La obediencia: La primera ley de los cielos

Preparación para la Exaltación, 1999


Objetivo

Ayudar a los miembros de la clase a entender que Dios nos da mandamientos porque nos ama y que nosotros tenemos que obedecerlos a raíz de nuestro amor por Él.

Preparación

  1. 1.

    Con espíritu de oración estudie 1 Samuel 9:17; 10:24; 13:13–14; 15:28; Lucas 22:41–44; Juan 6:38; 14:15, 21; Mosíah 2:41; 3 Nefi 11:11; Doctrina y Convenios 130:20–21; Moisés 1:39.

  2. 2.

    Materiales necesarios:

    1. a.

      La lámina “Jesús ora en Getsemaní” (lámina 4 de la sección de ilustraciones del manual; 62175; Las bellas artes del Evangelio 227).

    2. b.

      Los libros canónicos y un lápiz de marcar Escrituras para cada miembro de la clase. Continúe exhortándoles a que cada semana traigan sus propios libros canónicos a la clase.

Nota para el maestro: Todos le demostramos amor a nuestro Padre Celestial al obedecer Sus mandamientos. Es importante recordar que nuestro Padre Celestial nos ha dado mandamientos porque nos ama y quiere que seamos como Él y regresemos a Su presencia. Ayude a los miembros de la clase a entender que por guardar los mandamientos es que tenemos la posibilidad de recibir todas las bendiciones del plan de salvación.

Sugerencias para el desarrollo de la lección

La primera ley de los cielos

Análisis con la pizarra

Escriba en la pizarra La primera ley de los cielos y pregunte entonces a los miembros de la clase:

• ¿Cuál creen ustedes que es la primera ley de los cielos?

Anote en la pizarra sus respuestas. Reconozca sus pensamientos e ideas, aun si ninguno de ellos menciona la obediencia.

Después de que todos hayan tenido la oportunidad de responder, escriba en la pizarra la palabra obediencia o enciérrenla en un círculo si uno de ellos la ha mencionado.

• ¿Por qué, creen ustedes, es la obediencia la primera ley de los cielos?

Lea las siguientes palabras del élder Joseph B. Wirthlin, del Quórum de los Doce Apóstoles: “Las ventanas de los cielos se abren de par en par para los fieles y rectos; nada las cierra con más rapidez que la desobediencia…

“La obediencia diligente y constante a las leyes de Dios es la llave que abre las ventanas de los cielos. La obediencia hace posible que seamos receptivos a la disposición y voluntad del Señor. ‘…el Señor requiere el corazón y una mente bien dispuesta; y los de buena voluntad y los obedientes’ (D. y C. 64:34) son quienes reciben las bendiciones de la revelación por medio de las ventanas abiertas de los cielos” (véase “Las ventanas de luz y verdad”, Liahona, enero de 1996, pág. 87).

Explique a los miembros de la clase que cada bendición que recibimos se basa en nuestra obediencia (véase D. y C. 130:20–21; hágales notar que irrevocable significa que no se puede cancelar o anular, y que decretada significa que se ha establecido).

La obediencia a Dios y a Sus siervos escogidos

Relato y análisis de pasajes de las Escrituras

Indique a los miembros de la clase que les relatará dos historias, una ilustrando las consecuencias de la desobediencia y la otra los frutos de la obediencia.

Pida a los alumnos de la clase que lean y marquen los siguientes pasajes de las Escrituras acerca de Saúl, el primer rey de Israel: 1 Samuel 9:17; 10:24; 15:28.

• En poco tiempo, Saúl pasó de ser escogido por el Señor como rey a ser rechazado por el Señor como tal. ¿Qué piensan que debe haber sucedido para que Saúl cambiara de esa manera ante el Señor?

Permítales que contesten esa pregunta y pídales luego que lean y marquen 1 Samuel 13:13–14.

• ¿Cuál fue la razón principal para que el Señor rechazara a Saúl? (Su desobediencia al Señor y a Sus siervos.)

• En cuanto a Saúl, la desobediencia fue lo que determinó si continuaría siendo rey o no. ¿Qué efecto tiene la obediencia o la desobediencia en nuestra vida?

Relato y análisis

Explique a los miembros de la clase que la obediencia a Dios consiste en seguir el consejo de aquellos que han sido llamados por Él para guiarnos. Reláteles la siguiente historia que contó el presidente Gordon B. Hinckley, decimoquinto Presidente de la Iglesia:

“Muchos años atrás, mientras me encontraba cumpliendo una misión en Inglaterra, se me llamó para trabajar en la oficina de la Misión Europea, en Londres, bajo la dirección del presidente Joseph F. Merrill, del Consejo de los Doce y en aquel entonces presidente de la misión. Un día, tres o cuatro de los periódicos londinenses publicaron algunas críticas de la reimpresión de un libro antiguo, fraudulento y repugnante, en las que se decía que esa obra era una historia de los mormones. El presidente Merrill me dijo: ‘Quiero que vaya a ver al editor y proteste todo esto’. Yo lo miré y estuve a punto de decirle: ‘¿No estará hablando en serio?’, pero, sin embargo, con mansedumbre le repliqué: ‘Sí, señor’. “No voy a negarles que tenía miedo. Al dirigirme a mi habitación, sentí algo como lo que pienso ha de haber sentido Moisés cuando el Señor le pidió que fuera a ver a Faraón. Una vez allí, ofrecí una oración. Mi estómago era un nudo de nervios mientras caminaba hacia la estación de la calle Goodge para tomar el tren subterráneo que me llevaría a la calle Fleet. Encontré la oficina del presidente y le presenté mi tarjeta a la recepcionista, quien la miró y entró en la oficina adjunta volviendo inmediatamente para decirme que el señor Skeffington estaba demasiado ocupado para atenderme. Le respondí que había viajado más de ocho mil kilómetros y que esperaría. Durante la siguiente hora, ella hizo dos o tres viajes al despacho contiguo y por fin me invitó a pasar. Nunca olvidaré el cuadro que se me presentó a la vista. Él estaba fumando un gran [cigarro], con una mirada que parecía decirme: ‘No me molestes’.

“Yo llevaba en la mano las críticas. En realidad, no sé lo que dije después, ya que parecía que otro poder era el que hablaba por mi intermedio. Al principio, el editor adoptó una actitud defensiva y hasta hostil, pero luego empezó a razonar y terminó por prometer hacer algo al respecto. En menos de una hora se avisó a todas las librerías de Inglaterra que devolvieran al editor todos esos libros que tenían para la venta. Después, a un costo bastante considerable, hizo imprimir en la primera página del libro una aclaración que explicaba que ese libro no debía considerarse como historia sino como ficción, y que la intención de esa obra no era la de ofender al respetable pueblo mormón. Años más tarde, él concedió a la Iglesia otro gran favor de considerable valor, y todos los años, hasta la hora de su muerte, me envió una tarjeta durante las fiestas navideñas.

“Aprendí que cuando tratamos de obedecer con fe lo que nos pide hacer el sacerdocio, el Señor abre el camino, aun cuando a simple vista parezca imposible” (véase “Si quisiereis y oyereis”, Liahona, junio de 1995, pág. 6).

• ¿Por qué fue difícil para el joven élder Hinckley obedecer el consejo del presidente de la misión? ¿Por qué suele ser difícil que seamos obedientes?

• ¿Qué bendición recibió el élder Hinckley por su obediencia?

• ¿Qué consejos nos ha dado recientemente el Señor por medio de los líderes de Su Iglesia? ¿Cómo se nos bendice cuando seguimos el consejo de los líderes de nuestra Iglesia?

Dios nos da mandamientos porque quiere que volvamos a vivir en Su presencia

Análisis de pasajes de las Escrituras

Pida a los miembros de la clase que lean y marquen Moisés 1:39.

• ¿Cuál es la obra y gloria, o el propósito primordial de Dios?

Cuando los miembros de la clase respondan a esta pregunta, asegúrese de que entiendan el significado de los términos inmortalidad y vida eterna. La inmortalidad es la condición de vivir para siempre, sin volver a morirnos. La vida eterna es vivir para siempre en la presencia de Dios. Es el don reservado para aquellos que habrán de ser exaltados en el más alto grado del Reino Celestial (véase lección 8). • ¿Qué papel desempeña nuestra obediencia en la obra y gloria de nuestro Padre Celestial?

Haga notar que todos seremos resucitados y recibiremos la inmortalidad. Sin embargo, para poder recibir la vida eterna, tenemos que obedecer los mandamientos de nuestro Padre Celestial. Nuestro Padre Celestial nos da mandamientos porque nos ama y quiere que lleguemos a ser como Él y que vivamos en Su presencia para siempre.

Señale que otra razón por la que nuestro Padre Celestial nos da mandamientos es para ayudarnos a ser felices. Pida a los miembros de la clase que lean y marquen Mosíah 2:41.

• ¿En qué forma han comprobado que la obediencia a los mandamientos nos produce felicidad?

Si los miembros de la clase tienen dificultad en contestar esta pregunta, quizás podría ofrecerles usted algunos ejemplos, tales como cuando obedecemos el mandamiento de ayunar debidamente, podemos disfrutar de progreso espiritual; y cuando obedecemos el mandamiento de arrepentirnos, podemos ser perdonados y librados de la carga de la culpabilidad. Después de mencionarles estos ejemplos, concédales tiempo adicional para que piensen acerca de otros ejemplos.

A medida que analicen esta pregunta, podría indicarles que la obediencia a los mandamientos no es garantía de que nunca más experimentaremos dificultades o problemas. Sin embargo, aun cuando nos sentimos desilusionados o tristes con referencia a determinadas circunstancias en la vida, podemos ser felices en cuanto a nuestra vida en general debido a nuestra fe en Dios y a nuestra certeza de que Él está satisfecho con nuestros esfuerzos de serles obedientes.

Jesucristo nos ha dado un perfecto ejemplo de obediencia

Análisis de pasajes de las Escrituras

Explique a los miembros de la clase que nuestro Padre Celestial nos demostró Su gran amor cuando envió a Su Hijo para que expiara nuestros pecados. Al hacer lo que nuestro Padre Celestial quería que hiciera, Jesucristo estableció un perfecto ejemplo de completa obediencia. Pida a los miembros de la clase que lean y marquen Juan 6:38 (quizás convendría que les explicara que es Jesús quien está hablando en este versículo).

• ¿Por qué vino Jesús de los cielos a la tierra?

Muestre a los miembros de la clase la lámina “Jesús ora en Getsemaní” y pídales que lean y marquen Lucas 22:41–44.

• ¿Cómo demostró Jesús completa obediencia antes de sufrir por nuestros pecados y aflicciones en el Jardín de Getsemaní?

Explíqueles que Jesús pidió que se le librara del dolor que sabía que iba a padecer en el Jardín de Getsemaní. Sin embargo, supeditó Su voluntad personal a la voluntad del Padre Celestial y aceptó por voluntad propia la “amarga copa” que Su Padre le había dado (véase 3 Nefi 11:11).

• ¿En qué tipo de circunstancias podríamos nosotros tener la necesidad de decir: “Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”?

Obedecemos los mandamientos porque amamos a nuestro Padre Celestial y a Jesucristo

Análisis

• ¿Cuáles son algunas de las razones por las que la gente obedece los mandamientos?

Quizás desee usted escribir en la pizarra las respuestas de los miembros de la clase, las cuales podrían incluir:

Algunas personas obedecen porque:

  1. 1.

    Temen que se les castigue por su desobediencia.

  2. 2.

    Quieren recibir las recompensas de la obediencia.

  3. 3.

    Quieren que otros las vean y piensen que son personas justas.

  4. 4.

    Sienten paz y gozo cuando son obedientes.

  5. 5.

    Aman a nuestro Padre Celestial y a Jesucristo.

Pida a los miembros de la clase que lean y marquen Juan 14:15.

• ¿Por qué creen que el amor a nuestro Padre Celestial y a Jesucristo es una razón tan importante para obedecer los mandamientos?

La obediencia nos prepara para servir a Dios

Relato y análisis

Explique a los miembros de la clase que al ser obedientes nos preparamos mejor para servir a Dios y a nuestros semejantes. Comparta luego con ellos la siguiente historia relatada por el élder Richard G. Scott, del Quórum de los Doce Apóstoles:

“Dos misioneros… habían pasado un día muy ocupados en establecer una rama de la Iglesia en una aldea remota. Esa mañana, a las cinco y media, habían enseñado a una familia antes de que el padre se fuera a trabajar en el campo; más tarde, habían revocado las paredes de adobe de su casa para que no entraran los insectos dañinos. En esa semana habían hecho un pequeño piso de cemento y colgado una lata grande con agujeros para poder bañarse. Habían empezado una instalación de saneamiento y renovado la grava y la arena del filtro de agua y parte de ese día habían trabajado con los hombres en los campos a fin de poder después enseñarles. Estaban agotados y listos para un merecido descanso.

“Entonces se oyó un golpe apremiante en la puerta. Allí había una niña llorando; había corrido y estaba sin aliento. Se esforzaron por entender sus palabras que brotaban a borbotones en medio de los sollozos. Su padre se había lastimado la cabeza gravemente mientras iba montado en un asno, en la obscuridad, y ella sabía que moriría a menos que los élderes le salvaran la vida. Los hombres de la aldea lo llevaban para allí en ese momento. La niña les rogó por su padre y volvió junto a él. “Los jóvenes empezaron a vislumbrar lo serio de la situación. Estaban en una remota aldea donde no habían médicos ni clínicas, [y] tampoco teléfono. El único camino para salir de allí era una senda rústica por el lecho de un río, y ellos no tenían coche.

“La gente del valle les tenía confianza. Los misioneros no sabían nada de medicina, ni cómo curar una herida grave en la cabeza; pero conocían a alguien que lo sabía. Se arrodillaron a orar y explicaron el problema a su Padre Celestial, con la seguridad de que Él comprendería. Le suplicaron Su guía, sabiendo que no podrían salvar una vida sin Su ayuda.

“Entonces sintieron la impresión de limpiar y cerrar la herida y de dar al hombre una bendición. Pero uno de ellos preguntó: ‘¿Cómo aguantará el dolor? ¿Cómo le limpiaremos la herida y lo bendeciremos en medio de todo ese sufrimiento?’

“Se arrodillaron de nuevo y rogaron: ‘¡No tenemos medicinas ni anestesia! ¡Por favor, Padre, haznos saber qué hacer! ¡Por favor, bendícelo!’

“Al levantarse, llegaron los hombres con el herido. Aun a la tenue luz de la vela se dieron cuenta de que la lesión era muy grave; el sufrimiento era intenso. Al comenzar a limpiar la herida, sucedió algo extraño: el hombre se durmió. Con ansiedad, hicieron cuidadosamente la limpieza, cerraron la herida y le pusieron una venda improvisada. Al ponerle las manos sobre la cabeza para bendecirlo, él despertó pacíficamente. La oración había sido contestada; le habían salvado la vida. Con esto aumentó la confianza de la gente y la rama de la Iglesia creció en el lugar” (véase “Joven, confía en el Señor”, Liahona, julio de 1989, págs. 43–45).

• ¿Qué mandamientos obedecieron estos misioneros? (Las respuestas podrían incluir que sirvieron a otros, oraron para obtener ayuda y siguieron las indicaciones del Espíritu.) ¿Cómo les ayudó la obediencia en sus esfuerzos por recibir la guía del Señor? ¿Cómo influyó su obediencia en el éxito de su servicio misional?

• ¿Cuán diferente habría sido esta situación si los misioneros no hubieran sido obedientes?

Después de que los miembros de la clase hayan analizado esta preguntas, léales el comentario del élder Scott acerca de los misioneros:

“Los misioneros pudieron salvar aquella vida porque confiaron en el Señor; y supieron orar con fe para pedir ayuda en un problema que no podían resolver solos. Porque eran obedientes al Señor, Él confió en ellos y respondió a su oración. Y ellos habían aprendido a reconocer la respuesta, que les llegó como una serena inspiración del Espíritu. Tú tienes disponible esa misma ayuda si vives dignamente” (Íbid, pág. 45).

Señale que aunque nuestro Padre Celestial siempre escucha nuestras oraciones, estamos mejor preparados para recibir Sus respuestas cuando somos obedientes.

Testimonio

Diga a los miembros de la clase cómo usted se siente en cuanto al amor que nuestro Padre Celestial y Jesucristo sienten por nosotros. Expréseles su gratitud por los mandamientos y testifíqueles que nuestro Padre Celestial nos ha dado mandamientos para ayudarnos a alcanzar la vida eterna y la felicidad.

Exhórteles a demostrar su amor por nuestro Padre Celestial y por Jesucristo mediante la obediencia a Sus mandamientos.

Actividades complementarias

Quizás desee usted emplear una o varias de las siguientes actividades durante la lección.

  1. 1.

    Canten o lean las estrofas del himno “Amad a otros” (Himnos, Nº 203). Pida a los miembros de la clase que piensen en cuanto a cómo se aplican estas palabras al consejo del Señor que se encuentra en Juan 14:15.

  2. 2.

    Lea o reláteles con sus propias palabras la siguiente historia del presidente Wilford Woodruff, cuarto Presidente de la Iglesia:

    “Ahora les daré un ejemplo, de mi propia experiencia, del resultado de no obedecer la voz del Espíritu.

    “Hace algunos años, durante el mes de diciembre, con mi carromato y mi tiro de caballos visité una parte de mi familia que vivía en Randolph, Rich County [Utah].

    “Un lunes de mañana, mi guía, el Espíritu que me cuidaba, me dijo: ‘Toma tu tiro de caballos y regresa a Salt Lake City’.

    “Cuando se lo mencioné a mis familiares en Randolph, insistieron en que me quedara más tiempo.

    “Para complacerlos, me quedé hasta el sábado siguiente, aun cuando el Espíritu me impulsaba a regresar a mi hogar. Entonces empecé a sentirme avergonzado de no haber obedecido ante los susurros del Espíritu.

    “Preparé mis caballos y partí temprano ese mismo sábado de mañana. Al llegar a Woodruff, el obispo insistió en que me quedara allí hasta el lunes cuando él viajaría conmigo.

    “Le dije que no, que ya había estado fuera de mi hogar por mucho tiempo.

    “Continué viajando a gran velocidad y cuando me encontraba a 24 kilómetros de Wasatch, me enfrenté con una furiosa tormenta que despiadadamente me golpeaba el rostro.

    “A los quince minutos me fue imposible divisar el camino y no sabía cómo ni por dónde guiar a mis caballos.

    “Dejé las riendas sueltas y me introduje en el carromato, sujeté fuertemente el toldo de lona de mi carreta, y encomendé mi vida y mi guía en manos del Señor, confiando en que mis caballos encontrarían el camino, dado que ya habían pasado por allí dos veces.

    “Oré al Señor pidiéndole que perdonara mi pecado de no haber obedecido la voz del Espíritu, y le imploré que preservara mi vida.

    “Conducido por mis caballos, a las nueve de la noche llegué a la estación de ferrocarril de Wasatch; la nieve llegaba hasta los ejes de mi carreta. “Puse mis caballos bajo techo y debí quedarme allí hasta el siguiente lunes en la noche, cuando la nieve llegaba a casi dos metros de altura, y todavía seguía nevando.

    “Fue con mucha dificultad que salvé la vida de mis caballos al embarcarlos en un vagón de carga del ferrocarril y llevarlos hasta Ogden, mientras que si hubiera obedecido la voz del Espíritu de Dios, habría viajado hasta Salt Lake City sobre camino seco y sin tormenta.

    “Dado que he recibido lo bueno y lo malo, los frutos de la obediencia y los de la desobediencia, creo estar justificado para exhortar a todos mis jóvenes amigos a obedecer siempre los susurros del Espíritu de Dios, para poder estar siempre a salvo” (Leaves From My Journal, compilación por Preston Nibley [Salt Lake City; Stevens and Wallis, 1944], págs. 104–105).

  3. 4.

    Prepare copias del “Acertijo de la obediencia” que se encuentra en la página siguiente. Siendo que no habrá tiempo para que lo resuelvan durante la lección, dé una copia a cada miembro de la clase para que lo lleven a su casa y exhórteles a que lo resuelvan por sí mismos o con ayuda de los miembros de su familia durante la Noche de Hogar.