Cómo enfrentar los desafíos en el matrimonio

Matrimonio y Relaciones Familiares: Guía de estudio para el participante, 2000


Ideas para poner en práctica

De acuerdo con sus propias necesidades y circunstancias, siga una o más de las siguientes sugerencias:

  • En la asignación de lectura que figura a conti-nuación, el élder Lynn G. Robbins describe una “receta para un desastre”. Lea la descripción que él hace en esta página y luego formule una receta para la armonía en el hogar. Determine qué “ingredientes” deben incluirse en dicha receta.

  • Comprométase a enfrentar los desafíos con paciencia y amor, en lugar de hacerlo con enojo. Elija algo que usted pueda hacer que le recuerde con frecuencia este compromiso. Por ejemplo, podría colocar una moneda u otra cosa pequeña en el zapato o llevar en el bolsillo una nota que se haya hecho a sí mismo.

  • Si tiene disponible el Manual de sugerencias para la noche de hogar (31106 002), lea “La resolución de problemas en el matrimonio”, páginas 265–266. Si está casado, lea y analice este material con su cónyuge.

Asignación de lectura

Estudie el siguiente artículo. Si está casado, léalo y analícelo con su cónyuge.

El albedrío y la ira

Élder Lynn G. Robbins
de los Setenta

Satanás incita a la ira a los miembros de la familia

“Una familia Dios me dio; la amo de verdad”. Ésa es la esperanza de todo niño expresada en las palabras de uno de nuestros himnos (“Las familias pueden ser eternas”, Himnos, Nº 195; cursiva agregada).

En la Proclamación sobre la familia aprendemos que “la familia es la parte central del plan del Creador” y que “el esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y cuidarse el uno al otro” y “la responsabilidad sagrada de educar a sus hijos dentro del amor y la rectitud…” (“La familia: Una proclamación para el mundo”, Liahona, junio de 1996, páginas 10–11).

La familia también es el objetivo principal de Satanás, quien está haciéndole la guerra. Uno de sus planes astutos e ingeniosos es filtrarse detrás de las líneas enemigas y llegar a nuestro hogar y a nuestra vida.

Él daña y a menudo destruye a la familia dentro de las paredes de su propio hogar; su estrategia es incitar a la ira a los miembros de la familia entre sí. Satanás es el “padre de la contención, y él irrita los corazones de los hombres, para que contiendan con ira, unos con otros” (3 Nefi 11:29; cursiva agregada). El verbo “irritar” se podría poner en una receta para un desastre: Haga calentar los ánimos, mézclelos con palabras bruscas hasta que empiecen a hervir; siga revolviendo hasta que adquieran consistencia; enfríelos; deje enfriar los sentimientos durante varios días; sírvalo helado; tiene para rato.

Podemos decidir no irritarnos

Una parte de la astucia de esta estrategia es separar la ira del albedrío, haciéndonos creer que somos víctimas de una emoción que no podemos controlar. Escuchamos decir “perdí el control”. Perder el control es una elección interesante de palabras que han llegado a ser comunes. “Perder algo” implica “involuntariamente”, “en forma accidental”, “sin querer”, “no responsables”, descuidados, quizás, pero “no responsables”.

“Me hizo enojar”. Ésta es otra frase que escucha-mos y que también implica falta de control o de albedrío; es un mito que se debe refutar. Nadie nos hace enojar. Otras personas no nos hacen enojar. No hay fuerza de por medio. El enojarse es una elección consciente, es una decisión. ¡Nosotros elegimos!

A los que dicen: “No pude refrenarme”, el autor William Wilbanks responde: “Absurdo”.

“La agresión… reprimir el enojo, hablar de él, gritar y vociferar” son todas estrategias aprendidas al tratar con el enojo. “Nosotros elegimos la que ha probado ser eficaz en el pasado. ¿Han notado que rara vez perdemos el control cuando nos frustra nuestro jefe, pero cuán a menudo lo hacemos cuando nos molestan amigos y familiares?” (“The new Obscenity”, Reader’s Digest, dic. de 1988, pág. 24; cursiva agregada).

En el segundo año de secundaria, Wilbanks probó entrar a jugar en el equipo de básquetbol y lo logró. En el primer día de entrenamiento él y el entrenador jugaron uno a uno mientras el equipo observaba. Cuando él perdió un tiro fácil, se enojó y pateó el piso y se quejó. Se le acercó el entrenador y le dijo: “Si actúas así otra vez jamás jugarás en mi equipo”. Durante los siguientes tres años jamás volvió a perder el control. Años más tarde, al pensar en el incidente, se dio cuenta de que el entrenador le había enseñado ese día un principio que cambió su vida: que la ira se puede controlar (véase “The New Obscenity”, pág. 24).

Las enseñanzas del Salvador

En la Traducción de José Smith de Efesios 4:26, Pablo pregunta: “¿Podéis airaros, y no pecar?” El Señor es bien claro en este asunto:

“…aquel que tiene el espíritu de contención no es mío, sino es del diablo, que es el padre de la contención, y él irrita los corazones de los hombres, para que contiendan con ira unos con otros.

“He aquí, ésta no es mi doctrina, agitar con ira el corazón de los hombres, el uno contra el otro; antes bien mi doctrina es ésta, que se acaben tales cosas” (3 Nefi 11:29–30).

Esta doctrina o mandamiento del Señor da por sentado el albedrío y es una petición a la mente consciente de que tome una decisión. El Señor espera que tomemos la decisión de no irritarnos.

Tampoco se puede justificar el enojo. En la versión en inglés de Mateo 5, versículo 22, el Señor dice: “Pero yo os digo que cualquiera que se enoje sin causa contra su hermano, será culpable de juicio” (cursiva agregada). Es interesante que la frase “sin causa” no se encuentre en la versión en español ni en la traducción inspirada de José Smith (véase Mateo 5:24), ni en 3 Nefi 12:22. Cuando el Señor eliminó la frase “sin causa” nos dejó sin excusa. “…antes bien mi doctrina es ésta, que se acaben tales cosas” (3 Nefi 11:30). Podemos “acabar” con el enojo porque así Él nos lo ha enseñado y mandado.

La ira es dar paso a la influencia de Satanás

La ira es dar paso a la influencia de Satanás; es el pecado asociado al pensamiento que nos lleva a sentimientos y a comportamientos hostiles; es la causa del enojo hacia otros conductores en la carretera, la llama que se enciende en los campos deportivos y la violencia doméstica en el hogar.

Si la ira no se controla, puede causar en forma rápida una explosión de palabras crueles y de otras formas de abuso emocional que pueden dejar una cicatriz en un corazón tierno. Es “lo que sale de la boca” dijo el Salvador, lo que “contamina al hombre” (Mateo 15:11).

David O. McKay dijo: “Que nunca el esposo ni la esposa hablen en voz alta, ‘a menos que se esté incendiando la casa’ ” (Stepping Stones to an Abundant Life, comp. por Llewelyn R. McKay, 1971, pág. 294).

El maltrato físico es la ira totalmente fuera de control; nunca se justifica y siempre es injusto.

La ira es un intento descortés de hacer sentir culpable a alguien o una forma cruel de tratar de corregir a los demás. A menudo es una disciplina mal catalogada, pero casi siempre contraproducente. Por lo tanto, las Escrituras nos advierten: “Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas” y “Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten” (Colosenses 3:19, 21).

“Nunca más me volveré a enojar”

La elección y la responsabilidad son principios inseparables. Debido a que la ira es una elección, se hace una seria advertencia en la Proclamación a “las personas… que abusan de su cónyuge o de sus hijos… que un día deberán responder ante Dios”.

El entender la conexión que existe entre el albedrío y la ira es el primer paso para eliminarla de nuestra vida. Tenemos la elección de no enojarnos, y podemos tomar esa decisión hoy día, de inmediato: “Nunca más me volveré a enojar”. Piensen en esa resolución.

La sección 121 de Doctrina y Convenios es una de las mejores fuentes de consulta para aprender principios correctos de liderazgo. Quizás la aplicación más importante de esa sección se refiera a los cónyuges y a los padres. Debemos guiar a nuestra familia “por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero” (véase D. y C. 121:41–42).

Ruego que el sueño de cada niño de tener aquí en la tierra una familia que sea buena con él se haga realidad.

De un discurso pronunciado por el élder Robbins en la conferencia general de la Iglesia de abril de 1998 (véase Liahona, julio de 1998, páginas 86–87).