CAPITULO 20: LA ENTRADA TRIUNFAL

La vida y Enseñanzas de Cristo y sus Apóstoles, (1979), 142–149


COMENTARIO INTERPRETATIVO

(20-1) Lucas 19:41. Jesucristo lloró por Jerusalén

"De acuerdo a la tradición, cuando estas palabras fueron pronunciadas, Cristo estaba en el Monte de los Olivos, frente a un punto de las murallas que rodeaban a Jerusalén y a pocas yardas hacia el sur desde el Portón Hermoso. Desde este punto uno puede contemplar la hermosa vista de la histórica ciudad.

"Es su mamente pintoresca con sus casas de techos achatados y belleza prístina, con las torres de iglesias y las cúpulas de las mesquitas cubriendo las cuatro colinas sobre las que se levanta la ciudad. la vista es impresionante aun hoy día; debe haber sido motivo de inspiración cuando Jesucristo la contempló en todo el esplendor herodiano.

"Pero fue a los habitantes de la ciudad, no a los edificios hermosos ni la vista impresionante, lo que el Salvador observaba a través de las lágrimas que nublaban sus ojos cuando exclamó: '¡Oh, sí tú también conocieses...lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos' (Lucas 19:42) Vio al pueblo dividido en sectas que estaban en conflicto y contención entre sí, cada una profesando más santidad y rectitud que las otras y todas cerrando los ojos ante la verdad. Estaban los judíos conservadores, afirmándose rígidamente a la ley de Moisés; estaban los más liberales, los judíos helenistas, cuyos puntos de vista habían sido modificados por la filosofía pagana; estaban unos cuantos esenios con su ascetismo y rechazo del Sacerdocio Aarónico; estaban los saduceos con su observancia formal y mecánica del día del reposo, y con su negación de la resurrección; y, finalmente, los fariseos con su 'ostentación al dar limosna', con sus filacterias, con su avaricia, con su orgullosa asersión de preeminencia, con su hipocresía malamente escondida que a menudo se encontraba bajo una presunción venerable de santidad superior.

"No es de maravillar que el Salvador, viendo tal división entre el pueblo, orase tan fervientemente al Padre en bien de su pequeño rebaño para guardarlo como 'uno como nosotros somos uno'. No nos sorprende que el Salvador, discerniendo perfectamente el engaño y la hipocresía bajo el manto exterior de la religión, pronunciarse tan severísima denuncia al decir:

'"...¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; pues ni entráis vosotros, ni dejas entrar a los que están entrando' (Mateo 23:13).

"Tal era el pueblo al que el Hijo del Hombre vio cuando, hace veinte siglos, se paró en el Monte de los Olivos y al ver la ciudad lloró" (David O. McKay, CR, octubre de 1944, págs. 77-78).

(20-2) Mateo 24-2 "No quedará aquí piedra sobre piedra"

"La profecía de Jeremías aún estaba sin cumplirse totalmente, pero con el tiempo se vio que no se perdería ni una sola palabra. 'Toda Judá fue trasportada, trasportada fue toda ella'. Tal fue la profecía. Un alboroto sedicioso entre los judíos dio un ligero pretexto a sus amos romanos para imponerles un castigo, que resultó en la destrucción de Jerusalén en el año 71 de la era cristiana. La ciudad cayó, después de un sitio de seis meses, ante los ejércitos romanos acaudillados por Tito, hijo del emperador Vespasiano. Josefo, el famoso historiador, por quien hemos llegado a saber la mayoría de los detalles de la contienda, vivía en Galilea en esa época, y fue llevado a Roma entre los cautivos. Su historia nos refiere que más de un millón de judíos murieron a causa del hambre que resultó del sitio. Muchos otros fueron vendidos como esclavos e incontables multitudes sufrieron un destierro forzado. La ciudad quedó enteramente destruida, y los romanos, en busca de tesoro araron el sitio donde se había levantado el templo. Así fue como se cumplieron al pie de la letra las palabras de Cristo: 'No será dejada aquí piedra sobre piedra, que no sea destruida'" (Talmage, Artículos de Fe, págs. 358-59).

(20-3) Marcos 11:11. Jesucristo bendijo a sus discípulos para el día cuando Jerusalén fuese destruida

"Y Jesús entró en Jerusalén y al templo. Y después de mirar a su alrededor todas las cosas, y bendecir a los discípulos, llegó el ocaso; y salió hacia Betania con los doce" (Marcos 11:13, Versión Inspirada, traducción no oficial).

"Aunque Jerusalén, como un todo, iba a quedar desolada e iba a ser castigada como pocas ciudades lo habían sido, los fieles que vivían dentro de sus muros iban a ser salvos, preservados y bendecidos" (McConkie, DNTC, 1:579).

(20-4) Juan 12:15. "He aquí, tu Rey viene"

"Como era sabido y entendido por el pueblo, Zacarías había profetizado: 'Alégrate mucho, hija de Sión; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna' (Zac. 9:9). Ahora, al contemplar nosotros la entrada triunfal de nuestro Señor en Jerusalén, entre las palmas agitadas por la gente, cabalgando sobre los montones de palmas cuidadosamente colocadas por la multitud y aceptando las aclamaciones de alabanza y divinidad, es como si Zacarías hubiera visto la escena y hubiese escrito historia y no profecía.

"Cada detalle de este episodio particular se unió al testimonio de identidad de la figura central de aquel cuadro. Es como si Jesucristo hubiese dicho: 'Muchas veces os he dicho con palabras sencillas y por la implicación necesaria, que yo soy el Mesías. Mis discípulos también dan el mismo testimonio. Ahora vengo a vosotros como el Rey de Israel en la misma forma en la que lo anunciaron los profetas de la antigüedad; y vuestra participación en este acontecimiento es en sí misma un testimonio de que soy el que había de venir para redimir a mi pueblo" (McConkie, DNTC, 1:577-78).

(20-5) Juan 12:20-26. ¿En qué forma enseñó Jesucristo a los griegos que era necesario que muriese?

"Jesús les testificó que se aproximaba la hora de su muerte, 'la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado'. Las palabras del Señor los asombraron y afligieron, y posiblemente le preguntaron sobre la necesidad de tal sacrificio. Jesús se los explicó, citando una notable ilustración tomada de la naturaleza: 'De cierto, de cierto, os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto'. La comparación fue apta, e impresionantemente sencilla y hermosa a la vez. El agricultor que se olvida de echar su grano en la tierra, o no quiere hacerlo porque desea conservarlo, no recogerá nada; pero si planta el trigo en tierra buena y fértil, cada grano viviente se multiplica muchas veces, aunque por necesidad la semilla es sacrificada al hacerlo. De manera que, dijo el Señor: 'El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo para vida eterna la guardará'. El significado del Maestro es claro; el que ama su propia vida a tal grado que no quiere arriesgarla o, si necesario fuere, ofrendarla en el servicio de Dios, perderá su oportunidad de lograr el abundante aumento de la vida eterna; mientras que aquel que considera el llamado de Dios tan superior a la vida, que su amor por su propia vida es como odio en comparación, hallará la vida que tan generosamente entrega o está dispuesto a entregar, aunque desaparezca por un tiempo como el grano que es enterrado en la tierra, y gozará del galardón de un desarrollo eterno. Si lo anterior es cierto, en lo que respecta a la existencia de todo hombre, ¿cuán eminentemente importante no lo sería en la vida de Aquel que vino a morir a fin que el hombre viviera? Por tal razón fue necesario que El muriese, como indicó que estaba a punto de hacer; pero su muerte, lejos de ser vida perdida, iba a ser vida glorificada" (Talmage, Jesús el Cristo págs. 545-46).

(20-6) Juan 12:26. ¿Cuál será la recompensa que recibirán los siervos fieles de Jesucristo?

"...después del testimonio de las Escrituras en cuanto a este punto, el Espíritu Santo certifica dando testimonio a aquellos que obedecen, que Cristo mismo ciertamente se ha levantado de entre los muertos; y si El se ha levantado de entre los muertos, mediante su poder llevará a todos los hombres a comparecer ante El; pues si se ha levantado de entre los muertos, las cadenas de la muerte temporal han sido rotas de modo que la tumba no es la que tiene la victoria. Si entonces, la tumba no tiene la victoria, los que guardan las palabras de Cristo y obedecen sus enseñanzas no solamente tienen una promesa de resurrección de entre los muertos, sino la seguridad de ser admitidos en su glorioso reino; pues El dice 'donde yo estuviere, allí también estará mi servidor'" (Smith, HC, 2:19).

(20-7) Juan 12:27-30. ¿Quiénes oyeron a la voz de Dios testificar acerca de Jesucristo?

"En el Evangelio de Juan se relata una experiencia paralela en el ministerio del Maestro mostrando cómo, de entre la multitud, solamente unos cuantos —o tal vez ninguno— pueden oír a Dios cuando El habla.

"Solamente el Maestro, aparentemente, supo que Dios había hablado. Muy a menudo hoy en día los hombres viven tan apartados de las cosas espirituales que cuando el Señor les habla a sus oídos físicos, a sus mentes con sonido no audible, o a ellos mediante sus siervos autorizados que, cuando son dirigidos por el Espíritu, son como su propia voz, oyen solamente un ruido como sucedió en Jerusalén. Del mismo modo, no reciben sabiduría inspirada, ni seguridad interna de que la voluntad de Dios les ha hablado mediante sus líderes profetas" (Harold B. Lee, CR. octubre de 1966, págs. 115-16).

(20-8) Marcos 11:12-14. ¿Por qué maldijo Jesucristo a la higuera estéril?

Posiblemente El quiso enseñar varias cosas cuando maldijo a la higuera estéril.

  1. 1.

    Demostrar su poder para destruir

    "Aunque Cristo había venido a bendecir y a salvar, tenía el poder de golpear, destruir y maldecir. 'Es preciso que haya una oposición en todas las cosas' (2 Nefi 2:11); si las bendiciones nacen de la rectitud, aquello que se les opone, las máldiciones, deben nacer de la maldad. Los verdaderos ministros del evangelio siempre buscan bendecir, sin embargo las maldiciones penden sobre los que rechazan su mensaje. 'a quien bendigas, yo bendeciré; y a quien maldigas, yo maldeciré, dice el Señor' (D. y C. 132:47). Es apropiado que el Señor dejara una manifestación de su poder de maldecir, y el hecho de que eligió, no a una persona, sino a un árbol, es un acto evidente de misericordia" (McConkie, DNTC, 1:582).

  2. 2.

    Para enseñar la fe a los discípulos

    "Aplicando la lección a la ocasión, Jesús dijo: 'Tened fe en Dios'; y entonces repitió varias de sus promesas anteriores sobre el poder de la fe, mediante la cual es posible mover hasta montañas —en caso de que hubiera necesidad de tan milagrosa realización— y con la cual ciertamente se puede efectuar cualquier cosa necesaria. Se indicó que el marchitamiento de un árbol era cosa pequeña en comparación con las mayores posibilidades de lo que se puede lograr mediante la fe y la oración" (Talmage, Jesús el Cristo, pág. 553).

  3. 3.

    Para dar testimonio de su control sobre todas las cosas

    "para los apóstoles aquello fue una prueba adicional e indisputable del poder del Señor sobre la naturaleza; de su dominio en las fuerzas naturales y todas las cosas materiales; de su jurisdicción sobre la vida y la muerte. Había sanado a multitudes; el viento y las olas habían obedecido sus palabras; en tres ocasiones había restaurado la vida a los muertos; fue propio que demostrara su poder para herir y destruir. En las manifestaciones de su poder sobre la muerte, El misericordiosamente había levantado a una doncella de la cama sobre la cual había muerto, a un joven del ataúd en que lo llevaban a sepultar, a otro del sepulcro en donde se hallaba depositado su cuerpo muerto. Al mostrar su poder para destruir mediante su palabra, sin embargo, tomó por objeto a un árbol estéril y sin valor. ¿Dudaría alguno de los Doce—cuando a los pocos días lo vieran en manos de sacerdotes vengativos y paganos despiadados— que si El quisiera, podía herir a sus enemigos hasta la muerte con su palabra? Sin embargo, no fue sino hasta después de su gloriosa resurrección que los apóstoles mismos comprendieron cuán verdaderamente voluntario había sido su sacrificio" (Talmage, Jesús el Cristo, pág. 554).

  4. 4.

    Para mostrar el destino de la nación que lo rechazaba

    "El frondoso árbol sin fruto era símbolo del judaísmo que ruidosamente proclamaba ser la única religión verdadera de la época, y condescendiente mente invitaba a todo mundo a que viniera a participar de su rica y madura fruta, cuando en realidad no era sino un crecimiento innatural de hojas, desprovisto del fruto de la temporada y careciendo de siquiera un bulbo comestible retenido de años anteriores; porque lo que de fruto anterior le quedaba estaba tan seco que para nada servía y aun repugnaba por su podredumbre picada de gusanos. La religión de Israel se había degenerado en una mojigatería artificial, cuya ostentación y vana profesión sobrepujaba las abominaciones del paganismo. Como previamente se ha indicado en estas páginas, la higuera era el símbolo favorito con que los rabinos representaban a la raza judía, y el Señor anteriormente había adoptado este simbolismo en la parábola de la higuera estéril, planta sin valor que no hacía más que obstruir el terreno" (Talmage, Jesús el Cristo, pág. 555).

PUNTOS A CONSIDERAR

(20-9) ¿Por qué los judíos se ofendieron tanto con la limpieza que Jesucristo efectuó en el templo?

Antes de poder considerar adecuadamente esta pregunta, es necesario entender quiénes eran los "hijos" que alabaron a Jesucristo en el templo. (Mateo 21:13, Versión Inspirada).

"Y cuando los principales sacerdotes y escribas vieron las cosas maravillosas que hizo, y los niños del reino que exclamaban en el templo y decían: ¡Hosanna al Hijo de David!, se sintieron muy perturbados y le dijeron: ¿Oyes tú lo que éstos dicen?" (Mateo 21:13, Versión Inspirada).

"No eran niños en el sentido de pequeñitos como sugiere la versión popular de la Biblia, sino discípulos, miembros de la Iglesia que tenían testimonio de la divinidad de Jesucristo.

"De parte de esos 'niños adultos del reino', esos miembros de la Iglesia que mediante el arrepentimiento y el bautismo habían llegado a ser 'niños recién nacidos' en Cristo (1 Pedro 2:2), fue que provino 'alabanza perfecta'. ¿Cómo podía haber provenido tal cosa de otros que no tuvieran conocimiento y que estuvieran sujetos a los dictados del Espíritu Santo? (McConkie, DNTC, 1:585).

Los principales sacerdotes eran los guardianes del templo y, de hecho, guardianes (como ellos suponían) de toda la estructura de la religión judía. Se hartaban en las ganancias de los negocios del templo, de manera que el templo no era solamente la fuente de su favorecida posición social (la cual codiciaban tan celosamente) sino también de sus ingresos, mejor dicho, de sus fortunas.

Cristo había entrado anteriormente a los confines de aquella sagrada mayodomía, y en aquella ocasión en su ministerio se había referido al templo llamándolo "la casa de mi Padre" (Juan 2:16). Aunque su declaración en aquella ocasión ofendió a los sacerdotes (porque declaró ser el Hijo de Dios, del cual era el templo) la declaración misma establecía que el templo le pertenecía a Dios, y en eso, al menos, los sacerdotes estuvieron de acuerdo.

Pero ahora, al final de su ministerio, abiertamente declaró su condición de Mesías y aquellos "hijos del reino" le oyeron decir decir que el templo era "mi casa" (Mateo 21:13).

Aparentemente sus discípulos entendieron esta declaración porque comenzaron a cantar y alabarlo como el tan esperado Mesías. Cuando la ira y la violencia de la purificación del templo hubo terminado, los discípulos de Cristo se reunieron a su alrededor para recibir lo que El podía darles, pues era su casa y nadie con más derecho y más perfecto que El para ejercer allí su ministerio.

"Tras la tormenta de su indignación siguió la calma de un ministerio bondadoso; a los patios despejados de su casa llegaron los ciegos y lisiados, cojeando y palpando, y El los sanó. Los principales sacerdotes y escribas ardían en cólera contra El, pero se hallaban impotentes. Habían decretado su muerte e intentado repetidas veces tomarlo preso; y ahora lo veían sentado en el sitio donde ellos afirmaban tener jurisdicción suprema, y temían echarle mano por causa de la gente común, a la cual profesaban despreciar, y sin embargo, sinceramente temían, 'porque todo el pueblo estaba suspenso oyéndole'" (Talmage, Jesús el Cristo, pág. 556-57).

Consideren las preguntas siguientes:

  1. 1.

    Cuando Jesucristo echó del templo a los mercaderes, ¿por qué los líderes se sintieron ofendidos?

  2. 2.

    ¿Cómo reaccionaron los líderes judíos cuando Cristo se refirió al templo como "mi casa"?

  3. 3.

    ¿Hay evidencia en lo que han leído, que muestre que el Señor trató de aplacar o sosegar a los líderes judíos?

  4. 4.

    ¿Hay evidencia de que el Salvador hizo algún intento de concordar con las ideas preconcebidas de la gente en cuanto a cómo sería el Mesías o en cuanto a lo que haría? Lean Marcos 8:11-13.

  5. 5.

    Lean Juan 16:1-3. ¿Es importante entender la verdad acerca del Señor y de sus siervos? ¿Por qué?

(20-10) ¿Por qué muchas de las personas que dieron la bienvenida a Jesucristo en Jerusalén, como Rey y Mesías, posteriormente lo rechazaron?

El pueblo de Israel despreciaba el cruel y opresivo mandato de Roma. Y sus Escrituras prometían un Mesías que los liberaría, promesas de las cuales el apóstol Pablo testificaría. Lean Romanos 11:26, 27. (Comparen con Salmos 14:7; Isaías 59:20).

Pero a diferencia de otras naciones apóstatas y caídas, muchos de los habitantes de Palestina en la época del Salvador habían perdido tanta de la luz y revelación, que no podían ver la verdad espitual. Eran gobernados por Roma y casi en la única forma en la que podían entender la promesa de un libertador prometido era que éste redimiese a Israel del mandato extranjero. Pero muchos estaban también sujetos a la hipocresía, a las formas religiosas muertas, a la extorsión y al orgullo —muchos de los líderes que administraban en la religión eran culpables de crímenes (ej., Juan 8:1-11). Estaban rodeados por una condición tan deplorable de desenfrenada ceguera religiosa que no prestaron atención a las declaraciones de uno que podía liberarlos (mediante su arrepentimiento) del pecado.

(20-11) RESUMEN

Solamente algunos fieles discípulos comprendieron el significado real de la entrada inicial del Señor en Jerusalén. Cuando El venga de nuevo, vendrá como Rey de reyes y Señor de señores y toda rodilla se doblará y toda lengua confesará. ¿Quién, entonces, estará preparado para recibirlo? (Véase D. y C. 45:56-58). ¿Suponen ustedes que su venida en gloria convencerá a la gente para que lo sirva y lo adore? Si no, ¿qué es lo que la convencerá? ¿Qué es lo que hace que la gente venga a Cristo? ¿Tiene eso algo que ver con ustedes?