La administración de las finanzas de la familia

Matrimonio y Relaciones Familiares: Guía de estudio para el participante, 2000


Ideas para poner en práctica

De acuerdo con sus propias necesidades y circunstancias, siga una o ambas de las siguientes sugerencias:

  • Formule una lista de artículos que haya comprado recientemente. Escriba la letra N junto a cada artículo que necesitaba, y la letra Q junto a cada artículo que quería, pero que no necesitaba. Utilice esta lista para hacer una evaluación de sus hábitos de compra. Si está gastando demasiado dinero en cosas innecesarias, considere formas en que pueda usar el dinero de una manera más prudente.

  • Junto con su cónyuge, formulen un presupuesto para un cierto periodo de tiempo que se aproxima, quizás para una o dos semanas. Consideren utilizar la muestra que se encuentra en la página 32 como guía. Trabajen juntos para vivir dentro del presupuesto que hayan establecido.

Asignación de lectura

Estudie el siguiente artículo. Si está casado, léalo y analícelo con su cónyuge.

Los cinco principios de la estabilidad económica

Presidente N. Eldon Tanner
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Lo que hoy quisiera compartir con ustedes son mis observaciones sobre los principios constantes y funda-mentales que pueden traernos seguridad financiera y tranquilidad de conciencia bajo cualquier circunstancia económica.

“Mas buscad primeramente el reino de Dios”

Primeramente, quiero establecer una base y una perspectiva dentro de las cuales se puedan aplicar esos principios.

Un día, se me acercó uno de mis nietos y me dijo: “Te he estado observando, y también me he fijado en otros hombres que han tenido éxito en la vida, y estoy decidido a tratar de lograr lo mismo. Quisiera entrevistar a todas las personas que pueda, a fin de descubrir qué es lo que las ha llevado al éxito. Abuelo, de acuerdo con tu experiencia personal, ¿cuál dirías que es el elemento más importante para obtenerlo?”

Le dije entonces que el Señor nos dio la fórmula más segura para el éxito cuando dijo: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33).

Hay quienes nos afirmarán que muchos que no buscan primeramente el reino de Dios prosperan de todos modos; y esto es cierto. Pero al decir esas palabras, el Señor no nos prometía solamente riquezas materiales; y por experiencia propia les puedo asegurar que no es así. Como lo dijo Henrik Ibsen, el famoso escritor noruego: “El dinero quizás sea la cáscara de muchas cosas, pero no el grano. Puede brindarnos la comida, pero no el apetito; puede conseguirnos medicinas, pero no salud; puede atraernos conocidos, pero no comprar amigos; puede pagar sirvientes, pero no fidelidad; días de goces, pero no la paz ni la felicidad” (en The Forbes Scrapbook of Thoughts on the Business of Life, 1968, pág. 88).

Las bendiciones materiales son parte del Evangelio, si se consiguen en la forma apropiada y por razones justas. Me viene a la memoria una experiencia del élder Hugh B. Brown, cuando era un joven soldado durante la Primera Guerra Mundial. Un día fue a visitar a un amigo ya mayor, que estaba en el hospital; era multimillonario, tenía ochenta años y estaba al borde de la muerte. Ni su ex esposa, y ni siquiera uno de sus cinco hijos se preocuparon por él lo suficiente como para ir a visitarlo. Al pensar en lo que su amigo había perdido, cosas que el dinero no podía comprar, comprendió la trágica situación en que se encontraba y le preguntó qué haría si estuviera en condiciones de cambiar el curso de su vida para volver a vivirla.

El caballero, que unos días más tarde falleció, le respondió: “Al examinar mi vida, pienso que la posesión más valiosa e importante que pude haber tenido, pero que perdí en el proceso de acumular millones, fue la sencilla fe que mi madre tenía en Dios y en la inmortalidad del alma.

“…Me preguntas cuál es la posesión de más valor que se puede tener, y no tengo para responderte palabras mejores que las de un poeta”. Entonces le indicó al élder Brown que tomara un libro del portafolios y leyera un poema titulado “Soy un extraño”, que dice así:

Soy un extraño a la fe que mi madre me enseñó.

Soy un extraño al Dios que escuchaba sus súplicas y llanto.

Soy un extraño al consuelo de las oraciones que aprendí de niño,

A los brazos eternos que recibieron a mi padre cuando partió.

Cuando el gran mundo me llamó con sus señuelos, lo abandoné todo para seguirlo,

Sin notar jamás en mi ceguera que mi mano ya no estaba en la Suya.

Jamás soñé en mi aturdimiento que la fama es una gran burbuja, un vacío,

Que la riqueza del oro no es más que oropel. Mas ahora lo sé.

He pasado una vida buscando lo que luego desdeñé,

He luchado y recibido muchas recompensas.

Pero todo lo daría, fama y fortuna, y todos los placeres que las acompañan,

Si pudiera tener la fe que modeló el carácter de mi madre.

“Ése fue el testimonio de un hombre que había nacido en una familia de la Iglesia, pero se había apartado de ella; era el grito angustiado de un hombre solitario que tenía todo lo que el dinero puede comprar, pero que para lograrlo había perdido lo más importante de la vida” (Continuing the Quest, 1961, páginas 32–35; cursiva agregada).

En el Libro de Mormón se encuentra un importante consejo que nos dejó el profeta Jacob con respecto a ese tema:

“Pero antes de buscar riquezas, buscad el reino de Dios.

“Y después de haber logrado una esperanza en Cristo obtendréis riquezas, si las buscáis; y las buscaréis con el fin de hacer bien: para vestir al desnudo, alimentar al hambriento, libertar al cautivo y suministrar auxilio al enfermo y al afligido” (Jacob 2:18–19; cursiva agregada).

La base y la perspectiva son, entonces, las siguientes: debemos buscar primeramente el reino, trabajar, planificar los gastos y gastar sabiamente, prepararnos para el futuro, y utilizar las riquezas con que somos bendecidos para ayudar a edificar ese reino. Al dejarnos guiar por esta perspectiva eterna, y al edificar sobre este firme cimiento, podemos dedicarnos con confianza a las tareas diarias y a nuestro trabajo.

Dentro de este esquema, me gustaría explicar cinco principios de la estabilidad en la economía.

Pagar honestamente el diezmo

Constante número 1: Pagar honestamente el diezmo. A menudo me pregunto si nos damos cuenta de que pagar el diezmo no es hacer una donación a la Iglesia, sino cumplir con una deuda que tenemos con el Señor. Él es la fuente de todas nuestras bendiciones, incluso nuestra vida.

El pago del diezmo es un mandamiento que lleva aparejada una promesa; si lo obedecemos, se nos promete que “prosperar[emos] en la tierra”. Esta prosperidad consiste en algo más que bienes materiales; puede referirse a gozar de salud y de una mente alerta, a tener solidaridad familiar y progreso espiritual. Espero que si hay alguno de ustedes que no esté pagando el diezmo honestamente, procure encontrar la fe y la fortaleza para hacerlo. Al cumplir con esta obligación hacia nuestro Hacedor, encontramos una grande y maravillosa felicidad, una felicidad que sólo llegan a conocer aquellos que son fieles a este mandamiento.

Vivir con frugalidad

Constante número 2: Gastar menos de lo que se gana. He descubierto que no hay ninguna forma de conseguir jamás ganar más de lo que podemos gastar, y estoy convencido de que lo que nos brinda paz de conciencia no es la cantidad de dinero que ganemos, sino el tener control sobre lo que gastemos. El dinero puede ser un siervo obediente; pero también puede ser un exigente tirano. Aquellos que son capaces de planificar su nivel de vida a fin de tener siempre un pequeño sobrante tienen absoluto control de su situación; pero los que gastan más de lo que ganan son controlados por su situación; son como esclavos de ésta. El presidente Heber J. Grant dijo: “Si hay algo que puede traer paz y contentamiento, personales y familiares, es vivir dentro de los límites de nuestras entradas. Y si hay algo desalentador y que corroe el espíritu, es tener deudas y obligaciones que no podemos cumplir” (Gospel Standards, compilación de G. Homer Durham, 1941, pág. 111).

La clave para gastar menos de lo que ganamos es simple; se llama disciplina. Ya sea que lo aprendamos temprano o tarde en la vida, todos tenemos que aprender a disciplinarnos, a controlar nuestros apetitos y nuestras tentaciones económicas. Bendecido es aquel que aprende a controlar sus gastos y puede ahorrar para cuando lleguen tiempos difíciles.

Distinguir entre las necesidades y los caprichos

Constante número 3: Aprender a distinguir entre las necesidades y los caprichos. Los deseos del consumidor son resultado de la propaganda; el sistema de compe-tencia de la libre empresa produce artículos y servicios ilimitados a fin de estimularnos a adquirir más bienes materiales. No estoy criticando el sistema ni la disponibilidad de todas estas cosas, pero mi deseo es que nuestra gente utilice el buen criterio al hacer sus compras. Debemos aprender que el sacrificio es una parte esencial de nuestra disciplina eterna.

En este país y en varias otras naciones del mundo, ha habido y hay muchas oportunidades de trabajo para todo el que esté capacitado. Muchas personas nacidas después de la Segunda Guerra Mundial han conocido solamente la prosperidad; por ello, hay quienes están acostumbrados a la satisfacción instantánea de sus deseos. Lo que ayer era un lujo hoy se considera una necesidad.

Hay parejas jóvenes que esperan poder amueblar su casa y adquirir muchos artículos extras apenas se han casado, cosa que sus padres lograron obtener después de muchos años de luchar y sacrificarse. Al querer demasiadas cosas demasiado pronto, estas parejas sucumben a planes de créditos aparentemente fáciles, hundiéndose así en deudas; y el estar endeudados les impide cumplir con los planes preventivos que la Iglesia sugiere, como por ejemplo el de almacena-miento de alimentos.

La satisfacción de todos los deseos y la mala administración económica son un lastre para las relaciones matrimoniales. Gran parte de los conflictos maritales tienen su origen en problemas económicos; a veces se trata de que las entradas son insuficientes para mantener a la familia, y otras de que no se sabe cómo administrarlas.

Una vez, un joven padre fue a hablar con el obispo y le dijo algo que se oye muy frecuentemente: “Obispo, he recibido una buena capacitación como ingeniero y gano un buen sueldo. Durante todo el tiempo que estuve estudiando me enseñaron a ganar dinero, pero nadie jamás me enseñó a administrarlo”.

Reconocemos que es bueno que los estudiantes tomen clases para aprender todo lo referente al consumo; pero la primordial responsabilidad descansa en los padres. Éstos no pueden dejar al azar tan vital capacitación, ni transferir toda la responsabilidad a las universidades.

Una parte importante de ella es explicar los diferentes tipos de deudas; para la mayoría de nosotros existen dos clases: la deuda común y la deuda por inversiones o negocios. La deuda común es la que se contrae al comprar a crédito cosas de uso o consumo diario, como por ejemplo, ropa, artículos para el hogar, muebles, etc. Este tipo de deuda está respaldado por nuestras entradas futuras, y puede ser muy peligroso; si perdemos el trabajo o quedamos inhabilitados para trabajar, o nos encontramos en una situación de emergencia cual-quiera, podemos tener serias dificultades para cumplir con nuestras obligaciones económicas. Cuando pagamos en cuotas, estamos utilizando la forma más cara de compra, pues al precio de los artículos debemos agregar el alto interés que se nos cobra.

Comprendo que a veces ésa es la única forma en que un matrimonio joven puede satisfacer sus necesidades; pero queremos advertirles que no compren más de lo estrictamente necesario, y que paguen sus deudas a la brevedad posible. Cuando el dinero es escaso, traten de evitar la carga adicional de los intereses.

En cuanto a contraer deudas por inversiones o negocios, éstas deben tener un respaldo tal que no pongan en peligro la seguridad económica de la familia. No invirtieran en aventuras de especulación; esa forma de inversión puede convertirse en un vicio. Muchas son las fortunas que han desaparecido por causa del apetito incontrolable de acumular cada vez más riquezas. Podemos aprender de errores del pasado y evitar esclavizar nuestro tiempo, energías y salud a un apetito voraz por adquirir bienes materiales.

El presidente Spencer W. Kimball nos ha dado este consejo, digno de que lo meditemos profundamente:

“El Señor nos ha bendecido como pueblo con una prosperidad inigualada en la historia. Los recursos puestos a nuestra disposición son buenos y necesarios para nuestro trabajo aquí sobre la tierra. Pero, me temo que muchos de nosotros nos hemos apartado rebaños, manadas, tierras, graneros y toda clase de riquezas, habiendo comenzado a adorarles como a dioses falsos que cada vez ejercen un poder más firme y determinado sobre nosotros. ¿Poseemos acaso más bienes de los que nuestra fe puede soportar? Mucha es la gente que dedica la mayor parte de su tiempo labo-rando al servicio de su propia imagen, la que incluye suficiente dinero, acciones, inversiones, propiedades, créditos, mobiliario, automóviles y demás riquezas similares, que les garantizan la seguridad carnal a lo largo de lo que esperan será una vida larga y feliz. Se olvida así el hecho de que nuestra asignación es la de utilizar esa abundancia de recursos en nuestra familia y quórumes para desarrollar el reino de Dios…” (Liahona, agosto de 1977, pág. 3).

Como testimonio personal, quisiera agregar a las palabras del presidente Kimball lo siguiente: No conozco ningún caso en el que se hayan obtenido o aumentado la paz de conciencia y la felicidad por amasar una fortuna que sobrepase las necesidades y los deseos razonables de una familia.

Administrar sabiamente

Constante número 4: Organizar un presupuesto y vivir dentro de sus límites. Un amigo mío tiene una hija que viajó al extranjero con un grupo de estudiantes de la Universidad Brigham Young. La joven estaba constan-temente escribiéndole a su padre para pedirle dinero, y eso lo preocupó a tal punto que decidió llamarla por teléfono e inquirir sobre los gastos que le exigían tanto dinero extra. La hija le dijo: “Pero, papá, te puedo dar cuenta de cada centavo que he gastado”.

A eso él replicó: “No es eso lo que me interesa. Lo que deseo es que te hagas un presupuesto, un plan de gastos, no un diario donde registres adónde se ha ido el dinero”.

Quizás todos los padres debieran imitar el ejemplo del que, al recibir un telegrama de su hijo estudiante diciendo: “Sin plata, aburrimiento de fijo. Tu hijo”, le respondió con otro en el que le decía: “Gran pena da. Hijo aburrido estará. Papá”.

A través de los años, al entrevistar a mucha gente, he observado que hay muchas personas que no tienen un presupuesto de gastos, ni la disciplina necesaria para limitarse a tal; hay quienes piensan que el hacerlo les coarta su libertad; mas por el contrario, un presupuesto ayuda a obtener libertad económica.

No es necesario complicarse ni emplear demasiado tiempo para administrar bien el dinero. Se cuenta la historia de un inmigrante que ponía las cuentas que tenía que pagar en una caja de zapatos, y las que había pagado en un gancho, y guardaba el dinero en efectivo en una caja fuerte.

“No sé cómo puedes mantener el negocio en esta forma”, le dijo uno de sus hijos. “¿Cómo sabes si tienes o no ganancias?”

“Hijo”, le repuso el comerciante, “cuando bajé del barco, mi única posesión eran los pantalones que tenía puestos. Actualmente, tu hermano es médico y tú eres contador. Yo tengo auto, casa propia y un buen negocio, y no debo nada a nadie. Suma todo eso, réstale los pantalones que traje, y ahí tienes mi ganancia”.

Los consejeros en materia económica nos enseñan que en un buen presupuesto hay cuatro elementos: Primero, se debe proveer para las necesidades básicas como ropa, comida, etc.; segundo, para el pago del alquiler o cuota de la casa; tercero, para necesidades tales como seguro médico, medicinas y ahorros; y cuarto, para invertir sabiamente y tener almacena-miento de alimentos.

Quisiera hacer algunos comentarios sobre dos de esos elementos. En realidad, nada hay que sea tan seguro en nuestra vida como los acontecimientos inesperados. Con el costo de la atención médica constantemente en aumento, las sociedades médicas o seguros de salud son la única forma en que la mayoría de las familias pueden enfrentar gastos de accidentes, enfermedades y maternidad, y en este último caso, los nacimientos prematuros en particular. Cuando es posible tener un seguro de vida, esto proveerá para la familia en caso de que el padre muera inesperadamente. Toda familia debe hacer previsiones para tener seguro de vida y de salud adecuados.

Después de atender a estas necesidades básicas, debemos tratar de ahorrar mediante una adminis-tración frugal del dinero; y si es posible, invertirlo. He notado que muy pocas personas que no tengan el hábito de ahorrar tienen éxito en las inversiones; este hábito requiere disciplina y sentido común. Hay muchas maneras de invertir dinero; mi único consejo al respecto es que se debe elegir un buen asesor, que tenga un registro de inversiones limpio y de éxito.

Ser honesto

Constante número 5: Tener honestidad en todos los asuntos económicos. El ideal de la integridad jamás pasará de moda, y se aplica a todo lo que hacemos. Como líderes y miembros de la Iglesia debemos dar el ejemplo perfecto de integridad.

Mis hermanos, por medio de estos cinco principios he tratado de bosquejar lo que se podría llamar un modelo de administración económica.

Espero que cada uno de nosotros se beneficie con su aplicación. Les testifico que son verdaderos y que esta Iglesia y la obra en la cual estamos embarcados también son verdaderas.

De un discurso pronunciado por el presidente Tanner en la sesión general de bienestar de la conferencia general de la Iglesia de octubre de 1979 (véase Liahona, mayo de 1982, páginas 39–44)