Capítulo 9: El preciado don del testimonio

Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Gordon B. Hinckley, 2016


“Hablamos idiomas diferentes, vivimos bajo diversas circunstancias, pero en el corazón de cada uno de nosotros palpita un testimonio común”.

De la vida de Gordon B. Hinckley

“La primera ocasión en la que recuerdo haber tenido sentimientos espirituales”, dijo el presidente Gordon B. Hinckley, “se remonta a cuando yo era muy pequeño, cuando tenía unos cinco años de edad. Estaba llorando por un dolor de oído… Mi madre preparó una bolsa de sal de mesa y la puso en la estufa para calentarla. Mi padre puso suavemente las manos sobre mi cabeza y me dio una bendición en la que reprendió el dolor y la enfermedad por la autoridad del santo sacerdocio y en el nombre de Jesucristo. Enseguida me tomó con ternura en sus brazos y me aplicó al oído la bolsa de sal calentita. El dolor disminuyó y desapareció. Me quedé dormido entre los protectores brazos de mi padre. Conforme me dormía, las palabras de la bendición seguían resonando en mi mente. Ese es el primer recuerdo que tengo del ejercicio de la autoridad del sacerdocio en el nombre del Señor.

“Posteriormente en mi juventud, mi hermano y yo dormíamos en una habitación sin calefacción durante el invierno… Antes de acostarnos, nos arrodillábamos para ofrecer nuestras oraciones, en las que incluíamos expresiones sencillas de gratitud… Recuerdo que me acostaba de un salto después de haber dicho amén, me abrigaba con la ropa de cama alrededor del cuello y pensaba en lo que acababa de hacer al hablar a mi Padre Celestial en el nombre de Su Hijo. No tenía un gran conocimiento del Evangelio, pero perduraba una especie de paz y seguridad al comulgar con los cielos mediante el Señor Jesús…

“Ese testimonio creció en mi corazón cuando era misionero y leía el Nuevo Testamento y el Libro de Mormón, que contiene más testimonio de Él. Dicho conocimiento llegó a constituir el cimiento de mi vida, el cual se edificó sobre los cimientos que constituyeron las oraciones contestadas de mi infancia. Desde entonces mi fe ha crecido mucho más. He llegado a ser Su apóstol, designado para hacer Su voluntad y enseñar Su palabra. He llegado a ser Su testigo ante el mundo”1.

Señor Jesucristo

Como Santos de los Últimos Días, estamos unidos en el testimonio de Jesucristo.

Enseñanzas de Gordon B. Hinckley

1

El testimonio es la gran fortaleza de la Iglesia y el manantial de fe y actividad.

Hemos llegado a ser como una gran familia diseminada a través de este vasto mundo; hablamos idiomas diferentes, vivimos bajo diversas circunstancias, pero en el corazón de cada uno de nosotros palpita un testimonio común: ustedes y yo sabemos que Dios vive y que está al mando de esta, Su obra sagrada. Sabemos que Jesús es nuestro Redentor, que está a la cabeza de esta Iglesia, que lleva Su nombre. Sabemos que José Smith fue un profeta y que es el profeta que está a la cabeza de esta, la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Sabemos que el sacerdocio se restauró sobre su cabeza y que ha llegado a nosotros en esta época mediante una línea ininterrumpida. Sabemos que el Libro de Mormón es un verdadero testimonio de la realidad y la divinidad del Señor Jesucristo2.

Aquello que llamamos testimonio es la gran fortaleza de la Iglesia. Es el manantial donde se originan la fe y la actividad… Es tan real y potente como cualquier otra fuerza de la tierra. El Señor lo describió cuando le dijo a Nicodemo: “El viento sopla por donde quiere, y oyes su sonido; pero no sabes de dónde viene ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:8). Aquello que llamamos testimonio es difícil de definir, pero sus frutos son claramente evidentes. Es el Santo Espíritu que testifica a través de nosotros3.

2

El testimonio es una voz apacible y alentadora que nos sostiene cuando andamos con fe y que nos motiva a la acción.

El testimonio personal es el factor que hace que la gente cambie su modo de vivir al integrarse a esta Iglesia; es el elemento que motiva a los miembros a abandonarlo todo para estar al servicio del Señor; es la voz apacible y alentadora que sostiene incesantemente a los que andan con fe hasta el último día de su vida.

Es algo misterioso y maravilloso, un don de Dios al hombre. Prevalece ante la riqueza o la pobreza cuando se nos llama a servir. Ese testimonio que nuestra gente lleva en el corazón motiva al cumplimiento del deber imperioso. Se encuentra tanto en los jóvenes como en los mayores; se encuentra en el alumno de seminario, en el misionero, en el obispo y en el presidente de estaca, en el presidente de misión, en la hermana de la Sociedad de Socorro y en toda Autoridad General; se escucha también de labios de los que no tienen otra asignación que la de ser miembros. Es la esencia misma de esta obra, y es lo que hace avanzar la obra del Señor por todo el mundo. Nos motiva a la acción, nos exige que hagamos lo que se nos pida. Nos da la seguridad de que la vida tiene propósito, de que hay cosas que tienen mucha más importancia que otras, de que estamos en una jornada eterna, de que somos responsables ante Dios…

Ese elemento, débil y un tanto frágil al principio, es lo que mueve a todo investigador hacia la conversión e impulsa a todo converso hacia la seguridad de la fe…

Dondequiera que se organice la Iglesia, su fuerza se hace sentir. Nosotros nos ponemos de pie y decimos que sabemos… El simple hecho es que sabemos que Dios vive, que Jesús es el Cristo, y que esta es Su causa y Su reino. Las palabras son sencillas, la expresión brota del corazón; se hace efectiva dondequiera que la Iglesia esté organizada, dondequiera que haya misioneros que enseñen el Evangelio, dondequiera que haya miembros que expresen su fe.

Es algo que no puede refutarse. Los que se oponen pueden citar pasajes de las Escrituras y discutir incansablemente la doctrina; pueden ser ingeniosos y persuasivos. Pero, cuando uno dice “Yo sé”, no hay lugar para más discusiones. Quizás no lo acepten, pero, ¿quién podría refutar o negar la voz apacible de lo íntimo del alma que habla con convicción personal?4.

“Luz a nuestra vida”

[David Castañeda]; su esposa, Tomasa; y sus hijos vivían en un rancho en ruinas cerca de Torreón [en México]; tenían treinta pollos, dos cerdos y un caballo flaco; las gallinas les proporcionaban algunos huevos para su sustento y el medio para ganarse un peso de vez en cuando. Eran pobres. Un día, llegaron los misioneros. La hermana Castañeda dijo: “Los élderes nos quitaron las vendas de los ojos y trajeron luz a nuestra vida. No sabíamos nada de Jesucristo; no sabíamos nada de Dios hasta que ellos aparecieron”.

Ella apenas tenía dos años de escuela; el esposo, nada. Los élderes les enseñaron, y al final, los bautizaron… Gradualmente establecieron un negocio próspero en el que trabajaban el padre y los cinco hijos varones. Con una fe sencilla, pagaron el diezmo. Pusieron su confianza en el Señor; vivieron el Evangelio; prestaron servicio donde se los llamaba a hacerlo. Cuatro de los hijos y tres de las hijas sirvieron en misiones… Quienes los critican se han mofado de ellos. Su respuesta es el testimonio del poder del Señor en sus vidas.

Alrededor de doscientas personas, entre familiares y amigos, se han unido a la Iglesia gracias a la influencia de ellos. Más de treinta hijos e hijas de parientes y amigos han servido en misiones. Ellos donaron el terreno en el que ahora se levanta una capilla.

Los padres y los hijos, que ya han crecido y son adultos, se turnan todos los meses para viajar a la Ciudad de México a fin de trabajar en el templo. Ellos son un testimonio vivo del gran poder que tiene la obra del Señor para elevar y cambiar a las personas. Son una muestra de los miles y miles de personas de todo el mundo que experimentan el milagro del mormonismo cuando reciben el testimonio de la divinidad de esta obra5.

“¿No es acaso la verdad? Entonces, ¿qué importa lo demás?”

Tuve ocasión de conocer a un oficial de marina de un país distante, un joven brillante a quien habían traído a Estados Unidos para un curso de capacitación avanzada. Algunos de sus conocidos de la Marina de los Estados Unidos, cuya manera de comportarse le había llamado la atención, compartieron con él sus creencias religiosas cuando él se lo pidió. Él no era cristiano, pero se interesó. Le hablaron de Jesucristo, el Salvador del mundo, nacido en Belén, que dio Su vida por todo el género humano; le hablaron de la aparición de Dios, el Padre Eterno, y del Señor resucitado a un muchacho llamado José Smith; le hablaron de los profetas de nuestros días y le enseñaron el evangelio del Maestro. El Espíritu le conmovió el corazón y se bautizó.

Poco antes de regresar a su tierra natal, me lo presentaron. Hablamos de todas esas cosas, y después le pregunté: “La gente de tu tierra no es cristiana. ¿Qué sucederá cuando regreses convertido en cristiano y, particularmente, en cristiano mormón?”.

Una expresión de tristeza le cubrió el rostro, y me contestó: “Mis familiares estarán desilusionados; es posible que me echen y que me consideren muerto. En cuanto a mi futuro y mi carrera, quizás se me niegue toda oportunidad”.

Le pregunté: “¿Y estás dispuesto a pagar un precio tan alto por el Evangelio?”.

Sus ojos oscuros, bañados de lágrimas, brillaron en un bien parecido rostro moreno cuando me contestó: “¿No es acaso la verdad?”.

Avergonzado de haberle hecho esa pregunta, dije: “Sí, es la verdad”,

a lo que él respondió: “Entonces, ¿qué importa lo demás?”.

Les dejo las mismas preguntas: “¿No es acaso la verdad? Entonces, ¿qué importa lo demás?”6.

Una nueva perspectiva en cuanto a la vida

En una ocasión escuché la experiencia de un ingeniero que hacía poco se había unido a la Iglesia. Los misioneros habían llegado a su casa y su esposa los había invitado a pasar. Mientras que ella había respondido con entusiasmo al oír el mensaje, él se sentía presionado. Una noche, su esposa le manifestó que deseaba bautizarse; él se puso furioso. ¿No sabía ella las consecuencias que eso acarrearía? Requeriría tiempo, requeriría pagar el diezmo, requeriría renunciar a sus amigos, requeriría dejar de fumar. Se puso el abrigo y, tras dar un portazo, salió a caminar en la oscuridad de la noche. Anduvo caminando por las calles, maldiciendo a su esposa y a los misioneros, y maldiciéndose a sí mismo por haberles permitido que les enseñaran. Conforme lo ganó el cansancio, se aplacó su ira y de alguna manera le sobrevino un espíritu de oración al corazón. Oraba mientras caminaba, rogándole a Dios que diera respuesta a sus interrogantes. Entonces llegó la impresión, tan clara e inequívoca casi como si una voz le hubiera hablado, y le dijo: “Es la verdad”.

“Es la verdad”, se repetía a sí mismo una y otra vez. “Es la verdad”. Una sensación de paz le invadió el corazón. Al dirigirse a casa, las restricciones, las exigencias y los requisitos que tanto lo irritaban antes empezaron a verse como oportunidades. Cuando abrió la puerta, encontró a su esposa de rodillas, orando…

Habló a la congregación a quien relató esto sobre la felicidad que había llegado a su vida. No tenían problemas con el pago del diezmo; compartir sus bienes con Dios, que les había dado todo, parecía muy poco. No tenían problemas para dedicar tiempo a prestar servicio; lo único que se requería era planificar con un poco más de cuidado el horario de la semana. Tener responsabilidades no presentaba ningún problema; con ello había progreso y una nueva perspectiva en cuanto a la vida. Entonces aquel hombre culto y de gran preparación, aquel ingeniero acostumbrado a tratar los hechos del mundo físico en el que vivimos, dio testimonio solemne con lágrimas en los ojos del milagro que había ocurrido en su vida7.

hombre orando

“¿Quién podría refutar o negar la voz apacible de lo íntimo del alma que habla con convicción personal?”

“Lo más preciado de mi vida”

Hace unos años, en Berchtesgaden, Alemania, una joven brillante y sumamente preparada habló en una conferencia para integrantes de las fuerzas armadas que eran miembros de la Iglesia. Yo estuve presente y tuve la oportunidad de escucharla. Era mayor del ejército, doctora en Medicina y una especialista muy respetada en su campo. Dijo:

“Yo deseaba servir a Dios más que cualquier otra cosa del mundo, pero por más que había tratado de encontrarlo, me había sido imposible. Lo milagroso de ello es que Él me encontró a mí. En septiembre de 1969, un sábado por la tarde, me encontraba en mi casa, en Berkeley, California [EE. UU.], cuando sonó el timbre de la puerta. Abrí y vi a dos jóvenes, vestidos de traje, con camisa blanca y corbata, y bien peinados. Me impresionaron tanto que dije: ‘No sé qué producto venden, pero estoy dispuesta a comprarlo’. Uno de ellos me contestó: ‘No vendemos nada. Somos misioneros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y nos gustaría hablar con usted’. Los invité a entrar y me hablaron de su religión.

“Ese fue el principio de mi testimonio. Estoy mucho más agradecida de lo que puedo expresar por el honor y el privilegio de ser miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. El gozo y la paz que este Evangelio de felicidad ha traído a mi corazón son un paraíso terrenal. El testimonio que tengo de esta obra es el tesoro más preciado de mi vida, un don de mi Padre Celestial, por el cual sentiré eterna gratitud”8.

Así es con cientos de miles de personas de diversos países, hombres y mujeres inteligentes y capaces, comerciantes y profesionales, [personas] obstinadas y pragmáticas que se ocupan en los afanes del mundo, pero en cuyo corazón arde un silencioso testimonio de que Dios vive, de que Jesús es el Cristo, y de que esta obra es divina y fue restaurada a la tierra para bendición de todos los que aprovechen las oportunidades que ofrece9.

3

Cada uno de nosotros puede obtener un testimonio de la realidad de Dios y Su Hijo Amado y de la restauración de Su obra.

Ese testimonio, esa convicción, puede ser el más preciado de todos los dones de Dios; lo concede el cielo cuando se hace el esfuerzo debido. Todo hombre y toda mujer de esta Iglesia tiene la oportunidad y la responsabilidad de obtener dentro de sí esa convicción de la verdad de esta grandiosa obra de los últimos días y de los que la dirigen, el Dios viviente y el Señor Jesucristo.

Jesús indicó la manera de adquirir ese testimonio cuando dijo: “Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió.

“El que quiera hacer la voluntad de él conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mí mismo” (Juan 7:16–17).

Al prestar servicio, al estudiar, al orar, crecemos en fe y conocimiento.

Cuando Jesús alimentó a las cinco mil personas, estas reconocieron el milagro que había realizado y se maravillaron; algunas regresaron, y a estas les enseñó la doctrina de Su divinidad, de que Él es el Pan de Vida; los acusó de no estar interesados en la doctrina, sino solamente en satisfacer el hambre de su cuerpo. Algunos, al oírlo a Él y a Su doctrina, dijeron: “Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?” (Juan 6:60). ¿Quién puede creer lo que este hombre enseña?

“Desde entonces, muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con él.

“Dijo entonces Jesús a los doce [pienso que un poco desalentado]: ¿También vosotros queréis iros?

“Y le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

“Y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Juan 6:66–69).

Esa es la gran pregunta, y la respuesta de ella, que todos debemos afrontar: Si no es a Ti, entonces, “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”.

Es esa convicción, esa serena certeza interior de la realidad del Dios viviente, de la divinidad de Su Hijo Amado, de la restauración de Su obra en esta época y de las gloriosas manifestaciones posteriores lo que se convierte en el fundamento de la fe de cada uno de nosotros. Eso se convierte en nuestro testimonio…

Estuve hace poco en Palmyra, Nueva York [cerca de donde José Smith tuvo la Primera Visión]. Los acontecimientos que ocurrieron en ese lugar lo llevan a uno a decir: “O sucedieron, o no sucedieron; no hay medias tintas ni término medio”.

Y entonces, la voz de la fe susurra: “Todos ellos sucedieron. Sucedieron tal como él dijo que ocurrieron”.

Cerca de allí está el cerro Cumorah, del cual provinieron las anales antiguos de los que se tradujo el Libro de Mormón. Es preciso aceptar o rechazar su origen divino. Sopesar la evidencia debe conducir a toda persona que lo lea con fe a decir: “Es verdadero”.

Y lo mismo ocurre con otros elementos de este hecho milagroso al que llamamos la restauración del antiguo Evangelio, del antiguo sacerdocio, y de la antigua Iglesia.

Ese testimonio es ahora, como siempre lo ha sido, una declaración, una aseveración sincera de la verdad tal como la conocemos10.

4

Debemos vivir a la altura de nuestro testimonio y compartirlo con los demás.

Pablo dijo a Timoteo: “Ten cuidado de ti mismo” —presten atención a esto— “y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oigan” (1 Timoteo 4:16). Qué indicación tan maravillosa le dio Pablo al joven Timoteo.

Luego prosiguió diciendo: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor, y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7). Dios no nos ha dado espíritu de cobardía, sino de poder: el poder del mensaje; y de amor: amor por las personas, amor por lo que tenemos para ofrecer; y de dominio propio: los principios sencillos y comprensibles del evangelio restaurado de Jesucristo.

“Por tanto, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor” (2 Timoteo 1:8). Mis hermanos y hermanas, nunca se avergüencen del testimonio de nuestro Señor… Esta es una gran comisión, un mandato que se nos ha dado: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor, y de dominio propio. Por tanto, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor”11.

Esta es la santa obra de Dios; esta es Su Iglesia y Su Reino. La visión que tuvo lugar en la Arboleda Sagrada sucedió tal como lo declaró José. En mi corazón descansa el entendimiento verdadero de la importancia de lo que allí sucedió. El Libro de Mormón es verdadero y testifica del Señor Jesucristo; Su sacerdocio se ha restaurado y se halla entre nosotros. Las llaves de dicho sacerdocio, recibidas de seres celestiales, se ejercen para nuestra bendición eterna. Tal es nuestro testimonio, el suyo y el mío; debemos vivir a la altura de ese testimonio y compartirlo con los demás. Les dejo este testimonio, mi bendición y mi amor a cada uno de ustedes, así como mi invitación para que sigan formando parte de este gran milagro de los últimos días que es La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días12.

Sugerencias para el estudio y la enseñanza

Preguntas

  • ¿De qué maneras contribuye su testimonio personal a la fortaleza de la Iglesia? (Véase la sección 1).

  • El presidente Hinckley hace hincapié en que el testimonio nos sostiene y nos “motiva a la acción” (sección 2). ¿De qué modo lo ha sostenido su testimonio? ¿Cómo ha influido su testimonio en sus acciones? ¿Qué aplicación personal pueden tener para usted los relatos de la sección 2?

  • ¿Qué aprendemos de las enseñanzas del presidente Hinckley sobre cómo obtener un testimonio? (Véase la sección 3). ¿Qué experiencias lo han ayudado a obtener su testimonio? ¿Qué podemos hacer para fortalecer nuestro testimonio?

  • ¿Por qué razón cree usted que nuestro testimonio se fortalece cuando lo compartimos? ¿En qué forma ha vencido el temor de compartir su testimonio? ¿De qué manera se ha visto bendecido por el testimonio de los demás? (Véase la sección 4).

Pasajes de las Escrituras relacionados con el tema

1 Corintios 12:3; 1 Pedro 3:15; Alma 5:43–46; 32:26–30; Moroni 10:3–5; D. y C. 8:2–3; 80:3–5.

Ayuda didáctica

“A medida que vaya conociendo y comprendiendo a cada una de las personas, usted estará mejor preparado para enseñar lecciones adaptadas a sus situaciones individuales. Tal entendimiento le ayudará a encontrar maneras de ayudarles a participar en los análisis y en otras actividades de aprendizaje” (La enseñanza: El llamamiento más importante, 2000, pág. 36).

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    Notas

  1.   1.

    Véase “Mi testimonio”, Liahona, julio de 2000, págs. 83–84, 85.

  2.   2.

    Véase “Escuchen por el poder del Espíritu”, Liahona, enero de 1997, pág. 5.

  3.   3.

    Véase “El testimonio”, Liahona, julio de 1998, pág. 75.

  4.   4.

    “El testimonio”, págs. 75–76.

  5.   5.

    “El testimonio”, págs. 76–77.

  6.   6.

    Véase “¿No es acaso la verdad?”, Liahona, octubre de 1993, págs. 3–4.

  7.   7.

    “¿No es acaso la verdad?”, págs. 5–6.

  8.   8.

    “¿No es acaso la verdad?”, págs. 6–7.

  9.   9.

    “¿No es acaso la verdad?”, pág. 6.

  10.   10.

    “El testimonio”, pág. 77.

  11.   11.

    Véase Discourses of President Gordon B. Hinckley, Volume 2, 2000–2004, 2005, pág. 369.

  12.   12.

    Véase “Un fulgor perfecto de esperanza para los miembros nuevos de la Iglesia”, Liahona, octubre de 2006, pág. 5.