Capítulo 24: Vivir con rectitud en tiempos peligrosos

Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: George Albert Smith, 2010


Mediante nuestra fidelidad al Evangelio, podemos sentirnos resguardados de los peligros de nuestra época y ser una influencia positiva en el mundo.

De la vida de George Albert Smith

El servicio que prestó George Albert Smith como Autoridad General se extendió por un período que abarcó casi toda la primera mitad del siglo XX. Durante ese tiempo, el mundo fue testigo de muchos acontecimientos devastadores y tumultuosos, incluso la Gran Depresión y dos guerras mundiales. Esas calamidades, junto con lo que él consideraba ser un declive moral general en la sociedad, llevaron al presidente Smith a decir en más de una ocasión: “El mundo se encuentra en estado crítico”1. Reconocía en algunos acontecimientos del mundo el cumplimiento de profecías en cuanto a los últimos días, y estaba convencido de que la única esperanza para que hubiera paz en el mundo era la obediencia a las leyes de Dios. En plena Primera Guerra Mundial, advirtió: “La guerra no cesará y los conflictos de este mundo no llegarán a su fin hasta que los hijos de los hombres se arrepientan de sus pecados y se vuelvan a Dios y le sirvan y guarden Sus mandamientos”2.

En medio de esos tiempos difíciles, el presidente Smith se dio cuenta de que muchas personas se habían desanimado. Declaró: “He tenido el privilegio de estar en distintas partes de [los Estados Unidos] y es difícil encontrar personas que no sean extremadamente pesimistas a causa de condiciones sobre las que no tienen control alguno”3. Mientras que reconocía que las guerras, los desastres naturales y el peligro espiritual forman parte de la vida en estos últimos días, el presidente Smith les enseñó a los santos que podían evitar gran parte de la angustia de esos tiempos peligrosos al vivir el Evangelio y resistir la tentación.

También encontró optimismo en su creencia de que los Santos de los Últimos Días rectos podían tener una poderosa influencia en el mundo que los rodea. Enseñó que los santos no se deben limitar solamente a aceptar la condición del mundo, sino que deben permanecer activos en sus comunidades y esforzarse por hacer que se haga sentir su influencia, a pesar de la oposición que pudieran enfrentar. “Todos tenemos la obligación de hacer de este mundo un lugar más feliz por haber vivido en él”, dijo4.

La hermana Belle S. Spafford, Presidenta General de la Sociedad de Socorro, relató una experiencia en la que el presidente Smith le enseñó ese principio. Al poco tiempo de haber sido llamada a su puesto, a la hermana Spafford se le notificó en cuanto a una reunión que el National Council of Women [Consejo Nacional de la Mujer] iba a llevar a cabo en la ciudad de Nueva York. La Sociedad de Socorro había sido miembro de dicho consejo durante muchos años, pero hacía poco, varios miembros del consejo se habían comportado en forma hostil hacia la Iglesia y habían avergonzado a las delegadas que habían asistido a sus reuniones. Debido a eso, la hermana Spafford y sus consejeras pensaban que la Sociedad de Socorro debía poner fin a su condición de miembros del consejo, y redactaron una recomendación en la que expresaban su punto de vista. La hermana Spafford más adelante relató:

“Con previa cita, una mañana fui sola a ver al presidente George Albert Smith, y llevé la recomendación, junto con una lista de las razones por las que estábamos haciendo la recomendación. El presidente leyó atentamente el material mecanografiado y luego preguntó: ‘¿No es ésta la organización a la que las hermanas se unieron antes del final del siglo?’.

“Le dije: ‘Sí, señor’.

“Él dijo: ‘¿Y ahora lo que quiere hacer es dar fin a esa condición de miembro?’.

“Le dije: ‘Sí, señor’, y después continué: ‘Presidente Smith, no obtenemos ningún beneficio por ser parte del consejo’.

“El presidente me miró con una expresión de sorpresa y dijo: ‘Hermana Spafford, ¿siempre piensa usted en lo que va a recibir? ¿No cree que también es importante pensar en lo que puede aportar? Pienso’, continuó, ‘que las mujeres mormonas tienen algo que contribuir a las mujeres del mundo, y que también tienen algo que aprender de ellas. En vez de poner fin a su condición de miembro, le sugiero que tome a varias de las hermanas más capaces que son miembros de la mesa directiva y que vayan a la reunión’.

“Luego dijo con énfasis: ‘Hagan sentir su influencia’”5.

La hermana Spafford obedeció su consejo y más tarde la nombraron para ocupar puestos de liderazgo en el National Council of Women [Consejo Nacional de la Mujer], y con el tiempo fue elegida como su presidenta. [Véase la sugerencia 1 en la página 278.]

Las enseñanzas de George Albert Smith

Se han predicho graves dificultades para los últimos días.

Se nos ha dicho que en los últimos días surgirán graves dificultades… No sólo se nos ha advertido en las Escrituras que se dieron en la época del Salvador y antes de ella, y en las que se dieron después, sino que en nuestro propio tiempo el Señor ha hablado y las revelaciones de nuestro Padre Celestial se encuentran en Doctrina y Convenios. Si leemos esas revelaciones, aprenderemos que las experiencias por las que estamos pasando fueron predichas…

…La prensa de cada día nos informa de desastres en todas partes —las tempestades del mar y la pérdida de vidas a causa de ellas, terremotos, grandes tornados, como los que se nos ha dicho que ocurrirán en los últimos días— y me parece a mí, hermanos y hermanas, que si los hombres piensan con seriedad, si leen las Escrituras, deben saber que los acontecimientos que el Señor dijo que tendrían lugar en los últimos días están ocurriendo. La higuera ciertamente se está llenando de hojas [véase José Smith—Mateo 1:38–39], y los que son contemplativos deben saber que el verano se acerca, que esas cosas que el Señor ha predicho que precederán Su segunda venida se están verificando6.

Todavía no estamos a salvo. A este mundo le espera una limpieza general, a menos que los hijos y las hijas de nuestro Padre Celestial se arrepientan de sus pecados y se vuelvan a Él. Y eso significa que los Santos de los Últimos Días, o los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, junto con todas las demás personas, pero nosotros, primero que nadie, deberíamos estar dando el ejemplo7. [Véase la sugerencia 2 en la página 278.]

El único camino que conduce a la paz es el evangelio de Jesucristo.

Existe un solo remedio para la aflicción universal, una panacea para la enfermedad del mundo, y es el evangelio de Jesucristo; la ley perfecta de la vida y la libertad que ha sido restaurada nuevamente para cumplir lo que dicen las Escrituras8.

“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo” (Juan 14:27).

Éstas son palabras tranquilizadoras que el Príncipe de Paz dice a Sus fieles seguidores. Sin duda no hay ninguna cosa que los hombres necesiten más que las bendiciones de paz y de felicidad y de corazones libres del temor, las cuales se nos ofrecen [a] todos si tan sólo participamos de ellas.

Cuando el Evangelio se restauró en la tierra, en esta dispensación, el Señor repitió lo que ha dicho tantas veces en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, que el precio de la paz y de la felicidad es la rectitud. A pesar de ese conocimiento, hay muchos que parecen pensar que podemos obtener la felicidad de alguna otra manera, pero todos ya deberíamos saber que no hay ninguna otra forma. Y, sin embargo, mediante su sutil astucia, Satanás ha persuadido a la mayoría de la humanidad a que deje de caminar por la senda que les asegurará la felicidad; y todavía está muy ocupado. El adversario de la rectitud nunca duerme.

Pero si seguimos las enseñanzas del Señor, si nos volvemos a Él y nos arrepentimos del pecado, si andamos haciendo el bien, obtendremos la paz, la felicidad y la prosperidad. Si los seres humanos se aman entre sí, el odio y la falta de bondad que han prevalecido en el mundo, se disiparán9.

En estos días de incertidumbre, en los que los hombres corren de una parte a otra buscando algún nuevo plan por medio del cual puedan traer paz al mundo, sepan esto: que la única manera de obtener paz en este mundo es el sendero del evangelio de Jesucristo nuestro Señor. No hay ninguna otra… El poseer el conocimiento de la verdad vale toda la riqueza del mundo, el saber que vamos por el camino seguro cuando seguimos el sendero del deber según lo ha definido nuestro Padre Celestial, y el saber que podemos continuar allí, si así lo deseamos, a pesar de las influencias y los alicientes que nos puedan ofrecer aquellos que no han sido nombrados nuestros líderes, es una bendición que no tiene precio10.

Vivimos en una época en la que el pasaje de las Escrituras se está cumpliendo entre las naciones, en el cual el Señor dijo mediante uno de sus profetas: “…perecerá la sabiduría de sus sabios, y se desvanecerá la prudencia de sus prudentes” (Isaías 29:14). Con toda la sabiduría del mundo, ningún grupo hasta ahora ha podido indicar el camino hacia la paz con la seguridad de que ésa es la senda. Somos… afortunados por saber que hay una sola manera de obtener la paz que produce resultados, y esa manera es guardar los mandamientos de Dios, tal como se han revelado a los hijos de los hombres en la antigüedad y en la actualidad. Si siguiéramos esa senda, todos los problemas que son tan graves en el mundo se podrían resolver, y habría paz en esta desdichada tierra11.

Aunque el mundo esté lleno de angustia, los cielos se oscurezcan, los relámpagos atraviesen el firmamento y la tierra tiemble desde su mismo centro, si sabemos que Dios vive y si nuestra vida es recta, seremos felices y tendremos paz indescriptible porque sabremos que el Padre aprueba nuestra vida12. [Véase la sugerencia 3 de la página 278.]

Si hacemos lo que el Señor nos ha pedido que hagamos, no debemos temer.

Si hacemos lo que el Señor nos ha pedido que hagamos, no debemos temer. Éste es Su mundo; todos los hombres y las mujeres están sujetos a Él; todos los poderes del mal serán controlados para beneficio de Su pueblo, si le honran y guardan Sus mandamientos13.

Si gozamos de la confianza de nuestro Padre Celestial, si tenemos Su amor, si somos dignos de Sus bendiciones, todos los ejércitos del mundo no podrán destruirnos, derribar nuestra fe ni vencer a la Iglesia que lleva el nombre del Hijo de Dios.

Lean en el capítulo diecinueve de 2 Reyes la forma en que Senaquerib, el rey asirio, procuró derrocar a Jerusalén. Ezequías, el rey que representaba a Israel rogó suplicando al Señor que los liberara, mientras que Senaquerib se burló de él, diciendo: “No pienses que las oraciones a tu Dios te pueden ayudar. En todo lugar al que he ido y conquistado, habían estado orando. Están indefensos”, y a la mañana siguiente, una gran parte del ejército asirio estaba muerto sobre el suelo, y el Señor había preservado a Jerusalén [véase 2 Reyes 19:10–20, 35]. Él es nuestra fortaleza… el Padre de ustedes y el mío, el Padre de todos; si tan sólo somos dignos, Él nos protegerá tal como protegió a los hijos de Helamán [véase Alma 57:24–27], y como protegió a Daniel de los leones [véase Daniel 6], y a los tres hijos hebreos del horno ardiente [véase Daniel 3], y a seiscientos mil de los descendientes de Abraham cuando los sacó de Egipto bajo el liderazgo de Moisés y ahogó al ejército de Faraón en el Mar Rojo [véase Éxodo 14:21–30]. Él es el Dios de este universo; Él es el Padre de todos nosotros; Él es omnipotente y nos promete protección si vivimos de tal manera que seamos dignos de ella14.

No importa si el cielo está cubierto de amenazantes nubes, no importa si suenan los tambores de guerra, no importa qué condiciones haya en el mundo, aquí en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, mientras honremos y guardemos los mandamientos de Dios, estaremos protegidos en contra de los poderes del mal, y los hombres y las mujeres, si guardan los mandamientos de nuestro Padre Celestial, podrán vivir sobre la tierra con honor y gloria hasta el fin de su vida15. [Véase la sugerencia 4 en la página 278.]

Nuestro hogar puede ser un lugar pacífico y santo, incluso en medio de las calamidades.

Me parece que con la aflicción que existe por todas partes, con la predicción que el Señor hizo en la primera sección de Doctrina y Convenios de que “la paz será quitada de la tierra” [D. y C. 1:35], quizá sintamos que ese tiempo ya llegó. Sin duda, debemos evaluarnos y nuestros hogares deben ser lugares de constante oración, gratitud y acción de gracias. Los esposos deben ser amables con sus esposas, y ellas deben ser consideradas con sus esposos. Los padres deben conservar el amor de sus hijos conforme vivan una vida de rectitud. Nuestras casas entonces no sólo serán lugares de constante oración y acción de gracias, sino el lugar donde nuestro Padre pueda otorgar Sus más selectas bendiciones, debido a nuestra dignidad16.

Es mi ruego que nuestros hogares sean santificados por medio de la rectitud de nuestra vida, que el adversario no tenga poder para venir y destruir a los hijos de nuestros hogares o a los que moren bajo nuestro techo. Si honramos a Dios y guardamos Sus mandamientos, nuestros hogares serán sagrados, el adversario no tendrá ninguna influencia y viviremos con felicidad y paz hasta la escena final de la vida terrenal y cuando vayamos a recibir nuestra recompensa en la inmortalidad17.

Ajusten su vida a las enseñanzas del evangelio de Jesucristo y, cuando las calamidades los amenacen, sentirán el apoyo de Su brazo omnipotente. Hagan de sus hogares un lugar donde siempre more el Espíritu del Señor; que sean lugares santos donde el adversario no pueda ir; escuchen la voz suave y apacible que los induce a las obras de rectitud. Es mi oración para cada uno de ustedes que no se desvíen del camino que lleva al conocimiento y al poder de Dios, la herencia de los fieles, sí, la vida eterna18.

Ruego que en nuestro corazón y en nuestros hogares permanezca ese espíritu de amor, de paciencia, de bondad, de caridad, de amabilidad que enriquece nuestra vida y que hace que el mundo sea mejor y más brillante a causa de ello19. [Véase la sugerencia 5 en la página 279.]

Podemos ser una influencia positiva en el mundo.

Les ruego… que sean como anclas en la comunidad en la que vivan, de manera que los demás se sientan atraídos a ustedes y se sientan seguros. Dejen que su luz alumbre de tal manera que los demás, al ver sus buenas obras, tengan el deseo en el corazón de ser como ustedes20.

Es nuestro deber dar el ejemplo; es nuestro deber sostener en alto el estandarte de la verdad. Es nuestro deber animar a los otros hijos de nuestro Padre a escuchar Su consejo y ajustar las cosas respectivamente de manera que, dondequiera que estemos, encontremos el Espíritu de Dios ardiendo en nuestra alma, y nuestra influencia será para bien21.

El Señor no ha requerido algo imposible. Por el contrario, nos ha dado mandamientos y consejos que a todos nos es posible seguir en esta época en la que vivimos…

…Hermanos y hermanas, debemos ser fieles. La tierra en la que vivimos debería ser santificada por nuestras vidas de rectitud… Lo único que tenemos que hacer es arrepentirnos de nuestros pecados, volvernos del error de nuestras vías, limpiar nuestras vidas de las impurezas y entonces andar haciendo el bien. No se requiere que se nos aparte para ese propósito. Todo hombre, mujer y niño de la Iglesia de Jesucristo puede andar haciendo el bien y recibir la bendición que resulta de ello. [Véase la sugerencia 6 en la página 279.]

…Pongamos manos a la obra que Él nos ha confiado, seamos una bendición para los hijos de nuestro Padre dondequiera que se encuentren y nuestra vida se enriquecerá y este mundo llegará a ser más feliz. Ésa es la misión que se ha puesto sobre nuestros hombros. Nuestro Padre Celestial nos tendrá por responsables de la manera en que cumplamos con ella. Que Dios conceda que en la humildad de nuestra alma andemos con el deseo en el corazón de hacer el bien a todas las personas, dondequiera que se encuentren, y llevarles el gozo que sólo se puede obtener cuando observamos Sus leyes y guardamos Sus mandamientos. Que la paz permanezca en nuestro corazón y en nuestros hogares, que irradiemos luz y alegría a dondequiera que vayamos, que demostremos al mundo que sí sabemos que Dios vive, por la vida que vivimos, y que por ello recibamos Sus bendiciones, es mi humilde ruego22.

Sugerencias para el estudio y la enseñanza

Considere estas ideas al estudiar el capítulo o al prepararse para enseñarlo. Si necesita más ayuda, consulte las páginas V–VIII.

  1. 1.

    Lea la historia de cuando Belle S. Spafford recibió consejo del presidente Smith (páginas 271–272). ¿De qué formas puede hacer “sentir su influencia”?

  2. 2.

    En la primera sección de las enseñanzas (página 272), el presidente Smith habla de las dificultades que se ha predicho que precederán la Segunda Venida (véase también 2 Timoteo 3:1–7; D. y C. 45:26–35). ¿Por qué cree usted que es importante saber que esas dificultades fueron predichas en las Escrituras?

  3. 3.

    Repase la sección que comienza en la página 273. ¿Cuáles son algunos de los problemas del mundo que se podrían resolver mediante la obediencia al evangelio restaurado de Jesucristo? ¿De qué forma el Evangelio ha traído paz a su vida personal, a su familia y a su relación con los demás?

  4. 4.

    En la página 275, el presidente Smith da ejemplos de las Escrituras en los que el Señor protegió a Su pueblo. ¿De qué maneras los ha protegido a usted y a su familia? ¿En qué forma la obediencia nos ayuda a vencer el temor?

  5. 5.

    ¿Cuáles son algunos de los peligros que amenazan la seguridad espiritual de nuestros hogares en la actualidad? ¿Qué podemos hacer para que nuestros hogares sean “lugares santos a donde el adversario no pueda ir”? (Para obtener algunas ideas, repase la sección que comienza en la página 275.)

  6. 6.

    Lea los párrafos primero y cuarto de la sección que empieza en la página 277. ¿De qué manera son los Santos de los Últimos Días como “anclas” en sus comunidades? ¿Por qué el “limpiar nuestras vidas de las impurezas” nos hace más capaces para “andar haciendo el bien”? Considere con espíritu de oración lo que usted debe hacer para limpiar su propia vida de las impurezas.

Pasajes de las Escrituras que se relacionan con el tema: Isaías 54:13–17; Mateo 5:13–16; Juan 16:33; 2 Nefi 14:5–6; Doctrina y Convenios 87:6–8; 97:24–25; José Smith—Mateo 1:22–23, 29–30.

Ayuda para la enseñanza: Considere invitar a los integrantes de la clase a leer los encabezamientos de “Las enseñanzas de George Albert Smith” y a elegir una sección que sea importante para ellos o para su familia. Invítelos a estudiar las enseñanzas del presidente Smith de esa sección, incluso cualquier pregunta correspondiente al final del capítulo, y luego pídales que compartan lo que hayan aprendido.

Mostrar las referencias

    Notas

  1.   1.

    En Conference Report, abril de 1948, pág. 162.

  2.   2.

    En Conference Report, abril de 1918, pág. 41.

  3.   3.

    En Conference Report, abril de 1932, pág. 41.

  4.   4.

    “Some Thoughts on War, and Sorrow, and Peace”, Improvement Era, septiembre de 1945, pág. 501.

  5.   5.

    Belle S. Spafford, A Woman’s Reach, 1974, págs. 96–97.

  6.   6.

    En Conference Report, abril de 1932, págs. 42–44.

  7.   7.

    En Conference Report, octubre de 1946, pág. 153.

  8.   8.

    “New Year’s Greeting”, Millennial Star, 1 de enero de 1920, pág. 2.

  9.   9.

    “At This Season”, Improvement Era, diciembre de 1949, pág. 801.

  10.   10.

    En Conference Report, octubre de 1937, pág. 53.

  11.   11.

    En Conference Report, abril de 1946, pág. 4.

  12.   12.

    En Conference Report, octubre de 1915, pág. 28.

  13.   13.

    En Conference Report, abril de 1942, pág. 15.

  14.   14.

    En Conference Report, abril de 1943, pág. 92.

  15.   15.

    En Conference Report, abril de 1942, pág. 15.

  16.   16.

    En Conference Report, abril de 1941, pág. 27.

  17.   17.

    En Conference Report, octubre de 1946, pág. 8.

  18.   18.

    “New Year’s Greeting”, Millennial Star, 6 de enero de 1921, pág. 3.

  19.   19.

    En Conference Report, octubre de 1946, pág. 7.

  20.   20.

    En Conference Report, octubre de 1945, págs. 117–118.

  21.   21.

    En Conference Report, octubre de 1947, pág. 166.

  22.   22.

    En Conference Report, abril de 1932, págs. 43–45.