Capítulo 21: El poder de la amabilidad

Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: George Albert Smith, 2010


Al ser amables y pacientes, podemos ablandar corazones y animar a los demás a vivir con rectitud.

De la vida de George Albert Smith

George Albert Smith creía firmemente en el poder que tiene la amabilidad para ablandar corazones. Enseñó que debemos “afrontar nuestros problemas con un espíritu de amor y de amabilidad hacia todos”1. Su nieta relató cómo la bondad y consideración de él hacia los demás trajo paz a una tensa situación:

“Una calurosa tarde de verano hubo un problema que surgió bajo la calle cerca de la casa del abuelo en Salt Lake City, y algunos trabajadores de la ciudad habían ido a arreglarlo. Hacía mucho calor afuera, el sol brillaba implacablemente, y el trabajo que había que realizar era del tipo que se lleva a cabo con pico y pala, el cual hacía que el sudor corriera por los rostros y las espaldas de los hombres conforme cavaban la calle. Los trabajadores no cuidaban su lenguaje, o a lo mejor sus madres no les habían enseñado a hacerlo; sea como sea, estaban diciendo malas palabras y usando un lenguaje terrible. En poco tiempo, sus palabras llegaron a ser ofensivas para los muchos vecinos cuyas ventanas estaban abiertas a fin de dejar entrar cualquier brisa que pudiera ayudarlos a refrescarse.

“Alguien salió y pidió a los hombres que dejaran de usar lenguaje profano, y durante la conversación mencionaron que el hermano Smith vivía allí. ¿No podrían acaso mostrar un poco de respeto y guardar silencio? Con eso, los hombres recitaron otra letanía de malas palabras. En silencio, el abuelo preparó limonada, colocó vasos y una jarra sobre una bandeja y la llevó a los hombres, y les dijo: ‘Mis amigos, se ven sumamente cansados y acalorados. ¿Por qué no vienen y se sientan bajo mis árboles y toman algo refrescante?’. El enojo de los hombres desapareció y respondieron a la amabilidad mostrada con docilidad y agradecimiento. Después del agradable momento de descanso, regresaron a realizar su trabajo, el cual terminaron con esmero y en silencio”2. [Véase la sugerencia 1 en la página 242.]

Una de las razones por las que el presidente Smith trataba a las personas con esa amabilidad era su convicción de que en todas las personas hay una bondad innata. Pocas semanas antes de que el presidente Smith falleciera, el élder Matthew Cowley, miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, lo visitó en el hospital. “Me acerqué a su cama”, dijo él, “y extendió su mano y tomó la mía con fuerza y me dijo: ‘Muchacho, recuerda todos los días de tu vida que puedes encontrar algo bueno en todas las personas si tan sólo te esfuerzas por buscarlo’”.

El élder Cowley entonces dijo lo siguiente en cuanto al presidente Smith:

“Amaba a todos porque podía ver lo bueno que había en ellos. No podía considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia, pero amaba al pecador porque sabía que Dios es amor [véase 1 Juan 4:16], y que es el amor de Dios el que regenera el alma humana y que puede, durante ese proceso, transformar al pecador en santo.

“Quizá haya habido pecadores que confundieron su amor y pensaron que era respeto. No respetaba al pecador, pero sí lo amaba. Estoy seguro de que ese amor encontró respuesta en el corazón y en la vida de aquellos a quienes amó”3.

Las enseñanzas de George Albert Smith

El Espíritu del Señor es un espíritu de bondad, no de dureza ni de crítica.

Me entristece a veces escuchar las cosas poco amables que se dicen, no sólo en cuanto a las personas de nuestra Iglesia, sino en cuanto a las personas del mundo. Las palabras poco amables por lo general no se dicen bajo la inspiración del Señor. El Espíritu del Señor es un espíritu de amabilidad, de paciencia, de caridad, de amor, de tolerancia y de longanimidad; y no hay ninguno de nosotros que no necesite todas esas virtudes que son el resultado de poseer el Espíritu de nuestro Padre Celestial4.

Se debe ejercer toda influencia para que haya paz. Lucifer está ejerciendo todo medio disponible para destruir las almas de la familia humana. Está más activo de lo que jamás ha estado y trabaja de una manera muy insidiosa. No me tomaré el tiempo de enumerar las muchas formas que emplea, pero hay una forma en la que actúa y ha actuado desde el principio del mundo, la cual es tentar a una persona a destruir la reputación de otra al hablar mal de ella5.

Es tan fácil criticar a alguien más, es tan fácil hablar mal, y a veces hablamos con dureza de nuestros vecinos y amigos. Pero esto es lo que nuestro Padre Celestial nos ha dado…

“No juzguéis, para que no seáis juzgados.

“Porque con el juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida con que medís, se os volverá a medir.

“Y, ¿por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?

“O, ¿cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en tu propio ojo?” [Mateo 7:1–4].

Como pueblo, se nos ha aconsejado que no critiquemos, que no tratemos mal a los demás, que no hablemos con dureza de aquellos con quienes nos relacionamos. Deberíamos ser los mayores ejemplos en el mundo en ese sentido. Consideremos la crítica de la actualidad. Tomen un diario y vean las cosas poco amables que algunas personas están diciendo en cuanto a otras personas; y, sin embargo, en muchos casos la persona que está criticando tiene una viga en el ojo y no puede ver claramente, pero sí piensa que su hermano tiene una paja en el ojo6. [Véase la sugerencia 2 en las páginas 242–243.]

¿Acaso no tenemos la tendencia a ver las limitaciones y debilidades de nuestros vecinos? Sin embargo, eso va en contra de las enseñanzas del evangelio de Jesucristo. Hay una clase de personas que hablan mal y critican en una forma destructiva. Existe una diferencia en la crítica. Si podemos criticar de forma constructiva bajo la influencia del Espíritu del Señor, podemos cambiar de forma beneficiosa y apropiada algunas de las cosas que se estén haciendo, pero si tenemos el espíritu dispuesto a encontrar faltas, de señalar las debilidades y faltas de los demás en una manera destructiva, eso nunca es resultado de la compañía del Espíritu de nuestro Padre Celestial, y siempre es dañino7.

Debemos buscar las virtudes de los demás y elogiarlos sinceramente.

Me encuentro aquí esta noche para hablar de un hombre que hace varios años regresó al hogar… Me refiero a Francis M. Lyman [del Quórum de los Doce Apóstoles], y deseo comunicarles que ese gran hombre era tan tierno como un bebé, tan tierno como un niño pequeño, y su deseo de ayudar y animar era hermoso. Lo escuché elogiar a sus hermanos muchas veces cuando habían hecho algo digno de alabanza: uno había pronunciado un buen discurso, otro había dado un testimonio convincente, otro había hecho alguna otra cosa digna de alabanza. Lo he visto poner el brazo sobre sus hombros y decirles: “Estoy orgulloso de usted y de lo bueno que ha hecho”. ¿Acaso no es ésa una forma encomiable de vivir? Ésa es la forma de hacernos felices. Si, en vez de ser celosos, vemos y apreciamos y elogiamos las virtudes y habilidades de nuestros semejantes, si vemos el poder para bien que hay en [los demás], cuánto mejor será todo.

Muchos de nosotros vivimos en un ambiente en el que casi somos mudos en lo que respecta a elogiar a alguien más. Parece que somos incapaces de decir las cosas que podríamos decir… para bendecir a los demás. Busquemos las virtudes de nuestros colegas; observémoslos y hagámoslos felices al elogiarlos8.

Les ruego, mis hermanos y hermanas, que seamos generosos los unos con los otros. Seamos tan pacientes el uno con el otro como nos gustaría que los demás lo fueran con nosotros. Veamos las virtudes de nuestros vecinos y amigos y hablemos de dichas virtudes, no hablando mal ni criticando. Si lo hacemos, irradiaremos luz, y los que nos conocen mejor nos amarán9. [Véase la sugerencia 3 en la página 243.]

La amabilidad tiene el poder de alejar a las personas de sus errores.

Hay quienes cometerán errores. Hay entre nosotros personas que se han desviado, pero son hijos de nuestro Señor y Él los ama. Él nos ha dado a ustedes y a mí el derecho de ir a ellos con amabilidad y amor, y con paciencia y un deseo de bendecir; procuren apartarlos de los errores que están cometiendo. No tengo el derecho de juzgar a algunos de éstos que han cometido errores y que los siguen cometiendo, a menos que se me llame a hacerlo a causa de la autoridad que se me haya conferido, pero, si los veo hacer lo incorrecto, es mi privilegio hacerlos volver, de ser posible, al camino que lleva a la vida eterna en el reino celestial10.

No nos quejemos de nuestros amigos y vecinos porque no hacen lo que queremos que hagan. Más bien, amémoslos para que tengan el deseo de hacer las cosas que nuestro Padre Celestial quiere que hagan. Podemos hacerlo, y no nos podemos ganar su confianza ni su amor de ninguna otra manera11.

Qué gozo, qué consuelo, qué satisfacción pueden obtener nuestros vecinos y amigos en la vida por medio de la amabilidad. Cuánto me gustaría escribir esa palabra en letras mayúsculas y grabarla en el aire. La amabilidad es el poder que Dios nos ha dado para abrir los corazones duros, para conquistar las almas obstinadas y para llevarlas a una comprensión de Sus propósitos12. [Véase la sugerencia 4 en la página 243.]

El amor y la amabilidad en nuestros hogares pueden llevar a nuestros hijos a escuchar nuestros consejos.

Es nuestro deber —más bien debería decir que es nuestro privilegio y también nuestro deber— tomar suficiente tiempo para rodear a nuestros hijos con salvaguardas y para amarlos y ganarnos su amor de manera que les alegre escuchar nuestros consejos13.

Vivan de tal manera, con amor y amabilidad, que la paz, la oración y el espíritu de agradecimiento estén en su hogar juntos. No dejen que su casa sea sólo un lugar donde cuelguen su sombrero cada noche, y donde coman para después salir corriendo a otro lugar; más bien, permitan que su casa sea un lugar donde more el Espíritu del Señor14.

Es mi ruego que seamos llenos de ese espíritu que proviene [del Señor], el cual es el espíritu de amor, de bondad, de amabilidad, de paciencia y de tolerancia. Entonces, si conservamos ese espíritu con nosotros en nuestro hogar, nuestros hijos e hijas crecerán para llegar a ser lo que deseamos que lleguen a ser15.

Recuerdo que hace algunos años iba en un tren hacia el norte, donde vi sentada en el vagón del ferrocarril a una mujer que conocía… Me reconoció cuando iba pasando por el pasillo. Me habló y le pregunté: “¿A dónde va?”, a lo que respondió: “Voy a Portland, [Oregón]”. Yo sabía que su familia no tenía mucho dinero, y sabía que esa mujer era la madre de una familia grande de varones, por lo que le dije: “¿Qué la lleva a Portland?”. Ella dijo: “Tengo un hijo que está allí en el hospital”.

Yo no había escuchado que ninguno de sus hijos se hubiera mudado, así que le hice más preguntas. Ella entonces me abrió su corazón y dijo: “Mi hijo menor, hace unas semanas, se fue de casa y no nos dijo a dónde iba. No supimos nada de él, pero sin duda su plan era salir al mundo y verlo por sí mismo; la primera indicación que recibimos de su paradero fue cuando recibimos un telegrama del hospital Mercy, en Portland, que nos decía que nuestro hijo estaba enfermo en el hospital”. Continuó diciendo: “Por supuesto que el mensaje nos sorprendió mucho, pero sólo había una cosa que podíamos hacer: recaudar el dinero necesario e ir inmediatamente hasta donde estaba el muchacho”.

…Ella estaba preparada para ir sentada durante un largo trayecto, de día y de noche, sin resentimientos por la injusticia y la desconsideración de su hijo, pensando solamente en que él era de ella, que le pertenecía, que Dios se lo había dado, y que nuestro Padre Celestial esperaba que ella usara todo medio posible para enriquecer su vida y prepararlo para las oportunidades que le esperaban. Así que, durante las largas horas de la noche, conforme el tren viajaba con gran estruendo por los rieles, esa buena mujer permaneció allí sentada, añorando a su hijo, a medida que cada kilómetro que pasaba la acercaba un poco más a ese algo que la atraía y que le conmovía el corazón. Finalmente, cuando llegó, tan rápido como le fue posible, se dirigió hasta el hospital. Sucedió que el lugar donde yo me iba a quedar no estaba lejos del hospital, así que fui allá para ver lo que había ocurrido.

Allí se encontraba esa dulce madre sentada al lado de la cama de su hijo, que se había visto afectado por un fuerte ataque de pulmonía; y él estaba allí acostado, con mucho dolor. No lo estaba regañando porque no había sido considerado con ella; no tenía resentimiento por su desconsideración ni por su despreocupación; simplemente estaba agradecida por poder estar con su hijo que Dios le había dado. En ese momento, procuraba atender a ese hijo por quien había entrado en sociedad con su Padre Celestial, para traerlo al mundo, hasta que se repusiera. Él, por cierto, tenía unos dieciséis años, pero para ella seguía siendo su bebé. Ella trataba de animarlo, diciéndole cosas que lo pondrían feliz y contento, hablándole de las oportunidades que tendría cuando se recuperara. En lugar de la aflicción y la angustia que llenaban ese cuarto antes de que ella entrara en él, había un aura perfecta de luz, de paz y de felicidad sobre el semblante de ese joven a medida que veía el rostro de la persona que había ofrecido su vida para que él pudiera existir, y que en esa ocasión había viajado una larga distancia para sentarse a su lado y atenderlo hasta que se recuperara.

Me pregunto a veces si esas madres se dan cuenta de lo maravillosas que son ante los ojos de sus hijos en un caso como ése. Ese joven había resuelto antes de que su madre hubiera estado allí muchos minutos que nunca más le sería desleal, nunca más haría caso omiso de lo que le había dado, sino que decidió que el nombre que se le había dado con honor lo mantendría con honor por el resto de su vida16. [Véase la sugerencia 5 en la página 243.]

Ruego que el amor del evangelio de nuestro Señor arda en nuestra alma y enriquezca nuestra vida, que haga que los esposos sean más amables con sus esposas, y que las esposas sean más amables con sus esposos, los padres con los hijos y los hijos con los padres a causa del evangelio de Jesucristo, que es un evangelio de amor y de amabilidad17.

Sugerencias para el estudio y la enseñanza

Considere estas ideas al estudiar el capítulo o al prepararse para enseñarlo. Si necesita más ayuda, consulte las páginas V–VIII.

  1. 1.

    Lea el relato de cuando George Albert Smith preparó limonada para los cansados trabajadores (página 235). ¿Cuándo han visto que un acto de amabilidad haya ablandado el corazón de alguien? ¿Cuáles son algunos de los problemas que usted piensa que se podrían resolver con “un espíritu de amor y de amabilidad hacia todos”?

  2. 2.

    El presidente Smith enseñó que “deberíamos ser los mayores ejemplos en el mundo” en cuanto a evitar las críticas severas (página 238). ¿Cuáles son algunas de las situaciones en las que podemos dar un ejemplo de este tipo? En su opinión, ¿por qué las críticas severas y el hablar mal de los demás es tan dañino?

  3. 3.

    En las páginas 238–239, el presidente Smith habla de que el élder Francis M. Lyman elogiaba a sus hermanos. ¿De qué manera le ha afectado el que alguien lo elogie sinceramente? Dedique un momento para pensar en alguien a quien deba elogiar.

  4. 4.

    El presidente Smith enseñó que la “amabilidad es el poder que Dios nos ha dado para abrir los corazones duros” (página 239). ¿Qué relatos de las Escrituras recuerda que ilustren este principio? (Para ver algunos ejemplos, véanse Mateo 9:10–13; Alma 20:1–27.)

  5. 5.

    Repase el relato de la madre que visitó a su hijo en el hospital (páginas 240–242). Cuando un hijo se descarría, ¿por qué es a veces difícil reaccionar de la manera en que la madre del relato reaccionó? Medite con espíritu de oración en cuanto a cómo un espíritu de amabilidad y paciencia podría mejorar la relación con los integrantes de su familia.

Pasajes de las Escrituras que se relacionan con el tema: Proverbios 15:1; Mateo 18:15; Juan 8:2–11; Efesios 4:29–32; 3 Nefi 12:22–24; Doctrina y Convenios 121:41–46.

Ayuda para la enseñanza: Los análisis en grupos pequeños brindan “a un gran número de personas la oportunidad de participar en una lección. Las personas que por lo general vacilan en participar probablemente compartan en un pequeño grupo algunas ideas que no expresarían frente a un grupo más numeroso” (La enseñanza: el llamamiento más importante, pág. 206).

Mostrar referencias

    Notas

  1.   1.

    En Conference Report, abril de 1941, pág. 28.

  2.   2.

    Martha Stewart Hatch, en Susan Arrington Madsen, The Lord Needed a Prophet, 1990, págs. 130–131.

  3.   3.

    Matthew Cowley, en Conference Report, abril de 1951, págs. 166–167.

  4.   4.

    En Conference Report, abril de 1937, pág. 34.

  5.   5.

    “To the Relief Society”, Relief Society Magazine, diciembre de 1932, pág. 704.

  6.   6.

    En Conference Report, octubre de 1949, págs. 168–169.

  7.   7.

    En Conference Report, octubre de 1934, pág. 50.

  8.   8.

    “To the Relief Society”, pág. 707.

  9.   9.

    En Conference Report, octubre de 1934, pág. 50.

  10.   10.

    En Conference Report, abril de 1937, pág. 34.

  11.   11.

    En Conference Report, octubre de 1945, pág. 174.

  12.   12.

    “To the Relief Society”, pág. 709.

  13.   13.

    En Conference Report, abril de 1929, pág. 33.

  14.   14.

    En Conference Report, abril de 1948, pág. 183.

  15.   15.

    En Conference Report, octubre de 1950, pág. 9.

  16.   16.

    En Deseret News, 15 de mayo de 1926, sección cuatro, pág. 6.

  17.   17.

    En Conference Report, octubre de 1948, pág. 167.