Capitulo 34

Juicio y Condenacion

Jesus el Cristo


El juicio judío

DEL Getsemaní, el atado y cautivo Cristo fue llevado ante los magistrados judíos. Sólo el evangelio de Juan nos informa que primeramente llevaron el Señor ante Anás, el cual lo devolvió, atado todavía, al sumo sacerdote Caifás.a Los evangelistas sinópticos narran únicamente la audiencia ante Caifás.b No tenemos ningún detalle de la entrevista con Anás; y la comparecencia de Jesús ante él, en primer lugar, fue tan verdaderamente irregular e ilícita, según la ley hebrea, como todas las demás cosas que se hicieron esa noche. Más de veinte años antes Anás, suegro de Caifás, había sido destituído de la posición de sumo sacerdote; pero durante todo este período había ejercido una influencia potente en todos los asuntos de la jerarquía.c Caifás, como Juan procura informarnos, era “el que había dado el consejo a los judíos, de que convenía que un solo hombre muriese por el pueblo”.d

En el palacio de Caifás los principales sacerdotes, escribas y ancianos del pueblo se hallaban reunidos en una sesión del Sanedrín, oficial o extraoficialmente, todos esperando ansiosamente el resultado de la expedición encabezada por Judas. Cuando Jesús, objeto de su odio enconado y víctima predeterminada, fue llevado ante ellos, atado y preso, inmediatamente comenzaron a juzgarlo, contraviniendo la ley, así la escrita como la tradicional, de la cual aquellos magistrados judíos allí reunidos declaraban ser tan celosos defensores. Ninguna audiencia legal podía verificarse, con respecto a una ofensa capital, sino en el tribunal señalado y oficial del Sanedrín. De la narración dada en el cuarto evangelio podemos inferir que ante todo, se sujetó al prisionero a un examen interrogante por parte del sumo sacerdote en persona.e Este funcionario—y sólo podemos conjeturar si fue Anás o Caifás—preguntó a Jesús concerniente a sus discípulos y doctrinas. Este examen preliminar fue completamente ilícito, porque el código hebreo disponía que en cualquier causa ante un tribunal, el testigo acusador debía detallar sus cargos contra el acusado, y que éste debía ser protegido de cualquier tentativa de hacerlo testificar contra sí mismo. La contestación del Señor al sumo sacerdote debía haber sido suficiente protesta contra otros procedimientos ilícitos. “Jesús le respondió: Yo públicamente he hablado al mundo; siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y nada he hablado en oculto. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que han oído, qué les haya yo hablado; he aquí, ellos saben lo que yo he dicho.” La respuesta fue una objeción legal a que se le negara a un prisionero acusado el derecho de encararse con sus acusadores. Se escuchó con completo desdén, y uno de los alguaciles presentes, queriendo tal vez granjearse el favor de sus superiores, administró un terrible golpe a Jesús,f preguntándole a la vez: “¿Así respondes al sumo sacerdote?” A este cobarde asalto, el Señor contestó con bondad casi sobrehumana:g “Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas?” Sin embargo, aparte de la sumisión, sus palabras constituyeron otra apelación a los principios de la justicia, pues si lo que Jesús había dicho era malo, ¿por qué no lo acusó su asaltante?; y si había hablado bien, ¿qué derecho tenía el alguacil de juzgar, condenar y castigar, y sobre todo, en presencia del sumo sacerdote? Esa noche quedó destronada toda ley y justicia.

“Y los principales sacerdotes y los ancianos y todo el concilio, buscaban falso testimonio contra Jesús, para entregarle a la muerte.”h Si “todo el concilio” se refiere a un quórum legal, de veintitrés miembros o más, o al cuerpo completo de los setenta y dos miembros del Sanedrín, es un detalle menor. Toda convocación nocturna del Sanedrín, y más particularmente para considerar un crimen mayor, violaba la ley judía en forma directa. En igual manera era ilícito que el concilio considerase una acusación de esa naturaleza en un día de reposo, en día de fiesta o en vísperas de esos días. Cada uno de los miembros del Sanedrín era juez; el cuerpo judicial debía escuchar el testimonio, y sólo de acuerdo con ese testimonio rendir un fallo en toda causa debidamente presentada. Se requería que los acusadores comparecieran en persona, y de antemano se les amonestaba del crimen de dar falso testimonio. Toda persona acusada debía ser considerada y tratada como si fuera inocente, hasta que se comprobara su culpabilidad en forma debida. Pero en el juicio, así llamado, de Jesús, los jueces no solamente buscaron testigos, sino particularmente testigos falsos. Aunque se presentaron muchos falsos testimonios, no hallaron causa contra el Prisionero, porque los perjuros sobornados no podían concordar entre sí; y aun los impíos integrantes del Sanedrín tuvieron miedo de violar en forma palpable el requisito fundamental de que por lo menos dos testigos concordantes debían testificar contra un acusado, pues de lo contrario la causa debía ser abrogada.

Los jueces sacerdotales ya habían determinado que Jesús habría de ser declarado culpable del cargo que fuera, y condenado a muerte; su fracaso en hallar testigos contra El amenazaban demorar la consumación de su nefario complot. La prisa y la precipitación caracterizaron toda su manera de proceder: ilegalmente habían causado el arresto de Jesús de noche, e ilícitamente estaban simulando un juicio durante la noche. Su propósito consistía en declarar culpable al prisionero, a fin de poder llevarlo ante las autoridades romanas en las primeras horas de la mañana, como criminal debidamente juzgado y considerado digno de muerte. La falta de dos testigos hostiles que relataran las mismas calumnias estaba probando ser un serio impedimento. “Pero al fin vinieron dos testigos falsos, que dijeron: Este dijo: Puedo derribar el templo de Dios, y en tres días reedificarlo.”i Sin embargo, otros testificaron en esta forma: “Nosotros le hemos oído decir: Yo derribaré este templo hecho a mano, y en tres días edificaré otro hecho sin mano.” De manera que, como lo dice S. Marcos, “ni aun así concordaban en el testimonio”. En cualquier causa ante un tribunal, seguramente la discrepancia entre las afirmaciones, “puedo derribar” y “derribaré” que le imputaban los acusadores, sería de importancia fundamental. Sin embargo, los únicos cargos atribuídos a Cristo hasta esa parte del juicio no tenían más fundamento que esa simulación de enjuiciamento formal. Se tendrá presente, con relación a la primera purificación del templo, cerca del comienzo del ministerio de Señor, que El había respondido a la clamorosa exigencia de los judíos, de que les mostrara alguna señal de su autoridad, diciéndoles; “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.” No dijo que El sería quien lo iba a destruir; los judíos habrían de ser los destructores; El, el restaurador. Y refiriéndose a la ocasión, el escritor inspirado declara explícitamente que Jesús “hablaba del templo de su cuerpo”, y en ningún sentido de los edificios erigidos por los hombres.j

Uno logicámente puede preguntar si sería posible atribuir importancia alguna a la declaración que los testigos perjuros alegaban haber oído de labios de Cristo. La veneración con que los judíos afirmaban estimar la Santa Casa, no obstante la manera tan inexcusable en que profanaban sus recintos, ofrece una respuesta parcial pero insuficiente. El plan de los magistrados conspiradores parece haber consistido en declarar culpable a Cristo del cargo de sedición, presentándolo como un peligroso alborotador de la paz de la nación, enemigo declarado de las instituciones establecidas y, consiguientemente, incitador de la oposición a la autonomía vasalla de la nación judía, así como al supremo dominio de Roma.k

Esta vagamente definida sombra de acusación legal, producida por el nebuloso e incongruente testimonio de los testigos falsos, fue suficiente para estimular la audacia del inicuo tribunal. Levantándose de su asiento para comunicar cierto énfasis dramático a su interrogación, Caifás le preguntó a Jesús: “¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti?” No había cosa qué responder. Ningún testimonio consecuente o válido se había presentado contra El, de modo que guardó un silencio decoroso. Entonces Caifás, contraviniendo la proscripción legal de no requerir que una persona testificara en su propia causa, salvo en forma voluntaria y de su propia iniciativa, no sólo exigió una respuesta al Prisionero, sino ejerció la potente prerrogativa del oficio sumo-sacerdotal, conjurando al acusado como testigo ante el tribunal sacerdotal. “Entonces el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios.”l Es significativo el hecho de que mencionó separadamente al “Cristo” y al “Hijo de Dios”, pues nos da a entender la expectación judía de un Mesías, sin reconocer que había de ser distintamente de origen divino. Nada de lo que previamente se había dicho puede considerarse fundamento propio para la interrogación anterior. La acusación de sedición estaba a punto de ser reemplazada por una de mayor gravedad, la de blasfemia.m

A la completamente injusta, pero a la vez oficial conjuración del sumo sacerdote, Jesús contestó: “Tú lo has dicho; y además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.” La expresión, “tú lo has dicho”, equivalía a “soy lo que tú has dicho”.n Fue una declaración incondicional de su parentesco divino, así como de su propia categoría inherente de Dios. “Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? He aquí, ahora mismo habéis oído su blasfemia. ¿Qué os parece? Y respondiendo ellos, dijeron: ¡Es reo de muerte!”o

Así fue como los jueces de Israel—entre los que estaban comprendidos el sumo sacerdote, los principales sacerdotes, escribas y ancianos del pueblo, y el gran Sanedrín, convocado ilícitamente—decretaron que el Hijo de Dios era digno de muerte, sin más evidencia que la de la propia admisión del Acusado. Por estipulación expresa el código judío prohibía que una persona quedase convicta, particularmente de una ofensa capital, por su propia confesión, a menos que el testimonio de testigos fidedignos la apoyara ampliamente. Así como en el Jardín de Getsemaní Jesús voluntariamente se había entregado, ahora en igual manera, personal y voluntariamente proporcionó a los jueces la evidencia de acuerdo con la cual injustamente lo declararon reo de muerte. No podía haber más crimen en la afirmación de su Mesiazgo o divina filiación, sino que la declaración era falsa. En vano buscamos en la narración un indicio siquiera de que se hizo o se sugirió una investigación de las razones en que Jesús basaba sus exaltadas afirmaciones. El acto del sumo sacerdote de rasgarse los vestidos fue simplemente una afectación dramática de horror pío por la blasfemia que había herido sus oídos. La ley expresamente prohibía que el sumo sacedote se rasgara la ropa;p pero de otras fuentes ajenas a las Escrituras aprendemos que, de acuerdo con la ley tradicional, era permitida la rasgadura de la ropa como testimonio de un delito sumamente grave, tal como el de blasfemia.q No hay ninguna indicación de que se haya tomado y anotado el voto de los jueces en la manera precisa y ordenada que la ley requería.

Jesús fue declarado convicto de la ofensa más atroz conocida entre los judíos. Pese a la injusticia del hecho, el tribunal supremo de la nación lo había declarado culpable de blasfemia. Limitándonos a los hechos precisos, no podemos decir que los miembros del Sanedrín sentenciaron a Cristo a muerte, en vista de que por decreto romano se había despojado al concilio judío del poder de pronunciar autorizadamente la pena capital. Sin embargo, el tribunal del sumo sacerdote decidió que Jesús era digno de muerte, y así informaron cuando lo entregaron a Pilato. Impulsados por su exceso de odio malévolo, los jueces de Israel abandonaron a su Señor a la desenfrenada voluntad de los lacayos subalternos que colmaron sobre Jesús toda indignidad que sus instintos brutales pudieron idear. Le bañaron el rostro con su vil esputo;r y entonces, habiéndole vendado los ojos, se divirtieron, administrándole puñetazos una vez tras otra, diciendo mientras tanto: “Profetízanos, Cristo, quién es el que te golpeó.” La perversa multitud lo ridiculizó e injurió con escarnios y burlas, y de este modo se convirtieron en blasfemos de hecho.s

La ley y práctica de la época requerían que a cualquier persona declarada culpable de una ofensa capital, después de ser juzgada debidamente ante un tribunal judío, se le concediera un segundo juicio al día siguiente; y en este enjuiciamiento posterior, cualquiera de los jueces, o todos ellos, que previamente hubiese votado a favor de la convicción del acusado, podía modificar su dictamen; pero ninguno de los que previamente hubiese votado a favor de que se le absolviese, podía cambiar su voto. Bastaba con una simple mayoría para dar la absolución, pero se requería más que la mayoría para declarar culpable al prisionero. Por motivo de una disposición, que a nosotros nos debe parecer sumamente extraordinaria, si todos los jueces votaban a favor de que se declarase culpable de una ofensa capital al acusado, el veredicto no podía aceptarse, y el detenido debía ser puesto en libertad; porque, según se afirmaba, el voto unánime contra cualquier prisionero indicaba que no tenía un solo amigo defensor en el tribunal, y que los jueces pudieron haber conspirado contra él. De acuerdo con este reglamento de la jurisprudencia hebrea, el veredicto fallado contra Jesús en la ilícita sesión nocturna del Sanedrín carecía de validez, porque se nos dice con claridad que “todos ellos le condenaron, declarándole ser digno de muerte”.t

Aparentemente con objeto de dar un vago pretexto de legalidad a su manera de proceder, el Sanedrín suspendió sus actividades para reunirse de nuevo en la primeras horas de la mañana. De esta manera obedecieron técnicamente el requisito—que en todo caso en que se decretara la sentencia de muerte, el tribunal habría de oír y juzgar por segunda vez en una sesión posterior—pero completamente pasaron por alto la disposición igualmente obligatoria de que el segundo juicio debía llevarse a cabo al día siguiente de la primera audiencia. Entre los dos enjuiciamientos, en días consecutivos, los jueces tenían la obligación de ayunar, orar y dar tranquila y sincera consideración a la causa delante de ellos.

S. Lucas, que ningún detalle relata del juicio nocturno de Jesús, es el único de los escritores evangélicos que da una noticia circunstancial de las sesiones del día siguiente. Dice así: “Cuando era de día, se juntaron los ancianos del pueblo los principales sacerdotes y los escribas, y le trajeron al concilio.”u La interpretación que algunas autoridades bíblicas han dado a la expresión, “le trajeron al concilio”, es que el Sanedrín condenó a Jesús en el sitio señalado del tribunal—Gazith o la Sala de Piedras Labradas—como lo requería la ley de la época; pero se opone a lo anterior la declaración de Juan, que Jesús fue llevado directamente de Caifás al pretorio romano.v

Es probable que en esta sesión efectuada en las primeras horas de la mañana se aprobaron las medidas irregulares tomadas durante la noche, y se decidieron los detalles de los siguientes pasos que era necesario dar. Leemos que ‘entraron en consejo contra Jesús, para entregarle a muerte”. No obstante, simularon el segundo juicio, cuyos resultados las afirmaciones voluntarias del Prisionero grandemente facilitaron. No hubo ni sombra de justificación para que los jueces exigieran que el Acusado declarara; debían haber examinado de nuevo a los que testificaban en contra de El. La primer pregunta que le hicieron fue: “¿Eres tú el Cristo? Dínoslo.” El Señor respondió dignamente: “Si os lo dijere, no creeréis; y también si os preguntare, no me responderéis, ni me soltaréis. Pero desde ahora el Hijo del Hombre se sentará a la diestra del poder de Dios.” Ni la pregunta subentendía, ni la respuesta daba motivo para su condenación. Toda la nación esperaba al Mesías; y si Jesús decía que El era, el único paso judicial que propiamente se podía dar contra El era investigar los méritos de su afirmación. Inmediatamente siguió la pregunta decisiva: “¿Luego eres tú el Hijo de Dios? Y él les dijo: Vosotros decís que lo soy. Entonces ellos dijeron: ¿Qué más testimonio necesitamos? Porque nosotros mismos lo hemos oído de su boca.”x

Jehová fue declarado convicto de blasfemar contra Jehová. El único Ser mortal a quien—por haber afirmado que poseía atributos y poderes divinos—era imposible imputar el terrible crimen de blasfemia, los jueces de Israel habían condenado por blasfemo. “Todo el concilio”, expresión que posiblemente nos da a entender un quórum legal, tomó parte en el acto final. Así concluyó el impropiamente llamado “juicio” de Jesús ante el sumo sacerdote y ancianosy de su pueblo. “Muy de mañana, habiendo tenido consejo los principales sacerdotes con los ancianos, con los escribas y con todo el concilio, llevaron a Jesús atado, y le entregaron a Pilato.”z Durante las pocas horas que le quedaban en su estado terrenal, se hallaría en manos de gentiles, traicionado y entregado por los suyos.a

Pedro niega a su Señorb

Cuando Jesús fue aprehendido en el Jardín de Getsemaní, todos los Once lo abandonaron y huyeron. No se les debe imputar este hecho como evidencia segura de cobardía, porque el Señor había indicado que lo dejarían solo.c Pedro y por lo menos otro de los discípulos siguieron de lejos, y después que los guardias hubieron entrado en el palacio del sumo sacerdote con su prisionero, Pedro también entró y “se sentó con los alguaciles, para ver el fin”. El discípulo anónimo que era conocido del sumo sacerdote, le ayudó a entrar. Con toda probabilidad el “otro discípulo” era Juan el Amado, como se puede inferir del hecho de que toda referencia a él aparece únicamente en el cuarto evangelio, cuyo autor característicamente se refiere a sí mismo sin identificarse.d

Mientras Jesús se hallaba ante el Sanedrín, Pedro estaba abajo con los criados. Cuidaba la puerta una mujer joven cuyas sospechas femeninas se despertaron cuando dio la entrada a Pedro; y mientras estaba sentado entre la multitud en el patio, se le acercó ella y habiéndolo observado atentamente, dijo: “Tú también estabas con Jesús el galileo.” Pero Pedro lo negó, asegurando que no conocía a Jesús. Sobrevino al apóstol la inquietud; empezó a molestarlo su conciencia y el temor de ser reconocido como uno de los discípulos del Señor. Se apartó de entre la multitud e intentó esconderse parcialmente en la entrada; pero allí lo reconoció otra criada, y dijo a los que se hallaban cerca: “También éste estaba con Jesús el nazareno”, acusación que Pedro negó con un juramento: “No conozco al hombre.”

Hacía frío esa noche abrileña, y se había encendido un fuego en el patio del palacio. Pedro se sentó con los demás alrededor de la lumbre, pensando tal vez que la osadía sería mejor que el comportamiento sigiloso para evitar que lo conocieran. Como una hora después de sus primeras negaciones, algunos de los hombres sentados alrededor del fuego lo acusaron de ser discípulo de Jesús, e hicieron mención de que su dialecto galileo era evidencia de que por lo menos era compatriota del Prisionero del sumo sacerdote; pero la amenaza más grande provino de la acusación de un pariente de Malco, cuya oreja Pedro había cortado con la espada, el cual le preguntó en forma directa: “¿No te vi yo en el huerto con él?” Entonces Pedro llegó a tal extremo, sobre el camino de la mentira que había emprendido, que comenzó a maldecir y a jurar, y declaró con vehemencia por tercera vez: “No conozco al hombre.” Al salir de sus labios esta última mentira impía, el sonoro canto del gallo llegó a sus oídos,e y el recuerdo de la predicción de su Señor se desbordó en sus pensamientos. Temblando miserablemente al comprender su pérfida cobardía, se volvió de la multitud y vio la mirada del Cristo sufriente, que desde en medio de la turba insolente dirigió la vista hacia su alardoso pero amoroso y débil apóstol. Huyendo del palacio, Pedro salió en la noche llorando amargamente. Como lo hace constar su vida posterior, sus lágrimas fueron de contrición verdadera y arrepentimiento sincero.

La primera comparecencia de Cristo ante Pilato

Como ya hemos notado, ningún tribunal judío tenía la autoridad para imponer la pena de muerte; Roma imperial se había reservado esta prerrogativa para sí. El vocerío unido de los miembros del Sanedrín, de que Jesús era digno de muerte, ningún efecto podía surtir hasta que lo sancionara el diputado del Emperador, que en esa época era Poncio Pilato, gobernador, o más propiamente dicho, procurador de Judea, Samaria e Idumea. Pilato tenía su residencia oficial en Cesarea,f sobre la costa del Mediterráneo, pero acostumbraba estar presente en Jerusalén en épocas de importantes fiestas hebreas, probablemente para preservar el orden o sofocar en el acto cualquier alboroto entre la numerosa y heterogénea multitud que llenaba la ciudad en esas ocasiones festivas. El Gobernador y su séquito se hallaban en Jerusalén en esta importante temporada de la Pascua. Muy temprano, la mañana del viernes, todo el concilio, es decir, el Sanedrín, llevó a Jesús atado al pretorio de Poncio Pilato; pero con estricta escrupulosidad se refrenaron de entrar en la casa por temor de contaminarse; porque la sala de juicio era parte de la casa de un gentil, y podía haber en algún lugar pan con levadura, cuya sola presencia los haría ceremonialmente impuros. ¡Juzgue para sí, todo lector, el carácter de aquellos hombres, temerosos de aproximarse siquiera a la levadura mientras ansiaban derramar sangre inocente!

Respetando sus escrúpulos, Pilato salió del palacio y, al entregársele el prisionero, preguntó: “¿Qué acusación traéis contra este hombre?” La pregunta, aun cuando estrictamente propia y judicialmente necesaria, sorprendió y desconcertó a los príncipes sacerdotales, los cuales evidentemente iban con la esperanza de que el gobernador sencillamente aprobara su veredicto como cosa hecha, y pronunciara la sentencia correspondiente; pero en lugar de ello, Pilato aparentemente estaba a punto de ejercer su autoridad y jurisdicción original. Con mortificación o disgusto que no se pudo disimular, su portavoz, probablemente Caifás, contestó: “Si éste no fuera malhechor, no te lo habríamos entregado.” Ahora fue Pilato quien a su vez sintió, o por lo menos fingió resentimiento, y contestó en substancia: Muy bien; si no queréis presentar la acusación en forma debida, tomadlo y juzgadlo de acuerdo con vuestra ley, y no me molestéis con el asunto. Pero los judíos replicaron: “A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie.”

Juan el Apóstol indica con estas últimas palabras la determinación de los judíos de causar la muerte de Jesús, no sólo con la aprobación de Roma, sino por verdugos romanos;g pues, como desde luego podemos ver, si Pilato hubiese aprobado la sentencia de muerte y entregado el prisionero a los judíos para que ellos la impusieran, Jesús habría sido apedreado, de acuerdo con el castigo hebreo decretado para la blasfemia. Por otra parte, el Señor había predicho claramente que moriría crucificado, método romano de ejecutar a los reos, pero nunca practicado por los judíos. Además, si los magistrados judíos, hubiesen ejecutado a Jesús, aun con la aprobación del gobierno, podría haber provocado una insurrección entre el pueblo, porque había muchos que creían en El. Los astutos jerarcas estaban resueltos a causar que fuera muerto bajo la condenación de Roma.

“Y comenzaron a acusarle, diciendo: A este hemos hallado que pervierte a la nación, que prohibe dar tributo a César, diciendo que él mismo es el Cristo, un rey.”h Es importante notar que ninguna acusación de blasfemia se presentó a Pilato, pues de haberlo hecho, el gobernador, pagano consumado de corazón y pensamientos, probablemente habría declarado que la acusación no merecía ser llevada a juicio; porque Roma con sus muchos dioses—cuyo número aumentaba constantemente por motivo de la entonces común deificación pagana de seres mortales—no reconocía la ofensa de blasfemia como la interpretaban los judíos. Los miembros acusadores del Sanedrín no vacilaron en reemplazar el delito de blasfemia, el crimen de mayor gravedad conocido en el código hebreo, con el de alta traición, que constituía la ofensa más grave en la categoría romana de crímenes. A las vociferas acusaciones de los principales sacerdotes y ancianos, el Cristo tranquilo y circunspecto no se dignó dar respuesta. Les había hablado por la última vez, hasta la época señalada del otro juicio en cual El será el juez, y ellos los prisioneros ante el tribunal.

La conducta sumisa, pero a la vez majestuosa de Jesús, sorprendió a Pilato; ciertamente aquel hombre tenía un porte real; nunca había comparecido delante de él otro Ser semejante. Sin embargo, la acusación era grave; los hombres que aspiraban a un trono podían ser peligrosos para Roma; mas con todo, el Acusado nada decía o contestaba a los cargos que se le hacían. Entrando en el pretorio, Pilato mandó que le llevaran a Jesús.i El relato detallado de los acontecimientos, preservado en el cuarto Evangelio, da a entender que también entraron algunos de los discípulos, entre los cuales casi es seguro que se hallaba Juan. Cualquier persona podía entrar libremente, porque la publicidad era uno de los aspectos efectiva y expresamente proclamados de los juicios romanos.

Manifiestamente sin ninguna animosidad o prejucios contra Jesús, Pilato le preguntó: “¿Eres tú el Rey de los judíos?” Jesús le contestó: “¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?” Como lo indica la respuesta de Pilato, la pregunta con que nuestro Señor contestó la otra, dio a entender, y tenía por objeto que así se entendiera, como lo expresaríamos nosotros: ¿Preguntas esto con significado romano y literal—si soy de un reino terrenal—o con el significado judío y más espiritual? Si hubiera respondido “sí” directamente, habría sido cierto en el sentido mesiánico, pero incorrecto en cuanto a su significado terrenal; y a la inversa, un “no” podría haberse entendido como verdadero o falso. De modo que Pilato le respondió: “¿Soy yo acaso judío? Tu nación, y los principales sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho? Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí. Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad. oye mi voz.”

El gobernador romano comprendió claramente que aquel Varón notable, con sus altos conceptos de un reino que no era de este mundo, y un imperio de verdad que El había de gobernar, no era ningún insurrecto político; y que sería absurdo considerarlo como una amenaza a las instituciones romanas. Sus últimas palabras referentes a la verdad le habían sido las más difíciles de entender; Pilato se sintió inquieto y quizá un poco temeroso por motivo de su importancia. ‘¿Qué es la verdad?”, exclamó—más bien con aprehensión que como pregunta que debía ser contestada—al salir de la sala. Oficialmente anunció a los judíos la absolución del Prisionero. El veredicto que pronunció: “Yo no hallo en él ningún delito.”

Sin embargo, los principales sacerdotes, escribas y ancianos del pueblo no se amedrentaron. Se había convertido en manía su sed de la sangre del Santo. Salvaje y frenéticamente gritaron: “Alborota al pueblo, enseñando por toda Judea, comenzando desde Galilea hasta aquí.” La referencia a Galilea sugirió a Pilato otra manera de proceder. Habiendo confirmado, tras una investigación, que Jesús era galileo, determinó que el Prisionero fuese llevado a Herodes, gobernador vasallo de esa provincia y que “en aquellos días también estaba en Jerusalén”.j Por este medio Pilato esperaba zafarse de toda responsabilidad en el asunto, y además, podría ser el medio de hacer las paces con Herodes, “porque antes estaban enemistados entre sí”.

Cristo ante Herodesk

Herodes Antipas, hijo degenerado de su infame padre, Herodes el Grande,l era tetrarca de Galilea y Perea en esa época, y según el uso popular, aunque sin sanción imperial, se le llamaba rey para halagarlo. Era el mismo que, para cumplir un impío juramento inspirado por las incitaciones voluptuosas de una mujer, había ordenado el asesinato de Juan el Bautista. Gobernaba como vasallo romano y profesaba ser ortodoxo en lo concerniente a las observancias judías. Había llegado a Jerusalén con gran pompa para participar en la fiesta de la Pascua. Herodes quedó muy complacido cuando Pilato le envió a Jesús; porque aparte de ser un acto condescendiente por parte del Procurador, con el cual se estableció, como lo demuestran los acontecimientos posteriores, los preliminares de una reconciliación entre los dos gobernantes,m también fue el medio de satisfacer la curiosidad que tenía de ver a Jesús, acerca del cual tanto había oído, cuya fama lo había aterrado y por medio de quien ahora esperaba ver efectuado algún milagro interesante.n

Cuando Herodes vió al renombrado Profeta de Galilea atado delante de él, custodiado por una guardia romana y acompañado de los oficiales eclesiásticos, quedó reemplazado con un interés curioso el temor que en otro tiempo había sentido en cuanto a Jesús, a quien supersticiosamente había conceptuado ser la reencarnación de su víctima asesinada, Juan el Bautista. Comenzó a interrogar al Prisionero, pero Jesús guardó silencio. Los principales sacerdotes y escribas lo acusaron con vehemencia, pero el Señor no habló una sola palabra. Que sepamos, Herodes fue el único personaje en toda la historia a quien Jesús haya dirigido un epíteto despreciativo: “Id, y decid a aquella zorra”—había expresado en cierta ocasión a unos fariseos que vinieron a El con el rumor de que Herodes intentaba matarlo.o Por lo que sabemos, Herodes también gozó de la distinción de ser la única persona que vio a Cristo cara a cara y le habló, y sin embargo nunca escuchó su voz. Para los pecadores arrepentidos, mujeres acongojadas, niños balbuceantes; para los escribas, fariseos, saduceos, rabinos; para el perjuro sumo sacerdote y sus serviles e insolentes lacayos, y aun para Pilato el pagano, Cristo tuvo palabras de consuelo o instrucción, de amonestación o reproche, de protesta o denuncia, respectivamente; sin embargo, para Herodes la zorra, sólo un silencio desdeñoso y real. Completamente resentido, Herodes pasó de preguntas insultantes a hechos de vejación perversa. Con sus soldados se burló de Cristo, y “le menospreció y escarneció”. Entonces para ridiculizarlo, lo vistió “de una ropa espléndida y volvió a enviarle a Pilato”.p Herodes no halló nada en Jesús que justificara su condenación.

Cristo nuevamente ante Pilatoq

El procurador romano, viendo que no podía eludir el deber de seguir considerando la causa, “convocando a los principales sacerdotes, a los gobernantes, y al pueblo, les dijo: Me habéis presentado a éste como un hombre que perturba al pueblo; pero habiéndole interrogado yo delante de vosotros, no he hallado en este hombre delito alguno de aquellos de que le acusáis. Y ni aun Herodes, porque os remití a él; y he aquí, nada digno de muerte ha hecho este hombre. Le soltaré, pues, después de castigarle.” El deseo de Pilato de salvar a Jesús de la muerte fue justo y genuino; su intención de azotar al prisionero, cuya inocencia había afirmado y reafirmado, representaba una concesión infame al prejuicio de los judíos. Sabía que carecían de fundamento los cargos de sedición y traición; y que era ridícula en extremo aun la denuncia misma por parte de la jerarquía judía, cuya lealtad simulada a César sólo servía de pretexto a un odio inextinguible e inherente; y también sabía perfectamente bien que los oficiales sacerdotales, impelidos por la envidia y la maldad habían entregado a Jesús en sus manos.r

Era costumbre de que en la temporada de la Pascua el gobernador perdonara y diera su libertad a cualquiera de los prisioneros condenados que el pueblo eligiese. En esos días se hallaba encarcelado, esperando su ejecución, “un preso famoso llamado Barrabás” que había sido juzgado culpable de sedición, pues además de incitar al pueblo a que se insubordinara, también había cometido homicidio. Este hombre había sido declarado convicto precisamente de los mismos cargos de que Pilato, en forma particular, y Herodes, por inferencia, habían absuelto a Jesús, aparte de lo cual Barrabás también era asesino. Pilato pensó en pacificar a los sacerdotes y al pueblo, soltando a Jesús en cumplimiento de su acto misericordioso esa Pascua; significaría una admisión tácita del juicio pronunciado sobre Cristo en el tribunal eclesiástico, y virtualmente la confirmación de la sentencia de muerte, reemplazada por un perdón oficial. Por tanto, les preguntó: “¿A quién queréis que os suelte: A Barrabás, o a Jesús, llamado el Cristo?” Parece que hubo un breve intervalo entre la pregunta de Pilato y la respuesta del pueblo, durante el cual los principales sacerdotes y ancianos se dispersaron entre la multitud, incitándola a que demandara la libertad del insurrecto y asesino. De modo que cuando Pilato volvió a preguntar: “¿A cuál de los dos queréis que os suelte?”, la turba gritó: “A Barrabás.” Pilato, sorprendido, chasqueado y enojado, entonces preguntó: “¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo?” Todos gritaron: “¡Sea crucificado! Y el gobernador les dijo: Pues ¿qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban aún más, diciendo: ¡Sea crucificado!”

El gobernador romano, turbado en extremo, sintió miedo dentro de sí. Aumentó a su perplejidad un mensaje amonestador que recibió de su esposa, mientras se hallaba sentado en el tribunal: “No tengas nada que ver con ese justo; porque hoy he padecido mucho en sueños por causa de él.” Los que no conocen a Dios son característicamente supersticiosos. Pilato temía el terrible presagio que el sueño de su esposa podría pronosticar; pero hallando que no podía prevalecer, y previendo un alboroto entre el pueblo si persistía en defender a Cristo, pidió agua y se lavó las manos delante de la multitud—acto simbólico con que desconoció toda responsabilidad, y el cual todos entendieron—declarando a la vez: “Inocente soy yo de la sangre de este justo; allá vosotros.” Siguió entonces el terrible grito con que el pueblo del convenio decretó su propia condenación: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos.” La historia proporciona espantoso testimonio del cumplimiento literal de tan horrorosa invocación.s Pilato soltó a Barrabás, y entregó a Jesús a los soldados para que fuese azotado.

La flagelación era el terrible preliminar de la muerte sobre la cruz. El instrumento de castigo era un azote de muchas correas emplomadas, en el extremo de las cuales se colocaban filosos fragmentos de hueso. Se sabe de casos en que los condenados murieron bajo el látigo, librándose así de los horrores de la crucifixión en vida. De conformidad con las costumbres brutales de la época, Jesús, agotado y sangrando de la horrible flagelación que acababa de recibir, fue entregado a los soldados semisalvajes para que se divirtieran. Como no se trataba de una víctima común y ordinaria, toda la compañía se reunió en el pretorio para tomar parte en aquel pasatiempo diabólico. Desvistieron a Jesús, colocaron sobre El un manto de púrpurat y entonces, impulsados por un realismo endemoniado, tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre la cabeza del Sufriente. Le pusieron una caña en la mano derecha como representación del cetro real, y postrándose ante El en homenaje burlón, lo saludaban, diciendo: “¡Salve, rey de los judíos!” Arrebatándole la caña, le golpeaban la cabeza brutalmente con ella, incrustando las crueles espinas en su carne temblorosa; lo abofetearon con los puños y escupieron sobre El con vil y depravado abandono.u

Pilato probablemente había estado observando en silencio esta barbarie. La hizo cesar y determinó intentar una vez más conmover las fuentes de piedad en los judíos, si acaso existía en ellos. Salió y dijo a la multitud: “Mirad, os lo traigo fuera, para que entendáis que ningún delito hallo en él.” Era la tercera proclamación definitiva que el gobernador hacía de la inocencia del prisionero. “Y salió Jesús, llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: ¡He aquí el hombre!”v

Parece que Pilato creía que la lastimosa apariencia del Cristo azotado y sangrando podría ablandar el corazón de los judíos enfurecidos; pero no surtió tal efecto. Consideremos el terrible hecho: ¡Un incrédulo, un pagano que no conocía a Dios, abogando ante los sacerdotes y pueblo de Israel por la vida de su Señor y Rey! Cuando los principales sacerdotes y oficiales, insensibles ante el cuadro que estaban presenciando, gritaron con un odio cada vez mayor: “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!”, Pilato pronunció la sentencia fatal: “Tomadle vosotros, y crucificadle”; y añadió con énfasis acerbo: “Yo no hallo delito en él”.

Se recordará que la única acusación que le imputaron a Cristo ante el gobernador romano fue la de sedición; los judíos acosadores cuidadosamente habían evitado mencionar siquiera el delito de blasfemia, ofensa por la cual habían juzgado a Jesús digno de muerte. Ahora que habían arrebatado a Pilato la pena de crucifixión, descaradamente trataron de aparentar que el decreto del gobernador sólo era la ratificación de su propia sentencia de muerte, de modo que dijeron: “Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios.” ¿Qué significaba aquello? El impresionante título “Hijo de Dios” hirió más profundamente la conciencia turbada de Pilato. Una vez más llevó a Jesús al pretorio y le preguntó alarmado: “¿De dónde eres tú?” La interrogación se refería a que si Jesús era humano o sobrehumano. Una afirmación directa de la divinidad del Señor habría atemorizado pero no iluminado al gobernador pagano, por tanto, Jesús no respondió. Pilato, más perplejo todavía, y tal vez un poco ofendido por este aparente desprecio de su autoridad, le exigió una explicación, diciendo: “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte?” A esto Jesús respondió: “Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba; por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene.” La posición de uno y otro quedó invertida: Cristo era el juez y Pilato el objeto de su juicio. Aunque no quedó absuelto, el romano fue declarado menos culpable que aquel o aquellos que entregaron a Jesús en sus manos y le habían exigido un decreto injusto.

Aun cuando ya había dictado la sentencia, el gobernador todavía buscaba algún medio para libertar al sumiso Sufridor. Percibiendo las primeras señas de su vacilación, los judíos lo recibieron con el grito: “Si a éste sueltas, no eres amigo de César; todo el que se hace rey, a César se opone.” Pilato se sentó en el tribunal que se hallaba situado en el lugar llamado el Enlosado o Gabata, fuera del pretorio. Estaba ofendido por causa de aquellos judíos que habían osado insinuar que él no era amigo de César, insinuación que podría resultar en que una embajada de quejantes se presentase en Roma para dar un informe falso de él mediante una acusación exagerada. Señalando hacia Jesús, exclamó con sarcasmo manifiesto: “¡He aquí vuestro rey!” Pero los judíos contestaron con gritos amenazantes y siniestros: “¡Fuera, fuera, crucifícale!” Recordándoles mordazmente su estado de subyugación nacional, Pilato les preguntó con ironía más punzante aún: “¿A vuestro rey he de crucificar?” Y los principales sacerdotes gritaron en alta voz: “No tenemos más rey que César.”

Así fue, y así había de ser. El pueblo, que por convenio había aceptado a Jehová como su Rey, ahora lo rechazaba en persona y no reconocía más soberano que César; y súbditos y siervos de César han sido a través de los siglos. ¡Cuán lamentable el estado del hombre o nación que de corazón y espíritu no reconoce más rey que a César.x

¿Cuál fue la causa de la debilidad de Pilato? Era el representante del Emperador, el procurador imperial, facultado para crucificar o salvar; oficialmente era un autócrata. Su convencimiento de la inocencia de Cristo y su deseo de salvarlo de la cruz son incontrovertibles. ¿Por qué, pues, titubeó, dudó, vaciló y por último dió su consentimiento a lo que su conciencia y su voluntad no aceptaban? Porque al fin y al cabo Pilato era esclavo más bien que hombre libre. Era siervo de su pasado. Sabía que si se presentaba en Roma una queja en contra de él, le echarían en cara su corrupción y crueldades, sus extorsiones y las muertes que había ordenado sin justificación. Era el gobernador romano, pero el pueblo sobre el cual ejercía su autoridad oficial se deleitaba en verlo acobardarse, cuando sobre su cabeza se chasqueaba, con fuertes estallidos, el látigo de la amenaza de un informe desfavorable acerca de él a Tiberio, su amo imperial.y

Judas Iscariotez

Cuando Judas Iscariote vio cuán terriblemente eficaz había sido el resultado de su traición, le sobrevino un remordimiento frenético. Durante el juicio del Cristo ante las autoridades judías, con su consiguiente humillación y crueldades, el traidor había visto la gravedad de su acto; y cuando el sumiso Sufridor fue entregado a los romanos y se convirtió en realidad la fatal consumación, la enormidad de su crimen llenó a Judas de un horror indescriptible. Entrando intempestivamente en la presencia de los principales sacerdotes y ancianos, mientras se hacían los arreglos finales para la crucifixión del Señor, Judas imploró a los oficiales sacerdotales que aceptaran el maldito dinero que le habían pagado, clamando con agonía desesperada: “Yo he pecado entregando sangre inocente.” Quizá vagamente esperaba una palabra compasiva de aquellos conspiradores, en cuyas inicuamente hábiles manos había sido tan presto y útil instrumento; posiblemente creía que su confesión contendría la corriente de la iniquidad de aquellos hombres, y que pedirían la abrogación de la sentencia. Pero los magistrados de Israel lo rechazaron con desprecio. “Qué nos importa a nosotros?—le dijeron sarcásticamente—¡Allá tú!” Les había sido útil; le habían pagado su precio; no querían volver a ver su cara; y despiadadamente lo arrojaron de nuevo a las tinieblas hostigadoras de su conciencia enloquecida. Llevando todavía en sus manos la bolsa de plata, recuerdo demasiado real de su terrible pecado, corrió al templo, penetrando hasta los recintos reservados para los sacerdotes, y arrojó las piezas de plata sobre el piso del santuario. Entonces, bajo el impulso instigador de su amo, el diablo, al cual se había vendido en cuerpo y alma, fue y se ahorcó.

Los principales sacerdotes recogieron las piezas de plata, y con escrupulosidad sacrílega convocaron un concilio solemne para determinar lo que debían hacer con el “precio de sangre”. Como les pareció ilícito depositar aquel dinero mancillado en la tesorería sagrada, compraron con él cierto barrizal, en otro tiempo propiedad de un alfarero, precisamente el sitio donde Judas se había suicidado. Apartaron este terreno para que sirviera de sepultura a los extranjeros, forasteros y paganos, y el cuerpo de Judas, traidor de Cristo, probablemente fué el primero en ser enterrado allí. Y se dió a ese campo el nombre de “Acéldama” que quiere decir, “Campo de Sangre”.a

Notas al Capitulo 34

  1. Anás y su entrevista con Jesús.—“No hay otra persona mejor conocida que Anás en la historia judía contemporánea; ninguno es considerado más afortunado o venturoso, pero al mismo tiempo más generalmente abominado, que el anterior sumo sacerdote. Desempeñó el pontificado solamente seis o siete años; pero no menos que cinco de sus hijos, además de Caifás su hijo político y un nieto, ocuparon el puesto. Y en aquella época, por lo menos para uno que tenía la disposición de Anás, era mucho más ventajoso haber sido sumo sacerdote que serlo. Gozaba de toda la dignidad y de toda la influencia del oficio, pues se hallaba en posición de adelantar a ese cargo a los que más íntimamente se relacionaban con él. Y aun cuando éstos oficiaban públicamente, era él quien realmente dirigía, y sin la responsabilidad o restricciones que el nombramiento imponía. Su influencia entre los romanos se debía a los conceptos religiosos que profesaba, a su parcialidad manifiesta hacia los extranjeros y a sus grandes riquezas … Hemos visto los enormes ingresos que la familia de Anás debe haber percibido de los puestos del templo, y cuán perverso e impopular era ese tráfico. Los nombres de estos descarados, licenciosos, ímprobos, degenerados hijos de Aarón se pronunciaban en medio de maldiciones proferidas en voz baja. Sin tomar en consideración el hecho de que Cristo interrumpió ese comercio en el templo—que irremediablemente habría cesado si la autoridad del Señor hubiese prevalecido—podemos entender lo antitético que en todo respecto debe haber sido para Anás un Mesías, y especialmente un Mesías como Jesús … Nada se dice de lo que aconteció cuando estuvo delante de Anás. Aun el hecho de que Cristo fue llevado allí primeramente sólo se menciona brevemente en el cuarto evangelio. En vista de que todos los discípulos lo abandonaron y huyeron, podemos suponer que nada supieron de lo que realmente aconteció sino hasta que nuevamente se hubieron recobrado lo suficiente; por lo menos hasta que Pedro y el “otro discípulo”, evidentemente Juan, siguieron al Señor “al patio del sumo sacerdote”, es decir, al palacio de Caifás, no de Anás. Pues, como lo hacen constar los tres evangelios sinópticos, fue en el palacio del sumo sacerdote Caifás donde ocurrió la negación de Pedro; así que la relación que de ello se hace en el cuarto evangelio debe referirse al mismo sitio y no al palacio de Anás.” —Life and Times of Jesus the Messiah, por Edersheim, tomo 2, págs. 547, 548.

  2. La longanimidad de Cristo al ser golpeado.—La afirmación de nuestro Señor, de que había “vencido al mundo” (Juan 16:33), queda comprobada por el hecho de que conservó su ecuanimidad y sumisión, aun durante la provocación del golpe que recibió del salvaje subalterno en presencia del sumo sacerdote. Uno no puede leer el pasaje sin comparar, quizá involuntariamente, la divina sumisión de Jesús en esta ocasión, y la enteramente natural y humana indignación de Pablo en una situación posterior más o menos similar (Hechos 23:1-5). El sumo sacerdote Ananías, ofendido por las palabras de Pablo, mandó a uno de los que estaban cerca que hiriese al apóstol en la boca. Este irrumpió en la enojosa protesta: “¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueda! ¿Estás tú sentado para juzgarme conforme a la ley, y quebrantando la ley me mandas golpear?” Se disculpó en seguida, diciendo que no sabía que era el sumo sacerdote quien había dado la orden de herirlo. Véase Artículos de Fe, por el autor, pág. 455, y la Nota 1 al mismo capítulo; también Life and Works of St. Paul, por Farrar, págs. 539, 540.

  3. Sumos sacerdotes y ancianos.—No deben confundirse estos títulos que se daba a los oficiales de la jerarquía en la época de Cristo, con los mismos nombres que actualmente se aplican a los portadores del Sacerdocio Mayor o de Melquisedec. El sumo sacerdote de los judíos era el sacerdote presidente; tenía que ser de descendencia aarónica, en primer lugar, para poder ser sacerdote; y por nombramiento de los romanos era como llegaba a ser sumo sacerdote. Los ancianos, como el nombre lo indica, eran hombres de años y experiencia maduros, nombrados para actuar como magistrados en los pueblos, y como jueces en los tribunales eclesíasticos, ya en los sanedrines menores de las provincias, ya en el Gran Sanedrín de Jerusalén. La palabra “anciano”, de acuerdo con el uso común que se le daba entre los judíos en los días de Cristo, no tiene más relación con el nombramiento presente de élder en el Sacerdocio de Melquisedec, que el título “escriba”. En los deberes de los sumos sacerdotes y ancianos judíos se combinaban en una las funciones eclesiásticas y seculares; de hecho, ambos puestos se habían convertido principalmente en recompensas políticas. Véase la palabra “Elder” en el Bible Dictionary de Smith. Desde la época de Moisés hasta la venida de Cristo, la teocracia organizada de Israel pertenecía al Sacerdocio Menor o Aarónico, en el cual estaban comprendidos el puesto de sacerdote, limitado a los del linaje de Aarón, y los nombramientos menores de maestro y diácono, que se hallaban combinados en el orden levítico. Véase “Ordenes y Oficios del Sacerdocio”, en Artículos de Fe, por el autor, pág. 227.

  4. Ilegalidades del juicio judío de Jesús.—Se han escrito muchos tomos sobre el juicio, así llamado de Jesús. En esta obra solamente se puede incorporar un breve resumen de los asuntos principales de hecho y de ley. Para una consideración más extensa referimos al lector a los siguientes tratados: Life and Times of Jesus the Messiah, por Edersheim; Life of our Lord, por Andrews; Jesus before Caiaphas and Pilate, por Dupin; Criminal Jurisprudence of the Ancient Hebrews, por Mendelsohn; Institutions of Moses, por Salvador; The Trial of Jesus Christ, por Innes; Sanhedrin, por Maimonides; Jesus before the Sanhedrin, por M. M. Lemann; Criminal Code of the Jews, por Benny; The Trial of Jesus from a Lawyer’s Standpoint, por Walter M. Chandler, de la Barra de Nueva York. Esta obra se compone de dos tomos que tratan respectivamente “El Juicio Hebreo” y “El Juicic Romano”, y contiene citas de las obras anteriores y de muchas otras

    Edersheim (tomo 2, págs. 556-558) sostiene que la comparecencia nocturna de Jesús en la casa de Caifás no constituyó un juicio ante el Sanedrín, y llama la atención a las irregularidades e ilegalidades del proceso como evidencia de que el Sanedrín no pudo haber hecho lo que se llevó a cabo esa noche. Citando extensamente a fin de corroborar los requisitos legales especificados, el autor dice: “Por otra parte, el juicio y sentencia de Jesús en el palacio de Caifás habría violado todo principio de las leyes y procesos criminales de los judíos. Unicamente en la sala acostumbrada de reuniones del Sanedrín podían juzgarse tales causas y pronunciarse la pena capital, no en el palacio del sumo sacerdote, como sucedió en este caso; ningún proceso, mucho menos uno de esta naturaleza, podía iniciarse durante la noche, ni aun al atardecer; pero en caso de que la discusión hubiera durado todo el día, se podía dictar la sentencia en la noche. Además no podía haber ningún enjuiciamento en día de reposo o en un día festivo, ni aun en vísperas de estos días, aunque no por ello se habrían abrogado los pasos dados; por otra parte podrá argúirse que el enjuiciamiento de uno que había incitado al pueblo debía verificarse, incluso la imposición de la sentencia, preferentemente en días de fiesta públicos, para que sirviera de advertencia a todos. Por último, cuando se trataba de una ofensa capital, existía un sistema muy complejo para advertir y prevenir a los testigos; pero puede afirmarse con seguridad que en un juicio oficial, los jueces judíos por predispuestos que estuviesen, no habrían actuado como los miembros del Sanedrín y Caifás lo hicieron en esta ocasión… Pero aun cuando el Sanedrín no juzgó y sentenció a Cristo en una reunión formal, no puede haber duda, desgraciadamente, de que su condenación y muerte fueron obra, si no del Sanedrín entonces de los miembros del mismo, es decir, del cuerpo entero (‘todo el concilio’), porque expresaron el criterio y propósito de todo el concilio supremo y gobernantes de Israel, salvo contadas excepciones. Tengamos presente que la resolución de sacrificar a Cristo se había decretado desde hacía ya algún tiempo.”

    Citamos lo anterior para mostrar, de acuerdo con autoridades reconocidas y eminentes, algunas de las ilegalidades del juicio nocturno de Jesús, el cual, como se acaba de indicar—y así lo hace constar la narración bíblica—fue obra del sumo sacerdote y “el concilio” o Sanedrín, de un modo palpablemente irregular a ilícito. Si los miembros del concilio juzgaron y condenaron, no estando en sesión en calidad de Sanedrín, la atrocidad del acto cobra un aspecto aún más insidioso y tenebroso.

    En la excelente obra de Chandler, (tomo I, “El Juicio Hebreo”) se examina minuciosamente el expediente de los hechos relacionados con la causa así como la ley criminal hebrea correspondiente. Sigue entonces un extenso “Memorial”, en el cual se exponen por orden los siguientes puntos:

    “Punto primero: El arresto de Jesús fue ilegal, porque se efectuó de noche, y por medio de a traición de Judas, un compice. Ambos hechos estaban expresamente prohibidos en la ley judía de esa época.

    “Punto segundo: La audiencia privada de Jesús ante Anás o Caifás fue ilegal, porque: (1) Se llevó a cabo de noche; (2) estaba expresamente prohibido el examen de cualquier causa por ‘un solo juez’; (3) como lo dice Salvador: ‘Uno de los principios que perpetuamente se reproducen en las escrituras hebreas se refiere a las dos condiciones de publicidad y libertad.

    “Punto tercero: La acusación presentada contra Jesús fue ilegal en cuanto a forma. ‘Todo el sistema procesal del código mosaico en materia criminal se basa en cuatro reglas: Certeza en cuanto a la acusación; publicidad en la discusión; completa libertad concedida al acusado; y protección de todo peligro o errores de testimonio.’—Salvador, pág. 365. ‘El Sanedrín ni originaba ni podía originar los cargos contra una persona; solamente investigaba los que le eran presentados.’—Edersheim, tomo 1, pág. 309. ‘La evidencia de los testigos principales constituía la acusación. No había más cargos, ni ninguna otra denuncia formal. Hasta que éstos hablaban y hacían sus declaraciones ante la asamblea pública, difícilmente podía formársele causa al prisionero.—Innes, pág. 41. Los únicos acusadores conocidos en la jurisprudencia criminal talmúdica, son los testigos del crimen. Su deber consiste en traer el asunto al conocimiento del tribunal y dar testimonio contra el criminal. Si se trata de la pena capital, también son los verdugos legales. En las leyes de los antiguos hebreos, en ninguna parte hallamos indicios de un acusador o fiscal oficial.’—Mendelsohn, pág. 110.

    “Punto cuarto: Los actos del Sanedrín en el asunto de Jesús fueron ilegales porque se hicieron de noche. ‘Júzguese una ofensa capital durante el día pero suspéndase de noche.’—Misna, Sanedrín 4:1. ‘Sólo durante el día pueden los varios tribunales procesar las causas criminales los Sanedrines Menores desde la conclusión del servicio matutino hasta el mediodía, y el Gran Sanedrín hasta la tarde.’—Mendelsohn, pág. 112

    “Punto quinto: Los actos del Sanedrín en el asunto de Jesús fueron ilegales, porque el tribunal se reunió antes de ofrecerse el sacrificio matutino. ‘El Sanedrín permanecía en sesiones desde la conclusión del sacrificio matutino hasta la hora del sacrificio vespertino.—Talmud, Jer. San. 1:19. ‘No podía verificarse ninguna sesión del tribunal antes de ser ofrecido el sacrificio matutino.’—MM. Lemann, pág. 109. ‘En vista de que el sacrificio matutino se ofrecía al despuntar el día, difícilmente era posible que el Sanedrín se reuniera sino hasta después de esa hora.’—Misna, Tamid, capítulo 3.

    “Punto sexto: El enjuiciamiento de Jesús fue ilegal porque se llevó a cabo el día anterior a un día de reposo judío; también el primer día de los panes sin levadura y la víspera de la Pascua. ‘No juzgarán durante la víspera del día de reposo ni de cualquier otro día de fiesta.’—Misna, San. 4:1. ‘No se permitía que ningún tribunal de Israel estuviera en sesiones en día de reposo ni en cualquiera de los otros siete días de fiesta bíblicos. Tratándose de crímenes capitales, no podía iniciarse ningún juicio en viernes o en la víspera de cualquier día festivo, porque no era lícito aplazar estas causas más de una noche ni continuarlas en día de reposo o en días festivos.’—Martyrdom of Jesús, por el rabino Wise pág. 67.

    “Punto séptimo: El juicio de Jesús fue ilegal porque se concluyó dentro del mismo día. ‘Una causa criminal que resulte en la absolución del acusado puede terminar el mismo día en que se empezó el juicio. Pero si va a imponerse la sentencia de muerte, no puede concluir antes del día siguiente.’—Misna, San. 4:1.

    “Punto octavo: La sentencia condenatoria que el Sanedrín pronunció sobre Jesús fue ilegal porque se fundó exclusivamente en su confesión ‘Sostenemos, como principio fundamental de nuestra jurisprudencia, el hecho de que nadie puede presentar una acusación contra sí mismo. Si un hombre confesare un delito ante un tribunal legalmente constituido, tal confesión no ha de usarse contra él a menos que sea debidamente confirmada por dos testigos más.’—Maimonides, 4:2. ‘No sólo nunca se arranca al procesado una condenación contra sí mismo por medio del tormento, sino que jamás se intenta incitarlo a que se declare culpable. Además, no se admite como evidencia una confesión voluntaria de su parte, y por lo mismo, carece de competencia para establecer la culpabilidad del confesado, a menos que un número legal de testigos corrobore minuciosamente su autoacusación.’—Mendelsohn, pág. 133.

    “Punto noveno: La condenación de Jesús fue ilegal porque el veredicto del Sanedrín fue unánime. ‘Un veredicto de culpabilidad simultáneo y unánime decretado el mismo día del juicio surte el efecto de una absolución.’—Mendelsohn, pág. 141. ‘Si ninguno de los jueces defiende al reo, es decir, si todos lo declaran culpable, y no hay quien lo defienda ante el tribunal, el veredicto de culpabilidad será inválido y no se podrá imponer la sentencia de muerte.’—Rabino Wise, pág. 74.

    “Punto décimo: El enjuiciamiento de Jesús fue ilegal por motivo de que: (1) la sentencia de condenación se pronunció en un sitio prohibido por ley; (2) el sumo sacerdote se desgarró la ropa; (3) hubo irregularidad en la votación. ‘Después de salir de la sala llamada Gazith, no se podrá imponer la sentencia de muerte a ninguno.’—Talmud Bab. ‘De la idolatría’ 1:8. ‘La sentencia de muerte puede pronunciarse sólo mientras el Sanedrín efectúe sus sesiones en el lugar señalado.’—Maimonides, 14. Véase además Lev. 21:10; también compárese con 10:6. ‘Absuelvan o condenen los jueces, cada cual por turno.’—Misna, San. 15:5. ‘Los miembros del Sanedrín se sentaban en semicírculo, al extremo del cual se colocaba un secretario cuyo deber consistía en llevar cuenta de los votos. Uno de estos secretarios contaba los votos a favor del acusado, el otro los votos en contra de él.’—Misna, San. 4:3. ‘En los casos ordinarios los jueces votaban según su antigüedad, comenzando por los mayores; en una ofensa capital, se invertía el orden.’—Benny, pág. 73.

    “Punto undécimo: Los miembros del Gran Sanedrín carecían de competencia legal para juzgar a Jesús. ‘Tampoco debe haber en el asiento judicial ningún pariente, ni amigo particular, ni enemigo, del acusado o del acusador.’—Mendelsohn, pág. 108. ‘Por ninguna circunstancia se permitía que un hombre, de quien se supiera que sentía enemistad hacia el acusado, ocupara una posición entre los jueces.’—Benny, pág 37.

    “Punto duodécimo: La condenación de Jesús fue ilegal porque no se consideraron los méritos de la defensa. ‘Tú inquirirás, y buscarás y preguntarás con diligencia.’—Deut. 13:14 ‘Los jueces considerarán el asunto con sinceridad de conciencia.’—Misna, San. 4:5. ‘El principal objeto del sistema judicial hebreo consistía en impedir que una persona inocente fuese declarada culpable. Toda la ingeniosidad de los legistas judíos tenía como fin la consecución de este propósito.’ —Benny, pág. 56.”

    Se recomiendan al investigador las eruditas declaraciones de los hechos y argumentos de Chandler sobre cada uno de los puntos anteriores. El autor de referencia declara sucintamente: “No hallamos en las páginas de la historia humana un ejemplo más palpable de asesinato judicial que el juicio y crucifixión de Jesús de Nazaret, por la sencilla razón de que se violó todo procedimiento legal y fue hollado bajo los pies en el enjuiciamiento que se instituyó contra El.” (pág. 216)

  5. “Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos.”—Edersheim (tomo 2, pág. 578) comenta muy eficazmente en las siguientes palabras la admisión de responsabilidad por la muerte de Cristo: “La Misna nos dice que después del solemne lavamiento de manos de los ancianos y su repudiación del pecado, los sacerdotes contestaban con esta oración: ‘Perdónalo entre tu pueblo Israel, al cual Tú has redimido, oh Señor, y no imputes sangre inocente a tu pueblo Israel.’ Pero aquí, respondiendo a las palabras de Pilato, se oyó este fuerte y ronco grito: ‘Su sangre sea sobre nosotros, y—¡Dios nos libre!—sobre nuestros hijos.’ Unos treinta años después y precisamente en ese mismo sitio, se pronunció juicio contra algunos de los más distinguidos de Jerusalén; y entre las 3.600 víctimas de la furia del gobernador, de los cuales no pocos fueron azotados y crucificados a un lado del pretorio, hubo muchos de los ciudadanos más nobles de Jerusalén. (Wars of the Jews, por Josefo, xiv, cap. 8:9) Pocos años después los cuerpos quebrantados de los judíos colgaban de cientos de cruces erguidas, plenamente visibles desde Jerusalén. Y parece que este pueblo errante ha seguido soportando, de siglo en siglo y de tierra en tierra, esa carga de sangre, la cual todavía parece descansar pesadamente sobre nosotros y nuestros hijos.’”

  6. “No tenemos más rey que César.”—Con tal afirmación, el judaísmo, por boca de sus representantes, incurrió en el pecado de negar a Dios, blasfemar y apostatar. Cometió suicidio; y desde esa época y día, su cuerpo muerto ha sido llevado y exhibido de un país a otro, siglo tras siglo, y permanecerá muerto hasta que venga por segunda vez Aquel que es la resurrección y la vida.”—Edersheim, tomo 2, pág. 581.

  7. La causa fundamental de la transigencia de Pilato ante las demandas de los judíos.—Pilato sabía lo que debía hacer, pero le faltó la fuerza moral para llevarlo a efecto. Temía a los judíos, pero no tanto como las influencias hostiles en Roma. Su conciencia le infundía miedo, pero más lo atemorizaba la posibilidad de perder su posición oficial. La política de Roma consistía en tratar con tolerancia y consideración las religiones y costumbres sociales de las naciones conquistadas. Poncio Pilato había violado este régimen liberal desde los primeros días de su procuraduría. Despreciando en forma completa la antipatía de los hebreos hacia las imágenes e insignias paganas, mandó que los legionarios entraran en Jerusalén de noche, llevando sus águilas y estandartes adornados con la efigie del Emperador. Para los judíos el acto constituía una profanación de la Santa Ciudad. Se reunieron grandes multitudes en Cesarea para pedirle al procurador que fuesen quitados los estandartes y otras imágenes de Jerusalén. Durante cinco días el pueblo exigió, y Pilato se lo negó. Amenazó a las multitudes con una matanza general, y se asombró al ver que el pueblo se ofrecía a caer por la espada más bien que desistir de sus demandas. Pilato tuvo que ceder (Antiquities of the Jews, por Josefo, xviii, cap. 3:1; también Wars of the Jews ii, cap. 9:2, 3).

    Nuevamente los ofendió cuando se apropió el Corbán, o sea los fondos sagrados del templo, para la construcción de un acueducto que habría de traer agua a Jerusalén desde el estanque de Salomón. Previendo una protesta pública por parte del pueblo, dio órdenes de que los soldados romanos se disfrazaran de judíos, y que con sus armas ocultas se dispersaran entre las multitudes. Al darse la señal, estos asesinos sacaron sus armas, y fueron muertos o heridos grandes números de judíos indefensos. (Antiquities of the Jews, por Josefo, xviii, cap. 3:2; también Wars of the Jews, ii, cap. 9:3, 4). En otra ocasión Pilato insultó groseramente al pueblo colocando en su residencia oficial en Jerusalén unos escudos que habían sido dedicados al emperador Tiberio, cosa que hizo “no tanto para honrar a Tiberio sino para irritar al pueblo judío”. La jerarquía eclesiástica de la nación, así como otras personas de influencia, incluso cuatro príncipes herodianos, firmaron una petición y la enviaron al Emperador, el cual reprendió a Pilato y mandó que los escudos fuesen llevados de Jerusalén a Cesarea.

    Estos ultrajes contra los sentimientos de la nación, y muchos actos menores de violencia, extorsión y crueldad eran las cosas que los judíos tenían contra el procurador. Pilato sabía que su posición era inestable, y temía una denuncia. Había cometido tantas maldades, que cuando quería hacer algo bueno, se amendrentaba por causa del temor cobarde que le infundía su pasado acusador.

  8. Judas Iscariote.—En la actualidad aplicamos el sobrenombre de “Judas” o “Iscariote” a los traidores. El que colocó el estigma de la infamia sobre este nombre ha llegado a ser, a través de los siglos, el tema de grandes discusiones entre teólogos y filósofos, y en los últimos tiempos aun se le ha examinado a la luz del análisis psicológico. Los filósofos alemanes fueron de los primeros en afirmar que el hombre había sido juzgado injustamente, y que su verdadero carácter no era de un matiz tan negro como el que se le imputaba. Por cierto, algunos críticos sostienen que Judas, de todos los Doce, era el que más completamente estaba convencido de la divinidad de nuestro Señor en la carne; y estos apologistas tratan de explicar la traición conceptuándola como un acto premeditado y bien intencionado de colocar a Jesús en una posición difícil, de la cual no podría salir sin ejercer sus facultades divinas que hasta entonces jamás había utilizado para su propio beneficio.

    No somos los jueces constituidos de Judas ni de ningún otro hombre; pero sí nos sentimos competentes para formar y sostener opiniones concernientes a los hechos de cualquier persona. De acuerdo con la luz de la palabra revelada, parece que Judas Iscariote se había entregado por completo a la causa de Satanás mientras aparentemente servía al Cristo en su posición exaltada. Unicamente por medio del pecado se puede efectuar esta sumisión a los poderes malignos. No nos son comunicadas la naturaleza y extensión de las transgresiones de este hombre durante los años. Había recibido el testimonio de que Jesús era el Hijo de Dios; y teniendo tan pleno conocimiento de esa con vicción, se volvió contra su Señor y lo traicionó y entregó a su muerte. La revelación moderna no es menos explícita que la antigua en afirmar que el sendero del pecado es la vía de tinieblas espirituales que conduce a una destrucción segura. Si el hombre que comete adulterio, aun cuando sólo sea en su corazón, ciertamente perderá el compañerismo del Espíritu de Dios “y negará la fe,” a menos que se arrepienta—así lo ha declarado la voz de Dios (véase Doc. y Con. 63:16)—no podemos dudar que los pecados capitales, en cualquiera de sus formas, pueden envenenar el alma; y si no se abandonan por medio del arrepentimiento verdadero, causarán la condenación de esa alma. Satanás proveerá a sus siervos capacitados y hábiles oportunidades para prestarle servicio, en proporción a su destreza perversa. Pese a las opiniones de los críticos modernos respecto del buen carácter de Judas, tenemos el testimonio de Juan, el cual durante casi tres años se asoció íntimamente con él, en que nos declara que Judas era ladrón (12:6); y Jesús lo llamó diablo (6:70) e “hijo de perdición” (17:12). Véase en relación con ésto Doc. y Con 76:41-48.

    La precisa afirmación del Señor de que uno de los Doce era un diablo (Juan 6:70. compárese con 13:27; Lucas 22:3) es evidencia de que Cristo conocía las perversas tendencias de Judas Iscariote. Por otra parte, sus palabras: “Yo sé a quienes he elegido”, junto con la explicación de que por motivo de esa elección que El había hecho se cumplirían las Escrituras, nos da a entender que El sabía todo esto al elegir a los Doce. Así como la muerte expiatoria del Cordero de Dios fue prevista y predicha, en igual manera se supieron de antemano las circunstancias de la traición. Sería contrario a la letra, así como al espíritu de la palabra revelada, decir que se privó al infeliz Iscariote en lo más mínimo de su libertad o albedrío, en cuanto al curso que siguió hasta su execrable consumación. Tuvo la misma oportunidad y privilegio, ofrecidos a los Doce, de vivir a la luz de la presencia personal del Señor, y recibir de fuente divina la revelación de los propósitos de Dios. Judas Iscariote no fue víctima de las circunstancias ni tampoco un instrumento insensible movido por un poder sobre humano, sino en proporción a lo que él de su propia voluntad se entregó a Satanás y aceptó su paga como empleado del diablo. Si Judas hubiese permanecido fiel, se habrían utilizado otros medios, aparte de su perfidia, para llevar al Cordero al matadero. Su ordenación como apóstol le proporcionó oportunidades y privilegios mayores que los de aquellos que no son llamados y ordenados en tal forma; y con esta bendita posibilidad para obrar en el servicio de Dios vino la capacidad correspondiente para caer. Un alto oficial de confianza de un gobierno puede cometer actos de traición y perfidia que le son imposibles al ciuda dano que jamás se ha dado cuenta de los secretos de la nación. Con el adelanto viene mayor responsabilidad, y esto sucede más literalmente en los asuntos del reino de Dios que en las instituciones de los hombres.

    Parece haber una discrepancia entre la narración de la muerte de Judas Iscariote según S. Mateo (27:3-10), y la que leemos en Hechos 1:16-20. De acuerdo con la primera, Judas se ahorcó; la segunda dice que cayó de cabeza “y todas sus entrañas se derramaron”. Si ambos escritos son acertados, el desdichado probablemente se ahorcó, y luego cayó, posiblemente por haberse roto la cuerda o la rama a la cual se hallaba atada. Mateo dice que los principales sacerdotes compraron el “campo de sangre”; el autor de los Hechos cita las palabras de Pedro, de que Judas adquirió el campo con la paga que recibió de los sacerdotes. En vista de que se compró el terreno con el dinero que había sido del Iscariote, y como los oficiales del templo se negaron a aceptar formalmente el dinero que les quiso devolver, técnicamente el campo comprado pertenecía a los bienes de Judas. La única importancia que podemos atribuir a las variaciones es que indican la independencia de sus autores. Ambas narraciones concuerdan en el hecho esencial de que Judas murió miserablemente.

    Concerniente al destino de los “hijos de perdición,” el Señor ha dado una descripción parcial pero impresionante, por medio de una revelación fechada el 16 de febrero de 1832: “Así dice el Señor concerniente a todos los que conocen mi poder y han participado de él, y se han dejado vencer por el poder del diablo, negando la verdad y desafiando mi poder. Estos son los hijos de perdición, de quienes digo que mejor hubiera sido para ellos no haber nacido; porque son vasos de enojo, condenados a padecer la ira de Dios con el diablo y sus ángeles en la eternidad; concerniente a los cuales he dicho que no hay perdón en este mundo ni en el venidero, habiendo negado al Espíritu Santo después de haberlo recibido, y habiendo negado al Unigénito del Padre, crucificándolo para sí mismos y exponiéndolo a pleno vituperio. Estos son los que irán al lago de fuego y azufre, con el diablo y sus ángeles; y los únicos sobre los cuales tendrá poder alguno la segunda muerte … Por tanto, a todos salva él menos a ellos. Estos irán al suplicio sempiterno, que es suplicio sin fin, suplicio eterno, para reinar con el diablo y sus ángeles por las eternidades, en donde su gusano no muere y el fuego no se apaga, lo cual es su tormento. Y ningún hombre sabe ni su fin, ni su lugar, ni su tormento; ni tampoco fue, ni es, ni será revelado al hombre, salvo a quienes participan en ello; sin embargo, yo, el Señor, lo enseño en visión a muchos, pero luego lo retiro; por consiguiente, no comprenden su fin, su anchura, su altura, su profundidad o su miseria, ni tampoco hombre alguno, sino aquellos que son ordenados para esta condenación.”—Doc. y Con. 76:31-37, 44-48.

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