El objetivo de Seminarios e Institutos de Religión

La enseñanza y el aprendizaje del Evangelio: Manual para maestros y líderes de Seminarios e Institutos de Religión, (2012), x–9


Se ha encomendado a los maestros del evangelio de Jesucristo una responsabilidad sagrada. Su propósito va más allá de enseñar lecciones. El élder Oaks dijo: “Un maestro del Evangelio nunca estará satisfecho solamente con presentar un mensaje o predicar un sermón. El maestro excelente del Evangelio desea ayudar en la obra del Señor de brindar la vida eterna a Sus hijos” (“La enseñanza del Evangelio”, Liahona, enero de 2000, págs. 97‒98).

El objetivo de Seminarios e Institutos de Religión brinda una guía clara a los maestros y líderes en cuanto a su labor de ayudar en la obra del Señor.


El objetivo de Seminarios e Institutos de Religión

christ in gethsemane

Nuestro propósito es ayudar a los hombres y mujeres jóvenes, y a los jóvenes adultos, a entender y confiar en las enseñanzas y en la expiación de Jesucristo, a hacerse merecedores de las bendiciones del templo y a prepararse ellos mismos, a su familia y a los demás para la vida eterna con su Padre Celestial.

Para alcanzar nuestro propósito:


Vivir


Enseñamos a los alumnos las doctrinas y los principios del Evangelio como se hallan en las Escrituras y en las palabras de los profetas. Estas doctrinas y principios se enseñan de tal manera que conduzcan al entendimiento y a la edificación. Ayudamos a los alumnos a cumplir con su función en el proceso de aprendizaje y los preparamos para que enseñen el Evangelio a los demás.



Enseñar


Enseñamos a los alumnos las doctrinas y los principios del Evangelio como se hallan en las Escrituras y en las palabras de los profetas. Estas doctrinas y principios se enseñan de tal manera que conduzcan al entendimiento y a la edificación. Ayudamos a los alumnos a cumplir con su función en el proceso de aprendizaje y los preparamos para que enseñen el Evangelio a los demás.


Administrar


Administramos nuestros programas y recursos de manera apropiada. Nuestros esfuerzos ayudan a los padres en su responsabilidad de fortalecer a sus familias. Trabajamos estrechamente con los líderes del sacerdocio al invitar a los alumnos a participar y al proveerles de un ambiente espiritual donde ellos puedan relacionarse el uno con el otro y aprender juntos.

Nuestro propósito [1.1]

Nuestro propósito es ayudar a los hombres y mujeres jóvenes, y a los jóvenes adultos, a entender y confiar en las enseñanzas y en la expiación de Jesucristo, a hacerse merecedores de las bendiciones del templo y a prepararse ellos mismos, a su familia y a los demás para la vida eterna con su Padre Celestial.

El Padre Celestial desea que cada uno de Sus hijos alcance la vida eterna (véase Moisés 1:39). El Salvador enseñó: “Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). Por tanto, la educación religiosa se centra en ayudar a los alumnos a conocer y a amar a su Padre Celestial y a Su Hijo Jesucristo, y en ayudarles a comprender y a confiar en las enseñanzas y en la expiación del Salvador.


La expiación de Jesucristo ocupa el centro del plan de salvación; es la verdad fundamental sobre la que se establecen todas las doctrinas y todos los principios del Evangelio y debe ser el centro de toda enseñanza y aprendizaje del Evangelio. El élder Boyd K. Packer testificó que la Expiación “es la raíz misma de la doctrina cristiana. Podrán saber mucho del Evangelio al ramificarse desde allí, pero si solamente conocen las ramas y esas ramas no tocan esa raíz, si han sido cortadas del árbol de esa verdad, no habrá vida, ni substancia, ni redención en ellas” (véase “El Mediador”, Liahona, octubre de 1977, pág. 43).

A medida que los alumnos aprendan de Jesucristo, sigan Sus enseñanzas y Su ejemplo, y apliquen Su expiación en sus vidas, obtendrán fortaleza, experiencia, perdón, sanación y conversión. El élder Henry B. Eyring enseñó:

“Debemos elevar nuestras miras. Debemos mantener las metas que siempre tuvimos: la matriculación, la asistencia regular, la graduación, el conocimiento de las Escrituras, la experiencia de sentir que el Espíritu Santo confirma la verdad. Además, debemos enfocarnos en el campo misional y en el templo. Pero los alumnos necesitan más durante el tiempo que son nuestros alumnos …

“El evangelio puro de Jesucristo debe llegar al corazón de los alumnos por el poder del Espíritu Santo … Nuestra meta debe ser que se conviertan verdaderamente al Evangelio restaurado de Jesucristo mientras estén con nosotros” (“Debemos elevar nuestras miras”, La enseñanza en Seminario: Lecturas de preparación para el maestro, pág. 82). 

La verdadera conversión conduce a las bendiciones supremas del evangelio de Jesucristo, que se hacen posibles por medio de las ordenanzas del templo. A medida que los alumnos hagan y guarden fielmente los convenios del templo, se harán merecedores de esas bendiciones que comprenden la exaltación y las familias eternas. Experimentarán un aumento de fortaleza espiritual, una mayor paz y revelación personal adicional.

Dieter F. Uchtdorf

“Conforme enseñemos a los jóvenes a amar al Salvador Jesucristo, llegarán a ser verdaderos discípulos del Maestro. Este proceso los preparará para ser fieles y amorosos esposos y padres, esposas y madres: líderes de familias eternas. Los templos llegarán a ser una parte natural e importante de su vida. Llegarán a ser misioneros al servicio del Señor en misiones como jóvenes adultos, y más adelante como matrimonios mayores … Al dirigir a los jóvenes hacia Cristo para fortalecerlos, también fortalecemos a las familias y a la Iglesia” 


(véase Dieter F. Uchtdorf, “Un maestro de los hijos de Dios”, Una velada con el presidente Dieter F. Uchtdorf, 28 de enero de 2011, pág. 3).

Los alumnos que centran su vida en el Salvador y en el templo pueden obtener una gran protección contra las tentaciones y los engaños del mundo, y estar mejor preparados para realizar todo lo que el Padre Celestial les pida; reciben fortaleza para permanecer firmes en el sendero que conduce a la vida eterna y pueden ayudar mejor a sus familias y a los demás a encontrar y seguir esa misma senda del discipulado.


Vivir [1.2]

Vivimos el evangelio de Jesucristo y nos esforzamos por tener la compañía del Espíritu. [1.2.1]

Una de las mayores contribuciones que un maestro puede hacer para ayudar a los alumnos a lograr el propósito descrito en el objetivo de Seminarios e Institutos (SI) es el obedecer fiel y constantemente el evangelio de Jesucristo. En la medida en que los maestros se esfuerzan por desarrollar un carácter como el de Cristo y procuran conocer y complacer al Padre Celestial en todos los aspectos de su vida, son bendecidos con una porción de poder divino que puede influir en la manera en que los alumnos reciben y entienden el mensaje del Evangelio.


Cuando los maestros viven fielmente el Evangelio, se hacen merecedores de la compañía del Espíritu Santo. Esa compañía es crucial para el éxito de los maestros de seminario e instituto. En Doctrina y Convenios, el Señor recalca: “y si no recibís el Espíritu, no enseñaréis” (D. y C. 42:14). El élder Robert D. Hales dio este consejo: “Son muchas las responsabilidades de los maestros de seminario e instituto, pero para poder cumplir con esas responsabilidades, los maestros deben esforzarse primeramente por la rectitud personal. Como maestros, debemos vivir el Evangelio de tal forma que siempre tengamos el Espíritu con nosotros” (“Teaching by Faith”, Una velada con el élder Robert D. Hales, 1 de febrero de 2002, pág. 1).

Nuestra conducta y nuestro trato son ejemplares en el hogar, en el salón de clases y en la comunidad. [1.2.2]

Los maestros tienen la responsabilidad de conducirse con integridad y ser ejemplos dignos de las doctrinas y principios que enseñan. En toda circunstancia, los maestros deben hablar, servir y vivir como corresponde a alguien que ama al Señor y tiene la compañía del Espíritu Santo.


Es de importancia primordial la forma en que los maestros actúan en la privacidad de su hogar y cómo tratan a su cónyuge e hijos. Estas relaciones prominentes deben estar caracterizadas “por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero” (D. y C. 121:41). El presidente Ezra Taft Benson expresó lo siguiente: “Esperamos que haya una relación excelente entre ustedes como esposos y esposas. Esperamos que su hogar tenga el espíritu de paz y amor del Salvador, y que lo puedan percibir todos los que lleguen a su casa. En sus casas no deben existir peleas ni fricciones … Ustedes, como pareja, representan a la Primera Presidencia en todo lo que hacen y en la forma en que se presentan” (“El maestro del Evangelio y su mensaje”, La enseñanza en Seminario: Lecturas de preparación para el maestro, págs. 29, 30).
 

Neal A. Maxwell

“Todos ustedes reconocen, desde hace tiempo, que ustedes enseñan lo que son … El conjunto de sus rasgos de carácter será más recordado que una verdad específica [que haya enseñado] en una lección particular … Porque si asumimos nuestro discipulado con seriedad, éste se hará manifiesto y será recordado. Estas perspectivas del cómo serán recordados, además de su rectitud personal, les permitirán hacer una contribución genuina a la vida de sus alumnos”.


(Neal A. Maxwell, “But a Few Days”, discurso a los instructores de religión del SEI, 10 de septiembre de 1982, pág. 2.)

En el salón de clases, los maestros tienen la oportunidad diaria de demostrar atributos semejantes a los de Cristo, tales como la caridad, la paciencia, la amabilidad, el respeto y la reverencia por lo sagrado. Los maestros deben mantener una relación positiva y apropiada con los alumnos, y evitar brindar una atención excesiva a uno en particular que pudiera ser malentendida, malinterpretada o despertar rumores y especulaciones.


Los maestros deben esforzarse por tener una conducta como la de Cristo cuando participen y asistan a actividades y eventos en la institución educativa, en la comunidad o en la Iglesia; deben procurar desarrollar y mantener relaciones de apoyo adecuadas con los padres, otros maestros, los líderes eclesiásticos y las personas de la comunidad. Al hacer esto con regularidad, los maestros demuestran un compromiso interior auténtico de vivir el evangelio de Jesucristo y aumentará su poder para influir positivamente en los demás.


Procuramos mejorar continuamente nuestro desempeño, nuestro conocimiento, nuestra actitud y nuestro carácter. [1.2.3]

Como hijos de Dios que son, los maestros albergan en su interior una porción de divinidad que engendra el deseo de mejorar, progresar y llegar a ser como el Padre Celestial y Jesucristo. Los maestros deben cultivar constantemente ese deseo y, con la ayuda del Señor y de los demás, responder a las impresiones que conduzcan a dicha mejora. El élder Gordon B. Hinckley recalcó la necesidad continua de crecimiento personal:

“Creo en el mejoramiento. Creo en el crecimiento …

“Sigan creciendo, mis hermanos y hermanas, ya sea que tengan treinta o setenta años” (“Four Imperatives for Religious Educators”, discurso a los instructores de religión del SEI, 15 de septiembre de 1978, pág. 2).

Mejorar requiere deseo, diligencia, paciencia y buscar la ayuda del Señor en oración y meditación. El élder Henry B. Eyring enseñó un principio importante acerca del desarrollo personal: “La mayoría de nosotros ha tenido alguna experiencia en lo que se refiere a los esfuerzos de mejoramiento personal. La experiencia me ha enseñado lo siguiente sobre la forma de mejorar de las personas y de las organizaciones: Lo mejor es centrarse en realizar cambios pequeños en aquello que hagamos a menudo. En la constancia y la repetición hay gran fortaleza; y si podemos guiarnos por la inspiración para elegir pequeñas cosas que cambiar, la obediencia constante dará como resultado mejoras evidentes” (véase “El Señor multiplicará la cosecha”, Una velada con el élder Henry B. Eyring, 6 de febrero de 1998, pág. 3).

Los maestros de seminario e instituto deben procurar mejorar continuamente su desempeño, su conocimiento, su actitud y su carácter.


Desempeño. Los maestros deben procurar mejorar constantemente en el desempeño de sus responsabilidades educativas y administrativas. Pueden hacerlo mediante un esfuerzo equilibrado, constante y diligente por entender y aplicar los principios y las técnicas fundamentales. Los maestros y los líderes obtendrán una evaluación más precisa de su desempeño, así como la guía necesaria para mejorar en lo que más necesiten, si recurren a los materiales y a los supervisores de seminario e instituto, a otros maestros, a los alumnos, a los líderes del sacerdocio y a otras personas.


Conocimiento. Los maestros deben procurar estudiar sistemáticamente el contexto, el contenido, las doctrinas y los principios que se encuentran en las Escrituras y en las palabras de los profetas. Al hacerlo, aumentará su comprensión del Evangelio y de la expiación del Salvador, y estarán en mejor condición de bendecir la vida de sus alumnos. Los maestros deben expandir su conocimiento y comprensión de los principios y los métodos eficaces de enseñanza que se describen en las Escrituras y en los materiales de seminario e instituto; deben familiarizarse igualmente con los principios de la administración apropiada (véase la sección 1.4, “Administrar”, pág. 7) y comprender las normas y los procedimientos de seminario e instituto.


Gordon B. Hinckley

“Ninguno de nosotros, mis hermanos y hermanas, sabe lo suficiente. El proceso de aprendizaje no tiene fin. Debemos leer, debemos observar, debemos asimilar y debemos meditar en aquello a lo que exponemos nuestra mente”.


(Gordon B. Hinckley, “Four Imperatives for Religious Educators”, pág. 2.)

Actitud. La actitud de los maestros determina en gran medida su propia felicidad y habilidad para influir positivamente en los alumnos. Los maestros que se esfuercen constantemente por ser de buen ánimo (véase D. y C. 68:6), que procuren servir a los demás, que trabajen por lograr unidad y que den lo mejor de sí mismos para superar situaciones difíciles, bendecirán la vida de los alumnos y los maestros con quienes se relacionen.

Carácter. Los maestros que se esfuerzan por vivir el Evangelio y que constante y sinceramente tratan de mejorar su desempeño, conocimiento y actitud, desarrollarán en forma natural el carácter necesario para alcanzar el objetivo de SI. El élder Richard G. Scott enseñó: “Llegamos a ser lo que queremos ser al ser constantemente, cada día, lo que queremos llegar a ser. Un carácter recto es una manifestación preciada de lo que estás llegando a ser. Un carácter recto es más valioso que cualquier otro objeto material que poseas, que cualquier conocimiento que hayas obtenido por medio del estudio o que cualquier meta que hayas logrado” (véase “El poder transformador de la fe y del carácter”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 43).

En definitiva, la clave para procurar mejorar nuestro desempeño, conocimiento, actitud y carácter consiste en seguir el ejemplo de Jesucristo. El presidente Howard W. Hunter dijo: “Nuestro comportamiento y nuestro carácter se forman de acuerdo con las enseñanzas y el ejemplo del Señor Jesucristo en todos los aspectos de la vida: tanto en lo personal, como en el hogar, en el trabajo y en la comunidad, así como en la devoción que rindamos a la Iglesia que lleva su nombre” (“Somos testigos de Dios”, Liahona, julio de 1990, pág. 73).

“Y si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad … y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos”.

Enseñar [1.3]

Enseñamos a los alumnos las doctrinas y los principios del Evangelio como se hallan en las Escrituras y en las palabras de los profetas. [1.3.1]

El conocimiento, la comprensión y el testimonio de las doctrinas y los principios del evangelio de Jesucristo brindarán a los alumnos guía y suficiente fortaleza para tomar decisiones acordes con la voluntad del Padre Celestial.

Una doctrina es una verdad fundamental e inalterable del evangelio de Jesucristo. El élder Boyd K. Packer enseñó:


“La verdadera doctrina, cuando se entiende, cambia la actitud y el comportamiento.


“El estudio de la doctrina del Evangelio mejorará el comportamiento de las personas más fácilmente que el estudio del comportamiento humano” (véase “Los niños pequeños”, Liahona, enero de 1987, pág. 17).

El élder Richard G. Scott destacó lo siguiente: “Un principio es una verdad concentrada y preparada para aplicarse en una amplia gama de circunstancias; cuando es verdadero, hace que las decisiones sean claras aun en medio de las condiciones más confusas” (“Cómo adquirir conocimiento espiritual”, Liahona, enero de 1994, pág. 101).

Las Escrituras y las palabras de los profetas contienen las doctrinas y los principios del Evangelio que los maestros y los alumnos deben procurar entender, enseñar y aplicar. El Señor ha instruido a quienes enseñan el Evangelio en los últimos días: “Enseñarán los principios de mi evangelio, que se encuentran en la Biblia y en el Libro de Mormón, en el cual se halla la plenitud del evangelio” (D. y C. 42:12). El Señor también recalcó la importancia de entender y seguir las enseñanzas de los profetas de los últimos días cuando dijo: “Daréis oído a todas sus palabras y mandamientos que os dará según los reciba… porque recibiréis su palabra… como si viniera de mi propia boca” (D. y C. 21:4–5).

scriptures

En 1938, el presidente J. Reuben Clark Jr., hablando en nombre de la Primera Presidencia, dio un discurso memorable a los maestros de seminario e instituto. En ese discurso él dijo:


“El interés principal de ustedes y casi su único deber es enseñar el evangelio del Señor Jesucristo tal como ha sido revelado en estos últimos días. Deben enseñar este Evangelio, usando como recurso y autoridad los libros canónicos de la Iglesia y las palabras de aquellos a quienes Dios ha llamado para dirigir a Su pueblo en estos últimos días …

“Ustedes no deben, no importa el puesto que ocupen, cambiar las doctrinas de la Iglesia ni modificarlas de la forma en que se declaren en los libros canónicos de la Iglesia y por aquellos cuya autoridad es declarar la voluntad e intención del Señor a la Iglesia” (El curso trazado por la Iglesia en la educación, edición revisada 1994, pág. 11; véase también D. y C. 42:12–13).

Estas doctrinas y principios se enseñan de tal manera que conduzcan al entendimiento y a la edificación. [1.3.2]

Al decidir cómo enseñar las doctrinas y los principios del Evangelio, los maestros deben seleccionar métodos que lleven a los alumnos a entender estas importantes verdades y a ser edificados y elevados por el Espíritu Santo. Los maestros y los alumnos entienden las doctrinas y los principios cuando captan su significado, ven su relación con otros principios y doctrinas, y comprenden su importancia en el plan de salvación, así como en sus propias vidas. La verdadera comprensión de los principios y las doctrinas eternas sólo se obtiene cuando las personas viven los principios del Evangelio y cuando sus mentes reciben la iluminación del Espíritu Santo.

Junto con el entendimiento de las Escrituras debe haber edificación. La palabra edificar proviene originalmente de las raíces latinas aedes, que significa una morada o un templo, y facere que significa hacer (véase Diccionario Clave, Ediciones SM, Madrid, España, 2006, pág. 726, “edificar”). Por lo tanto, edificar está relacionado con construir templos y significa construir o fortalecer espiritualmente. El gozo, la paz, la iluminación y un deseo de vivir rectamente están asociados con la edificación. En las Escrituras se promete que si el maestro y el alumno actúan bajo la dirección del Espíritu en el proceso de enseñanza y aprendizaje, entonces “el que la predica y el que la recibe se comprenden el uno al otro, y ambos son edificados y se regocijan juntamente” (D. y C. 50:22).

Ayudamos a los alumnos a cumplir con su función en el proceso de aprendizaje y los preparamos para que enseñen el Evangelio a los demás. [1.3.3]

Para lograr un aprendizaje del Evangelio que fomente la conversión y permita que el Evangelio se arraigue en el corazón de los alumnos, se requiere más que un esfuerzo diligente por parte del maestro. El aprendizaje espiritual precisa del esfuerzo y ejercicio del albedrío por parte del alumno. El élder Henry B. Eyring enseñó: “La verdadera conversión depende de que el alumno busque libremente con fe, con gran esfuerzo” (“Debemos elevar nuestras miras”, La enseñanza en Seminario: Lecturas de preparación, pág. 83). El élder David A. Bednar recalcó que el esfuerzo que realizan los alumnos invita a que sientan la influencia del Espíritu Santo en sus corazones:


“Un maestro puede explicar, demostrar, persuadir y testificar con poder y eficacia espirituales; sin embargo, el contenido de un mensaje y el testimonio del Espíritu Santo penetran el corazón sólo cuando lo permite el receptor …

“El alumno que ejerce su albedrío para actuar en consonancia con principios que son correctos abre su corazón al Espíritu Santo e invita tanto al poder de Éste para enseñar y testificar, como a Su testimonio confirmador” (“Buscar conocimiento por la fe”, Una tarde con el élder David A. Bednar, 3 de febrero de 2006, págs. 1, 3).

David A. Bednar

“Mediante la sinceridad y la constancia de las obras inspiradas en la fe, indicamos a nuestro Padre Celestial y a Su Hijo Jesucristo nuestra disposición para aprender y recibir instrucción del Espíritu Santo”


(David A. Bednar, “Buscar conocimiento por la fe”, discurso para instructores de religión, 2006, pág. 3).

Las Escrituras enseñan que quien procure aprendizaje espiritual debe preparar su mente y corazón para recibir instrucción; ha de buscar diligentemente conocimiento y entendimiento por medio del estudio, la reflexión y la oración; y seguir las impresiones que reciba del Espíritu Santo (véase Esdras 7:10; 1 Nefi 10:17–19; D. y C. 138:1–11; José Smith—Historia 1:10–20). El poner tal esfuerzo para aprender de las Escrituras puede resultar extraño y algo difícil para muchos alumnos. Sin embargo, los maestros pueden ayudarles a entender, aceptar y cumplir su función en el aprendizaje del Evangelio. Los maestros pueden ayudar a sus alumnos a asumir una función activa en su aprendizaje espiritual instándoles a:


  1. Desarrollar el hábito de estudiar diariamente las Escrituras.


  2. Preparar el corazón y la mente para la influencia del Espíritu.

  3. Descubrir y expresar doctrinas y principios que sean importantes para ellos.

  4. Profundizar en la comprensión de las Escrituras mediante el estudio diligente, la meditación y la oración.


  5. Formular preguntas y buscar respuestas que los ayuden a entender mejor el Evangelio y cómo aplicarlo en su vida.


  6. Compartir puntos de vista, experiencias y sentimientos.


  7. Explicar las doctrinas y los principios del Evangelio a otras personas y testificar de su veracidad. 


  8. Desarrollar técnicas de estudio de las Escrituras, como marcar y correlacionar pasajes y utilizar las ayudas para el estudio.

Richard G. Scott

“La decisión de [los alumnos] de participar es un ejercicio del albedrío que permite que el Espíritu Santo comunique un mensaje personalizado ajustado a sus necesidades particulares. El crear un ambiente de participación aumenta las probabilidades de que el Espíritu enseñe lecciones más importantes que las que tú puedas comunicar.


“Tal participación les brindará la guía del Espíritu”

(Richard G. Scott, “To Learn and to Teach More Effectively”, en Brigham Young University 2007–2008 Speeches, 2008, págs. 4–5).


Al cumplir con su función en el aprendizaje espiritual, los alumnos manifiestan su disposición a que el Espíritu Santo les enseñe. Con frecuencia están más comprometidos y más animados en cuanto a las Escrituras; entienden y recuerdan doctrinas y principios de salvación con más claridad y están más dispuestos a aplicar lo que se les ha enseñado. A medida que los alumnos descubren doctrinas y principios del Evangelio, hacen preguntas y comparten respuestas, también aprenden técnicas valiosas para su estudio personal.


Mediante esta participación, los alumnos se capacitan para enseñar el Evangelio con mayor eficacia a sus familias, amistades y otras personas. También estarán mejor preparados para enseñar las doctrinas y los principios del Evangelio en el futuro, como misioneros, padres, maestros y líderes en la Iglesia.


Administrar [1.4]

Administramos nuestros programas y recursos de manera apropiada. [1.4.1]

Administrar puede definirse como liderar y servir a las personas, así como dirigir y gestionar programas y recursos. Siendo el ejemplo perfecto en todas las cosas, Jesucristo es el modelo de los atributos divinos de un verdadero líder. Sin importar cuál sea su asignación actual, todos los líderes y maestros en seminario e instituto tienen la oportunidad y la responsabilidad de liderar y administrar a la manera de Cristo.


Los atributos de caridad, visión y humildad nos permiten hacer la obra del Señor conforme a Sus deseos. La caridad, o el amor puro de Cristo, debe ser la base de la relación de un maestro con los alumnos, los líderes del sacerdocio, los padres, y otros maestros y supervisores. La caridad no es simplemente un sentimiento, sino una forma de actuar y de ser (véase Moroni 7:45). Un líder con visión provee orientación inspirada, crea un sentido de propósito e infunde entusiasmo a quienes le rodean. Las Escrituras enseñan que “Sin profecía [visión], el pueblo se desenfrena” (Proverbios 29:18>). La humildad permite que los administradores y maestros reconozcan su dependencia del Señor y les alienta a obrar en cooperación con los demás para lograr el objetivo de SI. El Señor dijo: “Y nadie puede ayudar en ella a menos que sea humilde y lleno de amor, y tenga fe, esperanza y caridad, y sea moderado en todas las cosas, cualesquiera que le fueren confiadas” (D. y C. 12:8).

“Y la caridad es sufrida y es benigna, y no tiene envidia, ni se envanece, no busca lo suyo, no se irrita fácilmente, no piensa el mal, no se regocija en la iniquidad, sino se regocija en la verdad; todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”

Cada maestro y líder tiene la oportunidad y la responsabilidad de dirigir y gestionar apropiadamente los programas y los recursos. Las responsabilidades administrativas sirven el propósito espiritual de bendecir a las personas. “…el preparar los presupuestos, el llenar los informes, el cuidar la propiedad y los recursos de la Iglesia, el garantizar la seguridad, el supervisar los programas y el participar en los consejos [y comunicarse con los alumnos, padres y líderes del sacerdocio] son todos deberes administrativos esenciales” (El administrar adecuadamente: Un manual para los líderes y maestros del SEI, 2003, pág. 2). El élder Henry B. Eyring enseñó: “Nunca, nunca subestimen el valor espiritual de realizar bien las labores temporales en favor de aquellos a quienes sirven” (“The Book of Mormon Will Change Your Life”, Simposio sobre el Libro de Mormón, 17 de agosto de 1990, pág. 7).

Nuestros esfuerzos ayudan a los padres en su responsabilidad de fortalecer a sus familias. [1.4.2]

Los padres tienen la responsabilidad primordial de enseñar el evangelio de Jesucristo a sus hijos, de supervisar su desarrollo social, sus relaciones interpersonales y sus normas de vestimenta y arreglo personal, y de responder sus preguntas doctrinales. Los líderes de la Iglesia ayudan a los padres en esa responsabilidad.


Los líderes y maestros de seminario e instituto ayudan principalmente a la familia al enseñar a los alumnos el Evangelio de Jesucristo tal como se encuentra en los libros canónicos y en las palabras de los profetas, haciendo hincapié en la importancia que la doctrina da a la familia y en la prioridad que merecen sus integrantes y sus actividades (véase El administrar adecuadamente, 4). Los maestros deben alentar a los alumnos a honrar a sus padres y a procurar su guía y consejo. Los maestros también pueden compartir con los padres lo que se enseña en la clase.

Trabajamos estrechamente con los líderes del sacerdocio al invitar a los alumnos a participar, y al proveerles de un ambiente espiritual donde ellos puedan relacionarse el uno con el otro y aprender juntos. [1.4.3]

Todos los programas de Seminarios e Institutos de Religión operan bajo la dirección de los líderes generales y locales del sacerdocio que poseen las llaves pertinentes del sacerdocio.


En su afán por bendecir a los jóvenes y a los jóvenes adultos, es importante que los líderes y maestros de seminario e instituto trabajen en estrecha unión y cooperación con los líderes locales del sacerdocio. Bajo la dirección de los líderes del sacerdocio, deliberan en consejo y trabajan juntos para asegurarse de que se invite y se aliente a cada joven y a cada joven adulto a matricularse, asistir y completar los cursos de estudio correspondientes. Los maestros y administradores deben participar activamente junto con los líderes del sacerdocio para procurar matricular y retener a los alumnos de seminario e instituto, y no deben contentarse con enseñar sólo a aquellos alumnos que asistan a sus clases.


De conformidad con las normas y procedimientos establecidos, los líderes y maestros de seminario e instituto también cooperan estrechamente con los líderes del sacerdocio para proporcionar instalaciones para las clases y un ambiente espiritual y social adecuado, donde se fortalezcan los testimonios y aumente el conocimiento del Evangelio. Los maestros y administradores deben seguir la normativa vigente de seminario e instituto y deliberar en consejo con los líderes locales del sacerdocio sobre la frecuencia y el tipo de actividades sociales y de servicio a realizar, a fin de apoyar, en vez de interferir, con las actividades planeadas y dirigidas por los líderes del sacerdocio y las organizaciones auxiliares.

two men talking

Los maestros y administradores también deben trabajar en cooperación con los líderes de los Hombres Jóvenes y las Mujeres Jóvenes, y alentar a los jóvenes, en forma adecuada, a participar en los programas de Mi Deber a Dios y el Progreso Personal. Donde sea factible, los maestros de seminario deben consultar con otros maestros, asesores y líderes sobre las necesidades de los jóvenes.


(Para obtener más información acerca de los principios y las prácticas de la administración de seminario e instituto, consulte el manual El administrar adecuadamente)