Capítulo 3: El plan de salvación

Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Joseph Fielding Smith, 2013


“Nuestro Padre Celestial estableció un Plan de Salvación para Sus hijos espirituales… con el fin de permitirles avanzar y progresar hasta que obtengan la vida eterna”.

De la vida de Joseph Fielding Smith

El 29 de abril de 1901, Alice, la hermana de 18 años de Joseph Fielding Smith, murió tras una larga enfermedad; Joseph estaba a punto de terminar su misión de tiempo completo en Inglaterra. Su respuesta a la noticia del fallecimiento de Alice reveló el amor que tenía por su familia y su testimonio del Plan de Salvación. “Es un duro golpe para todos”, escribió en su diario. “No me había dado cuenta de la gravedad de su enfermedad, aunque sabía que estaba enferma. Yo esperaba volver a verla con el resto de la familia dentro de unas pocas semanas; pero que se haga la voluntad de Dios. Es en ocasiones como ésta que nos son tan gratas las esperanzas que nos presenta el Evangelio. Nos reuniremos todos nuevamente del otro lado para disfrutar de los placeres y las bendiciones de estar en la presencia unos de otros, donde los lazos familiares no se volverán a romper, y donde todos viviremos para recibir las bendiciones y hacer realidad las tiernas misericordias de nuestro Padre en los cielos. Es mi humilde oración que yo siempre camine en la senda de la verdad y que honre el nombre que llevo, de manera que cuando me reúna con mis parientes fallecidos, sea algo dulce y eterno”1.

En su carácter de apóstol, y más tarde como Presidente de la Iglesia, el presidente Joseph Fielding Smith repetidamente testificó de la esperanza que se recibe por medio de la comprensión del Evangelio. Enseñó: “…poseemos el Plan de Salvación; nosotros administramos el Evangelio; y éste es la única esperanza del mundo, el único medio que traerá paz a la tierra y corregirá los males que existen en todas las naciones”2.

Enseñanzas de Joseph Fielding Smith

1

En el mundo preterrenal de los espíritus, nos regocijamos cuando nos enteramos del Plan de Salvación de nuestro Padre Celestial

Todos somos miembros de la familia de nuestro Padre Celestial. Vivimos y moramos con Él antes de que se fundara la tierra. Vimos Su rostro, sentimos Su amor y escuchamos Sus enseñanzas; y Él estableció las leyes mediante las cuales nos es posible avanzar y progresar, y obtener nuestra propia unidad familiar eterna3.

“Vivimos y moramos con [nuestro Padre Celestial] antes de que se fundara la tierra”.

Nuestro Padre Celestial estableció un Plan de Salvación para Sus hijos espirituales, el cual se diseñó con el fin de permitirles avanzar y progresar hasta que obtengan la vida eterna, que es como se le llama al tipo de vida que tiene nuestro Padre Celestial. Dicho plan es hacer posible que los hijos de Dios lleguen a ser como Él y que tengan el poder, la sabiduría y el conocimiento que Él posee4.

En la Perla de Gran Precio aprendemos que hubo un concilio en los cielos, y fue allí cuando el Señor llamó a los espíritus de Sus hijos para presentarse delante de Él para exponerles un plan mediante el cual debían venir a la tierra, ser partícipes de la vida terrenal y de un cuerpo físico, pasar un período de probación en la vida terrenal y después ir a una mayor exaltación por medio de la resurrección que se llevaría a efecto mediante la expiación de Jesucristo, Su Hijo Unigénito [véase Moisés 4:1–2; Abraham 3:22–28]. La idea de pasar por la vida terrenal y ser partícipes de todas las vicisitudes de la vida en la tierra, en la que ganarían experiencias mediante el sufrimiento, el dolor, el pesar, la tentación y la aflicción, así como mediante los placeres de la vida en esta existencia terrenal, y entonces, si eran fieles, de pasar por la resurrección a la vida eterna en el reino de Dios, para ser como Él [véase 1 Juan 3:2], eso los llenó del espíritu de alegría y “se regocijaban” [véase Job 38:4–7]. La experiencia y el conocimiento obtenidos en esta vida terrenal no se podían obtener de ninguna otra manera, y el recibir un cuerpo físico era esencial para su exaltación5.

2

La caída de Adán y Eva fue parte del plan del Padre Celestial

El Plan de Salvación, o código de leyes, que se conoce como el evangelio de Jesucristo, se adoptó en los cielos antes de que se fundara el mundo. Ahí se designó que Adán, nuestro padre, viniera a la tierra y estuviera a la cabeza de toda la familia humana. Fue parte de ese gran plan el que participara del fruto prohibido y cayera, trayendo así sufrimiento y la muerte al mundo, que ciertamente en última instancia eran para el bien de Sus hijos6.

La Caída fue una parte esencial de la prueba terrenal del hombre … Si Adán y Eva no hubieran participado, no habrían recibido el gran don de la mortalidad. Además, no habrían tenido posteridad, y el gran mandamiento que les había dado el Señor no se habría cumplido7.

La caída de Adán y Eva “trajo dolor, pesar y muerte, pero… también trajo bendiciones”.

La caída de Adán dio lugar a todas las vicisitudes del estado mortal. Trajo dolor, pesar y muerte; pero no debemos perder de vista el hecho de que también trajo bendiciones … Nos dio la bendición del conocimiento y de la comprensión y de la vida terrenal8.

3

Jesucristo se ofreció a Sí mismo como sacrificio para salvarnos de la Caída y de nuestros pecados

La transgresión de Adán dio lugar a estas dos muertes: la espiritual y la temporal, que significan que el hombre sea expulsado de la presencia de Dios y que llegue a ser mortal y esté sujeto a todos los males de la carne. A fin de que pudiese regresar, era necesario que hubiese una reparación de la ley quebrantada; la justicia así lo exigía9.

Es de lo más natural y justo que quien cometa el mal pague las consecuencias: que expíe el mal que hizo. Por tanto, como Adán era el transgresor de la ley, la justicia exigía que él, y ningún otro, respondiera por el pecado y pagara las consecuencias con su vida. Pero Adán, al haber quebrantado la ley, quedó sujeto a la maldición, y al estar bajo la maldición no podía expiar, o deshacer, lo que había hecho. Tampoco podían hacerlo sus hijos, ya que también estaban bajo la maldición, y se requería que uno que no estuviera sujeto a la maldición expiara ese pecado original; además, ya que todos estábamos bajo la maldición, tampoco teníamos el poder de expiar nuestros popios pecados. Por tanto, llegó a ser necesario que el Padre enviara a Su Hijo Unigénito, que estaba libre de pecado, para expiar nuestros pecados y la transgresión de Adán, lo cual la justicia exigía que se hiciera. En consecuencia, Él se ofreció como sacrificio por los pecados, y mediante Su muerte en la cruz tomó sobre Sí tanto la transgresión de Adán como nuestros pecados individuales, redimiéndonos así de la Caída y de nuestros pecados, con la condición de que nos arrepintamos10.

Es nuestro deber enseñar en cuanto a la misión de Jesucristo. ¿Por qué vino? ¿Qué hizo por nosotros? ¿En qué nos beneficia? ¿Cuál fue el precio que pagó para lograrlo? ¿Por qué le costó la vida, sí; más que la vida? ¿Qué fue lo que hizo además de [permitir] que se le clavara en la cruz? ¿Por qué se le clavó ahí? Se le clavó ahí para que Su sangre se derramara a fin de redimirnos de esa consecuencia que es la más terrible que pudiéramos tener: ser desterrados de la presencia de Dios. Murió en la cruz para llevarnos de vuelta, para que nuestro cuerpo y espíritu se reunieran nuevamente. Nos dio ese privilegio, si tan sólo creemos en Él y guardamos Sus mandamientos; murió por nosotros a fin de que recibamos la remisión de nuestros pecados y que no se nos llame a pagar las consecuencias [de ellos]. Él pagó el precio…

…Ningún hombre pudo haber hecho lo que Él hizo por nosotros. No tenía que morir; podría haberse rehusado a hacerlo. Lo hizo en forma voluntaria; lo hizo porque era un mandamiento de Su Padre. Sabía cuál iba a ser el sufrimiento y, sin embargo, a causa de Su amor por nosotros, estuvo dispuesto a hacerlo…

El que al Salvador le hayan perforado las manos y los pies con clavos, fue la porción menor de Su sufrimiento. Nos creamos el hábito, me parece, de sentir o pensar que Su gran sufrimiento fue el ser clavado en la cruz y que se le dejara ahí colgado. Y bien, ese era un período de la historia del mundo en el que miles de hombres sufrieron de esa manera, así que Su sufrimiento, en lo que a eso concierne, no fue mayor que el de otros hombres que fueron crucificados de esa manera. ¿Cuál fue, entonces, Su gran sufrimiento? Me gustaría poder recalcar este hecho en la mente de cada miembro de esta Iglesia: Su gran sufrimiento tuvo lugar antes de siquiera haber ido a la cruz. Fue en el Jardín de Getsemaní, como se nos dice en las Escrituras, que la sangre brotó de cada poro de Su cuerpo; y en la extrema agonía de Su alma, clamó a Su Padre. No fueron el que le perforaran las manos y los pies con clavos. Ahora bien, no me pregunten cómo fue que eso se logró, porque no lo sé; nadie lo sabe. Lo único que sabemos es que de alguna forma tomó sobre Sí ese extremo castigo. Tomó sobre Sí nuestras transgresiones, y pagó el precio, un precio de tormento.

Piensen en que el Salvador llevó la carga de todas las personas en conjunto, un tormento —de alguna forma que, como digo, no puedo entender, yo lo acepto — que causó que sufriera en agonía de dolor, a comparación de lo cual el que le clavaran las manos y los pies fue mínimo. En Su angustia, clamó a Su Padre: “De ser posible, ¡pase de mí esta copa!”, pero no pudo pasar [véase Mateo 26:42; Marcos 14:36; Lucas 22:42]. Permítanme leerles una o dos palabras de lo que el Señor dice en cuanto a eso:

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;

“mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;

“padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.

“Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres” [D. y C. 19:16–19].

Cuando leo eso, me hace sentir muy humilde. Su amor por la humanidad, por el mundo, fue tan grande que estuvo dispuesto a llevar una carga que ningún hombre mortal podía llevar, y a pagar un terrible precio que ninguna otra persona podría haber pagado, para que pudiéramos escapar11.

“Nuestro Salvador Jesucristo es la figura central de este gran plan de progreso y salvación”.

El Hijo de Dios [dijo]: “Descenderé y pagaré el precio; seré el Redentor y redimiré a los hombres de la transgresión de Adán. Tomaré sobre mí los pecados del mundo y redimiré, o salvaré, de sus propios pecados a toda alma que se arrepienta”12.

Veamos un ejemplo: Un hombre que anda por un camino se cae en un pozo tan profundo y obscuro que no puede subir a la superficie y recuperar la libertad. ¿Cómo puede salvarse de ese apuro? No podrá lograrlo mediante su propio esfuerzo, ya que no hay manera de escapar del pozo. Él solicita ayuda, y un alma bondadosa, al oír sus gritos de auxilio, lo socorre facilitándole una escalera y así brindándole el medio por el cual él nuevamente podrá subir a la superficie. Es esa precisamente la condición en que Adán se puso a sí mismo y a su posteridad cuando participó del fruto prohibido. Ya que todos estaban en el pozo, ninguno podía subir a la superficie para ayudar a los demás. El pozo es el destierro de la presencia del Señor, y la muerte temporal la disolución del cuerpo. Y puesto que todos estaban sujetos a la muerte, ninguno podía proporcionar los medios para el escape.13.

El Salvador, que no está sujeto al pozo, llega y baja la escalera. Baja al pozo y hace posible que utilicemos la escalera para escapar.14.

En Su infinita misericordia, el Padre escuchó el clamor de Sus hijos y envió a Su Hijo Unigénito, que no estaba sujeto a la muerte ni al pecado, a fin de que proporcionara el medio para escapar, lo cual hizo por medio de Su infinita expiación y el Evangelio sempiterno.15.

Nuestro corazón debería rebosar de gratitud , hasta desbordar con amor y obediencia, por la gran y tierna misericordia [del Salvador]. A causa de lo que Él ha hecho, nunca deberíamos fallarle. Nos compró por un precio, el precio de Su gran sufrimiento y el derramamiento de Su sangre en sacrificio sobre la cruz16.

4

Al edificar sobre el fundamento de la expiación de Jesucristo, labramos nuestra salvación durante la vida terrenal

Nuestro Salvador Jesucristo es la figura central de este gran plan de progreso y salvación17.

El Plan de Salvación edifica sobre el fundamento de la Expiación y consta de lo siguiente:

Primero, debemos tener fe en el Señor Jesucristo, aceptarlo como el Hijo de Dios, depositar nuestra confianza en Él y en Su palabra, y desear obtener las bendiciones que provienen de la obediencia a Sus leyes.

Segundo, debemos arrepentirnos de nuestros pecados; renunciar al mundo; y determinar en el corazón, sin reservas, que llevaremos vidas piadosas y rectas.

Tercero, debemos ser bautizados en el agua bajo las manos de alguien que tenga la debida autoridad, que tenga el poder de atar en la tierra y sellar en los cielos; debemos, mediante esa sagrada ordenanza, concertar un convenio de servir al Señor y guardar Sus mandamientos.

Cuarto, debemos recibir el don del Espíritu Santo; debemos nacer de nuevo; debemos eliminar de nuestra alma, como si fuera por fuego, el pecado y la iniquidad; debemos obtener una nueva creación por el poder del Espíritu Santo.

Quinto, debemos perseverar hasta el fin; debemos guardar los mandamientos después del bautismo, labrar nuestra salvación con temor y temblor ante el Señor, vivir de tal manera que adquiramos los atributos de la santidad y lleguemos a ser el tipo de persona que pueda disfrutar la gloria y las maravillas del reino celestial18.

Yo testifico que estas leyes que los hombres deben obedecer para lograr la salvación, y que constituyen el evangelio de Jesucristo, han sido reveladas en esta época a profetas y apóstoles, y que en la actualidad son administradas por Su Iglesia que Él de nuevo ha establecido sobre la tierra19.

Todos nosotros, los que estamos aquí en este mundo terrenal, estamos a prueba. Se nos envió aquí principalmente para obtener un tabernáculo [cuerpo] para nuestro espíritu eterno; en segundo lugar, para ser probados, para tener tribulaciones así como el abundante gozo y felicidad que se pueden obtener mediante el convenio sagrado de la obediencia a los principios eternos del Evangelio. La mortalidad, tal como Lehi informó a sus hijos, es un “estado de probación” (2 Nefi 2:21). Es aquí donde hemos de ser probados, al estar excluidos de la presencia de nuestro Padre Eterno pero instruidos en el camino de la vida eterna, para ver si lo amaremos y veneraremos, y si seremos fieles a Su Hijo Amado, Jesucristo20.

Vinimos aquí para ser probados al tener contacto con el mal y también con el bien. … El Padre ha permitido que Satanás y sus huestes nos tienten, pero mediante la guía del Espíritu del Señor y los mandamientos dados por revelación, estamos preparados para hacer nuestra elección. Si hacemos el mal, se nos ha dicho que seremos castigados; si hacemos el bien, recibiremos la recompensa eterna de la rectitud21.

Este período de probación terrenal [es] breve, sólo un corto tiempo que une la eternidad pasada con la eternidad futura. Sin embargo, [es] un período de gran importancia. … Esta vida es el período de mayor importancia en nuestra existencia eterna22.

5

Todas las personas recibirán la bendición de la resurrección mediante la expiación de Jesucristo.

Vinimos a este mundo a morir, eso lo entendimos antes de venir. Es parte del plan, todo lo cual se habló y se dispuso mucho antes de que el hombre fuera puesto en la tierra. … Estuvimos preparados y dispuestos a hacer la jornada desde la presencia de Dios en el mundo de los espíritus hasta el mundo terrenal, para venir aquí a sufrir todo lo que tiene que ver con esta vida, sus placeres y pesares, y para morir; y la muerte es tan esencial como el nacimiento23.

La muerte física, o la muerte del hombre terrenal, no es una separación permanente entre el espíritu y el tabernáculo de carne, a pesar de que el cuerpo regresa a los elementos, sino que es sólo una separación temporaria que llegará a su fin el día de la resurrección, cuando el cuerpo sea reclamado del polvo, animado por el espíritu, para vivir de nuevo. Esta bendición llega a todos los hombres mediante la expiación de Cristo, independientemente de su bondad o maldad mientras estuvieron en la vida terrenal. Pablo dijo que debía haber una resurrección tanto de los justos como de los injustos (Hechos 24:15), y el Salvador dijo que todos los que estén en la tumba escucharán Su voz y “los que hicieron el bien saldrán a resurrección de vida, mas los que hicieron el mal, a resurrección de condenación” (Juan 5:29)24.

Toda parte fundamental de cada cuerpo será restaurada a su propio lugar en la resurrección, sin importar lo que le suceda al cuerpo en la muerte; si se quema en un incendio, si se lo comen los tiburones, no importa qué le suceda. Cada parte fundamental será restaurada a su propio lugar25.

Los espíritus no pueden ser perfeccionados sin cuerpos de carne y hueso. Mediante la resurrección, el cuerpo y su espíritu son llevados a la inmortalidad y a las bendiciones de salvación. Después de la resurrección no puede haber otra separación; el cuerpo y el espíritu llegan a estar inseparablemente unidos de manera que el hombre pueda recibir una plenitud de gozo. No hay ninguna otra manera de que los espíritus puedan llegar a ser como nuestro Padre Eterno que no sea el nacimiento en esta vida y la resurrección26.

6

Los fieles heredarán la vida eterna con su familia en la presencia del Padre Celestial.

Algunos hombres heredan riquezas por la laboriosidad de sus padres. Algunos por herencia son elevados a los tronos del mundo, a poder y a posición entre sus semejantes. Algunos procuran la herencia del conocimiento y el renombre del mundo por medio de la aplicación de su propio trabajo y perseverancia; pero hay una herencia que vale mucho más que todas, y es la herencia de la exaltación eterna.

Las Escrituras dicen que la vida eterna —que es la vida que tienen nuestro Padre Eterno y Su Hijo, Jesucristo— es el mayor de los dones de Dios [véase D. y C. 14:7]. Sólo quienes sean limpios de todo pecado la recibirán. Se promete a “quienes vencen por la fe, y son sellados por el Santo Espíritu de la promesa, que el Padre derrama sobre todos los que son justos y fieles. Éstos son los que constituyen la Iglesia del Primogénito. Son aquellos en cuyas manos el Padre ha entregado todas las cosas” [D. y C. 76:53–55; véase también el versículo 52]27.

Este Plan de Salvación se centra en la familia… Está diseñado para permitirnos crear nuestra propia unidad familiar eterna28.

Quienes reciban la exaltación en el reino celestial tendrán la “continuación de las simientes por siempre jamás”. Vivirán en la relación familiar29.

Se nos enseña en el evangelio de Jesucristo que la organización de la familia será, en lo que concierne a la exaltación celestial, una familia completa, una organización ligada de padre y madre e hijos de una generación, a padre y madre e hijos de la siguiente generación, expandiéndose y extendiéndose así hasta el fin de los tiempos30.

Esas gloriosas bendiciones de una herencia eterna… no llegan sino al estar dispuestos a guardar los mandamientos e incluso a sufrir con Cristo, de ser necesario. En otras palabras, se espera que los candidatos a la vida eterna —el mayor de los dones de Dios— coloquen todo lo que tengan sobre el altar, si se les requiriera, porque aún así, y si se les requiriera poner su vida por Su causa, nunca podrían pagarle las abundantes bendiciones que se reciben y prometen basadas en la obediencia a Sus leyes y mandamientos31.

Cuando hayamos salido del mundo y recibido el Evangelio en su plenitud, seremos candidatos a la gloria celestial; mejor dicho, seremos más que candidatos, si somos fieles, pues el Señor nos ha dado la certeza de que mediante nuestra fidelidad, entraremos al reino celestial…

…Vivamos de tal manera que tengamos asegurado nuestro lugar, y entonces sabremos, por medio de la vida que vivamos, que entraremos en Su presencia y moraremos con Él, y recibiremos la plenitud de las bendiciones que se han prometido. ¿Quién de entre los Santos de los Últimos Días estará satisfecho con algo menos que la plenitud de salvación que se nos promete?… Es necesario que, en nuestra humildad y con espíritu de arrepentimiento, sigamos avanzando; que guardemos los mandamientos hasta el fin, pues nuestra esperanza y nuestra meta es la vida eterna, que es la vida en la presencia del Padre y del Hijo. “Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” [Juan 17:3]32.

Me encuentro en este momento en lo que se podría llamar el ocaso de la vida, y me doy cuenta que en un día no muy lejano se me llamará a dar cuentas de mi mayordomía terrenal…

Estoy seguro de que todos amamos al Señor. Sé que vive, y espero ansiosamente ese día cuando veré Su faz; y espero oír Su voz que me diga: “Venid, [bendito] de mi Padre, heredad el reino preparado para [ti] desde la fundación del mundo” (Mateo 25:34).

Y ruego que ésta pueda ser la feliz fortuna de todos nosotros, a su debido tiempo33.

Sugerencias para el estudio y la enseñanza

Preguntas

  • Conforme lea la anotación del diario que figura en la sección “De la vida de Joseph Fielding Smith”, piense en alguna ocasión en que su testimonio del Plan de Salvación le brindó consuelo. ¿De qué manera podría ayudar a un familiar o a un amigo a recibir ese consuelo?

  • ¿Cómo pueden las enseñanzas del presidente Smith, en cuanto al concilio de los cielos, ayudarnos cuando afrontemos pruebas? (véase la sección 1).

  • El presidente Smith enseñó que “no debemos perder de vista el hecho de que [la caída de Adán y Eva] también trajo bendiciones” (sección 2). ¿Por qué cree que sea importante recordar esa verdad? ¿Cuáles son algunas de las bendiciones que ha recibido como resultado de la Caída?

  • En la sección 3, ¿de qué manera se relaciona con nuestra vida el ejemplo que dio el presidente Smith de un hombre que cae en un pozo? Reflexione en la forma en que el Salvador le ha rescatado por medio de Su expiación.

  • ¿Qué sugieren las palabras del presidente Smith de la sección 4 en cuanto al propósito de nuestra vida sobre la tierra? ¿Qué nos ha dado el Señor para ayudarnos a pasar con seguridad por este tiempo de prueba?

  • ¿De qué manera podría ayudarle a alguien a entender las palabras del presidente Smith de la sección 5 de que “la muerte es tan esencial como el nacimiento”? ¿En qué forma ha influido en su vida la doctrina de la resurrección?

  • ¿De qué formas es la riqueza del mundo diferente de la “herencia eterna” que podemos recibir por medio del Plan de Salvación? (véase la sección 6). El entender esas diferencias, ¿cómo nos puede ayudar a prepararnos para la vida eterna?

Pasajes de las Escrituras relacionados con el tema

Job 38:4–7; 2 Nefi 2:15–29; 9:5–27; Alma 12:20–35; D. y C. 19:16–19; Moisés 5:10–12

Ayuda didáctica

“Para ayudarnos a enseñar en base a las Escrituras y a las palabras de los profetas de los últimos días, la Iglesia ha producido manuales de lecciones y otros materiales. Hay muy poca necesidad de comentarios y referencias de otras fuentes” (La enseñanza: El llamamiento más importante, Guía de consulta para la enseñanza del Evangelio, 2000, pág. 57).

Mostrar las referencias

    Notas

  1.   1.

    En Joseph Fielding Smith, hijo, y John J. Stewart, The Life of Joseph Fielding Smith, 1972, págs. 117–118.

  2.   2.

    “Mensaje para los miembros de la Iglesia en Gran Bretaña”, Liahona, febrero de 1972, pág. 3.

  3.   3.

    En “Pres. Smith Tells of Parents’ Duty”, Church News, 3 de abril de 1971, pág. 10.

  4.   4.

    Discurso pronunciado en el Instituto de Religión de Logan, Utah, 10 de enero de 1971, pág. 3; manuscrito inédito.

  5.   5.

    “Is Man Immortal?”, Improvement Era, febrero de 1916, pág. 318; véase también Doctrina de Salvación, editado por Bruce R. McConkie, 3 tomos, 1979, tomo I, pág. 55.

  6.   6.

    Elijah the Prophet and His Mission y Salvation Universal, 1957, págs. 65–66.

  7.   7.

    En Conference Report, octubre de 1966, pág. 59.

  8.   8.

    “Principles of the Gospel: The Infinite Atonement—Redemption, Salvation, Exaltation”, Deseret News, sección de la Iglesia, 22 de abril de 1939, pág. 3; véase también Doctrina de Salvación, tomo I, pág. 110.

  9.   9.

    “The Atonement”, Deseret News, sección de la Iglesia, 2 de marzo de 1935, pág. 7; véase también Doctrina de Salvación, tomo I, pág. 117.

  10.   10.

    Elijah the Prophet and His Mission y Salvation Universal, págs. 79–80.

  11.   11.

    Seek Ye Earnestly, compilado por Joseph Fielding Smith, hijo, 1970, págs. 118–120.

  12.   12.

    “Principles of the Gospel: The Infinite Atonement—Redemption, Salvation, Exaltation”, pág. 5; véase también Doctrina de Salvación, tomo I, pág. 118.

  13.   13.

    Elijah the Prophet and His Mission y Salvation Universal, págs. 80–81.

  14.   14.

    “Principles of the Gospel: The Infinite Atonement—Redemption, Salvation, Exaltation”, pág. 5; véase también Doctrina de Salvación, tomo I, pág. 118.

  15.   15.

    Elijah the Prophet and His Mission y Salvation Universal, pág. 81.

  16.   16.

    “Purpose and Value of Mortal Probation”, Deseret News, sección de la Iglesia, 12 de junio de 1949, pág. 21; véase también Doctrina de Salvación, tomo I, pág. 126.

  17.   17.

    Discurso pronunciado en el Instituto de Religión de Logan, Utah, 10 de enero de 1971, pág. 3; manuscrito inédito.

  18.   18.

    “The Plan of Salvation”, Ensign, noviembre de 1971, pág. 5.

  19.   19.

    Véase “Sé que mi Redentor vive”, Liahona, mayo de 1972, pág. 2.

  20.   20.

    En Conference Report, abril de 1965, pág. 11.

  21.   21.

    En Conference Report, abril de 1964, págs. 107–108.

  22.   22.

    “Purpose and Value of Mortal Probation”, pág. 21; véase también Doctrina de Salvación, tomo I, págs. 65, 66.

  23.   23.

    En “Services for Miss Nell Sumsion”, Utah Genealogical and Historical Magazine, enero de 1938, págs. 10–11.

  24.   24.

    “What Is Spiritual Death?”, Improvement Era, enero de 1918, págs. 191–192; véase también Doctrina de Salvación, tomo II, pág. 205.

  25.   25.

    Answers to Gospel Questions, compilado por Joseph Fielding Smith, hijo, 5 tomos, 1957–1966, tomo V, pág. 103; se eliminó la cursiva.

  26.   26.

    “The Law of Chastity”, Improvement Era, septiembre de 1931, pág. 643; véase también Doctrina de Salvación, tomo II, pág. 79.

  27.   27.

    The Way to Perfection, 1931, págs. 21–22.

  28.   28.

    Sealing Power and Salvation, Brigham Young University Speeches of the Year, 12 de enero de 1971, pág. 2.

  29.   29.

    Véase correspondencia personal, citada en Doctrina de Salvación, tomo II, pág. 270; se eliminó la cursiva.

  30.   30.

    En Conference Report, abril de 1942, pág. 26; véase también Doctrina de Salvación, tomo II, pág. 165.

  31.   31.

    The Way to Perfection, pág. 23.

  32.   32.

    En Conference Report, abril de 1922, págs. 61–62.

  33.   33.

    Véase “Que prevalezca el espíritu de la unidad”, Liahona, noviembre de 1972, pág. 10.