Capítulo 12: Un deseo entusiasta de compartir el Evangelio

Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: George Albert Smith, 2010


Nuestros hermanos y hermanas de todo el mundo necesitan el mensaje del Evangelio restaurado, y nosotros tenemos el privilegio de compartirlo con ellos.

De la vida de George Albert Smith

Un amigo íntimo de George Albert Smith escribió: “El presidente George Albert Smith es misionero por naturaleza. Desde joven ha tenido el deseo ardiente de compartir las enseñanzas del Evangelio con sus semejantes, de dar a conocer a ‘los hijos e hijas de Dios’, a los cuales considera sus hermanos y hermanas, las verdades que fueron reveladas al profeta José Smith.

“En varias ocasiones, he tenido el privilegio de viajar en tren con el presidente Smith. En cada ocasión observé que, cuando nos poníamos en movimiento, tomaba de su maleta unos folletos del Evangelio, se los ponía en el bolsillo, y después iba entre los pasajeros. En su forma amigable y agradable se presentaba a algún viajero, y poco después lo escuchaba relatar la historia de cómo el profeta José Smith fundó la Iglesia o hablar del éxodo de los santos de Nauvoo y sus pruebas y dificultades al cruzar las llanuras hasta Utah o explicar algunos de los principios del Evangelio a su nuevo amigo. Entablaba una conversación tras otra con uno y otro pasajero hasta que terminaba el viaje. En todo el tiempo que llevo de conocer al presidente Smith, lo cual abarca más de cuarenta años, he aprendido que, dondequiera que se encuentre, es primordialmente un misionero de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”1.

Alguien también escribió acerca del presidente Smith: “Él hablaba de religión con la persona que le limpiaba la chimenea de la casa. Pocas veces dejó pasar la oportunidad de explicar las ‘verdades eternas del Evangelio restaurado’ a un amigo o a un extraño. Desde su punto de vista, era la máxima bondad, porque el mensaje de Cristo era el regalo más significativo que podía dar”2. [Véase la sugerencia 1 en las páginas 136–137.]

Dado que el compartir el Evangelio era un tema que el presidente Smith trataba a menudo en sus enseñanzas, éste es el primero de tres capítulos de este libro que tratan sobre este tema. Este capítulo se centra en las razones por las que compartimos el Evangelio; el capítulo 13 presenta varias formas de participar en esta obra tan importante; y el capítulo 14 describe cómo podemos ser eficaces en nuestra labor.

Las enseñanzas de George Albert Smith

El mundo necesita lo que nosotros tenemos: el evangelio de Jesucristo, restaurado en su plenitud.

El mundo está en peligro y en dificultades, desde un extremo hasta el otro. Los hombres y las mujeres buscan acá y allá a dónde ir para hacer aquello que les proporcionará paz… El evangelio de Jesucristo se ha restaurado. La verdad revelada de los cielos está aquí, y esa verdad, ese Evangelio, si tan sólo el mundo lo conociera, será el remedio para todos sus males. Es lo único que les dará paz mientras permanezcan sobre la tierra3.

Es necesario que la gente de este mundo vuelva sobre sus pasos y regrese al fundamento establecido por el Maestro del cielo y la tierra, el fundamento de fe, arrepentimiento y bautismo por inmersión para la remisión de los pecados, y la recepción del Espíritu Santo bajo las manos de los que poseen la autoridad divina. Eso es lo que el mundo necesita. Estoy en verdad agradecido porque muchos están buscando en esa dirección. Han seguido a ciegas un sendero que los ha conducido al pesar y a la aflicción, pero se ha puesto a su alcance un remedio para todos los males: el evangelio de Jesucristo. Se ha trazado para todos un sendero que, aunque angosto y difícil de seguir, conduce de regreso al Padre de todos nosotros, y ningún otro sendero lleva a ese lugar4.

Las iglesias del mundo tratan, a su manera, de llevar la paz al corazón de los hombres. Tienen muchas virtudes y muchas verdades y hacen mucho bien, pero no tienen la autoridad divina. Y sus sacerdotes tampoco tienen un mandato divino5.

Los Santos de los Últimos Días son los únicos que tienen la autoridad de nuestro Padre Celestial para administrar las ordenanzas del Evangelio. El mundo nos necesita6.

En el mundo realmente hay hambre de las palabras del Señor, y muchas almas sinceras quieren saber qué desea nuestro Padre Celestial de ellas. He conocido a algunos líderes de las iglesias del mundo, y entre ellos he encontrado personas nobles dedicadas a hacer el bien, pero rara vez he encontrado entre los que han sido llamados al ministerio en las diversas organizaciones de sus iglesias a hombres que tengan un entendimiento de los propósitos de su ser, o que comprendan por qué estamos aquí en el mundo. Los hombres no pueden enseñar lo que ellos mismos no saben. Esos buenos hombres, al no entender el Evangelio ni la necesidad de las ordenanzas de él, generalmente limitan sus enseñanzas a lecciones morales y a la lectura de los salmos a sus congregaciones. Escogen pasajes aislados de las Escrituras como texto para sus discursos sobre la virtud, la honradez, etc., todo lo cual es muy útil y edificante, pero se predican pocos sermones que expliquen los requisitos para todas las almas a fin de que entren en el reino del cielo. Ésa es la información que más necesita el mundo. Pocos ministros tienen un mensaje para sus congregaciones que inspire en ellos la creencia en la divinidad de Jesucristo y la necesidad de participar en las ordenanzas del Evangelio prescritas por Él7. [Véase la sugerencia 2 en la página 137.]

Hay muchas personas que aceptarían la verdad si se les diera la oportunidad de hacerlo.

Los hijos de nuestro Padre en todas partes están ansiosos por saber lo que deben hacer, pero han sido engañados por motivo de las malas influencias que han dominado la tierra; los hombres honorables de la tierra están ciegos ante la verdad… El enemigo está trabajando arduamente, y el único poder que puede neutralizar su influencia es el evangelio de Jesucristo8.

Las personas sospechan unas de otras. No han creído lo que han escuchado, ni han estado dispuestas a hacer lo que Felipe, uno de los discípulos del Salvador, recomendó que hiciera Natanael, con quien estaba hablando. Felipe dijo: “El Señor ha venido”.

Y lo describió, y Natanael preguntó: “¿De dónde vino?”.

Felipe le contestó: “Pues bien, vino de Nazaret”. Y entonces ese hombre bueno dijo: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”. Felipe le dijo: “Ven y ve” (véase Juan 1:43–46).

A Natanael se le había enseñado que de Nazaret no podía salir nada bueno y, sin embargo, después el Señor se refirió a él como un israelita sin engaño, un hombre bueno pero engañado por las historias que había escuchado.

Pero una vez que aprendió, cuando aceptó la invitación de los discípulos de ir y ver, fue a ver.

Hemos recibido gran gozo bajo la influencia de Su Espíritu, y quisiéramos que todos disfrutaran de esa bendición. Entonces, cuando han preguntado: “¿Qué clase de personas son éstas?”, nuestra respuesta ha sido: “Ven y ve”9.

Mi Padre Celestial… me ha llamado para ir a muchas partes de la tierra, y desde que fui llamado al ministerio he recorrido más de un millón y medio de kilómetros. He viajado por muchas tierras y climas y, a dondequiera que he ido, he encontrado buenas personas, hijos e hijas del Dios viviente, que esperan el evangelio de Jesucristo, y hay miles, cientos de miles, millones de ellos, que aceptarían la verdad si tan sólo supieran lo que nosotros sabemos10.

Hay muchas organizaciones religiosas buenas en el mundo, y hay muchos hombres y mujeres devotos que viven de acuerdo con la voluntad de nuestro Padre Celestial según su propio entendimiento…

A todos los hombres que vivan de acuerdo con la luz que el Señor les ha ofrecido y que lo busquen en sincera oración se les conmoverá el corazón, recibirán una influencia en su mente y se les ofrecerá la oportunidad de saber que Dios ha vuelto a hablar11. [Véase la sugerencia 3 en la página 137.]

Sentimos entusiasmo por compartir el Evangelio porque amamos a nuestros semejantes.

Al que observa desde afuera, tal vez le parezca que entre los Santos de los Últimos Días hay un entusiasmo poco usual. Como dijo un hombre hace poco: “Me parece extraño el gozo con el cual ustedes impulsan su obra. No importa si hablo con un joven o con un hombre maduro, con un jardinero o un policía entre su pueblo, todos son felices y están satisfechos y tienen la confianza de que tienen el evangelio de Jesucristo”…

…¿Es de maravillarse que haya entusiasmo en nuestra adoración, que tengamos la disposición de estar ansiosos por compartir estas verdades gloriosas con nuestros semejantes? ¿Es de sorprenderse que respondamos con tanto gusto y buena voluntad cuando llega el momento de que nuestros hijos sean llamados al campo misional o cuando se nos pide que dejemos de lado nuestros deberes para salir como siervos del Dios viviente, investidos con poder de lo alto, con la autoridad que se nos ha conferido en estos últimos días a fin de compartir con todas las personas esta verdad maravillosa que ha enriquecido tanto nuestra vida…?12.

Lo que llevamos es el evangelio de Jesucristo; lo que arde en nuestro corazón es el deseo de salvar las almas de los hijos de los hombres; no es el deseo de edificarnos ni de llegar a ser un pueblo poderoso económicamente; no es para que nuestros nombres sean glorificados en la tierra por nuestros logros; sino que los hijos y las hijas de Dios, dondequiera que estén, escuchen este Evangelio, que es el poder de Dios para salvación a todo aquel que crea y obedezca sus preceptos. Y los que crean seguirán el modelo que dio el Salvador cuando les dijo a Sus discípulos: “El que crea y sea bautizado será salvo; pero el que no crea será condenado” [Marcos 16:16]13.

Piensen en la responsabilidad que descansa sobre nosotros si vivimos con descuido o indiferencia y no nos esforzamos por compartir la verdad con aquellos a quienes el Señor ama tanto como a nosotros, y que son valiosos a su vista. Pienso que debe haber un despertar entre algunos miembros de esta Iglesia. Creo que debe hacerse un mayor esfuerzo por compartir con los hijos de nuestro Padre toda la verdad que se encuentra en esta Iglesia14.

Cuando un hombre está enfermo, si es nuestro vecino, gustosamente le damos una bendición de salud; si hay una muerte en su familia, tratamos de consolarlo. Pero, año tras año, permitimos que camine por senderos que destruirán su oportunidad de alcanzar la vida eterna, lo dejamos al margen como cosa sin ningún valor15.

¿Nos damos cuenta de que todo hombre es creado a la imagen de Dios y es un hijo de Dios, y toda mujer Su hija? No importa en dónde estén, son Sus hijos, y Él los ama y desea su salvación. Ciertamente, como miembros de esta Iglesia, no podemos quedarnos sentados sin hacer nada. No podemos recibir el favor compasivo de nuestro Padre Celestial que se nos ha otorgado, el conocimiento de la vida eterna, y retenerla de forma egoísta, pensando que así seremos bendecidos. Lo que enriquece nuestra vida no es lo que recibimos, sino lo que damos16.

Interesémonos lo suficiente en la salvación de los hombres para proceder con santo celo en pos de su conversión: para que podamos disfrutar de su eterna gratitud y amor, y el aprecio de nuestro Padre Celestial, por causa de nuestro interés falto de egoísmo en Sus hijos17.

Nuestra misión para con los hijos de nuestro Padre… es una misión de paz y de buena voluntad para todos los hombres. Es el deseo intenso y entusiasta de compartir con todos los hijos de nuestro Padre las cosas buenas que tan generosamente nos ha dado; y con la esperanza de que entiendan nos arrodillamos día tras día, y rogamos que se conmueva su corazón para que el Espíritu de Dios entre en su alma y puedan entender la verdad tal como les es dada18.

Cómo quisiera que esta gran Iglesia, con el poder que Dios le ha dado, lograra diseminar la verdad con mayor prisa para salvar a las naciones de la destrucción. Crecemos rápidamente como organización, pero mi regocijo no se debe tanto al crecimiento numérico como a la creencia en que la influencia que irradiamos se está sintiendo para bien y que los hijos de nuestro Padre, de norte a sur y de este a oeste, están escuchando el mensaje de vida y salvación, sin el cual no pueden morar en la presencia del Redentor del género humano19. [Véase la sugerencia 4 en la página 137.]

El Señor nos tendrá por responsables de nuestro esfuerzo por compartir el don del Evangelio.

Hemos recibido un don maravilloso, pero éste va acompañado de una gran responsabilidad. El Señor nos ha bendecido con un conocimiento mucho mayor que el que tienen nuestros semejantes, y ese conocimiento viene acompañado del requisito de compartirlo con Sus hijos, dondequiera que estén20.

Ahora bien, no pienso que estemos sirviendo a Dios con todas nuestras fuerzas si abandonamos a Sus hijos o si dedicamos tanto tiempo edificándonos egoístamente a nosotros mismos, acumulando las cosas de esta vida, que dejamos a Sus hijos en la oscuridad cuando podríamos llevarlos a la luz. Pienso que la misión más importante que tengo en esta vida es: primero, guardar los mandamientos de Dios tal como se me han enseñando y, después de eso, enseñarlos a los hijos de mi Padre que no los entiendan21.

No hay ningún otro evangelio de salvación, y nosotros, mis hermanos que poseen el santo sacerdocio, tenemos la responsabilidad no sólo de llevar ese mensaje a las naciones de la tierra, sino de ser un ejemplo de él en nuestra vida y enseñarlo a nuestros vecinos que no son de nuestra fe. Les advierto este día que el Señor nos tiene por responsables de llamar a Sus hijos al arrepentimiento y de promulgar Su verdad. Si no aprovechamos nuestras oportunidades de enseñar este Evangelio de nuestro Señor a los hijos e hijas de Dios que no son de nuestra fe y que moran entre nosotros, del otro lado del velo Él nos tendrá por responsables de lo que no hayamos hecho22.

Después de un tiempo, tendremos que hacer frente al registro de nuestra vida y, si hemos sido fieles, estoy seguro de que el Padre de todos los que vivimos en el mundo nos dará las gracias y nos bendecirá por llevar a tantos de Sus hijos e hijas a una comprensión del propósito de la vida y de cómo disfrutarlo bajo la influencia de Su Espíritu23.

Cuando contamos con el espíritu del Evangelio, deseamos enseñar las gloriosas verdades necesarias para la exaltación a cuantos hijos de nuestro Padre nos sea posible alcanzar, para que, llegado el momento, podamos presentarnos ante el Redentor de la humanidad y decirle: “Con el poder que me diste, con la sabiduría y el conocimiento que me diste, me he esforzado con ternura y amor sincero, con determinación y bondad, por llevar al conocimiento del Evangelio a cuantos hijos Tuyos me ha sido posible”24. [Véase la sugerencia 5 en la página 137.]

Si compartimos el Evangelio con los hijos de Dios, nuestra recompensa será disfrutar de gran gozo con ellos en el reino celestial.

Muchos dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo a buscar las cosas de esta vida que tendremos que dejar atrás cuando nos vayamos de aquí y, sin embargo, hay almas inmortales a todo nuestro alrededor a quienes podríamos, si quisiéramos, enseñar e inspirar para que investigaran la verdad, e implantar en su corazón el conocimiento de que Dios vive. Qué tesoro en todo el mundo sería más valioso para nosotros, ya que tendríamos su gratitud aquí y su aprecio continuo y eterno en el mundo venidero. Es una misión sumamente importante25.

Piensen en lo que significaría si, en lugar de haber sido egoístas tratando de salvar únicamente a nuestra propia pequeña familia, contáramos por decenas y por centenares a los hombres y las mujeres en quienes hayamos influido para que acepten el evangelio de nuestro Señor. Entonces en verdad nos sentiremos bendecidos y disfrutaremos de su amor y de su aprecio para siempre26.

Qué gozo tendremos del otro lado del velo al encontrar a esos buenos hombres y mujeres que estén viviendo de acuerdo con la luz que tengan, tratando de hacer su deber para con Dios y que, como resultado de su contacto con nosotros y de nuestra ansiedad y voluntad de compartir con ellos, recibirán más información acerca del evangelio de nuestro Señor, aceptarán las ordenanzas de Su Santa Casa y estarán preparados para ser miembros del reino celestial. Qué felices serán ustedes, cuando llegue ese momento, cuando estén ante la presencia del gran Juez para rendir cuentas de los pocos años de vida que hayan pasado en la mortalidad, si estos hijos del Padre que Él ama tanto como nos ama a nosotros, dijeran junto a nosotros: “Padre Celestial, fue este hombre, fue esta mujer quien me dio la información de Tu gloriosa verdad, lo cual provocó en mí el deseo de buscarte con más fervor que nunca. Este hombre o esta mujer fue quien hizo esa cosa bendita por mí”. Y eso no es todo.

Cuando llegue el momento, al pasar por todas las edades de la eternidad, que es mucho tiempo, tendrán el amor y la gratitud de todo hombre, mujer y niño a quienes hayan ayudado a tener la felicidad eterna. ¿No vale la pena? Podemos pasar toda la vida aquí y adquirir varios cientos o miles de dólares, podemos tener rebaños, manadas, casas y tierras, pero eso no lo podemos llevar al otro lado. No los necesitamos para la vida eterna, sino sólo para el tiempo que estemos aquí; pero si nos hemos ganado la gratitud y el amor de los otros hijos de Dios, eso nos bendecirá para siempre. ¡Piensen en lo que eso significará! Cuando llegue el momento de la limpieza y purificación de este mundo por fuego, y éste llegue a ser el reino celestial, habiéndose desechado toda impureza y todo lo indeseable, qué grato será saber que contamos con la compañía de las personas a las que servimos en la mortalidad, y que somos coherederos para siempre con Jesucristo nuestro Señor y seremos dirigidos por Él. ¿No vale la pena eso? ¿No es una oportunidad de gran gozo?27. [Véase la sugerencia 6 en la página 137.]

Sugerencias para el estudio y la enseñanza

Considere estas ideas al estudiar el capítulo o al prepararse para enseñarlo. Si necesita más ayuda, consulte las páginas V–VIII.

  1. 1.

    Repase “De la vida de George Albert Smith” (páginas 127–128). ¿Por qué piensa que el presidente Smith sentía tanto entusiasmo por la obra misional? ¿Qué significa para usted ser “primordialmente un misionero de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”?

  2. 2.

    ¿Qué ofrece al mundo el Evangelio restaurado además de las “lecciones morales” que ofrecen la mayoría de las religiones? (Si desea algunos ejemplos, consulte las páginas 128–129).

  3. 3.

    Lea la sección que comienza en la página 129 (véase también D. y C. 123:12). ¿Qué ejemplos ha visto de personas que superan sus malos entendidos acerca de la Iglesia al aceptar la invitación: “ven y ve”? ¿Cuáles son algunas maneras eficaces de extender esa invitación?

  4. 4.

    Lea el tercer párrafo completo de la página 132. ¿Por qué piensa que a veces nos sentimos renuentes a compartir el Evangelio con nuestros semejantes? Al estudiar las páginas 131–133, piense en lo que podemos hacer para superar esa renuencia.

  5. 5.

    Al leer la sección que comienza en la página 133, reflexione si está haciendo lo que el Señor espera que haga para compartir el Evangelio. Considere con oración cómo puede guardar ese mandamiento más íntegramente.

  6. 6.

    Repase la última sección de las enseñanzas (páginas 134–136) y piense en la primera persona que le presentó el evangelio restaurado de Jesucristo a usted o a su familia. ¿Qué puede hacer para mostrar o expresar su gratitud hacia esa persona?

Pasajes de las Escrituras que se relacionan con el tema: Amós 8:11–12; Mosíah 28:1–3; Alma 26:28–30; Doctrina y Convenios 4:4; 18:10–16.

Ayuda para la enseñanza: “Es mejor tomar unas cuantas buenas ideas y llevar a cabo un buen análisis –-y un buen aprendizaje–- que estar apurado, tratando de enseñar cada palabra del manual… Un ambiente tranquilo, sin apuros, es absolutamente esencial si se ha de tener la presencia del Espíritu del Señor en la clase” (Jeffrey R. Holland, “La enseñanza y el aprendizaje en la Iglesia”, Liahona, junio de 2007, pág. 59).

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    Notas

  1.   1.

    Preston Nibley, “Sharing the Gospel with Others”, Improvement Era, abril de 1950, pág. 270.

  2.   2.

    Merlo J. Pusey, Builders of the Kingdom, 1981, pág. 240.

  3.   3.

    En Conference Report, junio de 1919, pág. 43.

  4.   4.

    En Conference Report, abril de 1922, págs. 54–55.

  5.   5.

    En Conference Report, abril de 1922, pág. 53.

  6.   6.

    En Conference Report, abril de 1916, pág. 47.

  7.   7.

    En Conference Report, octubre de 1921, pág. 38.

  8.   8.

    En Conference Report, abril de 1922, pág. 53.

  9.   9.

    En Conference Report, octubre de 1949, pág. 5.

  10.   10.

    En Conference Report, octubre de 1945, pág. 120.

  11.   11.

    En Conference Report, abril de 1935, págs. 43–44.

  12.   12.

    En Conference Report, octubre de 1927, págs. 46–47.

  13.   13.

    En Proceedings at the Dedication of the Joseph Smith Memorial Monument, pág. 55.

  14.   14.

    En Conference Report, abril de 1934, pág. 28.

  15.   15.

    En Conference Report, octubre de 1916, pág. 50.

  16.   16.

    En Conference Report, abril de 1935, pág. 46.

  17.   17.

    “Greeting”, Millennial Star, 10 de julio de 1919, pág. 441.

  18.   18.

    En Conference Report, octubre de 1927, pág. 49.

  19.   19.

    En Conference Report, octubre de 1922, pág. 98.

  20.   20.

    En Conference Report, abril de 1922, pág. 53.

  21.   21.

    En Conference Report, octubre de 1916, pág. 50.

  22.   22.

    En Conference Report, abril de 1916, pág. 48.

  23.   23.

    En Conference Report, octubre de 1948, págs. 7–8.

  24.   24.

    En Deseret News, 20 de agosto de 1921, sección de la Iglesia, pág. 7.

  25.   25.

    En Conference Report, octubre de 1916, pág. 50.

  26.   26.

    En Conference Report, octubre de 1941, pág. 102.

  27.   27.

    Sharing the Gospel with Others, sel. Preston Nibley, 1948, págs. 214–216; discurso pronunciado el 4 de noviembre de 1945, en Washington, D.C.