Capítulo 20: Amor y preocupación por todos los hijos de nuestro Padre

Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Joseph Fielding Smith, 2013


“Yo pienso que si todos los hombres supieran y entendieran quiénes son, y estuvieran conscientes del origen divino del que han provenido… tendrían sentimientos de bondad y hermandad unos por otros que cambiarían toda su forma de vivir, y eso traería paz a la tierra”.

De la vida de Joseph Fielding Smith

Joseph Fielding Smith, hijo, y John J. Steward comentaron: “Al verdadero Joseph Fielding Smith se le conocía más claramente en sus pequeños actos cotidianos de consideración”. Luego compartieron tres ejemplos de algunos “pequeños actos considerados” que había realizado:

“Un día en una conferencia de la Iglesia en el Tabernáculo Mormón de la Manzana del Templo, un niño de 12 años, emocionado por estar allí por primera vez, había llegado temprano para asegurarse un asiento cerca del frente… Justo antes de que comenzara la reunión, y cuando todos los asientos ya estaban ocupados, uno de los acomodadores pidió al niño que cediera su asiento para que pudiera sentarse un senador de los Estados Unidos que había llegado tarde. El niño accedió dócilmente, y se quedó de pie en el pasillo, decepcionado, avergonzado, llorando”. El presidente Joseph Fielding Smith “notó al jovencito y le indicó con un ademán que subiera [al estrado]. Cuando el muchacho le contó lo que había sucedido, él dijo: ‘El acomodador no tenía ningún derecho de hacerte eso. Pero ven, siéntate aquí, junto a mí’, y compartió su asiento con él, en medio de los apóstoles de la Iglesia.

“Un día, mientras entrevistaba a un grupo de jóvenes que partían a sus misiones de dos años para la Iglesia, notó a un joven granjero que tenía la asignación de ir a la zona oriental de Canadá. ‘Hijo, allá hace frío. ¿Tienes un buen abrigo?’. ‘No señor, no tengo’. Llevó al joven al otro lado de la calle a [una] tienda muy grande y le compró el mejor abrigo que tenían.

“El día en que lo sostuvieron durante la conferencia como Presidente de la Iglesia, después de la reunión, una niñita pasó por entre la multitud y le extendió la mano. El gesto de ella lo conmovió tanto que se agachó y la tomó en sus brazos. Le dijeron que se llamaba Venus Hobbs… y que pronto cumpliría cuatro años. El día de su cumpleaños, Venus recibió una sorpresiva llamada telefónica: Joseph Fielding Smith y su esposa la llamaron de larga distancia para cantarle ‘Feliz cumpleaños’”1.

Esos actos de bondad no eran casos aislados, sino parte del modelo de conducta de toda su vida. El presidente Smith era “un hombre de gran ternura y compasión. Su vida se ha caracterizado por un caso tras otro de dar ayuda a los necesitados, consolar a los desconsolados, aconsejar a los confundidos y ejemplificar esa caridad que es ‘el amor puro de Cristo’ [Moroni 7:47]”2.

Las enseñanzas de Joseph Fielding Smith

1

Al tener el conocimiento de que Dios es el Padre de todas las personas, deseamos amar y bendecir a los demás

Yo pienso que si todos los hombres supieran y entendieran quiénes son, y estuvieran conscientes del origen divino del que han provenido, y del infinito potencial que forma parte de su herencia, tendrían sentimientos de bondad y hermandad unos por otros que cambiarían toda su forma de vivir y traerían paz a la tierra.

Nosotros creemos en la dignidad y el origen divino del hombre. Nuestra fe está fundada en el hecho de que Dios es nuestro Padre, y que nosotros somos Sus hijos, y que todos los hombres son hermanos y hermanas en la misma familia eterna.

Como miembros de Su familia, moramos con Él antes de la fundación de esta tierra, y Él ordenó y estableció el Plan de Salvación mediante el cual obtuvimos el privilegio de avanzar y progresar como nos esforzamos por hacerlo.

El Dios al que adoramos es un Ser glorificado en quien moran todo poder y toda perfección, y ha creado al hombre a Su propia imagen y semejanza, con las características y atributos que Él mismo posee.

Y así, nuestra creencia en la dignidad y el destino del hombre es una parte esencial tanto de nuestra teología como de nuestra forma de vida. Es la base misma de la enseñanza de nuestro Señor de que “el primero y grande mandamiento” es “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente”; y de que el segundo gran mandamiento es “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (véase Mateo 22:37–39).

Como Dios es nuestro Padre, tenemos el deseo natural de amarle y servirle y de ser dignos miembros de Su familia. Sentimos la obligación de hacer lo que Él desea que hagamos, de guardar Sus mandamientos y vivir en armonía con las normas de Su evangelio, todo lo cual es parte esencial de la verdadera adoración.

Y como todos los hombres son nuestros hermanos, sentimos el deseo de amarlos y bendecirlos y hermanarlos; y eso también lo aceptamos como parte esencial de la verdadera adoración.

Por consiguiente, todo lo que hacemos en la Iglesia gira en torno a la ley divina de que debemos amar y adorar a Dios y servir a nuestros semejantes.

No es de asombrarse, entonces, que como iglesia y como pueblo tengamos un interés hondo y perdurable en el bienestar de todos los hijos de nuestro Padre. Procuramos su bienestar temporal y espiritual a la par del nuestro. Oramos por ellos tal como lo hacemos por nosotros, y tratamos de vivir de tal manera que ellos, al ver nuestras buenas obras, sean instados a glorificar a nuestro Padre que está en los cielos [véase Mateo 5:16]3.

“Y Pedro dijo: No tengo plata ni oro, mas lo que tengo te doy: En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y anda!” (Hechos 3:6).

2

Al amarnos y apoyarnos mutuamente en la Iglesia, llegamos a ser un poder para bien en el mundo

“Si me amáis, guardad mis mandamientos” [Juan 14:15].

El Maestro dirigió esas palabras a Sus discípulos algunas horas antes de Su muerte, al reunirse con ellos para comer la pascua y darles las instrucciones finales antes de padecer por los pecados del mundo. En esa misma ocasión, y poco antes de hacer esos comentarios, se refirió al mismo tema cuando dijo:

“Hijitos, aún estaré con vosotros un poco. Me buscaréis, pero, como dije a los judíos: A donde yo voy, vosotros no podéis ir; así os digo a vosotros ahora. Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis los unos a los otros” [Juan 13:33–34]…

…No somos meramente amigos; somos hermanos y hermanas, hijos de Dios, que hemos salido del mundo, como he dicho, para concertar convenios, para observar Sus leyes y cumplir con todo lo que se nos dé mediante inspiración. Se nos manda amarnos los unos a los otros. “Un mandamiento nuevo”, ha dicho el Señor, y sin embargo, al igual que muchos otros mandamientos, es tan antiguo como la eternidad. Jamás hubo ocasión alguna en que ese mandamiento no existiera y no fuera esencial para la salvación, y sin embargo siempre es nuevo. Nunca envejece, porque es verdadero4.

Yo pienso que tenemos el solemne deber de amarnos el uno al otro, de creer el uno en el otro, de tener fe el uno en el otro; que es nuestro deber pasar por alto las faltas y los defectos el uno del otro y no realzarlos a nuestros propios ojos ni ante los ojos del mundo. No debe haber un ánimo de crítica constante, ni calumnias, ni difamaciones, unos contra otros en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Debemos ser leales el uno con el otro y a todo principio de nuestra religión, y no tener envidia unos de otros. No debemos tener celos unos de otros, ni enojarnos unos con otros, ni debe surgir en nuestro corazón el sentimiento de no perdonar unos a otros nuestras faltas. No debe haber sentimientos en el corazón de los hijos de Dios de no perdonar a hombre alguno, no importa quién sea…

…No debemos albergar malos sentimientos unos contra otros, sino tener el sentimiento de perdón y de amor fraternal unos por otros. Que cada uno de nosotros recuerde sus propias faltas y debilidades individuales y se esfuerce por corregirlas. Aún no hemos llegado a una condición de perfección, difícilmente se espera que lo logremos en esta vida, y sin embargo, mediante la ayuda del Espíritu Santo, es posible que estemos unidos y juntos y ver ojo a ojo y vencer nuestros pecados e imperfecciones. Si lo hacemos, respetando todos los mandamientos del Señor, seremos un poder para bien en el mundo; avasallaremos y venceremos todo mal, toda oposición a la verdad, y efectuaremos justicia sobre la faz de la tierra. Porque el Evangelio se extenderá y la gente en el mundo sentirá la influencia que saldrá de entre el pueblo de Sión, y se sentirá más inclinado a arrepentirse de sus pecados y a recibir la verdad5.

3

Expresamos amor por nuestros semejantes cuando les prestamos servicio

Nuestro Salvador vino al mundo a enseñarnos el amor hacia el prójimo, y puesto que esa gran lección se manifestó a través de Su gran sufrimiento y muerte para que podamos vivir, ¿no debemos nosotros expresar amor por nuestros semejantes prestándoles servicio?…

Se debe prestar servicio a los demás. Debemos tender la mano de ayuda a los desafortunados, a los que no han escuchado la verdad y están en oscuridad espiritual, a los necesitados y a los oprimidos. ¿No lo están haciendo? Pensemos en las palabras del poeta Will L. Thompson… El poema empieza así:

“¿En el mundo acaso he hecho hoy
a alguno favor o bien?
¿Le he hecho sentir
que es bueno vivir?
¿He dado a él sostén?” [Himnos, Nº 141]6.

Cuando tendemos una mano de ayuda a otras personas, les demostramos nuestro amor.

Nuestra misión es a todo el mundo; para la paz, la esperanza, la felicidad, y la salvación temporal y eterna de todos los hijos de nuestro Padre… Insto a este pueblo, con todo el poder de persuasión del que soy capaz, a seguir tendiendo la mano de ayuda y bendiciendo a todos los hijos de nuestro Padre en todas partes7.

4

Debemos apreciar y amar a las personas tal como son

Cuando era niño, teníamos una yegua a la que nombramos Junie. Junie era uno de los animales más inteligentes que había conocido. Se podía decir que era casi tan hábil como un ser humano. No podía mantenerla encerrada en el establo porque continuamente desataba la correa de la puerta de su compartimiento. Yo solía colocar la correa, que estaba unida a la media puerta de la casilla, sobre el poste, pero ella simplemente la levantaba con los dientes y el hocico y salía al patio.

En el patio había una llave de agua que se usaba para llenar el bebedero de los animales y Junie la abría con los dientes y dejaba correr el agua. Mi padre me regañaba porque no podía mantener a la yegua dentro del establo. Junie nunca se iba lejos, solamente abría la llave y después caminaba alrededor del patio o sobre el pasto o el huerto. A medianoche escuchaba correr el agua, y tenía que levantarme a cerrar la llave y encerrar de nuevo a Junie.

Mi padre insinuó que el caballo parecía ser más inteligente que yo y un día decidió encerrarla él mismo, de manera que no pudiera salir. Tomó la correa que generalmente estaba colocada sobre el poste y la amarró alrededor del poste y por debajo de una aldaba, y entonces dijo: “A ver jovencita cómo vas a escaparte ahora”. Mi padre y yo salimos del establo y comenzamos a caminar hacia la casa, pero antes de llegar, Junie estaba a nuestro lado; y fue y abrió el grifo de agua otra vez.

Sugerí que ahora quizás era tan inteligente como nosotros dos. Sencillamente no podíamos impedir que Junie saliera de su compartimiento. Pero eso no significa que fuera mala, porque no lo era. Mi padre no tenía intenciones de venderla ni de hacer un trueque con ella, porque tenía muchas otras cualidades buenas que compensaban esa pequeña falta.

La yegua era tan confiable y responsable para jalar del carruaje como era adepta para salir del compartimiento. Y eso era importante, porque mi madre era una partera [matrona] autorizada para ejercer. Cuando la llamaban para atender un parto en algún lugar del valle, usualmente a medianoche, yo tenía que levantarme, llevar una linterna al establo y enganchar a Junie al carruaje.

Yo sólo tenía unos diez u once años en aquel entonces; y la yegua tenía que ser mansa pero lo suficientemente fuerte para llevarnos a mi madre y a mí por todo el valle, en toda clase de clima. Sin embargo, algo que nunca pude entender es por qué la mayoría de los bebés tenían que nacer de noche y por qué tantos nacían en el invierno.

A menudo yo esperaba a mi madre en el carruaje, y en esas ocasiones me agradaba contar con la compañía de la vieja y mansa Junie. Mi experiencia con esa yegua me benefició mucho, porque muy temprano en la vida tuve que aprender a amarla y apreciarla tal como ella era. Era una yegua maravillosa y sólo tenía algunos hábitos malos. Y la gente es muy similar. Ninguno de nosotros es perfecto; sin embargo, cada uno de nosotros trata de llegar a serlo, así como nuestro Padre que está en los cielos. Debemos apreciar y amar a las personas tal como son.

Tal vez deban recordar esto cuando evalúen a sus padres, maestros, líderes de barrio o de estaca, o amigos; o hermanos y hermanas. Aquella lección me ha acompañado: Ver lo bueno en las personas aunque tratemos de ayudarles a vencer uno o dos hábitos malos…

Aprendí muy temprano en la vida a amar y a no juzgar a los demás, y a siempre tratar de superar mis propias faltas8.

5

Cuando amamos al Señor con todo el corazón y al prójimo como a nosotros mismos, estamos en armonía con la ley sagrada

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente.

“Éste es el primero y grande mandamiento.

“Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

“De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas” (Mateo 22:37–40).

En otras palabras, todo lo que se ha revelado para la salvación del hombre desde el principio hasta nuestros tiempos se circunscribe a esas dos grandes leyes, se incluye en ellas y las integra. Si amamos al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, y al prójimo como a nosotros mismos, entonces no hay nada más qué desear; entonces estaremos en armonía con la totalidad de la ley sagrada. Si estuviéramos dispuestos a vivir en armonía con esos dos grandes mandamientos —y tendremos que hacerlo con el tiempo si somos dignos de vivir en la presencia de Dios— entonces desaparecerían de la tierra la iniquidad, los celos, la ambición, codicia, el derramamiento de sangre y todo pecado de cualquier naturaleza. Entonces vendría un día de paz y felicidad eternas. ¡Qué día tan glorioso sería! Se nos ha investido con suficiente raciocinio para saber que un estado así es sumamente deseable y que establecería entre los hombres la paternidad de Dios y la perfecta hermandad del hombre.

…¿Podemos decir que amamos al Señor con toda el alma? ¿Podemos decir que estamos tan preocupados por el bienestar de nuestro prójimo como lo estamos por el nuestro?9.

Amemos al Señor, porque ese es el fundamento de todas las cosas. Es el primer mandamiento, y el segundo, el de amar al prójimo como a nosotros mismos, es semejante al primero, y cuando hayamos hecho eso habremos cumplido la ley, puesto que no habrá nada que se haya dejado de hacer10.

Sugerencias para el estudio y la enseñanza

Preguntas

  • Considere los “pequeños actos considerados” que realizó el presidente Joseph Fielding Smith por otras personas (véase la sección “De la vida de Joseph Fielding Smith”). ¿Qué podemos hacer para cultivar comportamientos bondadosos similares en nuestra vida?

  • ¿De qué modo las doctrinas de la sección 1 pueden ayudarnos a ser amables y amorosos con las personas que nos rodean?

  • ¿Qué le impresiona del consejo del presidente Smith en la sección 2? ¿Por qué piensa que seremos “poder para bien en el mundo” si seguimos ese consejo?

  • ¿Qué ha hecho Jesucristo para “enseñarnos el amor hacia el prójimo”? (Véase la sección 3). ¿De qué maneras podemos seguir Su ejemplo?

  • Repase el relato sobre la yegua Junie (véase la sección 4). ¿Por qué piensa que sea importante “apreciar y amar a las personas tal como son”? ¿Qué podemos hacer para ver lo bueno en los demás aunque estemos tratando de ayudarles a vencer malos hábitos?

  • Para usted, ¿qué significa guardar los mandamientos de Mateo 22:37–40? (Si desea consultar algunos ejemplos, véase la sección 5). ¿Por qué “estaremos en armonía con la totalidad de la ley sagrada” al guardar dichos mandamientos?

Pasajes de las Escrituras relacionados con el tema

Hechos 17:28–29; Romanos 8:16–17; 1 Juan 4:18–21; Mosíah 2:17; 18:8–10; Moroni 7:45–48.

Ayuda didáctica

Considere invitar a los participantes a leer los subtítulos del capítulo y escoger una sección que sea significativa para ellos o para su familia. Invítelos a estudiar las enseñanzas del presidente Smith de esa sección, incluso las preguntas correspondientes, que están al final del capítulo. Después pida a los miembros de la clase que compartan lo que aprendieron.

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    Notas

  1.   1.

    En Joseph Fielding Smith, hijo, y John J. Stewart, The Life of Joseph Fielding Smith, 1972, págs. 10–11.

  2.   2.

    S. Perry Lee, “Church Expresses Devotions to President Smith”, Church News, 14 de julio de 1956, pág. 2.

  3.   3.

    En Conference Report, abril de 1970, págs. 4–5.

  4.   4.

    En Conference Report, octubre de 1920, págs. 53–55.

  5.   5.

    En Conference Report, abril de 1915, págs. 119–120.

  6.   6.

    En Conference Report, abril de 1968, pág. 12.

  7.   7.

    En Conference Report, abril de 1970, pág. 4.

  8.   8.

    “My Dear Young Fellow Workers”, New Era, enero de 1971, págs. 4–5; véase también en Presidentes de la Iglesia, Manual del alumno, 2003, pág. 177; Kellene Ricks Adams, “Joseph Fielding Smith”, Liahona, septiembre de 1993, Sección para los niños, págs. 2–3.

  9.   9.

    En Conference Report, abril de 1943, pág. 12.

  10.   10.

    En Conference Report, octubre de 1920, pág. 59.