Las tribulaciones de los santos mexicanos en la Revolución


     Durante la Revolución, los disturbios civiles y conflictos armados se desplazaban de localidad en localidad, afectando tarde o temprano a todos los miembros de la Iglesia en México irrumpiendo en sus hogares y familias.

Por el élder F. LaMond Tullis

     Se ha dicho que toda nación experimentará su propia revolución; Inglaterra, Estados Unidos y Francia tuvieron la suya. Veintenas de otros países les siguieron. Durante los últimos dos y medio siglos prácticamente ninguna raza o etnia ha quedado excluida. Así sucedió con México y su Revolución de 1910-1920, un conflicto fratricida con la suficiente magnitud para que los historiadores la calificaran como una “guerra civil”. Costó alrededor de un millón de vidas perdidas en batallas, epidemias, hambrunas y privaciones de todo tipo. Algunos de los afectados eran miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (SUD).

     Los santos estaban esparcidos en pueblos y villas en la parte central de México y en sus varias colonias norteñas en Chihuahua y Sonora. Durante la Revolución, los disturbios civiles y conflictos armados se desplazaban de localidad en localidad, afectando tarde o temprano a todos los miembros de la Iglesia en México irrumpiendo en sus hogares y familias, aunado a la pérdida de vidas, con el resultado final de que los santos en Chihuahua y Sonora fueran expulsados del país. Fue un tiempo difícil para todos los residentes en México mientras el país luchaba para crear una nueva identidad, una nueva economía y un nuevo sistema político.

     Por un tiempo, tanto las fuerzas federales como las revolucionarias tuvieron cuidado de no destruir la motivación y capacidad de los santos norteños de producir productos disponibles que podían requisar o confiscar. Sin embargo, conforme avanzó la revolución, así también aumentaron las demandas que tanto los rebeldes, como los federales imponían a los colonos por alimentos, pertrechos y servicios. Aparte de ello, los tiempos poco estables contribuyeron a cometer robos comunes, abuso físico, actos de pillaje, y el asesinato de nueve colonos mormones. Ni los revolucionarios ni los federales podían mantener una disciplina militar por completo, aunque Francisco Villa mandó que se ejecutara a cualquiera de sus hombres que robara en exceso, más allá del saqueo planeado de las colonias, o ultrajara a una mujer Santo de los Últimos Días. Por fin la mayoría de los colonos huyeron a los Estados Unidos.

     Mientras la revolución imponía espantosas cargas sobre los miembros de la Iglesia en la parte norte del país, a la par también desarticuló, lastimó, atemorizó y aniquiló a muchos en el centro de México. Para abril de 1911, la Revolución se había extendido en todas partes de la nación, aunque por un tiempo el territorio central fue, quizás, el menos afectado.

     Conforme continuó avanzando la Revolución por todo el país, las tropas federales y aun los rurales (policía rural: famosos durante el régimen de Díaz, el porfiriato, por sus actos de abuso y represión) empezaron a colapsar como tallos de maíz en un huracán. José Yves Limantour, el brillante ministro de finanzas de Díaz, vio lo inevitable y acordó la renuncia de Don Porfirio sin por lo menos consultarlo con él. Al mismo tiempo, continuaba el derramamiento de sangre.

     Ante los asustados diplomáticos, los preocupados hombres de negocios y los alarmados hacendados, la autoridad federal mexicana se desmoronaba y la situación de los santos del centro de México se volvió más confusa y desesperada. Como otros civiles, los miembros de la Iglesia eran afligidos no tanto por las balas y cañones como por las enfermedades, hambruna, y la exposición sin protección al medio ambiente. Aunque los misioneros extranjeros no padecieron nada de esto, sabían que podrían convertirse en blancos de asesinos debido a la naturaleza xenofóbica de algunos combatientes. A la larga, también se les obligó abandonar el país.

     En el centro de México, el vaivén entre las tropas federales y las Zapatistas aquejaron a muchas familias mormonas, incluso hasta quitarle la vida a algunos. Algunas veces, los santos no podían conservar una posición neutral, como les habían aconsejado hacer las autoridades de la Iglesia. En otras, el conflicto era usado como pretexto para arreglar viejas rencillas entre vecinos. A veces, la ayuda que los miembros brindaban a otros miembros marcaba la diferencia entre la vida y la muerte.

     Asombrosamente, la Sociedad  de Socorro a lo largo y ancho del área central de México, auxilió a los miembros de la Iglesia durante toda esta guerra civil.

     Igualmente sorprendente fue que muchas ramas continuaron en funciones; los líderes del sacerdocio hicieron lo que pudieron para proteger a los santos y cuidaron a aquellos que habían sido heridos o desplazados.

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