Capítulo 23: La responsabilidad individual

Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Joseph Fielding Smith, 2013


“Esperamos que nuestros miembros de todas partes aprendan principios correctos y se gobiernen a sí mismos”.

De la vida de Joseph Fielding Smith

El hermano D. Arthur Haycock caminaba hacia el Edificio de Administración de la Iglesia cierto día cuando vio que el presidente Joseph Fielding Smith abría la cerradura de la puerta lateral. Como tenía necesidad de entrar en el edificio donde trabajaba como secretario del Quórum de los Doce Apóstoles, el hermano Haycock “se apresuró a subir los escalones, de a dos o tres a la vez, para poner el pie en la puerta antes de que ésta se cerrara; apenas lo logró. Al acceder al interior del edificio se apresuró nuevamente para alcanzar al presidente Smith y caminar con él hasta el ascensor. Le comentó: ‘Espero ser tan afortunado como para deslizarme dentro del cielo por la puerta que usted abra’”. Al principio el presidente Smith no respondió, y al hermano Haycock le preocupó que, en su intento de ser gracioso, hubiera dicho algo incorrecto. Sin embargo, “al llegar al ascensor, el presidente Smith le dijo, mientras le guiñaba un ojo: ‘Pues, hermano, ¡no cuente con ello!’”1.

Por medio de discursos y acciones, el presidente Smith enseñó de forma reiterada el principio que compartió con el hermano Haycock: Puso énfasis en que aunque los Santos de los Últimos Días debían ayudar diligentemente a los demás a recibir las bendiciones del Evangelio, la salvación es una responsabilidad individual. Asimismo instó a los santos a ser autosuficientes y a trabajar con ahínco en labores temporales. “De eso se trata la vida”, decía, “de desarrollar nuestro potencial y, en especial, de lograr el autodominio”2.

Joseph Fielding Smith aprendió a trabajar cuando era un muchachito. A menudo su padre estaba de viaje, de modo que “pasó gran parte de su niñez haciendo trabajos de adulto”. De hecho, era un trabajador tan diligente que, “sin que fuera su intención, se le encomendó una tarea antes de lo debido, cuando por su orgullo juvenil ordeñó en secreto una de las vacas de la familia para probar que era capaz de hacerlo, y por lo tanto se le asignó la labor permanentemente”3.

Su buena disposición para el trabajo continuó mientras servía en una misión de tiempo completo en Inglaterra. Su esposa, Louie, le escribió lo siguiente mientras él estaba allí: “Sé que amas el deber mucho más que el placer, y a causa de ello siento tanto amor y confianza que me parece que estás cerca de ser un joven tan perfecto como sería posible serlo”4. Además de cumplir con su deber de enseñar el Evangelio a los demás, trabajaba arduamente para aprender el Evangelio él mismo. En una carta que envió a casa, hablaba sobre sus esfuerzos para memorizar un pasaje de las Escrituras: “He tratado todo el día de aprender un pasaje de las Escrituras y aún no lo he conseguido; pero estoy decidido a aprenderlo antes de terminar”5.

El presidente Smith legó su ética de trabajo a sus hijos. Les decía: “Las personas suelen morir en la cama; y lo mismo ocurre con las aspiraciones”. Con ese principio en mente, él y su esposa procuraban que los niños se levantaran temprano por la mañana e hicieran su parte para mantener la casa limpia y ordenada. “En cierto modo, a papá le parecía inmoral que nos quedáramos en la cama después de las seis”, recordó uno de sus hijos. “Por supuesto que sólo lo intenté una vez; papá se aseguró de que así fuera”6. El presidente Smith también ayudaba con las tareas de la casa. Cuando él y Louie estaban recién casados, hizo tanto como pudo en la construcción de su primera casa. Con los años, llegó a hacer la mayoría de las reparaciones domésticas él mismo, ayudaba a cocinar, y contribuía a cosechar las frutas maduras y conservarlas en frascos7.

El hermano Haycock, el mismo hombre que cierta vez se apresuró a seguir al presidente Smith para entrar al Edificio de Administración de la Iglesia, más adelante llegó a ser secretario personal de cinco Presidentes de la Iglesia, incluso del presidente Smith. En esta estrecha relación, pudo ver el empeño constante del presidente Smith de mejorarse espiritualmente. Decía que a menudo entraba en la oficina del presidente Smith y hallaba al profeta estudiando las Escrituras o leyendo algún otro libro8.

Las enseñanzas de Joseph Fielding Smith

1

El Señor espera que seamos diligentes en procurar bendiciones temporales y espirituales

El Señor le dijo a [Adán]: “…con el sudor de tu rostro comerás el pan” [Génesis 3:19; véase también Moisés 4:25], y a lo largo de los tiempos el Señor ha instado a Su pueblo a ser diligente, a servirle con fidelidad, a trabajar…

En los primeros días de la Iglesia en estos valles [en Utah], el presidente Brigham Young y otras Autoridades Generales hicieron mucho hincapié en la laboriosidad; y era necesario porque nuestros antepasados llegaron aquí sin nada. Tuvieron que trabajar; tuvieron que ser industriosos. Fue esencial que produjeran lo que necesitaban y por lo tanto se les aconsejaba constantemente al respecto y con el fin de que fuesen industriosos. Se les enseñó a que no fueran orgullosos de corazón. Vinieron aquí donde podían adorar al Señor su Dios y guardar Sus mandamientos. Se les dijo que fueran tanto humildes como diligentes … ¡Oh, cómo deseo que pudiéramos recordar eso! ¡Lamento que lo hayamos olvidado!…

…El Señor dijo: “No serás ocioso; porque el ocioso no comerá el pan ni vestirá la ropa del trabajador” [D. y C. 42:42]. Se trata de buen sentido común, ¿no es así? ¿Por qué un hombre que es ocioso ha de participar de la laboriosidad del industrioso, si es que dicho hombre ocioso está en condiciones físicas de poder trabajar? No simpatizo en lo absoluto con ningún tipo de movimiento que tienda a destruir la hombría al alentar a los hombres a ser ociosos, y no me importa de qué edad se trate. No importa la edad que tenga, si el hombre es físicamente fuerte y es capaz de prestar servicios, debe ocuparse de sí mismo; eso es lo que el Señor espera que haga.

El Señor dijo en otra revelación:

“Y además, de cierto os digo que todo hombre que tiene la obligación de mantener a su propia familia, hágalo, y de ninguna manera perderá su corona; y obre en la iglesia. Sea diligente cada cual en todas las cosas. No habrá lugar en la iglesia para el ocioso, a no ser que se arrepienta y enmiende sus costumbres” [D. y C. 75:28–29].

De modo que ése es el consejo que el Señor ha dado a la Iglesia hoy en día. Y éste no ha de aplicarse meramente a la labranza de campos, ni a la siega, ni a la cosecha ni al emprendimiento de actividades laborales, sino que también significa que el hombre debe ser diligente en las cosas espirituales, así como en las actividades temporales mediante las cuales se gana la vida9.

Estamos aquí para un gran propósito; ese propósito no es vivir cien años o menos; ni sembrar nuestros campos, segar nuestros cultivos, recolectar fruta, vivir en casas ni colmarnos de lo necesario para la vida terrenal. Ése no es el propósito de la vida. Esas cosas son necesarias para nuestra existencia aquí, y ésa es la razón por la cual debemos ser industriosos. ¿Pero cuántos hombres pasan su tiempo pensando que todo lo que existe en la vida es acumular las cosas de este mundo, vivir con comodidad y rodearse de todos los lujos, privilegios y placeres que la vida terrenal pueda concedernos, y jamás piensan un poco en algo fuera de eso?

Pues bien, todas esas cosas no son sino solamente bendiciones temporales; comemos para vivir, nos vestimos para mantenernos abrigados y cubiertos, tenemos casas a fin de vivir en ellas para nuestra comodidad y conveniencia; pero debemos considerar todas estas bendiciones como bendiciones temporales que son necesarias mientras viajamos por esta vida. Y ése es todo el provecho que nos brindan. No podemos llevarnos ninguna de ellas al partir. El oro, la plata y las piedras preciosas, a los cuales se les llama riquezas, no son de utilidad para el hombre sino para permitirle sostenerse a sí mismo y satisfacer sus necesidades aquí10.

El Señor… espera que tengamos conocimiento de las cosas temporales de modo que podamos sostenernos en el aspecto temporal; de modo que podamos prestar servicio a nuestros semejantes; y de modo que podamos comunicar el mensaje del Evangelio a Sus demás hijos en todo el mundo11.

“El Señor… espera que tengamos conocimiento de las cosas temporales”.

El objeto de que estemos aquí es hacer la voluntad del Padre tal como se hace en el cielo, obrar rectitud en la tierra para someter la iniquidad y ponerla bajo nuestros pies, vencer al pecado y al adversario de nuestra alma, elevarnos por encima de las imperfecciones y debilidades de la pobre y caída naturaleza humana mediante la inspiración del Señor y Su poder que se manifiesta, y así llegar a ser los santos y siervos del Señor en la tierra12.

2

En última instancia, somos responsables ante el Señor por nuestro cumplimiento del deber

Esto tiene que ver con nuestra fe y nuestra conciencia; ustedes no son responsables ante mí, ni ante la Presidencia de la Iglesia, sino ante el Señor. Yo no trato con los hombres con respecto a mi diezmo; trato con el Señor; es decir, en lo referente a mi propia conducta en la Iglesia y en lo referente a mi observancia de las demás leyes y reglas de la Iglesia. Si yo no observo las leyes de la Iglesia, soy responsable ante el Señor y tendré que responder ante Él, en algún momento, por mi incumplimiento del deber, y quizás deba responder ante la Iglesia en lo tocante a mi condición de miembro. Si cumplo con mi deber, de acuerdo con mi entendimiento de lo que el Señor ha requerido de mí, entonces debo tener una conciencia libre de ofensas. Debo tener satisfacción en el alma puesto que simplemente he cumplido con mi deber tal como yo lo entiendo, y aceptaré las consecuencias. En lo que a mí respecta, se trata de un asunto entre el Señor y yo; así es con cada uno de nosotros.

Aquel que envió a Su Hijo Unigénito al mundo para cumplir la misión que efectuó, también envió a todas las almas que escuchan mis palabras, y ciertamente a todo hombre y toda mujer del mundo, para llevar a cabo una misión, y esa misión no puede llevarse a cabo por medio de la negligencia, ni de la indiferencia, ni puede llevarse a cabo por medio de la ignorancia.

Debemos aprender la obligación bajo la cual estamos para con el Señor y los unos para con los otros; esas cosas son esenciales y no podemos prosperar en lo espiritual, no podemos obtener más conocimiento del Señor, ni más sabiduría, sin dedicar nuestros pensamientos y esfuerzos a nuestro propio mejoramiento, al aumento de nuestra propia sabiduría y del conocimiento de las cosas del Señor13.

Es muy fácil para el género humano culpar a otra persona por los errores propios, y muy fácil para nosotros, debido a nuestra naturaleza humana, aceptar el mérito cuando lo que se ha logrado es algo que agrada y beneficia. No obstante, jamás queremos cargar la responsabilidad de nuestros propios errores, que no agradan, y es así que nos esforzamos por depositar esa clase de responsabilidad en otra parte y en otras personas … Carguemos nuestras propias responsabilidades, y no nos esforcemos por depositarlas en otra parte14.

3

Dios nos ha dado el albedrío y espera que hagamos todo lo que podamos por nuestros propios medios

El albedrío [es] el gran don que el Señor ha conferido sobre toda alma a fin de que actúe por sí misma, para que tome sus propias decisiones, para ser un agente con el poder de creer, aceptar la verdad y recibir la vida eterna, o de rechazar la verdad y recibir remordimientos de conciencia. Éste es uno de los más grandes dones de Dios. ¿Qué sería de nosotros sin él, si fuéramos compelidos para actuar como algunas personas quisieran compeler a sus semejantes a hacer su voluntad? No podría haber salvación; no podría haber ningún galardón de rectitud; no podría castigarse a nadie por no ser fiel, puesto que los hombres no tendrían que rendir cuentas ante su Hacedor15.

A José Smith se le preguntó cómo gobernaba a un pueblo tan grande y diverso como los Santos de los Últimos Días; él contestó: “Les enseño principios correctos y ellos se gobiernan a sí mismos”.

Sobre ese principio nos basamos para actuar en la Iglesia; esperamos que nuestros miembros de todas partes aprendan principios correctos y se gobiernen a sí mismos16.

“Jamás se ha compelido a persona alguna, por ningún decreto del Padre, a hacer el bien … Cada persona puede actuar por sí misma”.

Este gran don del albedrío, que es el privilegio que se brinda al hombre de tomar sus propias decisiones, nunca se ha revocado y nunca lo será. Es un principio eterno que otorga libertad de pensamiento y de acción a toda alma. Jamás se ha compelido a persona alguna, por ningún decreto del Padre, a hacer el bien; ni jamás se ha obligado a nadie a hacer el mal. Cada persona puede actuar por sí misma. El plan de Satanás era destruir dicho albedrío y obligar a los hombres a hacer su voluntad. No se podría existir de forma satisfactoria sin ese gran don. Los hombres deben tener el privilegio de escoger, aun al grado de poder rebelarse contra los decretos divinos. Por supuesto, la salvación y la exaltación han de venir mediante la voluntad libre, sin coerción y por mérito individual, a fin de que puedan otorgarse galardones de rectitud, e imponerse el castigo adecuado al transgresor17.

Creemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos, y que al edificar sobre el fundamento de la expiación de Cristo, todos los hombres deben labrar su propia salvación con temor y temblor ante el Señor [véase 2 Nefi 25:23; Mormón 9:27]18.

Es un hecho importante, demostrado en todas las Escrituras por actos directos y por consecuencia, que Dios ha hecho por los hombres todo cuanto éstos no pueden hacer por sí mismos para obtener la salvación, pero espera que los hombres hagan por sí mismos todo cuanto esté al alcance de ellos.

De acuerdo con este principio, es contrario al orden de los cielos, el cual se instituyó antes de la fundación de la tierra, que los mensajeros celestiales que han pasado por la resurrección, o los mensajeros que pertenecen a la esfera celestial, vengan a la tierra a efectuar por los hombres la obra que éstos pueden hacer por sí mismos…

Es un error de lo más grave creer que Jesús hizo todo por los hombres si tan sólo lo confiesan con la boca, y que no hay nada más que deban hacer. Los hombres tienen una obra que hacer si desean obtener la salvación. Fue en armonía con esa ley eterna que el ángel condujo a Cornelio hasta Pedro [véase Hechos 10] y que Ananías fue enviado a Pablo [véase Hechos 9:1–22]. Fue asimismo en obediencia de esa ley que Moroni, que entendía los grabados sobre las planchas nefitas, no hizo la traducción, sino que bajo la dirección del Señor entregó a José Smith el Urim y Tumim, mediante el cual éste fue capaz de efectuar esa obra importante por el don y el poder de Dios19.

4

Nuestras dos grandes responsabilidades son procurar nuestra propia salvación y obrar con diligencia en pos de la salvación de otras personas

Tenemos estas dos grandes responsabilidades … Primero, procurar nuestra propia salvación; y segundo, nuestro deber para con nuestros semejantes. Ahora bien, yo considero que mi primer deber, en lo que a mí concierne individualmente, es procurar mi propia salvación. Ése es su deber personal primeramente, y así es con todo miembro de esta Iglesia20.

Nuestra primera preocupación ha de ser nuestra propia salvación. Debemos procurar obtener todas las bendiciones del Evangelio para nosotros mismos. Debemos bautizarnos y entrar en el orden del matrimonio celestial, de modo que podamos llegar a ser herederos de la plenitud del reino de nuestro Padre. Entonces hemos de preocuparnos por nuestra familia, nuestros hijos y nuestros antepasados21.

Es… nuestro deber salvar al mundo, tanto a las personas fallecidas como a las que viven. Salvamos a las personas que viven y desean arrepentirse, mediante la predicación del Evangelio entre las naciones y el recogimiento de los hijos de Israel, los sinceros de corazón. Salvamos a las personas fallecidas al asistir a la Casa del Señor y efectuar estas ceremonias a su favor: el bautismo, la imposición de manos, la confirmación y todas las demás cosas que el Señor requiere de nuestras manos22.

Es mi deber, así como es el de ustedes, mis hermanos y mis hermanas por igual —puesto que la responsabilidad también recae sobre ustedes— de hacer lo mejor que esté a nuestro alcance y no eludirla, sino más bien esforzarnos con toda el alma para magnificar los llamamientos que el Señor nos ha dado, de obrar diligentemente para la salvación de nuestra propia familia, de cada uno de nosotros, y para la salvación de nuestro prójimo, la salvación de quienes están en lugares lejanos23.

Sugerencias para el estudio y la enseñanza

Preguntas

  • ¿Qué le llama la atención sobre el empeño que ponía el presidente Smith para enseñar a sus hijos a trabajar? (véase “De la vida de Joseph Fielding Smith”). ¿Qué podemos hacer para ayudar a los niños a ser más responsables?

  • ¿De qué modo las enseñanzas de la sección 1 aumentan su entendimiento de la autosuficiencia? Piense en lo que usted puede hacer para ser más autosuficiente.

  • Repase el consejo que se brinda en la sección 2. ¿Qué significa para usted ser “responsable ante el Señor”?

  • El presidente Smith enseñó: “Esperamos que nuestros miembros de todas partes aprendan principios correctos y se gobiernen a sí mismos” (sección 3). ¿Cómo puede beneficiar a la familia esa enseñanza? ¿De qué modo eso puede guiar a los quórumes del sacerdocio y a la Sociedad de Socorro?

  • Al prestar servicio a los demás, ¿por qué cree que “nuestra primera preocupación ha de ser nuestra propia salvación”? (véase la sección 4).

Pasajes de las Escrituras relacionados con el tema

Filipenses 2:12; 2 Nefi 2:14–16, 25–30; D. y C. 58:26–28.

Ayuda didáctica

“A medida que enseñe el contenido de este libro, invite a los demás a compartir sus ideas, a hacer preguntas y a enseñarse mutuamente. Cuando las personas participan activamente, estarán más preparadas para aprender y para recibir revelación personal” (tomado de de la página VII de este manual).

Mostrar referencias

    Notas

  1.   1.

    Joseph Fielding Smith, hijo, y John J. Stewart, The Life of Joseph Fielding Smith, 1972, págs. 358–359.

  2.   2.

    Joseph Fielding Smith, en The Life of Joseph Fielding Smith, pág. 10.

  3.   3.

    Joseph Fielding Smith, hijo, y John J. Stewart, The Life of Joseph Fielding Smith, págs. 51–52.

  4.   4.

    Louie Shurtliff Smith, en The Life of Joseph Fielding Smith, pág. 113.

  5.   5.

    Joseph Fielding Smith, en The Life of Joseph Fielding Smith, pág. 116.

  6.   6.

    En Joseph Fielding McConkie, “Joseph Fielding Smith”, en Leonard J. Arrington, editor, The Presidents of the Church, 1986, págs. 336–337; véase también The Life of Joseph Fielding Smith, págs. 217–221.

  7.   7.

    Véase The Life of Joseph Fielding Smith, págs. 12–13, 155–157; Francis M. Gibbons, Joseph Fielding Smith: Gospel Scholar, Prophet of God, 1992, pág. 202.

  8.   8.

    Véase Jay M. Todd, “A Day in the Life of President Joseph Fielding Smith”, Ensign, julio de 1972, pág. 5.

  9.   9.

    En Conference Report, abril de 1945, págs. 48–49.

  10.   10.

    “Salvation for the Dead”, Utah Genealogical and Historical Magazine, abril de 1926, págs. 154–155; véase también Doctrina de Salvación, comp. por Bruce R. McConkie, 3 tomos, 1978–1979, tomo I, pág. 65.

  11.   11.

    Mensaje pronunciado en el Instituto de Religión de Logan, Utah, 10 de enero de 1971, pág. 2, Biblioteca de Historia de la Iglesia; manuscrito inédito.

  12.   12.

    En Conference Report, octubre de 1969, pág. 108.

  13.   13.

    En Conference Report, octubre de 1969, pág. 108.

  14.   14.

    En Conference Report, octubre de 1932, pág. 88.

  15.   15.

    En Conference Report, octubre de 1949, pág. 88.

  16.   16.

    Véase “Mensaje para los miembros de la Iglesia en Gran Bretaña”, Liahona, febrero de 1972, pág. 3; véase también Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 300.

  17.   17.

    Answers to Gospel Questions, comp. por Joseph Fielding Smith, hijo, 5 tomos, 1957–1966, tomo II, pág. 20.

  18.   18.

    Véase “Libres de la obscuridad”, Liahona, octubre de 1971, pág. 3.

  19.   19.

    “Priesthood—Restoration of Divine Authority”, Deseret News, 2 de septiembre de 1933, sección de la Iglesia, pág. 4; véase también Doctrina de Salvación, tomo III, págs. 85–86.

  20.   20.

    “The Duties of the Priesthood in Temple Work”, Utah Genealogical and Historical Magazine, enero de 1939, pág. 3; véase también Doctrina de Salvación, tomo II, pág. 137.

  21.   21.

    Sealing Power and Salvation, BYU Speeches of the Year, 12 de enero de 1971, pág. 2.

  22.   22.

    En Conference Report, octubre de 1911, pág. 120; véase también Doctrina de Salvación, tomo II, pág. 182.

  23.   23.

    En Conference Report, abril de 1921, pág. 41.