Capítulo 14: “Para Dios todo es posible”

Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Lorenzo Snow, 2011


“La naturaleza de las exigencias que pesan sobre nosotros [es] tal que ninguna persona podría satisfacerlas, salvo mediante la asistencia del Todopoderoso… Él ha prometido esa ayuda”.

De la vida de Lorenzo Snow

El presidente Lorenzo Snow fue trabajador, y seguía su propio consejo, que reiteraba a menudo: “Tenemos que esforzarnos… El mantenernos ociosos sin poner manos a la obra no es provechoso”1. No obstante, reconocía que en su deseo de edificar el reino de Dios sus propios esfuerzos no serían suficientes sin la gracia de Dios o “ayuda sobrenatural”2, como él la llamaba a menudo. Por lo tanto, aunque alentaba a los miembros de la Iglesia a trabajar de manera ardua para “cultivar principios [de rectitud]”, al mismo tiempo declaraba que “nosotros, como Santos de los Últimos Días, debemos comprender y tener presente que la salvación se obtiene mediante la gracia de Dios”3. Él testificaba que Dios añadirá Su fortaleza a nuestros esfuerzos: “Allí donde el Señor nos coloque, allí nos es preciso permanecer; cuando Él nos requiera que nos esforcemos para apoyar estos principios santos, eso es lo que tenemos que hacer; eso es todo por lo que tenemos que preocuparnos; del resto se ocupará nuestro Padre Celestial”4.

Eliza [R. Snow], hermana del presidente Snow, observó que él vivía fiel a dicha enseñanza. Lo describió como un hombre que poseía una “confianza inalterable en la gracia y el poder para ayudar de Dios”. Dijo que él “sabía en quién había confiado” y que por lo tanto era capaz de sobrellevar “toda dificultad, toda oposición” y de “vencer todo obstáculo”5.

Lorenzo Snow demostró su confianza en el poder para ayudar de Dios cuando viajó para prestar servicio en una misión en Inglaterra en 1840. Durante la travesía de 42 días a través del Océano Atlántico, él y sus compañeros de viaje sufrieron al pasar tres tempestades severas. Más adelante refirió que éstas eran “tormentas terribles; tormentas que aquellos que están habituados al mar calificaron de muy peligrosas”. Lorenzo Snow notó una diferencia entre su reacción ante las tempestades y la de algunos de los demás viajeros: “En varias oportunidades, por no decir muchas, la situación era extremadamente aterradora. No me sorprendió que hombres, mujeres y niños que no habían aprendido a depositar su confianza en Dios apretaran sus manos en agonía causada por el temor y llorasen. Mi confianza estaba depositada en Aquel que creó los océanos y fijó sus límites. Yo me encontraba a Su servicio; sabía que se me había enviado a esta misión por medio de la autoridad que Él reconoce y, aunque los elementos se encolerizaran y la nave se balanceara y estremeciera en medio del oleaje enfurecido, Él estaba al timón y mi vida se hallaba segura bajo Su amparo”6.

Muchos años después, cuando Lorenzo Snow llegó a ser Presidente de la Iglesia, otra vez halló consuelo en su conocimiento de que el Señor estaba al timón. En una reunión que se celebró el 13 de septiembre de 1898, el Quórum de los Doce Apóstoles expresó de manera unánime su compromiso de sostenerlo como Presidente de la Iglesia. Los registros de la reunión manifiestan que entonces se puso de pie y dijo que “era inútil excusarse en cuanto a falta de capacidad, etcétera, para asumir las vastas responsabilidades que implicaba el cargo… Él sentía que le correspondía hacer lo mejor que pudiera y depender del Señor”7. [Véase la sugerencia 1 en la página 191.]

Las enseñanzas de Lorenzo Snow

Con la ayuda de Dios, podemos hacer cualquier cosa que se nos requiera.

Deseo hablar de manera que sea para nuestra edificación y mejoramiento mutuo en aquello que concierne a nuestra salvación. Para ese fin deseo la fe y las oraciones de todas aquellas personas que creen en recurrir al Señor para [procurar] instrucción e inteligencia.

Debemos comprender la relación que mantenemos con el Señor nuestro Dios y la posición peculiar que ocupamos. Para cumplir apropiadamente con las obligaciones que se nos confieren, necesitamos ayuda sobrenatural…

…Jesús le dijo a [un] joven que vino a Él y que deseaba saber lo que debía hacer para heredar la vida eterna, que “guarda[ra] los mandamientos”. El joven respondió que había guardado los mencionados mandamientos desde su juventud. El Salvador, al mirarlo, supo que aún faltaba algo. El joven había guardado la ley moral, la ley dada a Moisés, y por ello Jesús le amó, mas vio que faltaba una cosa. Era un hombre rico y ejercía influencia en el mundo como consecuencia de su gran riqueza. Jesús sabía que antes de poder elevar a él o a cualquier otro hombre al mundo celestial, era necesario que éste fuera sumiso en todas las cosas y que viera que la obediencia a la ley celestial es lo más importante. Jesús sabía lo que se requería de todo hombre para obtener una corona celestial; que no se debe tener nada en mayor estima que la obediencia a los requisitos del cielo. El Salvador vio en ese joven una devoción a algo que no estaba de conformidad con la ley del reino celestial. Quizá vio en él una tendencia a poner sus sentimientos en aquello que le era nocivo y que volvería desagradable o imposible el cumplimiento de todas las exigencias del Evangelio; por lo tanto, le dijo que debía ir y vender todo lo que tenía, “y dar a los pobres y seguirlo”.

Ese mandamiento hizo que el joven se sintiera triste y apesadumbrado. Éste consideraba las riquezas como el gran objetivo de la vida, como lo que le brindaba la influencia del mundo y todas las cosas que eran deseables; como lo que le proporcionaba las bendiciones y los deleites de la vida, y como el medio de elevarlo a altas posiciones sociales. No podía concebir la idea de que una persona obtuviera las bendiciones, los deleites y los privilegios de la vida, y aquellas cosas que naturalmente anhelaba, independientemente de sus riquezas. Mas el Evangelio era de una naturaleza tal que ofrecía todo lo que fuera necesario para satisfacer las necesidades y las demandas del hombre y hacerlo feliz. Las riquezas no tenían ese fin; y el Señor deseaba que él abandonara esas ideas y las desterrara de la mente y de los sentimientos, a fin de poder lograr que fuera Su siervo en todas las cosas. Deseaba que ese hombre estuviese dedicado totalmente a Su servicio, que entrara en Su obra con íntegro propósito de corazón y siguiera los dictados del Santo Espíritu, y se preparara para la gloria celestial. Sin embargo, este joven no estaba dispuesto; era un sacrificio demasiado grande. Y el Salvador dijo en esa ocasión: “Cuán difícilmente entrarán en el reino de los cielos quienes poseen riquezas. Es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios”.

Los discípulos “se asombraban aún más” ante esto, “diciendo entre sí: ¿Y quién podrá salvarse?”: Pensaron que ningún hombre podría poseer riquezas y salvarse en el reino de Dios. Ésa era la idea que recogieron de la afirmación del Salvador; mas Jesús respondió: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque todas las cosas son posibles para Dios” [véase Mateo 19:16–26; véase también la Traducción de José Smith que figura en Mateo 19:26, nota al pie a, y en Marcos 10:27, nota al pie a]8. [Véase la sugerencia 2 en la página 191.]

Dios ha prometido ayudarnos en nuestros esfuerzos personales por vivir el Evangelio.

No es posible que podamos cumplir con todos los mandamientos que Dios nos ha dado por nosotros mismos. El mismo Jesús no podía efectuar Su obra sin la ayuda divina de Su Padre. Él dijo en una ocasión: “No puedo yo hacer nada por mí mismo; como oigo, juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del Padre, que me envió” [Juan 5:30]. Y si para Él, nuestro Señor, era necesario tener ayuda divina, cuanto más importante aún será para nosotros recibir Su asistencia. Y en todas las circunstancias y condiciones en las que se hallen los Santos de los Últimos Días al cumplir con sus deberes tendrán derecho a la ayuda sobrenatural del Santo Espíritu, para asistirles en las diversas condiciones que les rodeen y en los deberes que se les requiera que cumplan.

…No puedo imaginar cosa alguna que sea tan vastamente importante como labrar y obtener la propia exaltación y gloria personal; sin duda, es un gran propósito para el cual vinimos al mundo …Ningún hombre ni mujer debe desalentarse cuando sienta que no puede finalizar aquello que quisiera efectuar, sino que todos debemos hacer lo que podamos a efectos de llevar a cabo la gran obra para la cual estamos aquí9.

El carácter de la religión que hemos abrazado exige un cierto curso en la conducta que ninguna otra religión de la que sepamos requiere de sus seguidores; y la naturaleza de las exigencias que pesan sobre nosotros [es] tal que ninguna persona podría satisfacerlas, salvo mediante la asistencia del Todopoderoso. Es necesario que comprendamos, al menos en parte, las grandes e importantes bendiciones que vamos a recibir con el tiempo al cumplir con los requisitos de la religión o Evangelio que hemos recibido. Los sacrificios que se nos requieren son de una naturaleza tal que ningún hombre ni mujer podría hacerlos a menos que le asistiera un poder sobrenatural; y el Señor, al proponer esas condiciones, en ningún momento tuvo la intención de que a Su pueblo se le requiriera cumplirlos salvo mediante ayuda sobrenatural, y de una especie que ninguna otra clase de pueblo religioso profesa. Él ha prometido esa ayuda …

Esas exigencias… se requirieron en cada época y período en que Dios ha llamado algún pueblo para que le sirva y para recibir Sus leyes. Se requirieron en los días de Israel, en los comienzos de aquel pueblo. Se requirieron a Abraham, Isaac y Jacob. Se requirieron a Moisés y al pueblo que éste liberó de la servidumbre egipcia. Las requirieron todos los profetas que existieron desde los días de Adán hasta la época presente. Las requirieron los apóstoles que recibieron su comisión mediante la imposición de manos de Jesucristo, el Hijo del Dios viviente, y los seguidores de la religión que los apóstoles proclamaron y enseñaron al pueblo en sus tiempos, y ningún hombre ni grupo de hombres ni clase de pueblo desde los días de Adán hasta la época presente podría cumplir con esos requisitos, excepto el pueblo de Dios conforme se le investía con poder de lo alto, el cual sólo podía provenir del Señor nuestro Dios10. [Véase la sugerencia 3 en la página 191.]

Cuando participamos en la obra de Dios, necesitamos la ayuda de Dios.

En todo lo que emprendan para el avance de los intereses de Sión, deben depender del Señor para su éxito11.

La mira del hombre debe estar puesta únicamente en la gloria de Dios en todo lo que dicho hombre comience a llevar a cabo. Debemos considerar que no podemos hacer nada por nosotros mismos. Somos hijos de Dios; estamos en la oscuridad [a menos que] Dios ilumine nuestro entendimiento; carecemos de poder [a menos que] Dios nos ayude. La obra que tenemos que efectuar aquí es de una naturaleza tal que no podremos efectuarla a menos que tengamos la asistencia del Todopoderoso… He allí el gran problema con los hombres del mundo, al igual que con demasiados de los élderes de Israel; olvidamos que obramos para Dios; olvidamos que estamos aquí a fin de llevar a cabo ciertos propósitos que hemos prometido al Señor que llevaríamos a cabo. La obra a la que estamos consagrados es gloriosa; es la obra del Todopoderoso; y Él ha escogido a los hombres y mujeres que sabe por experiencia previa que llevarán a cabo Sus propósitos12.

Esta obra a la cual ustedes y yo estamos consagrados sólo puede prosperar y progresar mediante las bendiciones de Dios condicionadas a nuestros esfuerzos fieles y sinceros y nuestra determinación de realizar las labores para las cuales hemos venido a esta existencia. Cuando contemplamos las experiencias que hemos atravesado, comprendemos con facilidad que nuestra prosperidad ha dependido de nuestros esfuerzos sinceros de realizar la obra de Dios, de trabajar para provecho del pueblo y de librarnos del egoísmo tanto como sea posible. Al haber sido así en el pasado, bien podemos creer que nuestro progreso futuro dependerá de nuestra determinación de hacer la voluntad de Dios en toda circunstancia y de la ayuda que Él nos dé13. [Véase la sugerencia 4 más adelante.]

Sugerencias para el estudio y la enseñanza

Considere estas ideas al estudiar el capítulo o al prepararse para enseñarlo. Para obtener ayuda adicional, consulte las páginas V–VIII.

  1. 1.

    Repase el relato que está en las páginas 185–186]. ¿Por qué piensa que las personas que confían en Dios reaccionan ante las pruebas de modo tan diferente de las que no lo hacen?

  2. 2.

    Medite el relato sobre el Salvador y el joven rico (páginas 186–188]). ¿Cuáles son algunas cosas en que las personas ponen el corazón que pueden llevarlas a “irse tristes”? ¿Por qué debemos “desterrar” esas cosas de nuestra vida antes de poder recibir las bendiciones mayores del Señor?

  3. 3.

    El presidente Snow enseñó que incluso el Salvador necesitó “ayuda divina” para “efectuar Su obra” (página 188). ¿Cómo podría utilizar usted las palabras del presidente Snow a fin de ayudar a alguien que se sienta inadecuado para cumplir con lo que se requiere para vivir el Evangelio?

  4. 4.

    Diríjase a la sección final del capítulo (páginas 190–191). ¿Por qué cree que en ocasiones no le pedimos ayuda a Dios? Piense en cuanto a lo que usted puede hacer para recibir más ayuda de Él en su vida.

Pasajes de las Escrituras que se relacionan con el tema: Filipenses 4:13; 2 Nefi 10:23–24; 25:23; Jacob 4:6–7; Mosíah 24:8–22; Artículos de Fe 1:3.

Ayuda didáctica: “Dé asignaciones a los participantes para que lean preguntas seleccionadas del final del capítulo (ya sea en forma individual o en pequeños grupos) y pídales que busquen enseñanzas del capítulo que se relacionen con las preguntas. Luego, invítelos a compartir sus ideas y lo que hayan descubierto con el resto del grupo” (página VII de este libro).

En las épocas de prueba, podemos tornarnos al Salvador, quien tiene el poder de calmar las tempestades o de ayudarnos a resistirlas.

“La obra a la cual ustedes y yo estamos consagrados sólo puede prosperar y progresar mediante las bendiciones de Dios condicionadas a nuestros esfuerzos fieles y sinceros”.

Mostrar las referencias

    Notas

  1.   1.

    Deseret News, 28 de enero de 1857, pág. 371.

  2.   2.

    Deseret News, 14 de enero de 1880, pág. 786.

  3.   3.

    Deseret News: Semi-Weekly, 15 de agosto de 1882, pág. 1.

  4.   4.

    Deseret News, 28 de octubre de 1857, pág. 270.

  5.   5.

    Eliza R. Snow Smith, Biography and Family Record of Lorenzo Snow, 1884, págs. 116–117.

  6.   6.

    En Biography and Family Record of Lorenzo Snow, pág. 49.

  7.   7.

    En Journal History, 13 de septiembre de 1898, pág. 4.

  8.   8.

    Deseret News, 14 de enero de 1880, pág. 786.

  9.   9.

    En Conference Report, abril de 1898, pág. 12.

  10.   10.

    Deseret News, 14 de enero de 1880, pág. 786.

  11.   11.

    Improvement Era, julio de 1899, pág. 708.

  12.   12.

    Deseret Weekly, 12 de mayo de 1894, pág. 638.

  13.   13.

    En Conference Report, abril de 1901, pág. 1.