El poder sanador del perdón

Matrimonio y Relaciones Familiares: Guía de estudio para el participante, 2000


Ideas para poner en práctica

De acuerdo con sus propias necesidades y circunstancias, siga una o ambas de las siguientes sugerencias:

  • Estudie los ejemplos del perdón que se encuentran en los siguientes pasajes de las Escrituras: Lucas 23:33–34; Hechos 7:58–60; 1 Nefi 7:8–21.

  • Póngase la meta de ser más dispuesto para perdonar y más digno del perdón de otros.

Asignación de lectura

Estudie el siguiente artículo. Si está casado, léalo y analícelo con su cónyuge.

“A vosotros os es requerido perdonar”

Presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia

El espíritu de perdón y la predisposición para amar y para tener compasión hacia aquellos que nos hieran constituyen la esencia misma del Evangelio de Jesucristo. Cada uno de nosotros necesita tener ese espíritu; el mundo entero lo necesita. Así lo enseñó el Señor; Él fue ejemplo de ello como ninguna otra persona lo ha sido.

Durante Su agonía en la cruz del calvario, rodeado de viles acusadores que lo despreciaban, y quienes lo habían arrojado a tan terrible crucifixión, el Salvador clamó: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

De ninguno de nosotros se espera que perdonemos tan generosamente, mas cada uno se encuentra bajo cierta obligación divina de extender perdón y miseri-cordia. El Señor ha declarado por medio de la revelación: “En la antigüedad mis discípulos buscaron motivo el uno contra el otro, y no se perdonaron unos a otros en su corazón; y por esta maldad fueron afligidos y disciplinados con severidad.

“Por tanto, os digo que debéis perdonaros los unos a los otros; pues el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado.

“Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres.

“Y debéis decir en vuestros corazones: Juzgue Dios entre tú y yo, y te premie de acuerdo con tus hechos” (D. y C. 64:8–11).

¡Cuánta necesidad tenemos de aplicar este principio divino, y aquel que lo acompaña: el arrepentimiento! Vemos esta necesidad en el hogar, en donde pequeños malos entendidos se transforman en grandes disputas. Es evidente entre vecinos, en donde insignificantes diferencias conducen a interminables muestras de desprecio. Lo vemos en el mundo de los negocios, que está plagado de aquellos que se niegan a claudicar y perdonar, cuando, en la mayoría de los casos, si hubiera existido la buena voluntad de conversar y de analizar las cosas con calma, bien se podrían haber evitado estas situaciones para provecho y bendición de todos, en vez de pasar los días alimentando rencores y planeando venganza.

En aquel primer año de la organización de la Iglesia, cuando el profeta José Smith fue repetidamente arrestado y llevado a juicio debido a las acusaciones falsas de aquellos que buscaban la manera de dañarlo, el Señor le dijo mediante una revelación: “Y a quien litigare contra ti, la ley lo maldecirá” (D. y C. 24:17). Eso mismo he visto en nuestra época entre algunos que vengativamente persisten en sus rencores. Aun entre algunos que ganan sus pleitos parece haber una cierta intranquilidad de conciencia; y aunque puedan ganar dinero, pierden algo mucho más precioso.

Evitar el rencor

El escritor francés, Guy de Maupassant, nos cuenta la historia de un labrador llamado Hauchecome, quien llegó hasta el poblado en un día de feria. Mientras caminaba por la plaza pública, vio un trozo de cuerda tirado sobre los guijarros. Lo recogió y lo guardó en su bolsillo. Todo esto lo observó el talabartero del poblado, con quien anteriormente había tenido una disputa.

Más tarde ese mismo día se denunció la pérdida de un monedero. Hauchecome fue arrestado debido a la acusación del talabartero. Compareció ante el alcalde de la ciudad, a quien trató de convencer de su inocencia mostrándole el trozo de cuerda que había recogido. Pese a ello, no le creyeron y se mofaron de él.

Al día siguiente encontraron el monedero, y Hauchecome fue absuelto y puesto en libertad. Mas, resentido por la indignidad que se le había hecho padecer a causa de una acusación falsa, se llenó de rencor y no olvidó. Sin el más mínimo interés en perdonar y olvidar, apenas pensaba o hablaba de otra cosa. Descuidó su granja. A todo lugar donde iba, a todas las personas que conocía, tenía que mencionar la injusticia que contra él se había cometido. Día y noche eso era lo único que ocupaba su mente. Obsesionado por la injusticia, enfermó gravemente y murió. En el delirio de su agonía no cesaba de decir: “Un trozo de cuerda, un trozo de cuerda” (The Works of Guy de Maupassant, sin fecha de publicación, páginas 34–38).

Cambiando los personajes y las circunstancias, muchas veces dicha historia bien podría aplicarse a nuestra época. Cuán difícil es para cualquiera de nosotros perdonar a aquellos que nos han hecho daño. Todos somos propensos a pensar siempre en el mal que otros nos hacen. Al así hacerlo, nos invade una gangrena destructiva. ¿Existe una virtud que necesitemos aplicar más en nuestra época que aquella de perdonar y olvidar? Hay quienes mirarían a esto como una señal de debilidad de carácter, pero, ¿es realmente así? Considero que no se requiere fortaleza ni inteligencia para anidar enojo a causa del mal padecido, para transitar por la vida con un espíritu de venganza, para desperdiciar nuestras habilidades planeando una represalia. No se puede encontrar la paz si se alimenta el rencor. No hay felicidad si se vive pendiente del día en que se puedan “ajustar las cuentas”.

Pablo se refiere a los “débiles y pobres rudimentos” de nuestras vidas (véase Gálatas 4:9). ¿Existe algo más débil o pobre que la disposición de desperdiciar nuestra vida en una constante e interminable cadena de intrigas y pensamientos amargos hacia aquellos que puedan habernos ofendido?

Joseph F. Smith presidió la Iglesia en una época de gran encono hacia los miembros de la Iglesia. Fue blanco constante de viles acusaciones, de un continuo bombardeo de críticas de parte de columnistas aun en su propia comunidad. Lo ridiculizaron de mil maneras y su imagen apareció en caricaturas. Mas escuchen su respuesta a aquellos que se burlaban de él: “No les molestéis, dejadles tranquilos. Otorgadles la libertad de decir lo que deseen. Dejadles que viertan su propia opinión y escriban su propia sentencia” (véase Doctrina del Evangelio, pág. 332). Con un invencible espíritu de perdón y una gran capacidad para olvidar, siguió ade-lante con la gran y positiva obra de guiar a la Iglesia hacia logros notables. Cuando murió, muchos de aquellos que lo habían ridiculizado escribieron acerca de él rindiéndole grandes tributos.

Recuerdo haber escuchado detenidamente a una pareja que me fue a visitar. Había enojo entre ambos. Sé que en una época su amor había sido profundo y verdadero; pero se habían acostumbrado a hablar de las faltas mutuas. No estando dispuestos a perdonar ni siquiera la clase de errores que todos cometemos, y sin el más mínimo interés en olvidarlos y vivir por encima de ellos con paciencia, se criticaron mutuamente hasta que el amor que un día se tuvieron se apagó. Se había convertido en cenizas por medio del decreto de un divorcio del cual supuestamente nadie tenía la culpa. Ahora sólo existe la soledad y la recriminación. No me cabe duda de que si hubiera habido una pequeña cuota de arrepentimiento y perdón, aún estarían juntos, disfrutando del compañerismo que otrora les había bendecido tan abundantemente.

La paz por medio del perdón

Si hubiera alguien que anidara en su corazón la ponzoña de la enemistad hacia otra persona, le ruego que pida al Señor la fuerza necesaria para perdonar. Ese deseo será la substancia misma del arrepentimiento. Tal vez no sea fácil, y no llegue en seguida, mas si buscan esto con sinceridad y lo cultivan, de seguro llegará. Y aun cuando aquel a quien perdonen continúe en sus sendas equivocadas, sabrán que han hecho lo posible por lograr una reconciliación. Su corazón se verá colmado de una paz que no se puede obtener de ninguna otra forma. Dicha paz será la paz de Aquel que dijo:

“Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre Celestial;

“mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mateo 6:14–15).

El hijo pródigo

En todo lo que jamás el hombre haya escrito no conozco un relato más hermoso que el que se encuentra en el decimoquinto capítulo de Lucas. Se trata de la historia de un hijo arrepentido y un padre clemente. Es la historia de un hijo que malgastó su legado en una vida desenfrenada, desechando el consejo de su padre, menospreciando a aquellos que lo amaban. Cuando hubo gastado todo, se encontró hambriento y sin amigos, y “volviendo en sí”, regresó a su padre, quien, al verlo a la distancia, “corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó” (véase Lucas 15:17, 20).

Les ruego que lean esta historia. Todo padre debe leerla una y otra vez. Su mensaje es lo suficientemente amplio para aplicarlo a todo hogar, y suficientemente más amplio que eso para aplicarlo a toda la huma-nidad, pues, ¿no somos acaso todos hijos e hijas pródigos que necesitamos arrepentirnos y participar del misericordioso perdón de nuestro Padre Celestial y entonces seguir Su ejemplo?

Su Hijo Amado, nuestro Redentor, nos ofrece perdón y misericordia, mas al hacerlo demanda arrepentimiento. Un verdadero y magnánimo espíritu de perdón se transformará en una expresión del requerido arrepentimiento. El Señor dijo, y cito de una revelación dada al profeta José:

“…así que, te mando que te arrepientas; arrepiéntete, no sea que te hiera con la vara de mi boca, y con mi enojo, y con mi ira, y sean tus padecimientos dolorosos; cuán dolorosos no lo sabes; cuán intensos no lo sabes; sí, cuán difíciles de aguantar no lo sabes.

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;

“mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;

“padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu…

“Aprende de mí y escucha mis palabras; camina en la mansedumbre de mi Espíritu, y en mí tendrás paz” (D. y C. 19:15–18, 23).

Ése es el mandamiento, y ésa es la promesa de quien en Su gran y ejemplar oración clamó: “Padre, …perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mateo 6:9, 12).

“Curemos… las heridas”

Las siguientes son las hermosas palabras que Abraham Lincoln pronunció con respecto a la tragedia de una terrible guerra civil: “Sin malicia hacia nadie, con un sentimiento de caridad hacia todos… curemos… las heridas” (en John Bartlett, Familiar Quotations, 1968, pág. 640).

Queridos hermanos y hermanas, curemos las heridas, las muchas heridas que han sido causadas por palabras punzantes, por rencores, por una maquinada sed de desquite hacia aquellos que nos han perjudicado. Todos tenemos una pequeña porción de este espíritu de venganza dentro de nosotros. Afortunadamente también todos tenemos el poder de vencerlo, si nos vestimos “como con un manto, con el vínculo de la caridad, que es el vínculo de la perfección y de la paz” (D. y C. 88:125).

“Errar es humano, perdonar es divino” (Alexander Pope, An Essay on Criticism, tomo II, pág. 1711). No existe paz en donde se refleja el dolor de viejas heridas. La paz está únicamente donde existe el arrepentimiento y el perdón. Me refiero a la dulce paz de Cristo quien dijo: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9).

Del ejemplar de junio de 1991 de la revista Liahona, páginas 3–6.