Capítulo 9: Abran su alma al Señor en oración

Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: George Albert Smith, 2010


Por medio de la oración personal y familiar, podemos sentir la influencia del Padre Celestial en nuestra vida y en nuestro hogar.

De la vida de George Albert Smith

La oración era una parte importante del hogar donde creció George Albert Smith. “Cada miembro de la familia hacía sus oraciones personales y familiares” dijo él. “Aprendí a tierna edad que el Señor contestaría las oraciones porque contestaba las mías, y de muchas formas me manifestaba que velaba por mí”1.

Aun hacia el final de su vida, el presidente Smith recordaba con cariño cómo su madre, Sarah Farr Smith, le había enseñado a orar:

“Una madre Santo de los Últimos Días me enseñó en su regazo. Una de las primeras cosas que recuerdo fue cuando me tomó de la mano y me llevó al piso de arriba. En el cuarto había dos camas: la de mis padres y una cama nido [marinera] del otro lado. Lo recuerdo como si fuera ayer. Cuando llegamos al piso de arriba, ella se sentó junto a mi cama nido y me pidió que me arrodillara frente a ella. Me cruzó las manos, las tomó entre las suyas, y me enseñó mi primera oración. Nunca lo olvidaré. No quiero olvidarlo. Es uno de los más bellos recuerdos que tengo en la vida: una madre angelical sentada al lado de mi cama enseñándome a orar.

“Fue una oración tan sencilla, pero… esa oración me abrió las ventanas del cielo y me extendió la mano de mi Padre Celestial, porque ella me había explicado, hasta donde podía entender un niño pequeño, lo que eso significaba. Desde aquel día hasta ahora, tiempo en que he recorrido más de un millón de kilómetros en el mundo visitando a los hijos de nuestro Padre, todos los días, de mañana y de noche, dondequiera que he estado, al irme a acostar o al levantarme de la cama, me he sentido cerca de mi Padre Celestial. Él no está muy lejos”2.

En el transcurso de su vida, el presidente Smith dependió de la oración no sólo como medio para acercarse más a Dios, sino también para pedirle ayuda en sus momentos de necesidad. Un día, mientras nadaba en el Océano Pacífico en las playas de California, tuvo la siguiente experiencia:

“Se me consideraba un buen nadador, y me gustaba mucho la natación. Ese día había marea muy alta y corriente muy fuerte. Al dejar la playa y nadar mar adentro, me sumergí debajo de las olas grandes, y éstas rompían por encima de mí. Mi objetivo era llegar a las grandes olas que no rompían, donde podría acostarme boca arriba y subir y bajar con el movimiento de las olas.

“Mientras participaba en ese encantador deporte, después de sumergirme bajo una ola, otra ola gigantesca hizo cresta y rompió antes de que pudiera enderezarme. La segunda ola me atrapó y me arrojó al fondo del océano. Sentía cómo la resaca me llevaba mar adentro. En ese momento llegaron muchas olas una tras otra y no podía enderezarme antes de sumergirme bajo la siguiente. Me di cuenta de que mis fuerzas flaqueaban rápidamente, y creí necesario buscar algún tipo de ayuda. Al subir sobre la cresta de una ola enorme, vi los postes de un muelle, y pensé que, si lograba hacer un esfuerzo sobrehumano, podría llegar hasta la seguridad de esos postes y salvar mi vida.

“En silencio rogué a mi Padre Celestial que me diera las fuerzas necesarias para lograr mi objetivo. Cuando las olas me llevaron cerca del muelle, extendí el brazo y abracé uno de los postes. Estaban cubiertos de percebes azul marino y, al colocar los brazos y las piernas alrededor de la seguridad que me ofrecía el poste, el caparazón de los percebes me cortaba el pecho, las piernas y los muslos. Me aferré hasta que ya no podía soportar el dolor, y esperé una ola que no rompiera para echarme sobre ella y dejar que me arrastrara hacia un poste más cerca de la playa. Cada vez, con una oración en el corazón, hacía el esfuerzo de viajar de un poste a otro con la ayuda de esas olas.

“Lentamente, pero sin interrupción, y con gran dificultad, me acerqué a la orilla donde había aguas menos profundas y pude pararme y caminar hasta la playa. Cuando alcancé la seguridad de la cálida arena, caí agotado. Estaba casi ahogado y tan débil que para caminar a casa tuve que descansar un tiempo. Acostado sobre la arena, con su calor y seguridad, pensé en la angustiosa experiencia que acababa de vivir y mi corazón se llenó de gratitud y humildad al Señor por… salvarme la vida”3. [Véase la sugerencia 1 en la página 103.]

Las enseñanzas de George Albert Smith

La oración nos permite hablar con nuestro Padre Celestial como si Él estuviera presente.

En estos tiempos de tensión e incertidumbre, es una bendición maravillosa el sentir la seguridad de la guía divina y el tener fe absoluta en un Dios personal que se interesa en nosotros y que escucha y contesta nuestras oraciones4.

Hace algunos años… escuché de [un] huerfanito de nueve años al que llevaron apresuradamente al hospital. Tras el examen médico, se determinó que se le debía someter a cirugía inmediatamente. Había estado viviendo con amigos que le habían ofrecido su hogar. Sus padres (cuando vivían) le habían enseñado a orar, y entonces, cuando llegó al hospital, quería la ayuda del Señor.

Los doctores decidieron tener una conferencia de médicos. Cuando el niño llegó al quirófano, miró alrededor y vio a las enfermeras y a los doctores que habían participado en esa conferencia sobre su caso. Él sabía que estaba grave, y le dijo a uno de ellos, mientras se preparaban para darle la anestesia: “Doctor, antes de comenzar la cirugía, ¿podría orar por mí?”.

El doctor, avergonzado, se excusó y dijo: “Yo no puedo orar por ti”. El niño les pidió lo mismo a los demás doctores, pero el resultado fue el mismo.

Finalmente, sucedió algo asombroso; ese niño dijo: “Si ustedes no pueden orar por mí, por favor esperen a que yo ore por mí mismo”.

Le quitaron la sábana y se arrodilló sobre la mesa de operaciones, inclinó la cabeza y dijo: “Padre Celestial, sólo soy un huérfano. Estoy muy enfermo. Por favor, sáname. Bendice a estos hombres que me van a operar para que lo hagan bien. Si tú me sanas, trataré de convertirme en un hombre bueno. Gracias, Padre Celestial, por sanarme”.

Cuando terminó de orar, se acostó. Los ojos de los doctores y de las enfermeras estaban llenos de lágrimas. Entonces el niño dijo: “Estoy listo”.

Se realizó la cirugía. El pequeño fue llevado de regreso a su cuarto, y en pocos días lo sacaron del hospital, bien encaminado a una completa recuperación.

Unos días después, un hombre que oyó sobre el incidente fue a la oficina de uno de los cirujanos y dijo: “Hábleme de la cirugía que le realizó hace unos días a un niño”.

El cirujano dijo: “He operado a varios niños”.

El hombre agregó: “Era un niño que quería que alguien orara por él”.

El doctor dijo con gran seriedad: “Sí, hubo un caso así, pero considero que quizás sea demasiado sagrado como para hablar al respecto”.

El hombre dijo: “Doctor, si usted me lo cuenta, lo trataré con respeto; me gustaría escucharlo”.

Entonces el doctor relató la historia tal como yo la acabo de relatar, y luego agregó: “He realizado cientos de cirugías, para hombres y mujeres que pensaban que tenían la fe para ser sanados; pero nunca antes había sentido la presencia de Dios como la sentí al lado de ese pequeño. Él abrió las ventanas de los cielos y habló con su Padre Celestial como uno habla con otra persona cara a cara. Quiero decirle que hoy soy mejor hombre por haber tenido esa experiencia de estar al lado de ese niño y escucharlo hablar con su Padre Celestial como si Él estuviera presente”5. [Véase la sugerencia 2 en la página 104.]

Vivamos de tal manera que todas las noches y todas las mañanas, al inclinarnos a orar ante el Señor en agradecimiento, tengamos en nuestro interior el poder para abrir los cielos para que Dios escuche y conteste nuestras oraciones y sepamos que Él aprueba nuestros hechos6.

Si vivimos cerca de nuestro Padre Celestial, recibiremos la inspiración para saber por qué cosas orar.

Mi padre, cuando era joven, [casi] perdió la vida en el río de Provo… Su padre, que estaba en Salt Lake City, sintió la impresión de ir a otro cuarto que había sido apartado para la oración. Él… se arrodilló… y dijo: “Padre Celestial, siento que hay algo que anda muy mal con mi familia en Provo. Tú sabes que no puedo estar aquí y a la vez estar allí con ellos. Padre Celestial, por favor presérvalos y cuídalos…”.

En el mismo momento en que él oraba, por lo que se ha podido comprobar al verificar la hora, mi padre había caído al río. El río estaba crecido y arrastraba por el cañón troncos y rocas que caían al agua, y él no podía hacer nada para salvarse. Los que estaban cerca de él vieron que estaba en un aprieto, pero no lograban alcanzarlo. La turbulencia del agua era tal que nadie podía soportarla. Simplemente se quedaron allí parados, horrorizados. Papá estaba haciendo todo lo posible por mantener la cabeza fuera del agua, pero ésta lo arrojaba para arriba y para abajo y lo golpeaba contra piedras y troncos. De repente, una ola lo levantó físicamente del agua y lo arrojó sobre la playa. Fue una respuesta directa a la… oración7.

Debemos hacer nuestras oraciones secretas. Debemos vivir tan cerca de nuestro Padre Celestial que, cuando nos inclinemos ante Él, sepamos que lo que pedimos es aceptable para Él, y si no se otorga tal como lo hemos pedido, sepamos que recibiremos la bendición a la que tenemos derecho, y eso realmente será una bendición8. [Véase la sugerencia 3 en la página 104.]

La oración es una influencia poderosa en nuestra vida personal, en nuestro hogar y en nuestra comunidad.

El Señor… nos ha explicado cómo podemos recibir bendiciones por medio de la oración. Hay muchas personas en el mundo que no se dan cuenta de los verdaderos beneficios de la oración. La oración es un poder. Tiene una influencia que relativamente pocas personas parecen entender…

…¿Cuántas personas hay en esta Iglesia que no sepan que tienen el derecho absoluto de orar a su Padre que está en el cielo y pedirle que les quite la aflicción y los conduzca hacia la felicidad y la satisfacción?9.

Es extraño que a un Santo de los Últimos Días se le tenga que instar a hacer sus oraciones y, sin embargo, hay personas que no oran en secreto ni tampoco hacen su oración familiar. No obstante, si no oramos, perdemos la protección que ofrece esa oración10. [Véase la sugerencia 4 en la página 104.]

Quiero recalcar esto: Espero que los Santos de los Últimos Días no dejen de hacer sus oraciones, tanto personales como familiares. Los niños que crecen en hogares en los que no se hace la oración familiar y personal pierden mucho, y me temo que en medio de la confusión, las prisas y el bullicio, muchas veces los hogares quedan sin oración y sin las bendiciones del Señor; esos hogares no pueden seguir siendo felices. Vivimos en una época en la que necesitamos a nuestro Padre Celestial tanto como se le ha necesitado en cualquier otra época11.

No aparten de ustedes el poder de Dios. Conserven en su hogar la influencia de la oración y del espíritu de agradecimiento, y que su gratitud fluya hacia Aquél que es el autor de nuestro ser y el dador de todo lo bueno12.

Que nuestros hogares sean lugares donde perduren la oración, las gracias y la gratitud… Oremos por los grandes hombres y mujeres del mundo que necesitan al Señor pero que no entienden que Él se interesa en ellos. Oremos por… nuestros gobernadores, los alcaldes de nuestras ciudades, los hombres que tienen influencia en la política en nuestras diferentes comunidades, para que hagan lo que sea mejor para todos nosotros y nos hagan más felices, y complazcan a nuestro Padre Celestial. Ése es nuestro privilegio. Les digo que el poder de la oración es algo que no se puede medir13.

La oración familiar brinda unidad a la familia.

Nosotros [como integrantes de una familia] no siempre vamos a tener la misma forma de ver las cosas; los hombres no siempre razonarán igual que sus esposas y viceversa, pero, si siempre oran juntos, con el verdadero deseo de estar unidos, puedo decirles que estarán de acuerdo en todo lo que es importante.

Noté… una cartelera que decía: “La familia que ora junta permanece junta”. No sé quién la puso allí, pero quiero decir que, si piensan en esto un momento, sabrán que es verdad. Los amonesto a que oren al Señor juntos, y con eso no quiero decir que simplemente hagan oraciones, no quiero decir que… repitan algo una y otra vez, sino que abran su alma al Señor como esposo y padre en el hogar, y que su esposa y los hijos se unan a ustedes. Que participen. Entonces llegará al hogar una influencia que se podrá sentir14.

Como uno al que el Señor le ha pedido que enseñe, les suplico que pongan sus casas en orden. No den demasiadas cosas por sentado. No sean llevados por las insensateces y las debilidades del mundo. Protejan a su familia en toda forma posible. Únanla bajo la influencia de la oración… ¡Qué gran poder tiene la oración para mantenernos en el sendero a la vida eterna y encaminarnos al reino celestial!15. [Véase la sugerencia 5 en la página 104.]

Sugerencias para el estudio y la enseñanza

Considere estas ideas al estudiar el capítulo o al prepararse para enseñarlo. Si necesita más ayuda, consulte las páginas V–VIII.

  1. 1.

    En la sección “De la vida de George Albert Smith” (páginas 95–98), advierta cómo las experiencias que tuvo el presidente Smith con la oración en su niñez influyeron en él toda la vida. ¿Cuáles son algunas maneras eficaces de enseñar a los niños acerca del poder de la oración?

  2. 2.

    Repase el relato del niño de nueve años (páginas 98–99). ¿Por qué a veces nuestras oraciones no parecen ser conversaciones cara a cara con nuestro Padre Celestial? Considere lo que puede hacer en sus propias oraciones personales para sentir Su presencia con mayor frecuencia.

  3. 3.

    Al meditar en las enseñanzas del presidente Smith en las páginas 100–101, piense en alguna ocasión en la que se haya sentido inspirado a pedir algo en oración. ¿Qué le diría a una persona que sintiera que sus oraciones no han sido contestadas?

  4. 4.

    Considere la declaración del presidente Smith: “Si no oramos, perdemos la protección que ofrece esa oración” (página 101). ¿Cómo ha sentido usted el poder y la protección de la oración? Considere compartir su testimonio del poder de la oración con las personas a las que visita como maestro orientador o como maestra visitante.

  5. 5.

    El presidente Smith enseñó que la oración sirve para “mantenernos en el sendero a la vida eterna y encaminarnos al reino celestial” (página 103). ¿Por qué cree que es así? ¿Qué pueden hacer las familias para asegurarse de orar juntos con regularidad? Considere lo que puede hacer para que la oración personal sea una parte más importante de su vida.

Pasajes de las Escrituras que se relacionan con el tema: Mateo 6:7–13; 7:7–11; 2 Nefi 4:35; Alma 34:18–27; 37:37; 3 Nefi 18:20–21; Doctrina y Convenios 88:63–64.

Ayuda para la enseñanza: “…es [al alumno] a quien se debe poner en acción. Si el maestro es la estrella del espectáculo, si sólo habla él y se encarga de todo, es por seguro que está interfiriendo con el aprendizaje de los miembros de la clase” Asahel D. Woodruff, en La enseñanza: El llamamiento más importante, pág. 66).

Mostrar referencias

    Notas

  1.   1.

    “Testimony of Elder George Albert Smith”, Liahona: The Elders’ Journal, 2 de febrero de 1915, pág. 501.

  2.   2.

    En Conference Report, octubre de 1946, págs. 150–151.

  3.   3.

    “How My Life Was Preserved”, Documentos de la familia de George Albert Smith, Universidad de Utah, caja 121, álbum 1, páginas 45–46.

  4.   4.

    En Conference Report, abril de 1931, pág. 31.

  5.   5.

    “A Story of Two Boys”, Improvement Era, junio de 1949, pág. 365.

  6.   6.

    En Conference Report, abril de 1942, pág. 17.

  7.   7.

    “Pres. Smith’s Leadership Address”, Deseret News, 16 de febrero de 1946, sección de la Iglesia, pág. 1.

  8.   8.

    En Conference Report, octubre de 1934, pág. 51.

  9.   9.

    “Saints Blessed”, Deseret News, 12 de noviembre de 1932, sección de la Iglesia, pág. 5.

  10.   10.

    En Conference Report, abril de 1941, pág. 25.

  11.   11.

    Reunión del sacerdocio, 4 de octubre de 1947, Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City.

  12.   12.

    “Pres. Smith’s Leadership Address”, pág. 6.

  13.   13.

    En Conference Report, abril de 1948, págs. 163–164.

  14.   14.

    En Conference Report, abril de 1949, pág. 190.

  15.   15.

    En Conference Report, abril de 1933, pág. 72.