Capítulo 23: “A vosotros os es requerido perdonar”

Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: George Albert Smith, 2010


Cuando perdonamos a los demás, nos libramos de la carga del odio y nos preparamos para la vida eterna.

De la vida de George Albert Smith

En 1897, cuando todavía era joven, George Albert Smith se alistó en la Guardia Nacional de Utah. A insistencia de algunos de sus compañeros, se postuló como candidato a un puesto de elección popular en la Guardia, pero, durante las semanas anteriores a la elección, un soldado rival comenzó a difundir rumores falsos que acusaban a George Albert Smith de prácticas poco éticas. Como resultado de ello, el sargento Smith perdió una elección que consideraba que debía haber ganado. Lo que hizo que la situación fuera más difícil fue que el hombre que había difundido los rumores falsos había sido su amigo anteriormente.

Aun cuando intentó olvidarlo, la ofensa llenó de amargura el corazón de George Albert Smith. Asistió a la Iglesia el siguiente domingo, pero no se sentía bien en cuanto a tomar la Santa Cena. Oró para pedir ayuda y se dio cuenta de que debía arrepentirse del resentimiento que sentía. Decidió buscar a su amigo y reconciliarse con él.

George Albert Smith fue directamente a la oficina del hombre y le dijo en una voz suave: “Hermano mío, deseo que me perdones por haberte odiado estas últimas semanas”.

Inmediatamente, el corazón de su amigo se ablandó. “Hermano Smith, no tienes necesidad de ser perdonado”, le dijo. “Soy yo quien necesita tu perdón”. Se estrecharon la mano y a partir de entonces continuaron siendo buenos amigos1. [Véase la sugerencia 1 en la página 266.]

Unos años más tarde, George Albert Smith hizo del perdón una de las metas para toda su vida cuando escribió en su credo personal: “No heriré deliberadamente los sentimientos de nadie, ni siquiera del que me haya ofendido, sino que trataré de hacerle un bien y de ganarme su amistad”2.

Un colega allegado al presidente Smith observó que su capacidad de perdonar era en realidad uno de sus atributos distintivos: “Verdaderamente perdonaba a todos los hombres. Fue consciente durante toda su vida del mandamiento de Dios: Dios perdonará a quien sea Su voluntad perdonar, mas a nosotros se nos requiere perdonar a todos los hombres. Él podía hacerlo y luego dejar el asunto en manos de Dios. Conforme perdonaba, estoy seguro de que olvidaba. Cuando alguien que perdona también olvida, realmente ése es un hombre poco común, ¡un auténtico hombre de Dios!”3.

Las enseñanzas de George Albert Smith

Si comprendemos el evangelio de Jesucristo, estamos más dispuestos a perdonar a los demás.

Hay una cosa que haríamos bien en cultivar: la disposición a perdonarnos unos a otros nuestras ofensas. El espíritu del perdón es una virtud sin la cual nunca podremos hacer completamente realidad las bendiciones que esperamos recibir4.

Las personas del mundo no comprenden… cómo se sentía el Señor cuando, en la agonía de Su alma, clamó a Su Padre Celestial, no que condenara ni destruyera a los que le estaban quitando la vida, sino más bien dijo:

“…Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Ésa debería ser la actitud de todos los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Ésa debería ser la actitud de todos los hijos e hijas de Dios, y me parece a mí que lo sería si comprendieran plenamente el plan de salvación… El tener ira y odio en el corazón no nos dará paz ni felicidad5.

El Señor nos ha dado mucha información, nos ha revelado Su parecer y Su voluntad, nos ha enseñado cosas que el mundo no sabe y, de conformidad con la información que hemos recibido, nos tiene por responsables y espera que vivamos un nivel más alto de vida, una vida más ideal que la que viven aquellos que no comprenden plenamente el Evangelio como nosotros. El espíritu de perdón es algo que los Santos de los Últimos Días pueden, con provecho, demostrar más plenamente entre ellos… Debemos llegar a estar en una situación en la que podamos perdonar a nuestros hermanos6. [Véase la sugerencia 2 en la página 267.]

Cuando perdonamos a los demás, demostramos agradecimiento por el perdón que nuestro Padre Celestial nos da.

En relación a este asunto [de perdonar a los demás], leeré unos pocos versículos del capítulo dieciocho de San Mateo; comenzaré con el versículo veintiuno. Parece que los apóstoles estaban con el Maestro en esa ocasión, y Pedro se le acercó y dijo:

“Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?

“Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” [Mateo 18:21–22].

Luego el Señor dio una parábola… sobre dos hombres. Uno de ellos debía a su señor una gran cantidad de dinero, y fue a él y le dijo que no podía pagar lo que debía y pidió que se le perdonara la deuda. El señor de ese siervo fue movido a compasión y le perdonó la deuda. Inmediatamente, ese hombre a quien se le había perdonado fue y encontró a un consiervo que le debía una cantidad pequeña de dinero y exigió que se le pagara. El pobre hombre no podía cumplir con la obligación y a su vez pidió que se le perdonara la deuda. Pero no le fue perdonada; por el contrario, fue echado en la prisión por el mismo a quien su señor ya había perdonado. Cuando los otros consiervos vieron lo que había hecho, fueron con el señor de ese hombre y le contaron, por lo que éste se enojó y entregó al tormento al que había perdonado, hasta que pagara todo lo que debía. Su alma no había sido suficientemente grande para apreciar la misericordia que se le había demostrado, y a causa de esa falta de caridad, lo perdió todo [véase Mateo 18:23–35].

A veces surgen pequeñas dificultades entre nosotros y olvidamos la paciencia que nuestro Padre que está en los cielos practica con nosotros, y en nuestro corazón magnificamos algo trivial que nuestro hermano o nuestra hermana nos hizo o que dijo sobre nosotros. No siempre observamos la ley que el Señor desea que cumplamos en relación a estos asuntos. Olvidamos el mandamiento que dio a los apóstoles en las palabras de la oración, en la que se les dijo que oraran para que se les perdonaran sus deudas como también ellos perdonaban a sus deudores [véase Mateo 6:12]. Creo que tenemos mucho que aprender en ese sentido. No hemos obedecido tan plenamente como debiéramos los requisitos de nuestro Padre Celestial7. [Véase la sugerencia 3 en la página 267.]

Al decidir no ofendernos, podemos desechar de nuestro corazón todos los malos sentimientos.

Se nos ha enseñado que debemos amar a nuestros amigos y orar por los que nos ultrajan y hablan mal de nosotros [véase Mateo 5:44]… Cuando a ustedes se les injurie, no injurien nuevamente. Cuando otros hablen mal de ustedes, sientan compasión por ellos y oren por ellos. Recuerden el ejemplo del Maestro Divino quien, cuando estaba suspendido sobre el cruel madero, dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”8.

A veces, un hermano en posición de autoridad ha ofendido de alguna manera a uno de los miembros de la Iglesia, probablemente sin saberlo; y ese hijo de nuestro Padre sigue sintiéndose herido en silencio, en vez de hacer lo que el Señor ha mandado e ir al hombre que lo ofendió y expresar, con amabilidad, los sentimientos de su corazón, y darle al hermano la oportunidad de decirle: “Siento mucho haberlo ofendido, y quisiera pedirle que me perdone”. Como resultado, en muchos casos, encontramos un resentimiento que Satanás ha instigado9. [Véase la sugerencia 4 en la página 267.]

No tenemos malos sentimientos hacia ninguno de nuestros semejantes; no tenemos razón para tenerlos. Si nos malentienden, si nos citan erróneamente y si nos persiguen, debemos recordar que ellos están en manos del Señor… Así que, cuando participemos de la Santa Cena del Señor… desechemos de nuestro corazón todos los malos sentimientos entre nosotros y por nuestros hermanos y hermanas que no son de nuestra fe10.

Cuando perdonamos a los demás, nos preparamos para el reino celestial.

Vivamos cada uno de tal manera que el adversario no tenga poder sobre nosotros. Si tienen diferencias entre sí, si ha habido desacuerdos entre ustedes y sus vecinos, resuélvanlos lo más pronto posible, bajo la influencia del Espíritu del Señor, a fin de que cuando llegue el momento, tanto ustedes, como sus descendientes que les seguirán, puedan estar preparados para recibir una herencia en el reino celestial11.

En el libro de Doctrina y Convenios encontramos una alusión a este asunto del perdón, en la que el Señor da un mandamiento; se encuentra en la sección sesenta y cuatro, y se refiere a nosotros en la actualidad. Dice lo siguiente:

“…de cierto os digo, que yo, el Señor, perdono los pecados de aquellos que los confiesan ante mí y piden perdón, si no han pecado de muerte.

“En la antigüedad mis discípulos buscaron motivo el uno contra el otro, y no se perdonaron unos a otros en su corazón; y por esta maldad fueron afligidos y disciplinados con severidad.

“Por tanto, os digo que debéis perdonaros los unos a los otros; pues el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado”.

El último versículo que leí es el que quisiera recalcar.

“Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres.

“Y debéis decir en vuestros corazones: Juzgue Dios entre tú y yo, y te premie de acuerdo con tus hechos” [D. y C. 64:7–11].

Si vivimos la vida de tal manera que, cuando tengamos diferencias con nuestro vecino, si en vez de establecernos como jueces el uno del otro, sinceramente y a conciencia pudiéramos pedir a nuestro Padre que está en los cielos y decir: “Señor, juzga entre yo y mi hermano; Tú conoces mi corazón; Tú sabes que no tengo sentimientos de ira en contra de él; ayúdanos a estar de acuerdo y danos sabiduría para que podamos tratarnos con rectitud”, ¡qué pocas diferencias habría, y qué gozo y bendiciones recibiríamos! Pero, de vez en cuando, surgen pequeñas dificultades que interrumpen el equilibrio de nuestra vida diaria, y seguimos siendo desdichados porque damos gran valor a la influencia indebida, y no tenemos caridad…

…“Ahora os hablo concerniente a vuestras familias: Si los hombres os hieren a vosotros o a vuestras familias una vez, y lo soportáis con paciencia, sin injuriarlos ni procurar vengaros, seréis recompensados;

“mas si no lo soportáis con paciencia, os será contado por medida justa impartida a vosotros” [D. y C. 98:23–24].

Ésta también es la palabra del Maestro para nosotros. Si vivimos de conformidad con esta ley, creceremos en gracia y en fuerza día tras día, y con el favor de nuestro Padre Celestial. La fe aumentará en el corazón de nuestros hijos. Nos amarán por la rectitud y la integridad de nuestra vida, y se regocijarán por haber nacido de tales padres. Les digo que este mandamiento no se ha dado en una manera frívola, pues el Señor ha declarado que Él no da una ley con indiferencia, sino que cada ley se da para que se pueda guardar y para que la podamos cumplir.

Sólo estaremos en este mundo por un corto tiempo. Los más jóvenes y más fuertes entre nosotros simplemente se están preparando para la otra vida, y antes de poder entrar en la gloria de nuestro Padre y disfrutar las bendiciones que esperamos recibir por medio de la fidelidad, tendremos que vivir las leyes de la paciencia y ejercer el perdón hacia aquellos que hayan pecado en contra de nosotros, y desechar de nuestro corazón todo sentimiento de odio hacia ellos.

“Y además, si vuestro enemigo os hiere por segunda vez, y no injuriáis a vuestro enemigo, mas lo soportáis pacientemente, vuestra recompensa será cien tantos más;

“y además, si os hiere por tercera vez, y lo soportáis con paciencia, vuestra recompensa os será cuadruplicada” [D. y C. 98:25–26]…

Es mi ruego que el Espíritu del Maestro more en nosotros, que podamos perdonar a todos los hombres como Él ha mandado; perdonar, no sólo con los labios, sino en la parte más recóndita de nuestro corazón, toda ofensa que se haya cometido en nuestra contra. Si hacemos esto durante el transcurso de la vida, las bendiciones del Señor permanecerán en nuestros corazones y nuestros hogares12. [Véase la sugerencia 5 en la página 267.]

Sugerencias para el estudio y la enseñanza

Considere estas ideas al estudiar el capítulo o al prepararse para enseñarlo. Si necesita más ayuda, consulte las páginas V–VIII.

  1. 1.

    Medite en cuanto al relato que figura en la página 259 y lea 3 Nefi 12:22–24. ¿Por qué piensa usted que el Señor requiere que nos reconciliemos con nuestros hermanos y hermanas antes de poder venir a Él?

  2. 2.

    En las páginas 261–262, el presidente Smith explica que nuestro conocimiento del plan de salvación debería ayudarnos a perdonar más fácilmente. ¿Por qué cree usted que esto es así? ¿De qué manera llegamos a “estar en una situación” (página 262) en la que podemos perdonar a los demás?

  3. 3.

    A medida que estudie la sección que comienza en la página 262, piense en alguna ocasión en la que el Padre Celestial lo haya perdonado. ¿Por qué cree que el no perdonar a los demás nos haría indignos del perdón que buscamos?

  4. 4.

    Lea el tercer párrafo de la página 263. ¿Qué nos impide reconciliarnos con un líder de la Iglesia o con alguien más que, a sabiendas o sin saberlo, nos haya ofendido? ¿Qué podemos hacer para superar esas dificultades?

  5. 5.

    Repase la última sección de las enseñanzas (páginas 264–266). ¿En qué forma el estar dispuestos a perdonar nos prepara para el reino celestial? ¿De qué maneras es bendecida nuestra familia cuando perdonamos a los demás?

Pasajes de las Escrituras que se relacionan con el tema: Mateo 5:23–24, 38–48; 6:12, 14–15; 7:1–5; 18:15; 1 Nefi 7:16–21; Doctrina y Convenios 42:88.

Ayuda para la enseñanza: “Cuando [una persona] haga una pregunta, considere la posibilidad de invitar a otros para que la contesten en lugar de responder usted mismo. Por ejemplo, podría decir: ‘Ésa es una pregunta interesante. ¿Qué piensan todos ustedes?’ o ‘¿Quién desea responder a esa pregunta?’” (La enseñanza: el llamamiento más importante, pág. 69).

Mostrar referencias

    Notas

  1.   1.

    Véase Merlo J. Pusey, “The Inner Strength of a Leader”, Instructor, junio de 1965, pág. 232.

  2.   2.

    “President George Albert Smith’s Creed”, Improvement Era, abril de 1950, pág. 262. Véase también Presidentes de la Iglesia, Manual del alumno: Religión 345, págs. 148–149.

  3.   3.

    Matthew Cowley, en Conference Report, abril de 1951, pág. 167.

  4.   4.

    “The Spirit of Forgiveness”, Improvement Era, agosto de 1945, pág. 443.

  5.   5.

    En Conference Report, octubre de 1945, pág. 169.

  6.   6.

    En Conference Report, octubre de 1905, pág. 27.

  7.   7.

    En Conference Report, octubre de 1905, pág. 27.

  8.   8.

    En Conference Report, octubre de 1904, págs. 65–66.

  9.   9.

    En Conference Report, octubre de 1905, pág. 27.

  10.   10.

    En Conference Report, octubre de 1906, pág. 50.

  11.   11.

    Discurso pronunciado en una conferencia de la Misión Mexicana, 26 de mayo de 1946, George Albert Smith Family Papers, University of Utah, caja 121, pág. 288.

  12.   12.

    En Conference Report, octubre de 1905, págs. 27–28, 30.