3: Las madres en función de maestras

"3: Las madres en función de maestras," Parte D: La enseñanza en el hogar—La enseñanza dentro del vínculo familiar, ()


La Primera Presidencia y el Quórum de los Doce han declarado que “la responsabilidad primordial de la madre es criar a los hijos” (“La Familia: Una proclamación para el mundo”, Liahona, junio de 1996, págs. 10–11). Tal crianza incluye enseñarles los principios del Evangelio.

El presidente Ezra Taft Benson recordó con amor las enseñanzas de su madre:

“Recuerdo una ocasión cuando, siendo niño, volvía del campo y me acercaba a nuestra vieja casa de campo en Whitney, Idaho, y podía escuchar a mi madre cantar [el himno] ‘¿En el mundo he hecho bien?’ [Himnos, Nº 141].

“Todavía la puedo recordar claramente con las gruesas gotas de sudor que le corrían por la frente, inclinada sobre la tabla de planchar con el suelo alrededor del sitio donde planchaba cubierto de papeles limpios, planchando largos lienzos blancos. Cuando le pregunté qué estaba haciendo, ella me dijo: ‘Éstos son los mantos del templo, hijo mío. Tu padre y yo vamos a ir al Templo de Logan’.

“En seguida, puso sobre la cocina de leña la vieja plancha de hierro, acercó una silla a la mía y me habló de la obra del templo; de cuán importante es poder ir al templo y participar en las sagradas ordenanzas que allí se llevan a cabo. También expresó su ferviente anhelo de que algún día sus hijos y sus nietos y sus biznietos tuvieran la oportunidad de recibir esas bendiciones de valor incalculable” (véase “Lo que espero que enseñéis a vuestros hijos acerca del templo”, Liahona, abril de 1986, pág. 2).

Con respecto a la importancia de que las madres enseñen el Evangelio a sus hijos, el presidente Benson dijo: “Madres, ustedes son las mejores maestras de sus hijos…

Enséñenles el Evangelio en su propio hogar, junto a ustedes. Ésta es la enseñanza más eficaz que recibirán. Ésta es la manera de enseñar del Señor. La Iglesia no puede enseñarles como ustedes. La escuela no puede hacerlo. Las guarderías infantiles no pueden hacerlo. Pero ustedes sí, y el Señor las apoyará. Sus hijos recordarán para siempre lo que ustedes les enseñen, y cuando lleguen a mayores no se apartarán de ello. Y les llamarán bienaventuradas, sus verdaderas madres angelicales” (véase A las madres en Sión [folleto, 1987]).

Como madre, usted puede enseñar de muchas maneras. Algunas veces podría planear oportunidades para enseñar, pero muchas de estas oportunidades suelen suceder espontáneamente en el transcurso ordinario de la vida (véase “Momentos oportunos para enseñar en la vida familiar”, págs.158–160). Algunas veces usted enseña por medio del ejemplo y otras mediante el precepto. A veces enseña estableciendo modelos de vida basados en el Evangelio y en otras ocasiones sólo necesita prestarles atención y demostrarles su amor por ellos. El presidente Benson ofreció 10 sugerencias que pueden ayudarle a enseñar a sus hijos. Cada una de ellas destaca el dedicarles tiempo:

“Dediquen el tiempo que sea necesario para ayudar siempre a sus hijos… ya sea que tengan seis o dieciséis años de edad…

“…Dediquen el tiempo que sea necesario para cultivar con ellos una amistad…

“…Dediquen el tiempo que sea necesario para leerles algo a sus hijos…

“…Dediquen el tiempo que sea necesario para orar con sus hijos…

“…Dediquen el tiempo que sea necesario para realizar una significativa noche de hogar todas las semanas… Hagan de ello una de sus grandes tradiciones familiares…

“…Dediquen el tiempo que sea necesario para estar juntos a la hora de comer tan frecuentemente como sea posible…

“…Dediquen el tiempo que sea necesario para leer las Escrituras en familia…

“…Dediquen el tiempo que sea necesario para tener actividades como familia…

“…Dediquen el tiempo que sea necesario para enseñar a sus hijos. Aprovechen toda oportunidad para ello…

“…Dediquen el tiempo que sea necesario para amar verdaderamente a sus hijos. El amor genuino de una madre es lo que más se asemeja al amor de Cristo” (véase A las madres en Sión).

Las responsabilidades de las madres pueden parecer agobiadoras. Es importante recordar que el Señor no espera que las madres sean perfectas o que observen como ideal normas irrealizables para la economía doméstica. No obstante, Él espera que reconozcan y honren su divina función y que con toda humildad hagan el mejor esfuerzo posible.

El élder Jeffrey R. Holland ha dicho a las madres miembros de la Iglesia: “De ustedes es la grandiosa tradición de Eva, la madre de toda la familia humana… Suya es la grandiosa tradición de Sara, de Rebeca y de Raquel. Sin ellas no hubieran existido esas extraordinarias promesas patriarcales dadas a Abraham, Isaac y Jacob que nos bendicen a todos. También la grandiosa tradición de Loida y Eunice y de las madres de los dos mil jóvenes guerreros, y la extraordinaria tradición de María, quien fuera elegida y preordenada desde antes que el mundo fuese para concebir, llevar en su vientre y dar a luz al Hijo del mismo Dios, les pertenece. A todas ustedes les damos las gracias, incluso a nuestras propias madres, y les decimos que no hay nada más importante en este mundo que el participar tan directamente en la obra y la gloria de Dios al brindar la mortalidad y la vida terrenal a Sus hijos, para que la inmortalidad y la vida eterna puedan lograrse en los reinos celestiales” (véase“Porque ella es madre”, Liahona, julio de 1997, pág. 40).

El presidente Gordon B. Hinckley se refirió a la gran bendición de la maternidad diciendo:

“Comprenda toda madre que no posee mayor bendición que los hijos que ha recibido como don del Todopoderoso; que no tiene misión mayor que la de criarlos en la luz y en la verdad, con comprensión y amor…

“Recuerdo a las madres de todas partes la santidad de su llamamiento. Nadie más puede ocupar adecuadamente el lugar de ustedes. Ninguna responsabilidad es mayor, ninguna obligación es más apremiante que la de criar con amor, con paz y con integridad a los hijos que han traído al mundo” (“Instruye al niño en su camino…”, Liahona, enero de 1994, págs. 69, 70).