Capítulo 7: La inmortalidad del alma

Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: George Albert Smith, 2010


Nuestra vida es eterna. Dicho conocimiento nos permite tomar decisiones correctas y nos consuela en los momentos de tristeza.

De la vida de George Albert Smith

George Albert Smith fue bendecido con una firme comprensión del propósito de la vida, y ello le permitió animar a otras personas cuando enfrentaban adversidades. Con frecuencia les recordaba a los santos que “estamos viviendo vidas eternas” y que la eternidad no comienza después de esta vida, sino que la mortalidad es parte crucial de la eternidad. “A veces les he dicho a mis amigos, cuando me parecía que estaban en una encrucijada y sin saber en qué dirección encaminarse, ‘Para usted, hoy es el comienzo de la felicidad eterna o de la desilusión eterna’”1.

El presidente Smith testificó de estas verdades en los servicios fúnebres de Hyrum G. Smith, Patriarca de la Iglesia, que falleció a una edad relativamente temprana, dejando atrás a su esposa y ocho hijos:

“Desde que se me pidió que discursara en este funeral, sentí que tal vez no podría hacerlo. Me he sentido muy conmovido e incapaz de controlar mis emociones, pero desde que entré en este edificio, embargó mi alma una dulce y hermosa influencia de paz…

“En lugar de lamentarme, siento el deseo de dar gracias a nuestro Padre Celestial por el evangelio de Su Amado Hijo, el cual se ha revelado de nuevo en nuestros días… El saber que la vida es eterna es una bendición maravillosa; el saber que a través de la eternidad las bendiciones por las que ha vivido ese buen hombre serán suyas. Su vida mortal ha concluido, pero ésta es sólo una parte de la vida eterna. Él ha establecido un cimiento profundo y seguro, sobre el cual ha construido y seguirá construyendo por toda la eternidad. El gozo que experimentó aquí en la tierra será incrementado…

“En ocasiones como ésta, al pensar en las experiencias de la gente del mundo, me maravillo por la forma en que hemos sido bendecidos. No tengo ninguna duda con respecto a la vida eterna y la inmortalidad del alma, así como no tengo duda de que el sol brilla a mediodía… Es triste separarnos de nuestros seres queridos, aunque sólo sea temporalmente. Cuando los enviamos a misiones o cuando se van a vivir a otras partes del mundo, los extrañamos, pero en ocasiones como éstas, parece que están más distantes; sin embargo, la realidad es que no lo están, si tan sólo entendiéramos… En lugar de ofrecer nuestro pésame a los que están de luto, siento más deseos de regocijarme este día por saber que éste no es el final…

“…Entonces hoy, estando aquí ante ustedes, cuando quizá debería derramar lágrimas, mi alma está llena de consuelo y satisfacción. Ruego que ese consuelo esté en la vida de cada uno de los que están de luto”2. [Véase la sugerencia 1 en la página 80.]

Las enseñanzas de George Albert Smith

Antes de venir a esta tierra vivíamos como espíritus, los cuales seguirán viviendo después de que muramos.

Nuestra comprensión de esta vida es que es eterna, que ahora vivimos en la eternidad del mismo modo que lo haremos en el futuro. Creemos que ya vivíamos antes de venir aquí, y que la inteligencia y el espíritu no tuvieron sus comienzos en esta vida. Creemos que antes de venir a este mundo recibimos un tabernáculo o cuerpo espiritual, el cual fue enviado a este mundo, y aquí recibió un tabernáculo físico, o sea, el cuerpo que vemos. La porción física que vemos es de la tierra, es terrenal [véase 1 Corintios 15:47], pero la porción que sale del cuerpo cuando se apaga la vida es espiritual y nunca muere. El tabernáculo físico yace en la tumba –-es parte de la tierra y regresa a la madre tierra–- pero la inteligencia que Dios ha colocado en él, aquello que tiene el poder para razonar y para pensar, que tiene el poder para cantar y hablar, no conoce la muerte; simplemente pasa de esta esfera de la vida eterna y espera allí la purificación del tabernáculo físico, hasta el momento de reunirse con ese tabernáculo, el cual será glorificado, así como el cuerpo de nuestro Señor resucitado fue glorificado, si hemos vivido dignos de ello3.

En las palabras del poeta, “¡La existencia es real toda la eternidad!” y “No es el sepulcro su meta final” [Henry Wadsworth Longfellow, “A Psalm of Life”]. El espíritu que habita el tabernáculo es inmortal; vive más allá del sepulcro. El cuerpo se descompone y regresa a la tierra, pero el espíritu sigue viviendo4.

Estoy agradecido porque se nos ha revelado y explicado en estos últimos días que esta vida no es el final, sino que es una parte de la eternidad, y que si aprovechamos nuestros privilegios aquí, es solamente un peldaño para alcanzar condiciones mayores y más deseables5. [Véase la sugerencia 2 en la página 80.]

Nuestro propósito aquí en la tierra es prepararnos para vivir con nuestro Padre Celestial.

Algunos creen que cuando pasamos de esta esfera de existencia es el final. Me parece increíble –-cuando observamos las obras de la naturaleza, cuando investigamos el organismo del hombre, la perfección de su cuerpo, el latido de su corazón, el crecimiento y el fortalecimiento desde la niñez hasta la madurez, y después el declive gradual hasta que termina esta vida–- que sea posible que alguno de los hijos de nuestro Padre crea que los seres humanos han nacido en el mundo sólo para vivir hasta alcanzar la edad adulta, pasar a la vejez y morir, sin que el haber vivido aquí tuviera un propósito6.

Esta vida no se nos da como pasatiempo. Nuestra creación, la vida que Dios nos dio, tiene un propósito solemne. Estudiemos ese propósito para que progresemos y obtengamos la vida eterna7.

En la mente de un Santo de los Últimos Días no cabe duda del propósito de nuestra vida terrenal. Estamos aquí para prepararnos y desarrollarnos y hacernos merecedores de morar en la presencia de nuestro Padre Celestial8.

Creemos que estamos aquí porque guardamos nuestro primer estado y nos ganamos el privilegio de venir a esta tierra. Creemos que nuestra existencia en sí es una recompensa por ser fieles antes de venir aquí, y que en la tierra disfrutamos de los frutos de nuestro esfuerzo en el mundo de los espíritus. También creemos que hoy sembramos la semilla de una cosecha que segaremos cuando nos vayamos de aquí. Para nosotros, la vida eterna es la suma de la existencia premortal, la existencia actual y la continuación de la vida en inmortalidad, ofreciéndonos el poder de tener progreso y crecimiento sin fin. Con ese sentir y esa certeza, creemos que “Como el hombre es ahora, Dios fue una vez; como Dios es ahora, el hombre puede llegar a ser” [véase Lorenzo Snow, “The Grand Destiny of Man”, Deseret Evening News, 20 de julio de 1901, pág. 22]. Por haber sido creados a la imagen de Dios, creemos que no es inapropiado ni malo que tengamos la esperanza de que se nos permita participar de los atributos de Dios y, si somos fieles, llegar a ser como Él; porque, al recibir y obedecer las leyes naturales de nuestro Padre que gobiernan esta vida, llegamos a ser más semejantes a Él; y al aprovechar las oportunidades que tenemos a nuestro alcance, nos preparamos para recibir mayores oportunidades en esta vida y en la venidera…

Qué felices debemos ser como pueblo por el conocimiento que tenemos de que esta probación no es para prepararnos para morir, sino para vivir; que lo que el Padre desea para nosotros es que evitemos todo error y recibamos toda verdad y que, al aplicar la verdad en nuestra vida, lleguemos a ser más semejantes a Él y seamos dignos de morar con Él9.

Hermanos y hermanas, éste es un asunto serio y debemos reflexionar en él con seriedad. Debemos analizar nuestra propia vida y descubrir si estamos preparados para esa gran vida futura si se nos llamara allá mañana, si estaríamos preparados para dar cuentas de nuestros hechos terrenales; si sentimos que recibiríamos de nuestro Padre Celestial la aclamación de bienvenida “Bien, buen siervo y fiel”10. [Véase la sugerencia 3 en la página 80.]

Durante esta vida debemos aspirar a aquellas cosas de valor eterno.

Es posible que en esta vida se nos den algunas cosas que nos den satisfacción temporal; pero las cosas que son eternas, que “valen la pena”, son las cosas eternas que procuramos, que nos preparamos para recibir y que obtenemos mediante nuestro esfuerzo individual11.

Es algo excepcional el que las cosas por las que el mundo se ha esforzado desde el principio –-riquezas, poder, todas las cosas que hacen que los hombres estén más cómodos–- se obtengan en abundancia el día de hoy: más y mejor ropa que nunca antes, más alimentos de los que pueden consumirse, más riquezas de todo tipo que las que el mundo jamás haya tenido. Nuestros hogares son más cómodos. Las comodidades de la vida se han multiplicado maravillosamente desde que el Evangelio vino a la tierra, y hoy tenemos todo aquello por lo cual nos hemos esforzado. La preparación académica está en su punto más elevado. Los hombres poseen más conocimiento de las cosas de esta tierra que en cualquier otro momento. Hoy tenemos sobre la tierra todas las cosas por las cuales se ha esforzado el género humano desde el principio y, a pesar de eso, existen dudas y temor acerca de lo que nos depara el futuro.

¿Cuál es nuestro problema? Es que hemos procurado las comodidades físicas, hemos procurado los honores de los hombres y hemos buscado las cosas que el egoísmo pone en nuestra alma. Hemos procurado establecernos y nos hemos preferido a nosotros mismos por encima de los otros hijos de nuestro Padre12.

No seamos adormecidos ni engañados por la abundancia de las cosas buenas de este mundo; porque ¿qué aprovechará al hombre si gana todo el mundo y pierde su alma? [Véase Marcos 8:36.] No pasemos por alto la medida de nuestra creación, sino trabajemos por lograr la salvación de nuestra alma13.

Una de las cosas tristes de la vida es sepultar a un hombre o a una mujer en la Madre tierra comprendiendo que esa persona rechazó las bendiciones mayores que nuestro Padre le ofreció, y que siguió aferrándose a la burbuja que ya desapareció. Cuando pienso en los millones de hijos de Dios que hay en el mundo, y me doy cuenta del poco esfuerzo que hacen por lograr las cosas que realmente valen la pena, me siento triste14.

Recuerden que lo eterno es la inteligencia que adquieren, la verdad que aprenden aquí y que aplican en su vida, el conocimiento y la experiencia que obtienen y que aprovechan; todo eso se lo llevarán cuando regresen al hogar15.

Los tesoros que hallemos cuando vayamos al otro lado serán los que hayamos acumulado allí al ministrar a los hijos y las hijas de nuestro Padre, con los cuales nos hayamos relacionado aquí. Él lo ha hecho posible para todos nosotros, y durante nuestra estancia aquí seremos más felices al servir a nuestros semejantes que lo que podríamos ser de cualquier otra forma16.

Lo importante no es cuántos objetos de valor tengan, cuántas propiedades posean, cuántos honores de los hombres adquieran, ni todas esas cosas que son tan deseables en el mundo. Lo que Dios les ha dado que es de mayor valor que todo lo demás es la oportunidad de obtener la vida eterna en el reino celestial y de tener como compañeros, por todas las edades de la eternidad, a hijos e hijas, esposos y esposas con los que se hayan relacionado aquí en la tierra17. [Véase la sugerencia 4 en la página 80.]

Por causa de Jesucristo, resucitaremos.

La vida recta del Salvador es un ejemplo perfecto para todos, y Su resurrección fue la primera garantía para la humanidad de que nosotros también saldremos de la tumba18.

Cuando Jesús fue levantado de entre los muertos, llegó a ser las primicias de la Resurrección. El espíritu engendrado por el Padre (la parte inteligente de Su alma) volvió a habitar Su tabernáculo terrenal, el cual había sido purificado, y Él llegó a ser un ser celestial glorificado, y ocupó Su lugar a la diestra del Padre como integrante de la Trinidad. Él tenía el poder para vencer la muerte porque había cumplido con todas las leyes de Su Padre que la gobernaban; y habiendo dominado la muerte, hizo posible que toda la humanidad pudiera resucitar, y todos pueden ser también glorificados al obedecer Sus enseñanzas, que son tan sencillas que todos pueden cumplir con ellas si así lo desean19.

Jesucristo fue un hombre sin pecado. Por razón de Su pureza, Su rectitud y Su virtud, pudo abrir las puertas de la prisión, vencer la muerte y el sepulcro y ser el primero en abrir el camino… hacia ese cielo a donde esperamos ir20.

Podemos leer en la sección 88 de Doctrina y Convenios lo que el Señor dijo acerca de nuestra resurrección, no sólo la del Salvador, sino que nos dice lo que puede ocurrirnos a nosotros… En esa sección se nos informa de que nuestros cuerpos serán levantados de la tumba –-no será otro cuerpo–- y que los espíritus que poseen esos tabernáculos ahora habitarán los mismos tabernáculos después de que sean limpiados, purificados e inmortalizados [véase D. y C. 88:14–17, 28–33]21.

Ahora bien, hay muchas personas en el mundo que no saben lo que es la Resurrección. ¿Enseñan ustedes a sus hijos y a sus colegas lo que significa?… La resurrección [del Salvador] es sencilla para los Santos de los Últimos Días que entienden el Evangelio, pero hay demasiados que no entienden lo que significa… El propósito del evangelio de Jesucristo es preparar a todo hombre, mujer y niño para el momento en que todos los muertos saldrán de sus tumbas, y cuando nuestro Padre Celestial establecerá Su reino sobre esta tierra y los justos morarán allí y Jesucristo será nuestro Rey y Legislador22. [Véase la sugerencia 5 en la página 80.]

Nuestro conocimiento de la inmortalidad del alma nos inspira, nos anima y nos consuela.

En Job leemos: “Ciertamente espíritu hay en el hombre, y la inspiración del Omnipotente le hace entender” [Job 32:8]. Los que no hayan recibido esa inspiración no comprenderán el significado de la resurrección de los muertos, y sin esa comprensión me parece que habría poca felicidad para los que son mayores y esperan el momento en que el espíritu deje el cuerpo para ir a un lugar desconocido para ellos23.

¡Qué tristes estaríamos si pensáramos que la muerte pone fin a nuestra existencia! Si, cuando terminara la labor de nuestra vida en la tierra, no tuviéramos la oportunidad de seguir desarrollándonos, habría pocos motivos para inspirarnos a vivir como debemos hacerlo aquí. El conocimiento de que todo el bien que logremos aquí y todo el desarrollo que logremos realzará nuestra felicidad eternamente nos anima a poner nuestro mejor empeño24.

Todos nos encaminamos rápidamente al momento en el que se nos llamará al más allá. Si no comprendiéramos que hay una vida futura, si no nos diéramos cuenta de que hay algo más que la influencia que hemos recibido hasta ahora, si no hubiera más que la vanidad y la aflicción de la vida por las cuales vivir, me parece que muchas personas se fatigarían con la lucha por la existencia aquí. Pero en la misericordia de nuestro Padre Celestial, Él nos ha conferido los dones más maravillosos que puede recibir el género humano25.

El Señor nos ha bendecido con el conocimiento de que Él vive, que tiene un cuerpo y que somos creados a Su imagen. No creemos que Él sea una esencia o que sea incomprensible. Si ustedes han recibido el testimonio que yo he recibido y si saben como yo sé que nuestro Padre Celestial se ha revelado a los hijos de los hombres, que es un Dios personal, que somos creados a Su imagen, que nuestros espíritus fueron engendrados por Él, que Él nos ha dado la oportunidad de morar en la tierra para recibir un tabernáculo físico para que nos preparemos para regresar a Su presencia y vivir eternamente con Él, les digo que si han recibido esa certeza, entonces tienen un fundamento sobre el cual pueden edificar su fe. Si se les quita eso, o sea, el conocimiento de que Dios realmente vive, la certeza de que Jesucristo fue la manifestación de Dios en la carne, y si se les quita la certeza de que habrá una resurrección literal de los muertos, entonces se encontrarán en la condición en la que están los hijos de nuestro Padre en todo el mundo. Y yo les pregunto, ¿qué consuelo tendrán entonces? Estas verdades son fundamentales26.

Tengo más seres queridos en el mundo de los espíritus que los que tengo aquí, y no pasará mucho tiempo, en el curso natural de las cosas, antes de que yo también reciba el llamado de pasar al otro lado. No espero ese momento con ansiedad ni angustia, sino con esperanza y la certeza de que el cambio, cuando ocurra, será para recibir mayor felicidad y ventajas que no podemos conocer en la vida mortal27.

Cuando nos damos cuenta de que la muerte es tan sólo uno de los pasos que darán los hijos de Dios en la eternidad, y que concuerda con Su plan, le roba el aguijón a la muerte y nos enfrenta a la realidad de la vida eterna. Se ha llamado a muchas familias a despedirse temporalmente de las personas a las que aman. Cuando esas muertes ocurren, nos perturban, si lo permitimos, y, por lo tanto, traen gran dolor a nuestra vida. Pero si abriéramos los ojos espirituales y lográramos ver, estoy seguro de que recibiríamos consuelo como resultado de lo que contemplaríamos en nuestra visión. El Señor no nos ha dejado sin esperanza; por el contrario, nos ha dado toda garantía de una felicidad eterna si aceptamos Su consejo mientras estemos aquí en la vida mortal.

Éste no es un sueño vano. Éstos son los hechos. Para ustedes que son miembros de la Iglesia de Jesucristo, este relato es sencillo, pero es verdadero. Hay tomos sagrados de Escritura que el Padre Celestial ha puesto a nuestra disposición, los cuales nos enseñan que vivimos eternamente… El Señor nos ha dado esta información con gran claridad, y desde lo más profundo de mi corazón le doy las gracias por el conocimiento que nos ha dado, para que los que lloren sean consolados y nosotros mismos entendamos cuál es nuestro propósito aquí. Si los que han muerto pudieran hablarnos, dirían: “Adelante, adelante hacia la meta que nos dará la felicidad eterna juntos”. Hagan las cosas que el Señor desea que hagan, y no se perderán de nada que valga la pena, sino, por el contrario, estarán haciendo tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan [véase Mateo 6:19–20].

Les dejo mi testimonio de que sé que vivimos una vida eterna, y que la separación temporal de la muerte… es tan sólo uno de los pasos por el sendero del progreso eterno y, si somos fieles, con el tiempo dará como resultado la felicidad28. [Véase la sugerencia 6 en la página 80.]

Sugerencias para el estudio y la enseñanza

Considere estas ideas al estudiar el capítulo o prepararse para enseñarlo. Si necesita más ayuda, consulte las páginas V–VIII.

  1. 1.

    Al leer la sección “De la vida de George Albert Smith” (páginas 69–71), piense en algún momento en que haya tratado de consolar a alguien después de la muerte de un ser querido. ¿Qué fue lo que consoló al presidente Smith?

  2. 2.

    El presidente Smith enseñó que “esta vida… es una parte de la eternidad” (página 71). ¿Qué significa esto para usted? ¿Cómo influye nuestra comprensión de este principio en las decisiones que tomamos?

  3. 3.

    Estudie la sección que empieza en la página 72. ¿Qué diferencia hay entre las enseñanzas de esta sección y las del mundo acerca del propósito de la vida? ¿Qué experiencias tenemos durante la vida mortal que nos ayudan a “participar de los atributos de Dios?”.

  4. 4.

    Repase la sección que empieza en la página 73, especialmente los últimos cuatro párrafos de la sección. ¿Por qué el esforzarnos por las cosas del mundo es similar a “[aferrarse] a la burbuja que ya desapareció”?

  5. 5.

    En la página 76, el presidente Smith se refiere a cierta información de Doctrina y Convenios 88 acerca de la Resurrección. ¿Qué le enseñan acerca de la Resurrección los versículos 14–17 y 28–33 de esta sección? ¿Cuáles son algunas formas eficaces de enseñar a los hijos acerca de la Resurrección?

  6. 6.

    Lea la sección que comienza en la página 77. ¿Cuáles son algunas de las pruebas de la vida que se hacen más llevaderas por contar con un testimonio de los principios que se enseñan en esta sección?

Pasajes de las Escrituras que se relacionan con el tema: 1 Corintios 15:12–26, 35–42, 53–58; 2 Nefi 9:6–13; Alma 12:24; 28:12; Doctrina y Convenios 93:19–20, 29–34; 130:18–19; Abraham 3:24–26.

Ayuda para la enseñanza: “Pida a los participantes que escojan una sección que les interese y que la lean en silencio. Pídales que se junten en grupos de dos o tres personas que hayan escogido la misma sección y que conversen acerca de lo que aprendieron” (tomado de la página VII de este libro).

Mostrar referencias

    Notas

  1.   1.

    En Conference Report, octubre de 1944, pág. 94.

  2.   2.

    En Deseret News, 13 de febrero de 1932, sección de la Iglesia, págs. 5, 7.

  3.   3.

    “Mormon View of Life’s Mission”, Deseret Evening News, 27 de junio de 1908, sección de la Iglesia, pág. 2.

  4.   4.

    En Conference Report, abril de 1905, pág. 62.

  5.   5.

    En Conference Report, octubre de 1923, págs. 70–71.

  6.   6.

    En Conference Report, abril de 1905, pág. 59.

  7.   7.

    En Conference Report, octubre de 1906, pág. 48.

  8.   8.

    En Conference Report, octubre de 1926, pág. 102.

  9.   9.

    “Mormon View of Life’s Mission”, pág. 2.

  10.   10.

    En Conference Report, abril de 1905, pág. 63.

  11.   11.

    En Conference Report, octubre de 1909, pág. 78.

  12.   2.

    En Conference Report, abril de 1932, pág. 44.

  13.   13.

    En Conference Report, octubre de 1906, pág. 50.

  14.   14.

    En Conference Report, octubre de 1923, pág. 70.

  15.   15.

    “Mormon View of Life’s Mission”, pág. 2.

  16.   16.

    En Deseret News, 26 de mayo de 1945, sección de la Iglesia, pág. 6.

  17.   17.

    En Conference Report, abril de 1948, pág. 163.

  18.   18.

    “President Smith Sends Greetings”, Deseret News, 27 de diciembre de 1950, sección de la Iglesia, pág. 3.

  19.   19.

    “Mormon View of Life’s Mission”, pág. 2.

  20.   20.

    En Conference Report, abril de 1905, pág. 60.

  21.   21.

    En Conference Report, abril de 1939, págs. 122–123.

  22.   22.

    En Conference Report, abril de 1950, págs. 187–188.

  23.   23.

    En Conference Report, abril de 1939, pág. 121.

  24.   24.

    En Conference Report, octubre de 1921, pág. 41.

  25.   25.

    En Conference Report, octubre de 1923, pág. 71.

  26.   26.

    En Conference Report, octubre de 1921, pág. 39.

  27.   27.

    En Deseret News, 26 de mayo de 1945, sección de la Iglesia, pág. 4.

  28.   28.

    “Some Thoughts on War, and Sorrow, and Peace”, Improvement Era, septiembre de 1945, pág. 501.