¿Qué aprendemos de Alma y su pueblo?

 

Mensaje de la presidencia de área

 

Élder Daniel L. Johnson


 

Alma, quien en un tiempo fue uno de los sacerdotes del rey Noé, escuchó las predicaciones del profeta Abinadí y se convirtió al Señor. Él mismo empezó a predicar y a bautizar en las aguas de Mormón.

Sin embargo, después de un tiempo, él y el grupo de cuatrocientos cincuenta nuevos conversos tuvieron que huir del ejército del rey Noé; después de ocho días llegaron a “una tierra muy hermosa y placentera, una tierra de aguas puras. Y plantaron sus tiendas, y empezaron a labrar la tierra y comenzaron a construir edificios; sí, eran industriosos y trabajaron mucho… Y ocurrió que empezaron a prosperar grandemente en la tierra; y la llamaron la tierra de Helam” (Mosíah 23:4-5, 19).

Pasaron unos años en paz y felicidad, pero nos relata el Libro de Mormón: “que mientras se hallaban en la tierra de Helam, sí, en la ciudad de Helam, mientras labraban el terreno circunvecino, he aquí, un ejército lamanita se hallaba en las fronteras de la tierra… y temieron en gran manera por motivo de la llegada de los lamanitas.

Pero salió Alma y fue entre ellos, y los exhortó a que no temieran, sino que se acordaran del Señor su Dios, y él los libraría. Por tanto, calmaron sus temores y empezaron a implorar al Señor que ablandara el corazón de los lamanitas, a fin de que les perdonaran la vida, y la de sus esposas y de sus hijos” (Mosíah 23:25, 26-28).

“Y aconteció que el Señor ablandó el corazón de los lamanitas” (Mosíah 23:29).

Dios contesta las oraciones

 

"...el Señor no les quitó las cargas, sino que los fortaleció para que pudieran soportarlas a tal grado que no pudieron sentirlas..." 

 

Presidente Daniel L. Johnson

     

Sus vidas se salvaron, sin embargo, los lamanitas impusieron sobre ellos tareas y les fijaron capataces. “Y empezaron a poner pesadas cargas sobre sus hombros, y a arrearlos como lo harían a un mudo asno” (Mosíah 21:3).

Continúa el relato del Libro de Mormón, “Y aconteció que fueron tan grandes sus aflicciones, que empezaron a clamar fervorosamente a Dios” (Mosíah 24:10). Amulón, que junto con los otros sacerdotes del rey Noé, se habían raptado a veinticuatro de las hijas de los lamanitas y al que el rey Lamán había puesto ahora como rey de Helám (véase Mosíah 23:39), al darse cuenta de sus oraciones: “les mandó que cesaran sus clamores, y les puso guardias para vigilarlos, a fin de que al que descubriesen invocando a Dios fuese muerto” (Mosíah 24:11).

Ahora, fíjense bien lo que sucedió: “Y Alma y su pueblo no alzaron la voz al Señor su Dios, pero sí le derramaron sus corazones; y él entendió los pensamientos de sus corazones. Y aconteció que la voz del Señor vino a ellos en sus aflicciones, diciendo: Alzad vuestras cabezas y animaos, pues sé del convenio que habéis hecho conmigo; y yo haré convenio con mi pueblo y lo libraré del cautiverio.Y también aliviaré las cargas que pongan sobre vuestros hombros, de manera que no podréis sentirlas sobre vuestras espaldas” (Mosíah 24:12-14).

El convenio bautismal

El convenio al cual hace referencia es el convenio bautismal que hicieron los cuatrocientos cincuenta miembros en los días de Alma, así como todos nosotros que nos bautizamos como miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Háganse la pregunta: ¿qué podría representar en nuestros días el ejército de los lamanitas?

¿Podría ese ejército representar el yugo del pecado como ser adicto a la pornografía, el violar la ley de castidad, el maltrato a nuestro cónyuge o a nuestros hijos, el mentir, el robar, el usar malas palabras, el tener deudas excesivas, etc.?

En el caso de Alma y su pueblo, habían hecho todo lo que les era posible hacer y entonces clamaron a Dios por alivio. En el caso nuestro, también tenemos que hacer todo lo que esté a nuestro alcance. Esto incluye el arrepentimiento sincero y total. Entonces, y sólo entonces, el Señor honrará el convenio hecho por nosotros con él, y él con nosotros. Fíjense en cómo honró el convenio con el pueblo de Alma.

“Y aconteció que las cargas que se imponían sobre Alma y sus hermanos fueron aliviadas; sí, el Señor los fortaleció de modo que pudieron soportar sus cargas con facilidad, y se sometieron alegre y pacientemente a toda la voluntad del Señor” (Mosíah 24:15).


El Señor fortaleza a los que honran sus convenios

Nótese que el Señor no les quitó las cargas, sino que los fortaleció para que pudieran soportarlas a tal grado que no pudieron sentirlas. Así lo hará el Señor con nosotros si somos fieles a nuestros convenios bautismales, si nos arrepentimos y si ponemos nuestra confianza en él. Como bien lo dijo Pablo: “… pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podáis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Corintios 10:13).

Recuerden que los convenios bautismales que todos hicimos y que renovamos cada vez que participamos de la Santa Cena son:

1. “… dispuestos a tomar sobre sí el nombre de tu Hijo” (D. y C. 20:77). Piensen en lo que este convenio puede significar, incluyendo el hacer lo que él haría en nuestro lugar, el testificar de él en todo lugar, el ser su representante en todo momento, etc.,

2. “… a recordarle siempre” (D. y C. 20:77). ¿Qué significará la palabra siempre? ¿Será más que cada domingo o más que cuando oramos o leemos las Escrituras?


3. “… a guardar sus mandamientos” (D. y C. 20:77). ¿Debemos guardar todos los mandamientos o sólo los que nos convienen?

Que el Señor nos ayude a ser más cumplidos y más dignos, para recibir de él la fuerza para soportar y llevar con facilidad las cargas impuestas sobre nosotros por otros, así como por las decisiones que nosotros mismos tomamos.