Capítulo 10

Cultivar la relación eterna del matrimonio

Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Gordon B. Hinckley


“Los sentimientos más tiernos de la vida, los impulsos más generosos y satisfactorios del corazón humano encuentran cabida en un matrimonio que se mantiene puro y sin mancha por encima de la maldad del mundo”.

De la vida de Gordon B. Hinckley

Una tarde, el presidente Hinckley y su esposa estaban sentados tranquilamente, cuando la hermana Hinckley dijo: “Tú siempre me has dado alas para volar, y esa es una de las razones por las que te amo”1. Refiriéndose a ese comentario de su esposa, el presidente Hinckley diría más tarde: “Me he esforzado por reconocer la individualidad de mi esposa, su personalidad, sus deseos, su experiencia, sus ambiciones. Déjenlas volar, sí, ¡déjenlas volar! Permítanles desarrollar sus propios talentos, hacer las cosas a su manera. Quítense de en medio y maravíllense de lo que hacen”2. Asimismo, la hermana Hinckley supo apoyar a su esposo como padre, en sus intereses personales y en su extenso servicio en la Iglesia.

Durante la mayor parte de su infancia, Gordon B. Hinckley y Marjorie Pay vivieron en el mismo barrio, y durante años, uno vivió justo al frente del otro. “La vi por primera vez en la Primaria”, recordaría el presidente Hinckley más adelante. “Ella dio un discurso, y yo no sé de qué manera me afectó, pero jamás lo olvidé. Después, ella creció y se convirtió en una hermosa joven, y yo tuve el buen juicio de casarme con ella”3.

Ellos salieron en su primera cita —a un baile en la capilla— cuando él tenía diecinueve años y ella dieciocho. “Este joven va a llegar lejos en la vida”, le comentó Marjorie a su madre después4. Su relación siguió cimentándose mientras Gordon estudiaba en la Universidad de Utah. En 1933, el año en que él se graduó, fue llamado a servir una misión en Inglaterra. A su regreso, en 1935, continuaron su noviazgo, y en 1937 se casaron en el Templo de Salt Lake. De sus primeros años de matrimonio, la hermana Hinckley dijo:

“Escaseaba el dinero, pero estábamos llenos de esperanza y optimismo. Esos primeros años no siempre fueron maravillosos, pero teníamos la determinación y un enorme deseo de establecer un hogar feliz. Nos amábamos el uno al otro, de eso no había duda. Aunque también tuvimos que adaptarnos el uno al otro; pienso que todas las parejas tienen que adaptarse el uno al otro.

“Muy pronto comprendí que sería mejor si nos esforzábamos más por adaptarnos el uno al otro, que tratar constantemente de cambiar al otro, lo cual era imposible, según descubrí… Deben hacerse algunas concesiones y debe haber mucha flexibilidad de ambas partes, para hacer que la felicidad reine en mi hogar”5.

El presidente Hinckley fue llamado como Autoridad General en 1958, y durante sus primeros años de servicio, la hermana Hinckley, por lo general, se quedaba en casa atendiendo a sus cinco hijos, mientras él viajaba para cumplir asignaciones de la Iglesia. Cuando sus hijos se hicieron mayores, los Hinckley solían viajar juntos, algo que ellos disfrutaban mucho. En abril de 1977, cumplieron sus cuarenta aniversario de casados justo cuando se encontraban en un largo viaje para reunirse con los santos en Australia. Ese día, el presidente Hinckley escribió en su diario:

“Nos encontramos en Perth, Australia, y nuestra presencia aquí es muy representativa de lo que nos han deparado estos años. Hemos estado todo el día reunidos con los misioneros de la Misión Australia Perth. Ha sido un día maravilloso en el que hemos escuchado testimonios y hemos sido instruidos. Los misioneros le obsequiaron a Marjorie un ramillete de flores, cosa que yo mismo no he tenido tiempo de regalarle.

“Podríamos escribir todo un libro acerca de los últimos 40 años… Hemos tenido nuestras luchas y nuestros problemas; pero en su mayor parte, la vida ha sido buena. Hemos sido bendecidos maravillosamente. A esta edad, uno comienza a sentir el significado de la eternidad y el valor del compañerismo eterno. Si hubiéramos estado en casa esta noche, seguramente hubiéramos tenido una especie de cena familiar. El hecho es que nos hallamos lejos de casa al servicio del Señor, y es una dulce experiencia”6.

Veintidós años más tarde, siendo Presidente de la Iglesia, el presidente Hinckley le escribió una carta a la hermana Hinckley expresándole sus sentimientos tras sesenta años de matrimonio. “¡Qué maravillosa compañera has sido!”, le dijo. “Ahora hemos envejecido juntos, y ha sido una experiencia dulce… Cuando en algún día futuro, la mano de la muerte gentilmente se pose sobre uno de nosotros, habrá lágrimas, sí, pero también habrá una convicción serena y segura de que volveremos a estar juntos en un compañerismo eterno”7.

A principios de 2004, los Hinckley estaban regresando a casa tras la dedicación del Templo de Accra, Ghana, cuando la hermana Hinckley se desmayó por la fatiga. Ella no volvió a recuperar su vitalidad y falleció el 6 de abril de 2004. Seis meses después, en la conferencia general de octubre, el presidente Hinckley dijo:

“Confieso que al sostener su mano y ver cómo la vida mortal iba alejándose de ella, me sentí sobrecogido. Antes de casarnos, ella era la mujer de mis sueños… Fue mi amada compañera durante más de dos tercios de siglo; ante el Señor éramos iguales, aunque en realidad ella era superior a mí; y ahora, en mi ancianidad, vuelve a ser la mujer de mis sueños”8.

El presidente Hinckley fue sostenido en su aflicción por el conocimiento de que él y Marjorie se habían sellado por la eternidad. “Perder a la amada compañera que siempre ha caminado conmigo bajo sol y sombra es completamente devastador”, dijo. “Existe un sentimiento de desolación que va aumentando en intensidad y va carcomiendo dolorosamente el alma misma. Mas en la quietud de la noche, se escucha un susurro que dice: ‘Oh, está todo bien’. Y esa voz proveniente de lo desconocido transmite paz, certeza y una seguridad inquebrantable de que la muerte no es el final, que la vida continúa con trabajo por hacer y victorias por alcanzar. Esa callada voz, que no perciben los oídos mortales, comunica la certeza de que así como ha habido una separación, también habrá el gozo de volver a estar juntos9.

El presidente Hinckley y su esposa

El presidente Hinckley y su esposa disfrutaron de un matrimonio feliz y amoroso, y se sintieron fortalecidos por “una convicción serena y segura de que [volverán] a estar juntos en un compañerismo eterno”.

Enseñanzas de Gordon B. Hinckley

1

El Padre Celestial instituyó el matrimonio desde el principio.

¡Qué hermoso es el matrimonio dentro del plan de nuestro Padre Eterno! Un plan que nos dio en Su sabiduría divina para la felicidad y la seguridad de Sus hijos y la continuidad de la raza humana.

Él es nuestro Creador e instituyó el matrimonio desde el comienzo. Al momento de la creación de Eva, Adán dijo: “Esta es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne… Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se allegará a su mujer; y serán una sola carne” (Génesis 2:23–24).

Pablo escribió a los santos de Corinto: “Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón” (1 Corintios 11:11).

En la revelación moderna, el Señor ha dicho: “Y además, de cierto os digo, que quien prohíbe casarse no es ordenado por Dios, porque el matrimonio lo decretó Dios para el hombre” (D. y C. 49:15)…

Sin duda, nadie que lea las Escrituras, tanto antiguas como modernas, puede dudar del concepto divino del matrimonio. Los sentimientos más tiernos de la vida, los impulsos más generosos y satisfactorios del corazón humano, encuentran cabida en un matrimonio que se mantiene puro y sin mancha por encima de la maldad del mundo.

Ese matrimonio, creo yo, es lo que los hombres y las mujeres de todo el mundo desean, esperan, anhelan y oran por conseguir10.

2

En el templo, el esposo y la esposa se pueden sellar por la eternidad.

Estos templos… brindan bendiciones que no se pueden obtener en ningún otro lugar. Todo lo que se lleva a cabo en estas casas sagradas tiene que ver con la naturaleza eterna del hombre. Allí se sellan, juntos como familias por la eternidad, esposos, esposas e hijos. El matrimonio no es “hasta que la muerte los separe”, es para siempre, si los contrayentes viven dignos de esa bendición11.

¿Habrá habido algún hombre que haya amado verdaderamente a una mujer o una mujer que haya amado verdaderamente a un hombre, que no hayan orado para que su relación continúe más allá de la tumba? ¿Habrá habido padres que al enterrar a un hijo no hayan anhelado obtener la certeza de que este volvería a pertenecerles en el más allá? ¿Puede alguien que crea en la vida eterna dudar de que Dios concedería a Sus hijos e hijas el atributo más preciado de esta vida, que es el amor, el cual halla su expresión más viva en las relaciones familiares? No. La razón exige que esas relaciones familiares continúen después de la muerte. El corazón humano las anhela y el Dios de los cielos ha revelado la manera de lograrlo. Las ordenanzas sagradas de la Casa del Señor proporcionan ese medio12.

Cuán dulce es la seguridad, cuán reconfortante la paz que proviene del conocimiento de que si nos casamos en la forma correcta y vivimos una vida recta, nuestra relación familiar perdurará, no obstante la certeza de la muerte y del paso del tiempo. El hombre puede escribir canciones de amor y cantarlas; puede tener anhelos, esperanzas y sueños; pero todo eso no pasará de ser una aspiración romántica, a menos que se ejerza la autoridad que trasciende los poderes del tiempo y de la muerte13.

3

El esposo y la esposa caminan lado a lado en una jornada eterna.

En Su gran plan, cuando Dios creó al hombre, creó la dualidad de los sexos. Encontramos la sublime expresión de esa dualidad en el matrimonio, donde una parte complementa a la otra14.

En el compañerismo del matrimonio no hay inferioridad ni superioridad; la mujer no camina delante del marido, ni el marido camina delante de la esposa; ambos caminan lado a lado, como un hijo y una hija de Dios en una jornada eterna15.

El matrimonio es, en su sentido más auténtico, una sociedad de dos personas iguales, en la que ninguno ejerce dominio sobre el otro; más bien, cada uno ayuda a su compañero en las responsabilidades y aspiraciones que este pueda tener16.

Esposas, consideren a sus esposos como sus valiosos compañeros y sean dignas de esa unión. Esposos, vean a sus esposas como su más preciado don, ahora y en la eternidad; ella es una hija de Dios, una compañera con la que pueden andar de la mano, bajo sol y lluvia, en todas las dificultades y los triunfos de la vida17.

Recuerdo a dos de mis amigos de mis años de estudios secundarios y universitarios. Era un muchacho de un pueblo rural, de apariencia sencilla, que no tenía dinero ni parecía prometer mucho. Se había criado en una granja y si se le podía señalar una cualidad notable, era su capacidad de trabajo… Mas pese a su aspecto campesino, su sonrisa y su personalidad manifestaban su bondad. Ella era una joven de ciudad que provenía de un hogar acomodado…

Algo maravilloso sucedió entre ellos: se enamoraron… Daba gusto verlos riendo, bailando y estudiando juntos a lo largo de sus años de estudios. Se casaron cuando la gente se preguntaba cómo se las arreglarían para ganar lo suficiente para vivir. Él trabajaba con afán para terminar su carrera y se graduó con excelentes calificaciones. Ella recortaba los gastos, ahorraba, trabajaba y oraba; lo animaba y lo apoyaba, y cuando las cosas se ponían muy difíciles, le decía tranquilamente: “Saldremos adelante de una manera u otra”. Manteniéndose a flote gracias a la fe que ella le tenía, él siguió adelante a través de esos penosos años. Tuvieron hijos y juntos los criaron con cariño y les dieron la seguridad que les brindó el amor y la lealtad que se profesaban el uno al otro. Han pasado ya más de cuarenta y cinco años. Sus hijos, que ya son mayores, son un constante motivo de orgullo para ellos, para la Iglesia y para la comunidad donde viven.

Hace poco, mientras volvía en avión desde Nueva York, avancé por el pasillo en la penumbra de la cabina y reparé en la dama de cabellos canos que dormitaba con la cabeza apoyada en el hombro de su marido, quien la tenía cariñosamente asida la mano. Él estaba despierto y me reconoció; ella se despertó y nos pusimos a charlar. Volvían de una convención en la que él había dado una conferencia ante una audiencia de respetados académicos de la nación. No comentó casi nada del asunto, pero ella me contó con orgullo los honores tributados a su esposo…

Pensé en eso mientras volvía a mi asiento en el avión. Sus amigos de aquellos tiempos no veían nada más que un muchacho de campo y una chica risueña de nariz pecosa; pero ellos dos vieron, el uno en el otro, amor, lealtad, paz y fe en el futuro. Llámenlo química, si lo desean; puede que haya habido algo de eso, pero había mucho más. En ellos floreció el don divino plantado en su ser por el Padre Celestial, nuestro Dios. En sus años de estudiantes vivieron dignos del florecimiento de ese amor. Vivieron con virtud y con fe, con aprecio y respeto propios y mutuos. En los años en que lucharon por salir adelante económica y profesionalmente, tuvieron en su compañerismo la mayor fortaleza terrenal. Ahora, en la edad madura, su unión les brinda paz y tranquila satisfacción. Sobre todo, cuentan con la certeza de una eternidad de unión dichosa por motivo de los convenios del sacerdocio que hicieron hace ya largo tiempo y las promesas que entonces recibieron en la Casa del Señor18.

4

Dios no privará a las personas dignas que no están casadas de recibir todas Sus bendiciones.

De alguna manera, hemos puesto una etiqueta a un grupo muy importante en la Iglesia; la etiqueta dice: “solteros”. Deseo que no hagamos eso. Ustedes son seres individuales, hombres y mujeres, hijos e hijas de Dios, y no un grupo de personas con la misma apariencia y que actúan de la misma manera. El hecho de que no estén casados no los hace, en esencia, diferentes de los demás. Todos nosotros nos parecemos mucho en aspectos físicos y en la manera de expresar nuestras emociones; nos parecemos en nuestra capacidad de pensar, de razonar, de sentirnos desdichados, de ser felices, de amar y de ser amados.

Ustedes son tan importantes como cualquier otra persona en el plan de nuestro Padre que está en los cielos y, de acuerdo con Su misericordia, no se les privará de manera permanente de ninguna bendición a la que de otro modo tuvieran derecho19.

Permítanme decir ahora unas palabras a aquellos que nunca han tenido la oportunidad de casarse. Les aseguro que somos conscientes de la soledad que experimentan muchos de ustedes. La soledad es amarga y dolorosa. Me imagino que todas las personas la han experimentado en una u otra ocasión. Nuestros corazones se vuelcan hacia ustedes con amor y comprensión…

Esta etapa de su vida puede ser maravillosa. Cuentan con madurez y buen juicio; la mayoría son personas preparadas y con experiencia. La fortaleza física, mental y espiritual que tienen, les permite elevar, ayudar y alentar.

Hay tantas personas que los necesitan… Mantengan plenamente cargadas sus baterías espirituales y enciendan las lámparas de los demás20.

Y ahora una palabra para quienes no se han casado… Dios les ha dado talentos de diversos tipos. Les ha dado la capacidad de satisfacer las necesidades de otras personas y bendecir su vida con su bondad e interés. Acérquense a alguien que se encuentre en necesidad…

Expandan sus conocimientos. Cultiven la mente y desarrollen habilidades en la disciplina que escojan. Inmensas son las oportunidades que tienen por delante si están preparados para sacar provecho de ellas… No piensen que porque están solteros Dios se ha olvidado de ustedes; el mundo los necesita, la Iglesia los necesita. Muchas son las personas y las causas que precisan de su fortaleza, su sabiduría y sus talentos.

Oren continuamente y no pierdan las esperanzas… Vivan el mejor tipo de vida del que sean capaces, y el Señor en Su gran sabiduría y en las eternidades dará respuesta a sus oraciones21.

Rogamos a aquellos de ustedes que se han divorciado que sepan que no los consideramos unos fracasados porque no haya funcionado su matrimonio… Nuestra tarea no consiste en condenar, sino en perdonar y olvidar, elevar y ayudar. Cuando se sientan desolados, vuélvanse al Señor, quien ha dicho: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar… Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mateo 11:28, 30).

El Señor no los rechazará ni se apartará de ustedes. Puede que las respuestas a sus oraciones no sean impresionantes; puede que no las entiendan inmediatamente o incluso que no las aprecien, pero con el tiempo, sabrán que han sido bendecidos22.

5

La felicidad en el matrimonio proviene de demostrar un amoroso interés por el bienestar del cónyuge.

Nutran y cultiven su matrimonio, resguárdenlo y manténganlo firme y bello. El matrimonio es un contrato, es un pacto, es una unión entre un hombre y una mujer bajo el plan del Todopoderoso. Puede ser frágil; requiere que se le nutra y se le dedique mucho esfuerzo23.

Por haber tenido la triste experiencia de tratar cientos de situaciones de divorcio a lo largo de los años, estoy seguro de que la aplicación de una sencilla práctica contribuiría más que ninguna otra cosa a resolver este grave problema.

Si todo esposo y esposa se esforzaran al máximo para garantizar la comodidad y la felicidad de su compañera o compañero, habría muy pocos divorcios, si es que los habría. No se escucharían discusiones y cesarían las acusaciones. Los arranques de ira no existirían y el amor y el interés reemplazarían el maltrato y la maldad…

La cura para la mayoría de los problemas matrimoniales no está en el divorcio, sino en el arrepentimiento y el perdón, en las manifestaciones de bondad e interés; se encuentra en la aplicación de la regla de oro.

Es una escena muy bella ver a un joven y una joven tomados de la mano ante el altar solemnizando ante Dios el convenio de honrarse y amarse el uno al otro. Pero cuán lúgubre es verlos unos meses o unos años más tarde, pronunciando comentarios ofensivos, palabras crueles e hirientes, con voces altisonantes y amargas acusaciones.

No es necesario que sea así, mis queridos hermanos y hermanas. Podemos elevarnos por encima de “los débiles y pobres principios elementales” (véase Gálatas 4:9). Podemos buscar y reconocer en el cónyuge la naturaleza divina que heredamos por ser hijos de nuestro Padre Celestial. Podemos vivir juntos en el modelo de matrimonio que Dios nos dio y lograr aquello de lo que somos capaces, siempre que ejerzamos disciplina personal y nos abstengamos de tratar de disciplinar a nuestro cónyuge24.

una mujer y un hombre

“Nutran y cultiven su matrimonio, resguárdenlo y manténganlo firme y bello”.

Todo matrimonio está sujeto a enfrentar, de vez en cuando, una tormenta; pero con paciencia, respeto mutuo y una actitud tolerante es posible sobrellevarlas. Cuando se ha cometido un error, se recurre a las expresiones de disculpa, al arrepentimiento y al perdón; pero debe existir la misma disposición de ambas partes…

He aprendido que la verdadera esencia de la felicidad matrimonial…reside… en el interés sincero que se tenga en la dicha y el bienestar del compañero. El pensar en sí mismo y la complacencia de los propios deseos no engendrará confianza, amor ni felicidad; el amor, con sus características inherentes, solo brotará y florecerá donde exista la abnegación25.

Muchos de nosotros debemos dejar de buscar faltas y comenzar a buscar las virtudes… Lamentablemente, algunas mujeres procuran recomponer a sus esposos de acuerdo con su modelo personal. Algunos esposos consideran que es su prerrogativa obligar a sus esposas a ajustarse a las normas que ellos juzgan ideales. Eso nunca funciona, solo conduce a la contención, los malentendidos y la aflicción.

Debe existir respeto mutuo por los intereses personales. Debe haber oportunidades y estímulo para el desarrollo y la expresión del talento individual26.

Sean absolutamente fieles y leales al compañero o compañera que han elegido. En lo que respecta al tiempo y la eternidad, ella o él serán la posesión más valiosa que jamás tendrán. Ella o él merecerán lo mejor que haya en usted27.

Sugerencias para el estudio y la enseñanza

Preguntas

  • El presidente Hinckley enseñó que el Padre Celestial instituyó el matrimonio entre el hombre y la mujer “para la felicidad y la seguridad de Sus hijos” (sección 1). ¿Qué influencia ejerce este conocimiento en la relación entre el esposo y la esposa? ¿Cómo pueden el esposo y la esposa conservar su matrimonio “puro y sin mancha por encima de la maldad del mundo”?

  • ¿Cuáles son las bendiciones de un matrimonio eterno tanto en esta vida como en la eternidad? (Véase la sección 2). ¿Qué experiencias le han permitido valorar más las relaciones eternas? ¿Cómo podemos enseñar a los niños la importancia del matrimonio eterno?

  • ¿Por qué es necesario que el matrimonio sea “una sociedad de dos personas iguales”? (Véase la sección 3). ¿Qué puede aprender del relato de la sección 3? ¿Cómo pueden un esposo y una esposa cultivar esta clase de fortaleza en su matrimonio?

  • ¿De qué modo las promesas y los consejos del presidente Hinckley en la sección 4 ayudan a las personas que no están casadas? ¿En qué forma se aplican las enseñanzas de esta sección a todas las personas? ¿Por qué es importante que utilicemos nuestros talentos y habilidades para servir a los demás?

  • ¿Cuáles serían algunas maneras en que el esposo y la esposa “nutran y cultiven su matrimonio”? (Véase la sección 5). ¿Qué ha aprendido acerca de la manera en que el esposo y la esposa pueden superar las dificultades y hallar juntos una felicidad mayor? ¿Qué ejemplos de ello ha visto usted?

Pasajes de las Escrituras relacionados con el tema

1 Corintios 11:11; Mateo 19:3–6; D. y C. 42:22; 132:18–19; Moisés 2:27–28; 3:18, 21–24.

Ayuda para el estudio

“Si dedicas tiempo todos los días, en forma personal y con tu familia, al estudio de la palabra de Dios, la paz prevalecerá en tu vida. Esa paz no vendrá del mundo exterior. La paz vendrá de tu hogar, de tu familia, de tu propio corazón” (Richard G. Scott, “Haz del ejercicio de tu fe tu mayor prioridad”, Liahona, noviembre de 2014, pág. 93).

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Notas

  1. “Las mujeres en nuestra vida”, Liahona, noviembre de 2004, pág. 85.

  2. “En casa con el matrimonio Hinckley”, Liahona, octubre de 2003, pág. 32.

  3. Véase Jeffrey R. Holland, “President Gordon B. Hinckley: Stalwart and Brave He Stands”, Ensign, junio de 1995, págs. 10–11. (Véase también Presidentes de la Iglesia: Manual del alumno, Sistema Educativo de la Iglesia, 2003, pág. 278.)

  4. Véase Glimpses into the Life and Heart of Marjorie Pay Hinckley, editado por Virginia H. Pearce, 1999, pág. x.

  5. Véase Glimpses, pág. 184.

  6. Diario personal de Gordon B. Hinckley, 29 de abril de 1977.

  7. Véase Noticias de la Iglesia, Liahona, mayo de 2004, pág. 124

  8. Véase “Las mujeres en nuestra vida”, pág. 82.

  9. Véase Marjorie Pay Hinckley, Letters, 2004, pág. 264; véase también R. Scott Lloyd, “Apostle’s work continues beyond veil”, Church News, 31 de julio de 2004, pág. 3.

  10. Véase “Lo que Dios ha unido”, Liahona, julio de 1991, págs. 77–78.

  11. “Las cosas de las que tengo convicción”, Liahona, mayo de 2007, pág. 85.

  12. Véase “¿Por qué tener templos?”, Liahona, octubre de 2010, pág. 24. (Véase también “¿Por qué todos estos templos?”, Liahona, junio de 1992, págs. 5–6.)

  13. Véase “El matrimonio que perdura”, Liahona, julio de 2003, págs. 6–7. (Véase también Liahona, noviembre de 1974, pág. 44.)

  14. Véase “Las mujeres en nuestra vida”, pág. 84.

  15. “La dignidad personal para ejercer el sacerdocio”, Liahona, julio de 2002, pág. 60.

  16. Véase “Yo creo”, Liahona, marzo de 1993, pág. 7.

  17. Véase “Lo que Dios ha unido”, pág. 80.

  18. Véase “Pero el mayor de ellos es el amor”, Liahona, agosto de 1984, págs. 2–3.

  19. Véase “To Single Adults”, Ensign, junio de 1989, pág. 72.

  20. (Véase) “To Single Adults”, págs. 72–73.

  21. Véase “Vivid conforme a vuestra herencia”, Liahona, enero de 1984, págs. 142–143.

  22. Véase “To Single Adults”, pág. 74.

  23. Véase “Caminando a la luz del Señor”, Liahona, enero de 1999, págs. 117–118.

  24. Véase “Las mujeres en nuestra vida”, pág. 84.

  25. Véase “Yo creo”, pág. 7.

  26. Véase Cornerstones of a Happy Home [Piedras angulares de un hogar feliz], folleto, 1984, págs. 5–6.

  27. Véase “Thou Shalt Not Covet”, Ensign, marzo de 1990, pág. 6.