El inagotable defensor de la Iglesia en México

Anthony Woodward Ivins

1852-1934

 
Por el élder F. LaMond Tullis

   Anthony W. Ivins fue un hombre en gran medida auto­di­dacta, un misionero formidable, un administrador excelente y un gran defensor de los santos en México mucho tiempo antes de que se convirtiera en un apóstol y, después, uno de los consejeros del presidente Heber J. Grant. Fue misionero y explorador de la Iglesia cuatro veces (tres en México y una en Nuevo México); asimismo era un respetable hacendado y ganadero, hombre de negocios y político en el Territorio de Utah. Su bien conocida carrera a caballo con rifle en mano con la que cazaba animales salvajes para el sustento y para proteger sus rebaños de depredadores es anecdótica y cautivadora; de hecho, un espectador lo llamó el último de los “apóstoles vaqueros”.

     Que él tuviera una vida plena podría sorprendernos, y con justa razón, al saber que Ivins también encontró el tiempo para ser lector y además escritor de por lo menos un libro y promotor de enseñanzas his­tóricas y literarias. Cuando tenía veinte años fundó la Sociedad Histórica de St. George, y en la edad adulta editó por lo menos treinta y dos ejemplares de la revista The Utah Genealogical and Historical Magazine, y todo esto mientras que se convertía en abogado en forma autodidacta.

Buena parte de la reputación de Ivins como un legendario jinete fronterizo, ganadero, tirador, administrador y amante de la palabra escrita estaba asociada con sus múltiples incursiones en México a favor de la Iglesia, primero para transportar Trozos Selectos del Libro de Mormón aquí en 1876, luego como misionero y presidente de misión (1882-1884), seguido por ser, en 1895, el primer presidente de la primera estaca en México, la Juárez, 1901 la reapertura de la misión mexicana y comenzó el rescate de los miembros en el centro del país que habían sido abandonados por doce años.

Después de que Ivins dejó México en 1907 para aceptar una llamada de ser un miembro del Quórum de los Doce Apóstoles y, posteriormente, en 1921, de consejero del presidente Heber J. Grant, mantuvo un interés constante no sólo en las colonias de Chihuahua y Sonora (mismas que había guiado a una nueva prosperidad duradera hasta que la guerra civil obligó a la mayoría de los colonos angloamericanos a salir en 1912) sino también en los santos del centro de México.

El tener un defensor tan vigoroso y competente en los más altos consejos de la Iglesia era una buena señal para la Iglesia en México. Por mantenerse después de más de treinta años como defensor de los santos en México, los miembros aquí lo han llamado, y con justa razón: un amigo fiel. Se convirtió en un gran ejemplo que muchos santos mexicanos consideran digno de emular, uno capturado por un magnífico aforismo: Iré y haré lo que el Señor ha mandado (1 Nefi 3:7). Casi sin dudar un instante, Anthony W. Ivins aceptó los mandamientos del Señor. Sin tan sólo una queja registrada, su esposa Elizabeth lo apoyó en sus llamamientos y en el trabajo de su vida. Para avanzar la obra del Señor Jesucristo aquí en este país, Anthony y Elizabeth fueron una maravillosa pareja mormona para la época en que vivían.


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