Capítulo 8: Las bendiciones del templo para nosotros y para nuestros antepasados

Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: George Albert Smith, 2010


El propósito de los templos es proporcionar un lugar en donde se efectúen santas ordenanzas para los vivos y por los muertos.

De la vida de George Albert Smith

En 1905, siendo apóstol nuevo, George Albert Smith hizo un recorrido por varios sitios importantes de la historia de la Iglesia con el presidente Joseph F. Smith y otros miembros del Quórum de los Doce. Uno de los lugares que visitaron fue Kirtland, Ohio, en donde los santos de aquellos primeros años de la Iglesia construyeron el primer templo de esta dispensación. “Al avistar el pueblo”, recordó el élder Smith, “lo primero que vimos fue el hermoso Templo de Kirtland… Fue allí donde el profeta José Smith y [Oliver Cowdery] vieron al Salvador en el barandal del púlpito. Fue allí que Moisés les encomendó las llaves del recogimiento de Israel y que Elías y Elías el Profeta vinieron en el poder y la majestuosidad de sus grandes llamamientos y entregaron las llaves que se habían encomendado a su cuidado en los días de su ministerio sobre la tierra”.

Al caminar con el grupo por el templo, el élder Smith pensó en los santos devotos que lo habían construido. “Cuando caímos en la cuenta de que el edificio lo había construido un pueblo que se encontraba en extrema pobreza, que hombres valerosos trabajaban de día para colocar los cimientos y construir los muros de aquella estructura, y después, de noche, lo defendían con armas de aquellos que habían jurado que nunca se completaría el edificio, no pudimos más que sentir que, con justificada razón, el Señor recibió sus ofrendas y los bendijo como pocos pueblos han sido bendecidos sobre la tierra”1.

Años después, tras ser apartado como Presidente de la Iglesia, el presidente Smith dedicó el Templo de Idaho Falls. En la oración dedicatoria, dio gracias por la obra de salvación que se realiza en el templo para los vivos y por los muertos:

“Te damos gracias, oh Dios, por enviar a Elías el Profeta, de la antigüedad, a quien fueron ‘[encomendadas] las llaves del poder de volver el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres, para que toda la tierra no sea herida con una maldición’ [D. y C. 27:9). Te damos gracias porque él fue enviado a Tu siervo José Smith para conferir las llaves y la autoridad de la obra por los muertos y para revelar que el plan de salvación abarca a toda la familia humana, que el Evangelio es de alcance universal y que Tú no haces acepción de personas, al haber tomado las medidas para la predicación del Evangelio de salvación tanto para los vivos como por los muertos. Te estamos muy agradecidos porque la salvación se proporciona a todos los que deseen ser salvos en Tu reino.

“Que agrade a Tu pueblo buscar la genealogía de sus antepasados para que sean salvadores en el monte de Sión al oficiar en Tus templos a favor de sus familiares muertos. Rogamos también que el espíritu de Elías el Profeta descanse con poder sobre todos los pueblos en todas partes para que sean inspirados a reunirse y poner a disposición de los demás la genealogía de sus antepasados; y que tus hijos fieles utilicen Tus santos templos para llevar a cabo, a favor de los muertos, todas las ordenanzas pertenecientes a su exaltación eterna”.

En su oración, el presidente Smith también reconoció que el templo es en realidad la casa del Señor y un lugar donde se puede sentir la presencia de Dios:

“Hoy, aquí y ahora, dedicamos el templo a Ti, junto con todo lo que se relacione con él, para que sea santo ante Tu vista; para que sea una casa de oración, una casa de alabanza y adoración, para que Tu gloria descanse sobre él y Tu santa presencia esté continuamente en él; y que sea una morada aceptable para Tu Bien Amado Hijo, Jesucristo, nuestro Salvador, para que sea santificado y consagrado en todas sus partes sagradas para Ti, y rogamos que todos los que crucen el umbral de ésta, Tu casa, queden impresionados con su santidad…

“Nuestro Padre Celestial, permite que aquí se sienta siempre Tu presencia, para que todos los que se congreguen aquí comprendan que son Tus invitados y que ésta es Tu Casa”2. [Véase la sugerencia 1 en la página 93.]

Las enseñanzas de George Albert Smith

En el templo recibimos ordenanzas sagradas, entre ellas las que unen a las familias por la eternidad.

A fin de que estemos preparados para el reino [celestial], el Señor, en Su misericordia, restauró en estos últimos días el evangelio de Jesucristo, y colocó en él la autoridad divina. Después dio a Sus hijos el conocimiento de que se podían recibir y realizar ciertas ordenanzas. Para ese propósito se construyeron templos, y en esos templos, los que deseen tener un lugar en el reino celestial, tienen la oportunidad de ir a recibir sus bendiciones, enriquecer su vida y prepararse para ese reino3.

Somos el único pueblo del mundo que sabe cuál es el propósito de los templos4.

Cada [templo] se ha construido para un gran propósito eterno: servir como Casa del Señor, proporcionar un lugar sagrado y adecuado para llevar a cabo ordenanzas sagradas que unen tanto en la tierra como en el cielo, ordenanzas por los muertos y para los que viven, las cuales aseguran que las personas que las reciban y que sean fieles a sus convenios tendrán a su familia y se asociarán con ella, tendrán mundos sin fin, y recibirán la exaltación con ellos en el reino de nuestro Padre5.

Debemos estar agradecidos por tener conocimiento del carácter eterno del convenio matrimonial. Si nuestra esperanza fuera sólo en relación a esta vida, seríamos los más desdichados de todos los hombres [véase 1 Corintios 15:19]. La convicción de que la relación que tenemos aquí como padres e hijos, esposos y esposas, continuará en el cielo, y que éste es tan sólo el comienzo de un reino grande y glorioso que nuestro Padre ha determinado que heredaremos en la otra vida, nos llena de esperanza y gozo6.

Si, ahora que mi amada esposa y mis queridos padres se han ido, yo pensara, como muchos piensan, que ellos han partido de mi vida para siempre y que nunca los volveré a ver, eso me privaría de una de las alegrías más grandes que tengo en la vida: la idea de volver a encontrarme con ellos, de recibir su acogida y su afecto y de darles las gracias desde lo más profundo de un corazón agradecido por todo lo que han hecho por mí.

Pero hay muchos millones de los hijos de nuestro Padre que no saben que al participar de ciertas ordenanzas prescritas por nuestro Padre Celestial, los esposos y las esposas pueden ser unidos por el tiempo y la eternidad y disfrutar de la compañía de sus hijos para siempre. Cuán agradecidos debemos estar por contar con ese conocimiento7.

Hay sólo unos pocos lugares en el mundo en donde podemos casarnos por la eternidad, y esos lugares son los templos de Dios… También tenemos muchos hermanos y hermanas, todos ellos hijos de nuestro Padre Celestial, que no tienen ese privilegio por… razones inevitables. Pero si viven dignamente y si han aprovechado el privilegio en caso de haber podido hacerlo, no perderán nada por esas circunstancias provisionalmente desfavorables. Pero piensen, ¡cuánto mayor es la responsabilidad de los que viven en lugares en donde los hombres y las mujeres pueden ser unidos por la eternidad, y en donde pueden ir a hacer la obra por sus muertos! La gente del mundo no cuenta con esa bendición. Me pregunto si la apreciamos…

Instruyamos a nuestros jóvenes en estos asuntos desde pequeños, para que, cuando se aproximen al momento de casarse, no quepa duda en su mente en cuanto a dónde y cómo debe realizarse esa ordenanza sagrada y quién la debe efectuar. El único lugar en donde se puede llevar a cabo por el tiempo y la eternidad es el templo8.

Doy gracias [al Señor] por todas las ordenanzas de la Casa del Señor que he recibido; las cuales no son solamente para mí, sino que se me ha permitido recibir una porción de lo que está destinado para todos Sus hijos, dondequiera que estén, si están dispuestos a recibir lo que Él les ofrece, sin dinero y sin precio9.

Todos los… templos que se han construido o que se dedicarán serán una bendición incalculable para todos los que sean dignos y aprovechen la oportunidad de usarlos, tanto para sí mismos como para sus familiares muertos10. [Véase la sugerencia 2 en la página 93.]

Mediante la obra del templo ponemos bendiciones eternas al alcance de nuestros antepasados fallecidos.

La sociedad genealógica ha pasado años recolectando información [de historia familiar], y otras personas pasan años yendo a la Casa del Señor para ser bautizadas por los muertos, para que esposos, esposas e hijos sean sellados unos a otros, para unir a la familia como nuestro Padre Celestial nos ha instruido que debemos hacer. Convendría que cada uno de nosotros nos preguntáramos: ¿Qué estoy haciendo yo al respecto? ¿Estoy haciendo mi parte? Nuestro Padre Celestial le dijo a la gente por medio de José Smith que, si no realizamos la obra por nuestros muertos, perderemos nuestras propias bendiciones, y seremos desechados. Una de las últimas cosas que trató de hacer el Profeta fue terminar un templo en el cual la gente pudiera ir a realizar la obra por sus muertos. Eso demuestra su importancia. Alguien lo tiene que hacer11.

Ahora recuerdo una historia de dos hermanos que vivían en un pueblo al norte de Utah: el hermano mayor, Henry, era banquero y comerciante, y tenía buena posición económica. El otro hermano, George, era granjero, y no tenía mucho más que los recursos necesarios para satisfacer sus necesidades; sin embargo, tenía el deseo de hacer la obra del templo por sus muertos. Buscó la genealogía y fue al templo e hizo la obra por los que habían fallecido.

Un día, George le dijo a Henry: “Creo que deberías ir al templo y ayudar”.

Pero Henry le dijo: “No tengo tiempo para hacerlo. Atender mi negocio requiere todo mi tiempo”…

Más o menos un año después, Henry fue a la casa de George y le dijo: “George, tuve un sueño y me dejó preocupado. Me pregunto si tú puedes decirme lo que significa”.

George preguntó: “¿Qué soñaste, Henry?”.

Henry le dijo: “Soñé que tú y yo pasábamos de esta vida y estábamos al otro lado del velo. Al ir caminando, llegamos a una ciudad hermosa. Había gente reunida en grupos en muchos lugares, y en todos los lugares a donde llegábamos te estrechaban la mano y te abrazaban y te bendecían y te decían lo agradecidos que estaban por verte, pero”, dijo él, “a mí no me prestaban nada de atención; ni siquiera eran amigables. ¿Qué significa eso?”.

George preguntó: “¿Pensabas que estábamos al otro lado del velo?”.

“Sí”.

“Pues bien, esto es lo que te he estado diciendo. He tratado de conseguir que hagas la obra por las personas que están allá. Yo ya la he hecho por muchos de ellos, pero falta hacer la de muchas personas más… Es mejor que te pongas a trabajar, porque ya probaste lo que puedes esperar cuando llegues allá si no haces tu parte para llevar a cabo esta obra por ellos”. [Véase la sugerencia 3 en la página 93.]

He pensado muchas veces en esa historia de la vida de dos hermanos. Muchas personas no entienden cuán seria y sagrada es la vida; no entienden cuán sagrado es el matrimonio eterno. Algunos de nuestros miembros no tienen ningún interés en su genealogía. No les importan sus antepasados; por lo menos eso parece por su forma de actuar. No van al templo para hacer la obra por sus muertos…

…Después de haber estado en la Casa del Señor para recibir nuestras propias bendiciones, pensemos en la responsabilidad que tenemos para con nuestros antepasados. ¿Cómo los recibirán ellos cuando ustedes pasen al otro lado del velo? ¿Serán ustedes a los que ellos acogerán y bendecirán por toda la eternidad, o serán ustedes como el hermano que egoístamente trabajaba en sus propios problemas aquí y dejaba que los que no podían ayudarse a sí mismos siguieran sin su ayuda?12.

Ustedes saben que todos estamos unidos por la gran obra que se está efectuando en los templos de nuestro Padre, en donde las familias que no han sido unidas son ligadas por el poder del santo sacerdocio. El Señor dispuso que cada uno de sus hijos e hijas tuviera la oportunidad de ser bendecido, no sólo aquí en la tierra, sino que también disfrutara de bendiciones eternas.

Piensen en la devoción y la fidelidad de los que van día tras día a esos templos para oficiar a favor de los que han pasado al otro lado, y sepan esto: que las personas que están al otro lado están igualmente ansiosas por nosotros. Oran por nosotros y por nuestro éxito. Suplican, a su manera, por sus descendientes, su posteridad que vive aquí sobre la tierra13.

El Señor nos ayudará en la búsqueda de nuestros familiares fallecidos.

Hace algunos años, en Chicago, durante la Exposición de un Siglo de Progreso, fui a la exhibición de nuestra Iglesia y les pregunté a los misioneros quién estaba encargado de esa gran feria cultural y científica.

Me dijeron que el apellido del encargado era Dawes, y entonces les pregunté: “¿Él es hermano de Charles G. Dawes, que fue vicepresidente de los Estados Unidos y también embajador en Gran Bretaña?”.

Ellos me contestaron: “Sí”.

“Pues bien”, les dije, “me da gusto saberlo, porque lo conozco”.

Pensé: “Iré a visitarlo. Él es Henry Dawes”. Yo lo conocía, así que fui al teléfono y marqué el número de su oficina. Su secretaria… le dijo al señor Dawes que George Albert Smith, de Salt Lake City, estaba allí y quería verlo, y él dijo que fuera. En lugar de hacerme esperar mi turno detrás de cien personas que querían verlo, ella me llevó a otra puerta, y allí, ante mí, estaba un hombre muy alto al que nunca había visto.

Él dijo: “Yo soy el señor Dawes”.

Fue muy amable, pero se han de imaginar lo abochornado que estaba yo. Él era el señor Dawes, y era hermano del embajador Dawes, pero era Rufus Dawes, y yo ni siquiera sabía que existía.

“Pues bien”, le dije, “vine a decirle que ésta es una feria maravillosa y a expresarle mi aprecio por lo que ha hecho para organizarla y llevarla a cabo. Es maravilloso lo que se ha logrado, y es muy educativo para muchas personas. Ahora, sé que usted es un hombre muy ocupado; eso es todo lo que venía a decirle, y quería felicitarlo y darle las gracias”.

“Qué amable de su parte”, me dijo. “Pase”.

“No, eso es todo lo que venía a decirle”, le respondí.

Él dijo: “Por favor, pase”.

Le dije: “Pero aquí hay cien personas que esperan para hablar con usted”.

“Ninguno de ellos dirá algo tan agradable como lo que usted ha dicho”.

Así que pasé, ya sin ideas y casi sin aliento. Insistió en que me sentara, y después le dije: “Por cierto, señor Dawes, ¿de dónde es su familia?”.

“¿Pregunta de qué parte de Estados Unidos?”, preguntó.

“Me refiero a cualquier parte del mundo”.

Él dijo: “¿Le interesa la genealogía?”.

“Por supuesto que sí”, le contesté. “En Salt Lake City contamos con una de las mejores bibliotecas genealógicas”.

Él dijo: “Permítame un momento”. Salió de su oficina y regresó con una caja más o menos del tamaño de una Biblia familiar, de las antiguas. Tomó su navaja, abrió la caja y sacó un paquete envuelto en papel de seda. Quitó el papel y colocó sobre la mesa uno de los libros de más hermosa encuadernación que jamás he visto. Tenía muy linda impresión y muchas ilustraciones, y la cubierta estaba elegantemente grabada con letras doradas.

Mientras miraba el libro, le dije: “Señor Dawes, es un libro hermoso”.

“Eso espero, pues me costó veinticinco mil dólares”.

“Bueno”, le dije, “los vale”.

Él dijo: “¿Tiene algún valor para usted?”.

Le dije: “Lo tendría si fuera mío”.

Él dijo: “Está bien, ¡se lo regalo!”. ¡Una colección genealógica con un valor de veinticinco mil dólares, colocada en mis manos por un hombre al que había conocido hacía apenas cinco minutos! Quedé maravillado. Esa primera visita continuó sólo unos minutos más. Le dije cuánto gusto me daba tener ese libro y que lo colocaría en la biblioteca genealógica de Salt Lake City.

Antes de que yo partiera, él dijo: “Señor Smith, ésa es la genealogía de mi madre, de la familia Gates. También estamos preparando la de mi padre, la familia Dawes. Será un tomo igual a ése. Cuando esté terminado, me gustaría enviarle también un ejemplar”.

¡Cincuenta mil dólares de genealogía!, y sólo porque traté de ser cortés con una persona. Yo pienso que no fue casualidad…

El Señor nos está ayudando; es maravilloso cómo se ha abierto el camino y cómo otras personas con frecuencia sienten la inspiración de preparar su genealogía. Pero a veces no aprovechamos la oportunidad de preparar nuestra genealogía, a pesar de que el Señor ha dicho directamente que si no hacemos la obra del templo seremos rechazados con nuestros muertos [véase D. y C. 124:32]. Éste es un asunto muy serio. Es algo que no podemos cambiar si malgastamos nuestras oportunidades hasta que termine nuestra vida… No podemos esperar que otras personas hagan esta obra por nosotros.

Es así que el Señor, de una u otra forma, nos insta y nos aconseja que hagamos nuestra obra. Algunas familias que no pueden hacerla tienen a otra persona que trabaja todo el tiempo en su genealogía y sus registros.

Si hacemos nuestra parte, nuestra genealogía se desplegará ante nosotros, unas veces de una forma, otras veces de otra. Entonces quiero sugerirles, hermanos y hermanas, que hagamos nuestra parte14. [Véase la sugerencia 4 en la página 93.]

Sugerencias para el estudio y la enseñanza

Considere estas ideas al estudiar el capítulo o al prepararse para enseñarlo. Si necesita más ayuda, consulte las páginas V–VIII.

  1. 1.

    Lea las selecciones de la oración dedicatoria del Templo de Idaho Falls que se encuentran en las páginas 84–85, y lea D. y C. 109:1–5, 10–13 (parte de la oración dedicatoria del Templo de Kirtland). Reflexione en los sentimientos que tiene cuando asiste al templo, y piense en las experiencias que hayan fortalecido su testimonio de que el templo es la casa del Señor.

  2. 2.

    ¿Qué razones da el presidente Smith para la construcción de templos? (Véanse las páginas 84–87.) ¿Qué podemos hacer para animar a los jóvenes a prepararse para el matrimonio en el templo?

  3. 3.

    Lea la historia de la página 88. ¿Cuáles son algunas de las formas sencillas en que alguien que tiene muchas otras responsabilidades puede participar en la obra de historia familiar? ¿Qué pueden hacer la Sociedad de Socorro y los quórumes del sacerdocio para participar?

  4. 4.

    Repase la sección que comienza en la página 90. ¿Cómo le ha ayudado el Señor en la búsqueda de información de sus antepasados? ¿Qué otras bendiciones ha recibido al participar en la obra de historia familiar?

Pasajes de las Escrituras que se relacionan con el tema: Malaquías 4:5–6; Doctrina y Convenios 97:15–16; 110; 124:39–41; 128:9, 15–24.

Ayuda para la enseñanza: Mientras una persona lee en voz alta alguna parte de las enseñanzas del presidente Smith, pida a los demás integrantes de la clase que “traten de identificar principios o conceptos específicos… Si un pasaje contiene palabras o frases difíciles o poco comunes, explíqueselas antes de leer el pasaje correspondiente. Si algún miembro del grupo tuviese dificultad para leer, pida la participación de voluntarios en vez de que todos tomen turnos para hacerlo” (La enseñanza: El llamamiento más importante, pág. 56).

Mostrar referencias

    Notas

  1.   1.

    En Conference Report, abril de 1906, pág. 57.

  2.   2.

    “Dedicatory Prayer… Idaho Falls Temple”, Improvement Era, octubre de 1945, págs. 564–565.

  3.   3.

    En Deseret News, 13 de febrero de 1932, sección de la Iglesia, pág. 7.

  4.   4.

    En Conference Report, octubre de 1950, pág. 159.

  5.   5.

    “The Tenth Temple”, Improvement Era, octubre de 1945, pág. 561.

  6.   6.

    En Conference Report, octubre de 1905, pág. 29.

  7.   7.

    “Priceless Prospects”, Improvement Era, junio de 1950, pág. 469.

  8.   8.

    “The Tenth Temple”, págs. 561, 602.

  9.   9.

    En Conference Report, octubre de 1929, pág. 25.

  10.   10.

    “The Tenth Temple”, pág. 602.

  11.   11.

    “The Tenth Temple”, pág. 602.

  12.   12.

    “The Tenth Temple”, págs. 561, 602.

  13.   13.

    En Conference Report, abril de 1937, págs. 34–35.

  14.   14.

    “On Searching for Family Records”, Improvement Era, agosto de 1946, págs. 491, 540.