Capítulo 12: El juramento y el convenio del sacerdocio

Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Joseph Fielding Smith, 2013


“Las bendiciones del Señor se ofrecen a los santos y al mundo a través de la ministración de aquellos que poseen Su santo sacerdocio, y quienes lo representan”.

De la vida de Joseph Fielding Smith

El 9 de abril de 1951, tras haber prestado servicio durante cuarenta y un años como apóstol, se sostuvo a Joseph Fielding Smith como Presidente del Quórum de los Doce. Poco después del voto de sostenimiento, el presidente Smith se dirigió a la congregación y compartió brevemente lo que sentía en cuanto a su llamamiento:

“Me doy cuenta de que la posición que se me ha llamado a ocupar es de gran importancia. Me hace sentir humilde…

“Le doy gracias al Señor por el evangelio de Jesucristo, por ser miembro de la Iglesia, por la oportunidad que se me ha dado de brindar servicio. Sólo tengo un deseo, al ser débil como soy, y es el de magnificar al máximo de mi capacidad el llamamiento que tengo”1.

El presidente Smith exhortaba con frecuencia a los poseedores del sacerdocio a magnificar sus llamamientos. Aunque compartía en público su deseo personal de magnificar sus llamamientos en el sacerdocio2, rara vez hablaba sobre sus esfuerzos al respecto. No obstante, cierta vez reflexionó sobre el servicio en el sacerdocio que había brindado junto con su amigo George F. Richards, quien le había precedido como Presidente del Quórum de los Doce:

“Durante cuarenta años me senté en concilio, asistí a conferencias y presté servicio de diversas maneras con el presidente George F. Richards…

“Hemos viajado juntos desde un confín de las estacas de Sión al otro. En los primeros tiempos nosotros, las Autoridades Generales, íbamos de dos en dos a visitar las estacas de Sión. A los lugares a los que los ferrocarriles no llegaban, y dichos lugares eran numerosos, por lo general viajábamos en lo que se conocía como ‘toldos blancos’, que eran carromatos ligeros con suspensión. Los viajes distantes comúnmente significaban reuniones con dos estacas, y con frecuencia tres o cuatro.

“En esos viajes se celebraban reuniones a diario entre las conferencias de estaca de los diversos poblados o barrios de las estacas. Los viajes eran por caminos abruptos, a veces meros senderos, en medio de densas polvaredas en verano y del penetrante frío del invierno; con frecuencia a través de lodo espeso o nevadas copiosas”3.

El élder Francis M. Gibbons, quien prestó servicio como secretario de la Primera Presidencia, compartió una reflexión sobre la forma en que el presidente Smith magnificaba sus llamamientos en el sacerdocio: “Aunque era plenamente consciente de su autoridad, siempre fue manso y cortés al ejercerla. Su carácter estaba desprovisto de arrogancia, fingimiento y presunción. Jamás se daba aires de grandeza, nunca hacía ostentación de las prerrogativas de su oficio”4.

El presidente Joseph Fielding Smith al pronunciar un mensaje durante la Conferencia del Área Británica en agosto de 1971. Sentados, de izquierda a derecha, están los élderes Marion G. Romney, Richard L. Evans y Howard W. Hunter.

En carácter de Presidente de la Iglesia, Joseph Fielding Smith habló en cinco sesiones del sacerdocio en conferencias generales, en las que instó a los poseedores del sacerdocio a magnificar sus llamamientos del sacerdocio. Las enseñanzas de este capítulo se han tomado de cuatro de esos mensajes, y prestan especial atención a un discurso que el presidente Smith pronunció el 3 de octubre de 1970. Debido a que los mensajes se ofrecieron durante reuniones del sacerdocio, las palabras de este capítulo están dirigidas a los hombres. No obstante, dichas palabras implican la comprensión de que el poder del sacerdocio es una gran bendición para todos los miembros de la Iglesia. En uno de los mensajes, el presidente Smith dijo: “Creo que todos sabemos que las bendiciones del sacerdocio no se limitan a los hombres solamente. Dichas bendiciones también se derraman sobre nuestras esposas e hijas, y sobre todas las mujeres fieles de la Iglesia. Esas buenas hermanas pueden prepararse para las bendiciones de la Casa del Señor al guardar los mandamientos y servir en la Iglesia. El Señor ofrece a Sus hijas todos los dones y las bendiciones espirituales que pueden obtener Sus hijos, puesto que ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón en el Señor [véase 1 Corintios 11:11]”5.

Las enseñanzas de Joseph Fielding Smith

1

Los hombres deben tener una comprensión clara del convenio que hacen al recibir oficios del sacerdocio

Deseo hacerles hincapié en el juramento y el convenio del Sacerdocio de Melquisedec. Creo que si tenemos una comprensión clara del convenio que hacemos cuando recibimos oficios del sacerdocio y de la promesa que hace el Señor si magnificamos nuestros llamamientos, entonces tendremos un mayor incentivo para hacer todo lo que debemos hacer para obtener la vida eterna.

Asimismo, quisiera añadir que todo lo relacionado con este sacerdocio mayor tiene el designio y la intención de prepararnos para obtener la vida eterna en el reino de Dios.

En la revelación sobre el sacerdocio que se dio a José Smith en septiembre de 1832, el Señor dice que el Sacerdocio de Melquisedec es sempiterno; que administra el Evangelio, se halla en la Iglesia verdadera en todas las generaciones y posee las llaves del conocimiento de Dios. Dice que permite que el pueblo del Señor se santifique, que vea la faz de Dios y que entre en el reposo del Señor, “el cual es la plenitud de su gloria” (véase D. y C. 84:17–24).

Luego, al referirse tanto al Sacerdocio Aarónico como al de Melquisedec, el Señor dice: “Porque quienes son fieles hasta obtener estos dos sacerdocios de los cuales he hablado, y magnifican su llamamiento, son santificados por el Espíritu para la renovación de sus cuerpos.

“Llegan a ser los hijos de Moisés y de Aarón, y la descendencia de Abraham, y la iglesia y reino, y los elegidos de Dios.

“Y también todos los que reciben este sacerdocio, a mí me reciben, dice el Señor;

“porque el que recibe a mis siervos, me recibe a mí;

“y el que me recibe a mí, recibe a mi Padre;

“y el que recibe a mi Padre, recibe el reino de mi Padre; por tanto, todo lo que mi Padre tiene le será dado.

“Y esto va de acuerdo con el juramento y el convenio que corresponden a este sacerdocio.

“Así que, todos los que reciben el sacerdocio reciben este juramento y convenio de mi Padre, que él no puede quebrantar, ni tampoco puede ser traspasado”.

Luego se expone el castigo de quebrantar el convenio y abandonarlo totalmente, junto con este mandamiento: “…[tened] cuidado, en cuanto a vosotros mismos, de estar diligentemente atentos a las palabras de vida eterna”.

“Porque viviréis de toda palabra que sale de la boca de Dios” (D. y C. 84:33–44)6.

Aquellos de ustedes que poseen el Sacerdocio Aarónico aún no han recibido el juramento y el convenio que corresponden al sacerdocio mayor, pero sí tienen gran poder y autoridad que el Señor les ha dado. El Sacerdocio Aarónico es un sacerdocio preparatorio que nos instruye y capacita a fin de que seamos dignos de esas otras grandes bendiciones que llegan después.

Si prestan servicio fielmente como diáconos, maestros y presbíteros obtendrán la experiencia y adquirirán las habilidades y aptitudes que los facultarán para recibir el Sacerdocio de Melquisedec y magnificar su llamamiento en él7.

2

Los poseedores del sacerdocio prometen magnificar sus llamamientos del sacerdocio y vivir de toda palabra que sale de la boca de Dios

Como todos sabemos, un convenio es un contrato y un acuerdo entre al menos dos partes. En el caso de los convenios del Evangelio, las partes son el Señor en el cielo y los hombres en la tierra. Los hombres pactan guardar los mandamientos y el Señor promete recompensarlos de conformidad con ello. El Evangelio en sí es el nuevo y sempiterno convenio y abarca todos los acuerdos, promesas y recompensas que el Señor ofrece a Su pueblo.

De modo que cuando recibimos el Sacerdocio de Melquisedec, lo hacemos por convenio. Prometemos solemnemente recibir el sacerdocio, magnificar nuestros llamamientos en él y vivir de toda palabra que sale de la boca de Dios. El Señor, por Su parte, nos promete que si guardamos el convenio, recibiremos todo lo que el Padre tiene, lo cual es la vida eterna. ¿Puede alguno de nosotros concebir un pacto mayor o más glorioso que ése?

En ocasiones hablamos de forma casual sobre magnificar nuestro sacerdocio, pero de lo que hablan las revelaciones es sobre magnificar nuestros llamamientos en el sacerdocio, como élderes, setentas, sumos sacerdotes, patriarcas y apóstoles.

El sacerdocio que poseen los hombres es el poder y la autoridad de Dios delegados al hombre en la tierra a fin de actuar en todas las cosas para la salvación del género humano. Los oficios o llamamientos del sacerdocio son comisiones de ministrar a fin de prestar servicio que se asigna de manera especial en el sacerdocio. Y la forma de magnificar dichos llamamientos es hacer la obra destinada a realizarse por quienes poseen el oficio particular en cuestión.

No importa el oficio que tengamos en tanto seamos leales y fieles a nuestras obligaciones; ningún oficio es mayor que otro, aunque por razones administrativas puede llamarse a un poseedor del sacerdocio a presidir y dirigir la labor de otro.

Mi padre, el presidente Joseph F. Smith, dijo: “No hay oficio dentro de este sacerdocio que sea o pueda ser mayor que el sacerdocio mismo. La autoridad y el poder del oficio proviene del sacerdocio. Ningún oficio otorga autoridad al sacerdocio; ninguno de ellos aumenta el poder del sacerdocio; no obstante, todos los oficios de la Iglesia reciben su poder, virtud y autoridad del sacerdocio”.

Se nos llama a magnificar nuestros llamamientos del sacerdocio y a hacer la obra correspondiente al oficio que recibimos. Y así dice el Señor en la revelación sobre el sacerdocio: “Por tanto, ocupe cada hombre su propio oficio, y trabaje en su propio llamamiento… para que el sistema se conserve perfecto” (D. y C. 84:109–110).

Ése es uno de los grandes objetivos para los que trabajamos en el programa del sacerdocio de la Iglesia; tener élderes que hagan la labor de los élderes, setentas que hagan la labor de los setenta, sumos sacerdotes que hagan la labor de los sumos sacerdotes, y así sucesivamente, a fin de que todo poseedor del sacerdocio pueda magnificar su propio llamamiento y cosechar las abundantes bendiciones que se prometen al seguir tal curso8.

Somos embajadores del Señor Jesucristo; se nos ha comisionado para representarlo; se nos manda predicar Su evangelio, efectuar las ordenanzas de salvación, bendecir a la humanidad, sanar a los enfermos y quizá efectuar milagros; hacer lo que Él haría si estuviera presente en persona; y todo ello debido a que poseemos el santo sacerdocio.

Como agentes del Señor estamos obligados por Su ley a hacer aquello que Él quiere que hagamos, independientemente de los sentimientos personales o las tentaciones mundanas. No tenemos ningún mensaje de salvación propio, ninguna doctrina propia que deba aceptarse, ningún poder propio para bautizar, ordenar ni casar por la eternidad. Todo aquello viene del Señor, y cualquier cosa que hagamos con referencia a ello es resultado de la autoridad delegada9.

3

La promesa de exaltación se ofrece a todo poseedor del Sacerdocio de Melquisedec que sea leal al juramento y el convenio del sacerdocio

Ahora quisiera decir algunas palabras sobre el juramento que acompaña a la recepción del Sacerdocio de Melquisedec.

Hacer un voto mediante juramento es la forma más solemne y vinculante de expresión verbal que se conoce en la lengua humana; y fue ese tipo de palabras lo que el Padre decidió utilizar en la gran profecía mesiánica sobre Cristo y el sacerdocio. En cuanto a Él dice: “Juró Jehová y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (Salmos 110:4).

Al explicar dicha profecía mesiánica, Pablo dice que Jesús tenía “un sacerdocio inmutable”, y que a través de éste vino “el poder de una vida indestructible” (véase Hebreos 7:24, 16). José Smith dijo que “todos los que son ordenados a este sacerdocio son hechos semejantes al Hijo de Dios, permaneciendo sacerdotes para siempre”, es decir, si son fieles y leales [véase Traducción de José Smith, Hebreos 7:3].

Y así Cristo es el gran arquetipo en lo que concierne al sacerdocio, tal como lo es en referencia al bautismo y todo lo demás. Y por consiguiente, así como el Padre jura que Su hijo heredará todas las cosas a través del sacerdocio, de la misma forma jura que todos los que de entre nosotros magnifiquemos nuestros llamamientos, en ese mismo sacerdocio, hemos de recibir todo lo que el Padre tiene.

Ésa es la promesa de exaltación que se ofrece a todo hombre que posea el Sacerdocio de Melquisedec, pero es una promesa condicional, una promesa bajo la condición de que magnifiquemos nuestros llamamientos en el sacerdocio y vivamos de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Queda perfectamente claro que no hay promesas más gloriosas que se hayan hecho o puedan hacerse, que las que recibimos cuando aceptamos el privilegio y asumimos la responsabilidad de poseer el santo sacerdocio y de actuar como ministros de Cristo.

El Sacerdocio Aarónico es un sacerdocio preparatorio a fin de hacernos reunir los requisitos para que hagamos el convenio y recibamos el juramento inherente a ese sacerdocio mayor10.

4

Las bendiciones del Señor se ofrecen a toda persona mediante la ministración de quienes poseen Su santo sacerdocio

No hay nada en todo el mundo que sea tan importante para cada uno de nosotros como poner en primer lugar en nuestra vida las cosas del reino de Dios, como guardar los mandamientos, como magnificar nuestros llamamientos en el sacerdocio, como ir a la Casa del Señor y que se nos ofrezca la plenitud de las bendiciones del reino de nuestro Padre11.

“El sacerdocio… es el poder y la autoridad de Dios delegados al hombre en la tierra a fin de actuar en todas las cosas para la salvación del género humano”.

Las bendiciones del Señor se ofrecen a los santos y al mundo a través de la ministración de aquellos que poseen Su santo sacerdocio, que lo representan, que de hecho son Sus siervos y agentes y están dispuestos a servirle y guardar Sus mandamientos12.

Mi ruego es que todos los que hemos sido llamados a representar al Señor y poseer Su autoridad podamos recordar quiénes somos y actuar de conformidad con ello.

…He procurado toda la vida magnificar mi llamamiento en [el] sacerdocio y espero perseverar hasta el fin en esta vida y gozar la comunión con los santos fieles en la vida venidera13.

Mi anhelo es bendecir a aquellas personas, tanto jóvenes como mayores, que magnifican sus llamamientos en el sacerdocio, y pedir al Señor que derrame sobre ellos las cosas buenas de Su Espíritu en esta vida y que les asegure las riquezas de la eternidad en la vida venidera…

¡Qué glorioso es saber que el Señor nos ha ofrecido a cada uno la plenitud del sacerdocio, y nos ha prometido que si recibimos este sacerdocio y magnificamos nuestros llamamientos, habremos de obtener una herencia sempiterna con Él en Su reino!14

Sugerencias para el estudio y la enseñanza

Preguntas

  • El presidente Smith enseñó que por medio del sacerdocio “el Señor ofrece a Sus hijas todos los dones y las bendiciones espirituales que pueden obtener Sus hijos” (“De la vida de Joseph Fielding Smith”). ¿Cuáles son sus reflexiones al meditar sobre esa afirmación?

  • El presidente Smith dijo que los poseedores del sacerdocio tienen un mayor incentivo para esforzarse a fin de procurar la vida eterna cuando comprenden sus convenios y las promesas del Señor (véase la sección 1). ¿Cómo se aplica ello a todos los miembros de la Iglesia?

  • ¿De qué modo la explicación del presidente Smith sobre magnificar los llamamientos (véase la sección 2) difiere de otros significados de la palabra magnificar? ¿Qué bendiciones ha recibido usted mediante el servicio de miembros de la Iglesia que hayan magnificado sus llamamientos?

  • El presidente Smith enseñó: “Cristo es el gran arquetipo en lo que concierne al sacerdocio” (sección 3). ¿Qué podemos hacer para seguir el ejemplo de Jesucristo en nuestro servicio a los demás?

  • Repase las palabras del presidente Smith de la sección 4 sobre las bendiciones que se ofrecen en el templo. ¿De qué manera pueden los padres y las madres ayudar a sus hijos a prepararse para las bendiciones del sacerdocio que están disponibles en el templo?

Pasajes de las Escrituras relacionados con el tema

Hebreos 5:4; Alma 13:1–2, 6; D. y C. 20:38–60; 84:19–22; 107:99–100; Artículos de Fe 1:5.

Ayuda didáctica

“Un buen maestro no piensa: ‘¿Qué haré hoy en la clase?’, sino, ‘¿qué harán mis alumnos hoy en clase?’. No piensa: ‘¿Qué enseñaré hoy?’, sino, ‘¿cómo podré hacer que mis alumnos se den cuenta de lo que tienen que saber?’” (véase Virginia H. Pearce, “El salón de clase común y corriente: Lugar eficaz para un progreso firme y continuo”, Liahona, enero de 1997, pág. 13; véase también La enseñanza: El llamamiento más importante, 2000, pág. 66).

Mostrar referencias

    Notas

  1.   1.

    En Conference Report, abril de 1951, pág. 152.

  2.   2.

    Véase Conference Report, abril de 1951, pág. 152; Conference Report, octubre de 1970, pág. 92.

  3.   3.

    “President George F. Richards: A Tribute”, Relief Society Magazine, octubre de 1950, pág. 661.

  4.   4.

    Francis M. Gibbons, Joseph Fielding Smith: Gospel Scholar, Prophet of God, 1992, pág. 352.

  5.   5.

    En Conference Report, abril de 1970, pág. 59.

  6.   6.

    En Conference Report, octubre de 1970, págs. 90–91.

  7.   7.

    En Conference Report, abril de 1970, pág. 59.

  8.   8.

    En Conference Report, octubre de 1970, págs. 91–92; véase también Joseph F. Smith, en Conference Report, octubre de 1903, pág. 87.

  9.   9.

    Véase “Nuestras responsabilidades como poseedores del sacerdocio”, Liahona, diciembre de 1971, pág. 1.

  10.   10.

    En Conference Report, octubre de 1970, pág. 92.

  11.   11.

    En Conference Report, abril de 1970, pág. 59.

  12.   12.

    Véase “Bendiciones del Sacerdocio”, Liahona, septiembre de 1972, pág. 2.

  13.   13.

    En Conference Report, octubre de 1970, pág. 92.

  14.   14.

    En Conference Report, abril de 1970, pág. 58.