6: El verdadero maestro es el Espíritu

"6: El verdadero maestro es el Espíritu," Parte B: Principios básicos de la enseñanza del Evangelio—Enseñe mediante el Espíritu, ()


El efecto del Espíritu Santo en la persona que escucha la palabra de Dios es “el poder de Dios para convencer a los hombres” (D. y C. 11:21). El presidente Joseph Fielding Smith enseñó:

“El Espíritu de Dios hablándole al espíritu del hombre tiene el poder de impartir la verdad con mayor efecto y entendimiento que el que se puede aplicar cuando la verdad es impartida por medio del contacto personal aun con seres celestiales. Por medio del Espíritu Santo la verdad es entretejida en la misma fibra y tendones del cuerpo de manera que no puede ser olvidada” (Doctrina de Salvación, compilación de Bruce R. McConkie, 3 tomos [1995], 1:45).

“Cuando un hombre habla por el poder del Santo Espíritu, el poder del Espíritu Santo lo lleva al corazón de los hijos de los hombres” (2 Nefi 33:1). Ningún maestro terrenal, no importa cuán competente sea o cuánta experiencia tenga, puede ofrecer las bendiciones del testimonio y la conversión a otra persona. Ésa es la función del Espíritu Santo. La gente llega a saber que el Evangelio es verdadero mediante el poder del Espíritu Santo (véase Moroni 10:5; D. y C. 50:13–14).

La función del Espíritu en la enseñanza del Evangelio

Cuando enseñamos el Evangelio, debemos reconocer con humildad que el verdadero maestro es el Espíritu Santo. Nuestro privilegio consiste en servir como instrumentos por medio de los cuales el Espíritu Santo pueda enseñar, testificar, consolar e inspirar. Por tanto, debemos llegar a ser dignos de recibir el Espíritu (véase “Procure el Espíritu”, pág. 13). Debemos orar en procura de la guía del Espíritu a medida que preparamos y enseñamos las lecciones(véase “Cómo reconocer y seguir el Espíritu al enseñar”, págs. 51–52). Debemos hacer todo lo posible para crear un ambiente en el que aquellos a quienes enseñamos puedan sentir la influencia del Espíritu (véase“Cómo invitar al Espíritu al enseñar”, págs. 49–50).

El élder Gene R. Cook, de los Setenta, dio este consejo: “¿Quién habrá de enseñar? El Consolador. Asegúrese de no pensar que usted es ‘el verdadero maestro’. Tal es un error muy serio… Asegúrese de no interferir. El papel principal de un maestro es preparar el camino para que la gente pueda tener una experiencia espiritual con el Señor. Usted es sólo un instrumento, no el maestro. Es el Señor el que sabe cuáles son las necesidades de aquellos a quienes usted enseña. Él es quien puede influir en el corazón de la persona y lograr que cambie” (tomado de un discurso ante instructores de religión, 1º de septiembre de 1989).

El servir con humildad como instrumentos en las manos del Señor

A veces quizás nos tiente la idea de pensar que la gente se acercará más al Señor gracias solamente a nuestro esfuerzo personal. Quizás supongamos que es nuestra persuasión lo que les convierte a la verdad. O probablemente imaginemos que nuestra elocuencia y nuestro conocimiento de un principio particular del Evangelio inspirará y edificará a una persona. Si empezamos a creer en esto, estaremos “interfiriendo” con el poder convincente del Espíritu Santo. Debemos recordar que el Señor nos ha dado el mandamiento de “[declarar] gozosas nuevas… con toda humildad, confiando en[Él]” (D. y C. 19:29–30).

Al prepararse espiritualmente y reconocer al Señor en sus enseñanzas, usted se convertirá en un instrumento en Sus manos. El Espíritu Santo magnificará sus palabras con gran poder.

El élder Richard G. Scott, del Quórum de los Doce, enseñó con las siguientes palabras cuál es la diferencia entre la persona humilde que permite que el Espíritu Santo enseñe y la persona orgullosa que confía en su propia fortaleza:

“Hace algunos años tuve en México y Centroamérica una asignación similar a la de un Presidente de Área…

“Cierto domingo… asistí a una reunión de sacerdocio de una rama en la que un humilde líder mexicano del sacerdocio se esforzaba por comunicar las verdades del Evangelio. Era evidente que [el Evangelio] lo había afectado profundamente. Percibí que tenía un intenso deseo de comunicar tales principios. Él reconocía que eran de gran valor para aquellos hermanos que amaba. Leía del manual de lecciones y sin embargo su presentación manifestaba su amor puro por el Salvador y por aquellos a quienes enseñaba. Ese amor, esa sinceridad y pureza de propósito permitían que la influencia del Espíritu Santo cubriera el salón mismo…

“Posteriormente, visité una clase de la Escuela Dominical en el barrio al que asistía con mi familia. Un erudito profesor universitario presentó la lección. Tal experiencia fue un notable contraste con la que disfruté en la reunión de sacerdocio de la rama. Me pareció que el instructor había escogido deliberadamente algunas referencias indefinidas y ejemplos inusitados para desarrollar el tema que se le había asignado: la vida de José Smith. Tuve la sensación de que él estaba aprovechando la oportunidad para impresionar a la clase con su amplio conocimiento… No parecía estar dedicándose a comunicar los principios como aquel humilde líder del sacerdocio…

“…La humildad del líder mexicano del sacerdocio era el requisito para que fuera utilizado como un instrumento para la comunicación espiritual de la verdad” (Helping Others to Be Spiritually Led [discurso ante instructores de religión, 11 de agosto de 1998], págs. 10–12).

Información adicional

Para mayor información sobre cómo enseñar por medio del Espíritu, véase la lección 3 del curso Enseñanza del Evangelio (págs. 226–230).