ayuda y, en pocos minutos, una vecina llamó a la puerta y dijo: “Tuve el impulso de venir y ver si necesitabas algo”. Entonces, la vecina ayudó a la joven madre a llevar el bebé al doctor.

Con frecuencia Dios nos da el poder para contestar nuestras propias oraciones. Cuando oramos para pedir ayuda, debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para lograr lo que deseamos.

A medida que vivamos el evangelio de Jesucristo y oremos siempre, tendremos gozo y felicidad. “Sé humilde; y el Señor tu Dios te llevará de la mano y dará respuesta a tus oraciones” (D. y C. 112:10).

  • ¿De qué manera nuestro Padre Celestial ha contestado sus oraciones?

Pasajes adicionales de las Escrituras y otros recursos