Pautas especiales para los miembros con impedimentos

Mujeres Jóvenes, Manual 1, 1994


Cuando Jesús comenzó Su ministerio terrenal, el día de reposo entró en la sinagoga de Nazaret, Su pueblo, y se puso a leer.

“Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos…” (Lucas 4:17–18).

A lo largo de Su ministerio, el Salvador dio un lugar de prioridad a aquellos que necesitaban ayuda especial. Aunque un maestro de la Iglesia no cuenta por lo general con la capacitación técnica ni con los medios para dar asistencia profesional a los miembros que tengan impedimentos, se espera que cada uno de ellos sienta comprensión y un interés sincero, así como el deseo de incluir a estos miembros en todas las actividades didácticas de la clase, siempre que sea posible. Las jóvenes que tengan dificultades para caminar, oír, ver, hablar o aprender, así como las que tengan problemas sociales, emocionales o mentales, son las que necesitarán una atención especial. Las siguientes pautas le ayudarán a acercarse más a esas personas y a tener influencia en ellas:

Conozca las necesidades y las habilidades de cada una de sus alumnas. Hable con los líderes del sacerdocio, con los padres y los familiares, y, si le parece apropiado, con la misma joven, para determinar cuáles son sus necesidades particulares.

Antes de pedir a una alumna que lea en voz alta, que ore o que dé un discurso, hable con ella y pregúntele: “¿Qué piensas acerca de leer para toda la clase, de orar en público, etc.?”

Trate de hacer que la joven con impedimentos participe y aprenda todo lo posible.

Haga el máximo esfuerzo por lograr que cada una de sus alumnas demuestre el debido respeto y amor por las demás.

Compórtese con naturalidad, amistad y afecto. Cada uno de nosotros es un hijo de Dios, con igual necesidad de recibir amor y comprensión, tenga los impedimentos que tenga y por grandes que éstos sean.

Los maestros de la Iglesia deben recordar que todo miembro, sea cual sea su capacidad física, mental, emocional o social, tiene un potencial maravilloso de progresar hasta lograr la condición de un dios. Y tenemos la obligación de hacer un esfuerzo extra, si es necesario, por enseñarles todo lo que sean capaces de aprender. Recuerde las palabras del Salvador cuando dijo: “…De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40).