“La familia es la parte central del plan del Creador”

Matrimonio y Relaciones Familiares: Guía de estudio para el participante, 2000


Ideas para poner en práctica

De acuerdo a sus propias necesidades y circunstancias, siga una o ambas de las siguientes sugerencias:

  • Repase “La familia: Una proclamación para el mundo” (página IV). Determine la forma en que puede seguir mejor este consejo profético.

  • Consiga un póster de “La familia: Una proclamación para el mundo” (35602 002 ó 35538 002) en un centro de distribución de la Iglesia. Póngalo a la vista en un lugar prominente en su hogar.

Asignación de lectura

Estudie el siguiente artículo. Si está casado, léalo y analícelo con su cónyuge.

Por esta vida y por la eternidad

Élder Boyd K. Packer
del Quórum de los Doce Apóstoles

El gran plan de felicidad

Queridos hermanos y hermanas: Las Escrituras y las enseñanzas de los profetas dicen que nosotros fuimos, en la vida preterrenal, hijos e hijas espirituales de Dios1. Las diferencias sexuales existían antes de que naciéramos2.

En el gran concilio de los cielos3, se presentó el plan de Dios4: el plan de salvación5, el plan de redención6 y el gran plan de felicidad7. Dicho plan requiere que seamos probados, que elijamos entre lo bueno y lo malo8; nos provee un Redentor, la Expiación y la resurrección y, si obedecemos, el regreso a la presencia de Dios.

El adversario se rebeló y adoptó su propio plan9. Los que lo siguieron perdieron el derecho de tener un cuerpo mortal10. Nuestra presencia en la tierra demuestra que aceptamos el plan de nuestro Padre11.

El único objetivo de Lucifer es oponerse al gran plan de felicidad y corromper las más puras, las más hermosas y las más agradables experiencias de esta vida, que son el romance, el amor, el matrimonio y la paternidad12. Los fantasmas del dolor y la culpabilidad13 le siguen de cerca. Sólo el arrepentimiento cura lo que él hiere.

El plan de Dios requiere el matrimonio y la familia

El plan de felicidad requiere la unión digna del varón y de la hembra, del hombre y de la mujer, del marido y de su esposa14. La doctrina nos enseña qué hacer ante los fuertes impulsos naturales que tan a menudo dominan nuestras acciones.

Un cuerpo creado a imagen de Dios fue creado para Adán15, y se le llevó al Jardín de Edén16. Al principio, Adán estaba solo. Tenía el sacerdocio17, pero solo, no podía cumplir con los requisitos de su creación18.

Otro hombre no podría ayudarlo; ni solo ni con otro hombre podría Adán progresar. Tampoco hubiera podido hacerlo Eva con otra mujer. Así era entonces y sigue siendo verdad hoy día.

Eva, una ayuda idónea para él, fue creada; el matrimonio fue instituido19 al mandársele a Adán que se allegara a su esposa (no a cualquier mujer) y a nadie más20.

Sobre Eva recayó la responsabilidad de tomar la decisión21. Y debemos honrarla por la decisión que tomó. Después “Adán cayó para que los hombres existiesen”22.

El élder Orson F. Whitney opinaba que la Caída había ocurrido “en dos direcciones: hacia abajo pero también hacia adelante. Trajo al hombre al mundo y lo encaminó hacia el progreso eterno”23.

Dios bendijo a Adán y a Eva y el Señor les dijo: “Fructificad y multiplicaos”24, y así se estableció la familia.

Dios valora igualmente al hombre y a la mujer

No existe nada en las revelaciones que implique que ante Dios sea preferible ser hombre y no mujer, ni que Él valore más a Sus hijos que a Sus hijas.

Todas las virtudes mencionadas en las Escrituras como el amor, el gozo, la paz, la fe, la divinidad, la caridad, las comparten ambos sexos25, y la ordenanza del sacerdocio más importante en esta vida se imparte sólo al hombre y a la mujer juntos26.

Después de la Caída, la ley de la naturaleza ejercía autoridad suprema en cuanto a los nacimientos. Como dijo el presidente J. Reuben Clark, hijo: Existen “jugarretas de la naturaleza”27, que causan anormalidades, deficiencias y deformaciones. A pesar de que el razonamiento humano considere injustas estas cosas, ellas parecen contribuir al cumplimiento de los objetivos de Dios de probar a la humanidad.

La doctrina del Evangelio de Jesucristo apoya y aprueba que se siga todo instinto apropiado, que se cumpla todo impulso justo, que se consuma toda relación humana que glorifique, pues los mandamientos revelados a Su Iglesia protegen estas cosas.

Las funciones del hombre y la mujer

Si Adán y Eva no fueran diferentes el uno del otro, no hubieran podido multiplicarse y henchir la tierra28. La clave del plan de felicidad se basa en esas diferencias que se complementan.

Algunas tareas se adaptan mejor a la capacidad del hombre; otras, a la naturaleza femenina. Tanto las Escrituras como las leyes naturales dictan que el hombre sea el protector y el proveedor29.

Las responsabilidades del sacerdocio en cuanto a la administración de la Iglesia se realizan lógicamente fuera del hogar y, por decreto divino, se han confiado al hombre. Ha sido así desde el principio, porque el Señor reveló: “El orden de este sacerdocio se confirmó para descender de padre a hijo… en los días de Adán”30.

El hombre que tenga el sacerdocio no le lleva ninguna ventaja a la mujer para merecer la exaltación. La mujer, por naturaleza, es también creadora con Dios y la principal encargada de la crianza de los hijos. Las virtudes y los atributos de los que dependen la perfección y la exaltación son naturales en la mujer y se refinan con el matrimonio y la maternidad.

El sacerdocio sólo se da a los hombres dignos para cumplir con el plan de felicidad de nuestro Padre. Es simplemente mejor cuando las leyes de la naturaleza y la palabra revelada de Dios trabajan armoniosamente.

El sacerdocio lleva consigo una gran responsabilidad. “Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener en virtud del sacerdocio, sino por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero; por bondad y por conocimiento puro”31.

Si un hombre “[ejerce] mando, dominio o compulsión… en cualquier grado de injusticia”32, viola “el juramento y el convenio que corresponden a este sacerdocio”33. Entonces “los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido”34 y a menos que se arrepienta, pierde sus bendiciones.

Los papeles diferentes del hombre y la mujer se declaran en revelaciones celestiales, pero se aprecian mejor en las experiencias prácticas y rutinarias de la vida diaria.

No hace mucho escuché a un hermano quejarse en la reunión sacramental de que no entendía por qué sus nietos siempre decían que iban a la casa de la abuela y nunca a la casa del abuelo. Yo le aclaré el misterio: ¡Los abuelos no hacen pasteles!

Las leyes naturales y espirituales son eternas

Las leyes naturales y espirituales que gobiernan esta vida fueron decretadas antes de la fundación de este mundo35. Son eternas, al igual que las consecuencias de obedecerlas o desobedecerlas. No están basadas en normas políticas ni sociales y no pueden cambiarse. Ni la presión, ni las protestas, ni la legislación pueden alterarlas.

Hace algunos años yo supervisaba los seminarios para los indígenas de los Estados Unidos. Cuando fui a una escuela de Albuquerque, estado de Nuevo México, el director me contó un incidente ocurrido en una clase de niños de seis años.

Durante la lección, un gatito entró en el salón y distrajo a los alumnos. La maestra lo llevó al frente para que todos pudieran verlo. Una niña preguntó:

—¿Es gatito o gatita?

—No importa lo que es —dijo la maestra, porque la pregunta la tomó de sorpresa.

Pero los niños insistían y un niñito dijo:

—Yo sé cómo podemos decidir si es gatito o gatita.

La maestra se dio por vencida y contestó:

—Bueno, dinos entonces cómo podemos saberlo.

Y el niño respondió:

—¡Podemos votar!

Algunas cosas no se pueden cambiar. La doctrina no se puede cambiar.

El presidente Wilford Woodruff dijo: “Los principios que han sido revelados para la salvación y la exaltación de los hijos de los hombres son principios que no podemos revocar. Son principios que ningún grupo de hombres [ni mujeres] puede destruir. Son principios que no mueren… Están más allá del alcance de los hombres y nadie los puede tocar ni destruir. Ni siquiera si todo el mundo se juntara para anular esos principios, no podrían hacerlo… Ni una jota ni una tilde de estos principios se suprimirán”36.

Durante la Segunda Guerra Mundial muchos hombres fueron al combate. Por esas circunstancias, las esposas y las madres de esos soldados tuvieron que salir a trabajar. La peor consecuencia de la guerra fue la desintegración de la familia, fenómeno que se ha prolongado hasta ahora.

Multiplicad y henchid la tierra

En la conferencia general de octubre de 1942, la Primera Presidencia mandó un mensaje a todos los santos de todas las tierras y climas, que decía: “Por medio de la autoridad que poseemos como Primera Presidencia de la Iglesia, advertimos a nuestra gente”.

Y dijeron: “Uno de los primeros mandamientos que el Señor dio a Adán y a Eva fue éste: ‘multiplicad y henchid la tierra’. Él ha reiterado este mandamiento en la actualidad. Ha revelado otra vez en esta última dispensación el principio del convenio eterno del matrimonio…

“El Señor nos ha dicho que es el deber de todo marido y mujer obedecer el mandamiento dado a Adán de multiplicarse y henchir la tierra, para que las legiones de espíritus escogidos que esperan tabernáculos de carne puedan venir a la tierra y progresar por medio del gran plan de Dios y llegar a ser almas perfectas, porque sin estos tabernáculos de carne no pueden progresar y llegar al lugar que Dios les ha destinado. Por lo tanto, todos los maridos y las mujeres en Israel deben llegar a ser padres de niños que nazcan bajo el sagrado convenio eterno.

“Al traer al mundo a estos espíritus escogidos, tanto padres como madres contraen una obligación sagrada hacia esos espíritus y hacia el Señor mismo. Porque el destino de esos espíritus en las eternidades, las bendiciones o castigos que les esperarán en el más allá dependerán, en gran parte, del cuidado, las enseñanzas y la disciplina que los padres les den a esos espíritus.

“Ningún padre puede escapar esa obligación y responsabilidad, a cuya estricta adherencia el Señor nos hará responsables. No hay otro deber más excelso que éste”.

La maternidad es un llamamiento sagrado

Con respecto a la maternidad, la Primera Presidencia dijo: “La maternidad, por lo tanto, se convierte en un llamamiento sublime, una dedicación sagrada para llevar a cabo los planes del Señor, una consagración a la crianza y educación del cuerpo, la mente y el espíritu de los que guardaron su primer estado y vinieron a la tierra a vivir el segundo estado, ‘para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare’ (Abraham 3:25). La tarea de las madres es ayudarles a guardar su segundo estado y ‘a quienes guarden su segundo estado, les será aumentada gloria sobre su cabeza para siempre jamás’ (Op. cit.) [Abraham 3:26].

“Este divino cuidado maternal sólo pueden dispensarlo las madres. No puede delegarse a otros. Las niñeras no pueden hacerlo; las guarderías públicas tampoco; las empleadas domésticas tampoco; sólo las madres, con la ayuda de las amorosas manos de los padres y de los hermanos pueden dar de lleno este cuidado constante”.

La Primera Presidencia aconsejó que: “La madre que delega a otros el cuidado de sus hijos para hacer trabajos no maternales así sea por dinero, fama o por servir a la comunidad, debe recordar que el hijo que se abandona ‘avergonzará a su madre’ (Proverbios 29:15). En esta época, el Señor ha dicho que a menos que los padres enseñen a los hijos las doctrinas de la Iglesia ‘el pecado será sobre la cabeza de los padres’ (D. y C. 68:25).

“La maternidad se acerca a lo divino. Es el servicio más sublime y más sagrado que podemos llevar a cabo. Coloca a la mujer que honra su sagrado llamamiento y servicio a la altura de los ángeles”37.

Este mensaje y advertencia de la Primera Presidencia se necesita más ahora que cuando se dio en aquel entonces. Y la voz de ninguna de las organizaciones de la Iglesia, no importa a qué nivel se encuentre, se iguala a la de la Primera Presidencia38.

A cualquier persona que, por circunstancias ajenas, no tenga la bendición de casarse ni de ser padre o madre, o que deba criar sola a sus hijos, teniendo que trabajar para mantenerlos, no se le negará ninguna bendición en las eternidades, si cumple con los mandamientos39. Como prometió el presidente Lorenzo Snow: “Eso es definitivamente seguro”40.

Parábola del tesoro y las llaves

Termino con una parábola.

Una vez, un hombre recibió dos llaves como herencia. Le fue dicho que la primera llave abría una bóveda que él debía proteger a toda costa. La segunda llave era de una caja fuerte que estaba dentro de la bóveda y que contenía un tesoro invalorable. Se le dijo que abriera la caja fuerte y usara las cosas preciosas que allí se guardaban. Se le advirtió que muchos tratarían de robarle su herencia. Se le prometió que si usaba el tesoro para bien, éste no se gastaría, nunca desaparecería y lo tendría eternamente. Sería probado, y si lo usaba para beneficiar a otros, su gozo y bendiciones aumentarían.

El hombre entró solo en la bóveda. La primera llave abrió la puerta y con la otra trató de abrir donde estaba el tesoro, pero no pudo, porque había dos cerraduras en la caja fuerte. Aquella llave sola no la abría. Hizo todo lo posible, pero no pudo abrirla. Estaba confundido porque le habían dado las llaves; sabía que el tesoro le pertenecía; había obedecido las instrucciones, pero no podía abrir la caja.

Por fin llegó una mujer a la bóveda y ella tenía otra llave. Era muy distinta de la llave que él tenía. La llave de ella abría la otra cerradura. Le hizo sentir humilde el saber que no podía recibir la herencia sin la ayuda de ella.

Hicieron un pacto de que juntos abrirían el tesoro y, como se les había indicado, él protegería la bóveda y ella cuidaría el tesoro. A ella no le molestaba que él, por ser el guardián de la bóveda, tuviera dos llaves, porque el objetivo de él era asegurarse de que ella estuviera bien, mientras ella cuidaba lo que era tan valioso para ambos. Juntos abrieron la caja y usaron la herencia y se alegraron porque tal como se les había prometido, nunca disminuía.

Con gran gozo se dieron cuenta de que podían compartir el tesoro con sus hijos; y cada uno podía recibir la misma cantidad que la generación anterior.

Tal vez algunos de sus descendientes no encontraran un compañero que tuviera la llave complementaria, o uno que fuera digno y dispuesto a cumplir con los convenios que regían el tesoro. Sin embargo, si guardaban los mandamientos, no perderían la más mínima bendición.

Puesto que algunos los tentaban para que desper-diciaran el tesoro, se aseguraron de enseñarles a sus hijos en cuanto a llaves y convenios.

Un tiempo después, entre sus descendientes, hubo algunos que se dejaron engañar o que sentían envidia o que eran egoístas y se quejaban porque a uno le habían dado dos llaves y a ellos sólo una. “¿Por qué no puede ser sólo mío el tesoro para usarlo como guste?”, decían los egoístas.

Algunos trataron de rehacer la llave que les habían dado para que se pareciera a la otra. Tal vez, pensaron, pueda abrir las dos cerraduras. Y por ese motivo no pudieron abrir la caja fuerte. Sus llaves remodeladas eran inservibles, y éstos perdieron la herencia.

Los que recibieron el tesoro con gratitud y obedecieron las leyes pertinentes sintieron gozo sin límites por esta vida y por la eternidad.

Testifico en cuanto al plan de felicidad de nuestro Padre, y testifico en el nombre de Aquel que llevó a cabo la Expiación, que así sea.

De un discurso pronunciado por el élder Packer en la conferencia general de la Iglesia de octubre de 1993 (véase Liahona, enero de 1994, páginas 23–26).

Mostrar referencias

  1.   1.

    Véase Doctrina y Convenios 76:24; véase también Números 16:22; Hebreos 12:9.

  2.   2.

    Véase Doctrina y Convenios 132:63; Primera Presidencia, “The Origin of Man” (nov. de 1909), en James R. Clark, compilador, Messages of the First Presidency of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, 6 tomos (1965–1975), tomo IV, pág. 203; véase también Spencer W. Kimball, “The Blessings and Responsibilities of Womanhood”, Ensign, marzo de 1976, pág. 71; Gordon B. Hinckley, “Vivid conforme a vuestra herencia”, Liahona, enero de 1984, páginas 139–144.

  3.   3.

    Véase Enseñanzas del Profeta José Smith, páginas 433, 442, 453.

  4.   4.

    Véase Abraham 3:24–27.

  5.   5.

    Véase Jarom 1:2; Alma 24:14; 42:5; Moisés 6:62.

  6.   6.

    Véase Jacob 6:8; Alma 12:25–36; 17:16; 18:39; 22:13–14; 39:18; 42:11, 13.

  7.   7.

    Alma 42:8.

  8.   8.

    Véase Alma 42:2–5.

  9.   9.

    Véase 2 Nefi 9:28; Alma 12:4–5; Helamán 2:8; 3 Nefi 1:16; Doctrina y Convenios 10:12, 23; Moisés 4:3.

  10.   10.

    Véase Enseñanzas del Profeta José Smith, páginas 217, 362.

  11.   11.

    Véase Enseñanzas del Profeta José Smith, página 217.

  12.   12.

    Véase 2 Nefi 2:18; 28:20.

  13.   13.

    Véase Alma 39:5; Moroni 9:9.

  14.   14.

    Véase Doctrina y Convenios 130:2; 131:2; 1 Corintios 11:11; Efesios 5:31.

  15.   15.

    Véase Moisés 6:8–9.

  16.   16.

    Véase Moisés 3:8.

  17.   17.

    Véase Moisés 6:67.

  18.   18.

    Véase Moisés 3:18.

  19.   19.

    Véase Moisés 3:23–24.

  20.   20.

    Doctrina y Convenios 42:22.

  21.   21.

    Véase Moisés 4:7–12.

  22.   22.

    2 Nefi 2:25.

  23.   23.

    Cowley and Whitney on Doctrine, compilación de Forace Green, 1963, página 287.

  24.   24.

    Moisés 2:28; véase también Génesis 1:28; 9:1.

  25.   25.

    Véase Gálatas 5:22–23; Doctrina y Convenios 4:5–6; Alma 7:23–24.

  26.   26.

    Véase Doctrina y Convenios 131:2.

  27.   27.

    Véase “Our Wives and Our Mothers in the Eternal Plan” (discurso pronunciado en la conferencia general de la Sociedad de Socorro, 3 de oct. de 1946), en J. Reuben Clark: Selected Papers on Religion, Education, and Youth, editado por David H. Yarn Jr., 1984, página 62.

  28.   28.

    Véase Génesis 1:28.

  29.   29.

    Véase Doctrina y Convenios 75:28; 1 Timoteo 5:8.

  30.   30.

    Doctrina y Convenios 107:40–41; véase también Doctrina y Convenios 84:14–16.

  31.   31.

    Doctrina y Convenios 121:41–42; cursiva agregada.

  32.   32.

    Doctrina y Convenios 121:37.

  33.   33.

    Doctrina y Convenios 84:39.

  34.   34.

    Doctrina y Convenios 121:37.

  35.   35.

    Véase Enseñanzas del Profeta José Smith, páginas 376–377, 455–456.

  36.   36.

    The Discourses of Wilford Woodruff, selecciones de G. Homer Durham, 1946, páginas 25–26; cursiva agregada.

  37.   37.

    En “Conference Report”, oct. de 1942, páginas 7, 11–12.

  38.   38.

    Véase Doctrina y Convenios 107:8–9, 22, 91.

  39.   39.

    Véase Doctrina y Convenios 137:7–9.

  40.   40.

    “Discourse by President Lorenzo Snow”, Millennial Star, 31 de agosto de 1899, página 547.