Capítulo 21: Amar a Dios más de lo que amamos al mundo

Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Lorenzo Snow, 2011


“Tenemos que alcanzar… un plano más elevado: tenemos que amar a Dios más de lo que amamos al mundo”.

De la vida de Lorenzo Snow

Poco después de que Lorenzo Snow fue bautizado y confirmado en Kirtland, Ohio, cierto número de Santos de los Últimos Días, incluso algunos líderes de la Iglesia, se tornaron en contra del profeta José Smith. De acuerdo con Lorenzo Snow, esa apostasía fue provocada por la especulación o, en otras palabras, por inusuales riesgos comerciales con la esperanza de enriquecerse rápidamente. Cegadas por el deseo de las cosas temporales del mundo, las personas dieron la espalda a las bendiciones eternas del Evangelio.

Unos 50 años más tarde, el presidente Snow, quien servía como Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles, se dirigió a un grupo de Santos de los Últimos Días en Logan, Utah. Les habló en cuanto a la adversidad que había presenciado en Kirtland y les advirtió que pronto experimentarían pruebas similares. “Se acerca rápidamente algo que les probará, quizás como nunca antes se les haya probado”, dijo. “No obstante, todo lo que nos es necesario hacer ahora es ver dónde se hallan nuestras faltas y debilidades, si tenemos alguna. Si no hemos sido fieles en el pasado, renovemos nuestros convenios con Dios y resolvamos, mediante el ayuno y la oración, que obtendremos el perdón de nuestros pecados, para que el Espíritu del Todopoderoso pueda morar en nosotros, para que quizás podamos escapar de aquellas potentes tentaciones que se avecinan. Las nubes ya están formando tinieblas; ustedes ven cuáles fueron los resultados de ese espíritu de especulación en Kirtland; por lo tanto, estén sobre aviso”1.

Dado que la amonestación del presidente Snow continúa aplicándose a los Santos de los Últimos Días de la actualidad, en este capítulo se incluye gran parte de ese mensaje dirigido a los santos de Logan. Dijo: “Quizás algunas palabras en cuanto a nuestra condición en aquellos tiempos [en Kirtland] podrían sernos de algún provecho en el futuro; podrían brindarnos algunas lecciones útiles”2. [Véase la sugerencia 1 en la página 269.]

Las enseñanzas de Lorenzo Snow

Cuando las personas permiten que lo mundano les invada la mente y el corazón, dan la espalda a los principios eternos.

Recuerdo muy claramente los preocupantes momentos que se experimentaron en Kirtland… donde residía el profeta de Dios, donde Dios mismo, Jesús mismo, el Hijo de Dios, apareció y se mostró en Su gloria. Se apareció sobre el barandal del púlpito del templo, que se había edificado por mandamiento. Debajo de Sus pies había un pavimento de oro puro del color del ámbar. Su cabello era blanco como la nieve pura; Su semblante brillaba cual el sol en su cenit; Su voz era como el estruendo de muchas aguas [véase D. y C. 110]. Esta maravillosa manifestación fue en el templo que se había erigido en Su honor. Yo estaba en Kirtland en aquel momento, donde pasamos por situaciones que a veces pienso que ahora comenzamos a repetir. Las circunstancias que rodeaban a los Santos de los Últimos Días en aquellos tiempos eran de naturaleza singular; al menos, los efectos sobre las personas eran de carácter singular… En aquel momento, un espíritu de especulación invadió la mente de las personas de esta nación. Había especulación con dinero, especulación bancaria, especulación con tierras, especulación con parcelas urbanas, especulación en otras numerosas áreas. Ese espíritu de especulación surgió del mundo y recorrió los corazones de los santos como una oleada embravecida o un torrente impetuoso, y muchos cayeron y apostataron3.

Algunos de ellos [los santos de Kirtland] comenzaron a especular; olvidaron su religión, olvidaron los principios que se les habían revelado, y muchos de ellos cayeron en la filosofía de la época y se dejaron llevar por la especulación. Surgieron dificultades —envidia y disputas— y el Señor, descontento con ellos, trajo la destrucción en medio de ellos y se dividieron como comunidad4.

Justo antes de esa gran apostasía, el Señor había derramado bendiciones maravillosas sobre el pueblo. Los dones del Evangelio se habían derramado en una medida extraordinaria: las riquezas de la eternidad. Los habían visitado ángeles; el Hijo de Dios, como he indicado antes, había hablado con Sus siervos. Las bendiciones que recibió el pueblo en la dedicación del templo fueron maravillosas. Durante ese tiempo rico en favores de Dios, yo mismo asistí a las diversas reuniones que se celebraron en el templo. Tuvimos reuniones de oración y de testimonio, y los testimonios que ofrecían los hermanos y las hermanas eran maravillosos. Profetizaban, hablaban en lenguas y tenían la interpretación de lenguas a un grado extraordinario. Esas bendiciones eran casi universales sobre el pueblo de Kirtland. Sus corazones estaban dedicados; se sentían como si pudiesen sacrificar cualquier cosa que poseyeran. Sentían que moraban casi en la presencia de Dios y era natural que tuvieran ese sentimiento bajo tal influencia maravillosa.

Los Santos de los Últimos Días gozaban todas esas bendiciones, y muchas otras que ahora no tengo tiempo de enumerar, justo antes del momento en que ese espíritu de especulación comenzara a invadir el corazón del pueblo. Uno se hubiera imaginado que, después de recibir esas manifestaciones maravillosas, ninguna tentación podría haber derrotado a los santos. Mas lo hizo y los esparció, por así decirlo, a los cuatro vientos.

Por singular que parezca, ese espíritu de especulación invadió el Quórum de los Doce Apóstoles y el Quórum de los Siete Presidentes de los Setenta; de hecho, no hubo quórum de la Iglesia al que no afectara en mayor o menor medida dicho espíritu de especulación. A medida que ese espíritu aumentó, subsiguió la desunión. Los hermanos y las hermanas comenzaron a calumniarse y contender unos con otros, debido a que sus intereses no estaban en armonía.

¿Será ése el caso con los Santos de los Últimos Días a quienes me dirijo ahora? Me temo que está en camino, mas no soy yo quien debe decir qué tanto les afectará. No obstante, lo experimentarán; y tal vez sea muy necesario que lo hagan.

…La mitad del Quórum de los Apóstoles, en los días de Kirtland, cayó bajo esas influencias malignas. Fue esa especulación, ese amor por el oro —el dios del mundo— lo que produjo ese penoso efecto. Y si tuvo ese efecto sobre quienes tenían el sacerdocio más alto sobre la tierra, ¿cómo nos afectaría a nosotros, quienes quizás no hemos tenido la inteligencia, la información y la experiencia que ellos poseían?…

Ahora bien, ustedes son buenas personas… Dios les ama; Él se deleita en la rectitud de ustedes y no le agradaría ver las escenas ocurridas… en Kirtland. No hay necesidad de ello. Tenemos en nuestras propias manos el poder de resguardarnos de aquellas cosas que dividieron a los santos en Kirtland y que vencieron a la mitad de los Doce. El Señor no desea que, a esta altura, se observen esas situaciones nuevamente5.

Los Santos de los Últimos Días deberían ser demasiado sabios e inteligentes como para caer en trampas de ese tipo. No vale la pena. No valdrá la pena para hombre alguno que vuelva la espalda a estos gloriosos principios y a aquellas cosas que se han recibido de los mundos eternos: volver la espalda a estas cosas y confundirnos y dedicarnos a las míseras cosas del mundo. No vale la pena para nosotros. Sea cual sea la tentación que nos sobrevenga o a la que estemos ahora expuestos, debemos escuchar la historia del pasado y no permitir que se nos venza, o lo lamentaremos mucho6. [Véase la sugerencia 2 en la página 270.]

Hemos concertado convenio de separarnos de lo mundano y dedicarnos al reino de Dios.

El dios del mundo es el oro y la plata; el mundo adora ese dios. Para ellos es todopoderoso, aunque quizás no estén dispuestos a admitirlo. Ahora bien, es designio, en la providencia de Dios, que los Santos de los Últimos Días deban demostrar si han progresado de tal modo en el conocimiento, en la sabiduría y en el poder de Dios que el dios del mundo no pueda vencerles. Debemos llegar a ese punto. También tenemos que alcanzar otro nivel, un plano más elevado: tenemos que amar a Dios más de lo que amamos al mundo, más de lo que amamos el oro o la plata, y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos7.

Si… no guardamos los convenios que hemos concertado, a saber, usar nuestro tiempo, talento y capacidad para la edificación del reino de Dios sobre la tierra, ¿cómo podemos esperar de un modo razonable levantarnos en la mañana de la primera resurrección, identificados con la gran obra de la redención? Si nosotros, en nuestro comportamiento, hábitos y forma de relacionarnos, imitamos al… mundo, identificándonos por lo tanto con éste, ¿creen, mis hermanos, que Dios nos conferirá las bendiciones que deseamos heredar? Les digo que no, ¡no lo hará!… Debemos cultivar en nosotros la rectitud del cielo y plantar en nuestro corazón la rectitud de Dios. El Señor dijo por medio del profeta Jeremías: “Pondré mi ley en su mente y la escribiré en sus corazones; y yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” [Jeremías 31:33]. Eso es lo que el Señor se empeña en hacer y lo logrará en nosotros si nos avenimos a Su voluntad8.

Agradezco a Dios que en estos tiempos de corrupción e iniquidad en el mundo tengamos hombres y mujeres santos y rectos que puedan dedicar los elevados talentos que Dios les ha conferido para el loor y la gloria de Él. Y podría añadir que hay millares de hombres y mujeres virtuosos y honorables a quienes el Señor ha congregado de entre las naciones que también están dispuestos a dedicar su tiempo y sus talentos para ayudar a efectuar la obra de Dios en beneficio de los hijos de Él9. [Véase la sugerencia 3 en la página 270.]

Seguimos el ejemplo del Salvador cuando rehusamos cambiar las glorias de la eternidad por las riquezas del mundo.

Pueden esperar… encontrar obstáculos en el sendero de la vida, los cuales pondrán a prueba al máximo su mayor determinación, y algunos de ustedes podrían sentirse tentados a desviarse del camino de la verdad y el honor y, al igual que Esaú, podrían desear renunciar a las glorias de la eternidad por unos pocos momentos pasajeros de gratificación y placer [véase Génesis 25:29–34]; por tanto… aprovechen su oportunidad de emular el ejemplo que dio nuestro Salvador cuando se le ofreció la gloria de este mundo si se rebajaba a un acto de insensatez; Él respondió a Su tentador: “Vete de mí, Satanás” [véase Lucas 4:5–8]10.

Al reflexionar sobre la vida, hallo que este mundo es breve comparado con la eternidad; que nuestra inteligencia, la divinidad que hay dentro de nosotros, siempre ha existido; que nunca fue creada y que existirá siempre por toda la eternidad [véase D. y C. 93:29]. En vista de estos hechos, nos es conveniente, como seres inteligentes, comprender que esta vida finaliza en unos pocos días, que luego viene la vida que es eterna; y en la proporción en la que hayamos guardado los mandamientos, tendremos ventaja sobre quienes no hayan hecho esos avances11.

El Evangelio liga en unión los corazones de todos sus seguidores, no hace diferencia, no conoce diferencia entre el rico y el pobre; estamos todos unidos como una única persona para cumplir con los deberes que recaen sobre nosotros… Ahora permítanme hacerles la pregunta: ¿Quién posee algo? ¿Quién puede real y verdaderamente llamar propio alguno de los bienes de este mundo? Yo no pretendo hacerlo, soy un mero mayordomo sobre muy poco, y soy responsable ante Dios por su uso y disposición. Los Santos de los Últimos Días han recibido la ley del Evangelio mediante las revelaciones de Dios y está escrita de manera tan clara que todos pueden entenderla. Y si entendemos y comprendemos la posición que asumimos al comprometernos a ella cuando concertamos su convenio por medio del bautismo para la remisión de los pecados, debemos ser conscientes del hecho de que aquella ley nos requiere que procuremos primero el reino de Dios, y que nuestro tiempo, talento y capacidad queden subordinados a su provecho [véanse Mateo 6:33; 3 Nefi 13:33]. Si no fuera así , ¿cómo podríamos luego, cuando esta tierra haya sido hecha morada de Dios y de Su Hijo, heredar vida eterna y vivir y reinar con Él?

¿Quién dirá que las personas ricas o quienes poseen muchos talentos tienen mayores esperanzas o expectativas de heredar esas bendiciones que las pobres o quienes no tienen sino un solo talento? Tal como yo lo entiendo, el hombre que trabaja en un taller, ya sea como sastre, carpintero, zapatero o en cualquier otro departamento industrial, y que vive de acuerdo con la ley del Evangelio, y es honrado y fiel en su llamamiento, ese hombre reúne las condiciones para recibir ésas y todas las bendiciones del nuevo y sempiterno convenio tanto como cualquier otro hombre; por medio de su fidelidad poseerá tronos, principados y potestades, [y] sus hijos llegarán a ser tan numerosos como las estrellas del firmamento o la arena del mar. ¿Quién, pregunto yo, tiene mayores posibilidades que ésas?12. [Véanse las sugerencias 3 y 4 que figuran más abajo.]

Sugerencias para el estudio y la enseñanza

Considere estas ideas al estudiar el capítulo o al prepararse para enseñarlo. Para obtener ayuda adicional, consulte las páginas V–VIII.

  1. 1.

    Repase el relato que está en las páginas 263–264. ¿Qué tiene lo mundano que conduce a las personas a olvidar su religión? ¿Cómo podemos satisfacer nuestras necesidades temporales sin que nos venza lo mundano?

  2. 2.

    Medite sobre la sección que comienza en la página 264. ¿Cómo puede nuestro amor por Dios ayudarnos a evitar que nos venza lo mundano?

  3. 3.

    El presidente Snow enseñó que hemos concertado convenio de “usar nuestro tiempo, talento y capacidad para la edificación del reino de Dios sobre la tierra” (página 266). Piense en lo que usted puede hacer para guardar ese convenio.

  4. 4.

    Lea la última sección del capítulo. ¿De qué modo pueden ayudarnos a guardar nuestros convenios las siguientes verdades? “Este mundo es breve comparado con la eternidad”. Nadie puede “real y verdaderamente llamar propio alguno de los bienes de este mundo”.

Pasajes de las Escrituras que se relacionan con el tema: Mateo 6:19–24; Juan 17:15; 1 Juan 2:15–17; Jacob 2:13–19; Mormón 8:35–39; D. y C. 38:39; 63:47–48; 104:13–18.

Ayuda didáctica:Los análisis en grupos pequeños brindan “a un gran número de personas la oportunidad de participar en una lección. Las personas que por lo general vacilan en participar probablemente compartan en un pequeño grupo algunas ideas que no expresarían frente a un grupo más numeroso” (La enseñanza: El llamamiento más importante, pág. 206).

Incluso tras las grandes manifestaciones en el Templo de Kirtland, muchos santos de Kirtland cayeron en la apostasía.

Al igual que el joven rico que habló con el Salvador (véase Mateo 19:16–22), algunas personas son tentadas hoy en día a apartarse de los necesitados.

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    Notas

  1.   1.

    Deseret Semi-Weekly News, 4 de junio de 1889, pág. 4.

  2.   2.

    Deseret Semi-Weekly News, 4 de junio de 1889, pág. 4.

  3.   3.

    Deseret Semi-Weekly News, 4 de junio de 1889, pág. 4.

  4.   4.

    Deseret News, 11 de abril de 1888, pág. 200; tomado de una paráfrasis detallada de un discurso que Lorenzo Snow pronunció en la conferencia general de abril de 1888.

  5.   5.

    Deseret Semi-Weekly News, 4 de junio de 1889, pág. 4.

  6.   6.

    Deseret News, 11 de abril de 1888, pág. 200.

  7.   7.

    Deseret Semi-Weekly News, 4 de junio de 1889, pág. 4.

  8.   8.

    Deseret News: Semi-Weekly, 23 de enero de 1877, pág. 1.

  9.   9.

    Deseret Semi-Weekly News, 4 de junio de 1889, pág. 4.

  10.   10.

    En Eliza R. Snow Smith, Biography and Family Record of Lorenzo Snow, 1884, pág. 486.

  11.   11.

    Brigham City Bugler, Supplement, 1 de agosto de 1891, pág. 2.

  12.   12.

    Deseret News: Semi-Weekly, 23 de enero de 1877, pág. 1.