Espíritu Santo

Leales a la Fe: Una Referencia del Evangelio, (2004), 72–74


El Espíritu Santo es el tercer miembro de la Trinidad. Es un personaje de espíritu, sin cuerpo de carne y huesos (véase D. y C. 130:22). A menudo se hace referencia a Él como el Espíritu, el Santo Espíritu, el Espíritu de Dios, el Espíritu del Señor o el Consolador.

Las funciones del Espíritu Santo

El Espíritu Santo obra en perfecta unión con nuestro Padre Celestial y con Jesucristo, y cumple con Sus diversas funciones para ayudarte a vivir con rectitud y recibir las bendiciones del Evangelio.

Él “da testimonio del Padre y del Hijo” (2 Nefi 31:18) y revela y enseña “la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:5). Únicamente por medio del poder del Espíritu Santo recibirás un testimonio seguro de nuestro Padre Celestial y de Jesucristo. Lo que Él le comunique a tu espíritu te dará mucho más certeza que cualquier otra comunicación que recibas por medio de los sentidos naturales.

Al esforzarte por seguir en el sendero que conduce a la vida eterna, el Espíritu Santo te “mostrará todas las cosas que [debes] hacer” (véase 2 Nefi 32:1–5); Él puede guiarte en sus decisiones y protegerte de peligros físicos y espirituales.

Por medio de Él, puedes recibir dones del Espíritu para tu propio beneficio y para el beneficio de las personas a las que amas y sirves (véase D. y C. 46:9–11).

Él es el Consolador (Juan 14:26). Así como la voz afable de una madre amorosa puede tranquilizar a un niño que llora, la voz del Espíritu calma tus temores, apacigua las preocupaciones irritantes de la vida y te consuela cuando sufres. El Espíritu Santo puede llenarte “de esperanza y de amor perfecto” y enseñarte “las cosas apacibles del reino” (Moroni 8:26; D. y C. 36:2).

Es por medio de Su poder que eres santificado(a) si te arrepientes, recibes las ordenanzas del bautismo y de la confirmación, y permaneces fiel a tus convenios (véase Mosíah 5:1–6; 3 Nefi 27:20; Moisés 6:64–68).

Él es el Santo Espíritu de la promesa (véase Efesios 1:13; D. y C. 132:7, 18–19, 26) y, como tal, confirma que las ordenanzas del sacerdocio que hayas recibido y los convenios que hayas hecho son aceptables ante Dios. Esa aprobación depende de que continúes siendo fiel.

Don del Espíritu Santo

Todos los que sinceramente busquen la verdad podrán sentir la influencia del Espíritu Santo, que les guiará hacia Jesucristo y Su Evangelio. Sin embargo, la plenitud de las bendiciones que se dan por medio del Espíritu Santo sólo está disponible para los que reciban el don del Espíritu Santo y permanezcan dignos.

Después de haberte bautizado en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, uno o más poseedores del Sacerdocio de Melquisedec te pusieron las manos sobre la cabeza y, en una sagrada ordenanza del sacerdocio, te confirmaron miembro de la Iglesia. Como parte de esa ordenanza, denominada la confirmación, se te otorgó el don del Espíritu Santo.

El don del Espíritu Santo es algo diferente a la influencia del Espíritu Santo. Antes de bautizarte, sentías la influencia del Espíritu Santo de cuando en cuando, y por medio de esa influencia recibías un testimonio de la verdad. Ahora que tienes el don del Espíritu Santo, tienes derecho a la compañía constante de ese miembro de la Trinidad siempre y cuando guardes los mandamientos.

El disfrutar del don del Espíritu Santo en su plenitud implica recibir revelación y consuelo, prestar servicio y bendecir a los demás mediante dones espirituales, y llegar a ser santificado del pecado y merecedor de la exaltación en el reino celestial. Esas bendiciones dependen de tu dignidad; las recibirás poco a poco conforme estés preparado para recibirlas. Al poner tu vida en armonía con la voluntad de Dios, de manera gradual recibirás el Espíritu Santo en gran medida. El profeta José Smith declaró que los misterios del reino de Dios “sólo se ven y se comprenden por el poder del Santo Espíritu que Dios confiere a los que lo aman y se purifican ante él” (véase D. y C. 76:114–116).

Recuerda que “el Espíritu del Señor no habita en templos inmundos” (Helamán 4:24) y que aunque hayas recibido el don del Espíritu Santo, Él morará contigo sólo si guardas los mandamientos, pero se alejará si lo ofendes con blasfemias, impureza, desobediencia, rebelión y otros pecados. Consérvate limpio y llena tu vida de bondad a fin de ser digno de la compañía constante del Espíritu Santo.