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La Reapertura de la Misión Mexicana en 1901

 

En 1901, Anthony W. Ivins, presidente de la Estaca Juárez en Chihuahua recomendó al presidente de la Iglesia y a los apóstoles elegir a Ammon M. Tenney para dirigir la obra misional en el sur.

 

Por el élder LaMond Tullis


     En 1874, Brigham Young dio a conocer su interés de llevar el mensaje del Evangelio a México. Durante los siguientes dos años (1875-1876) envió al país varias compañías de misioneros, exploradores y colonizadores, una de las cuales trajo a Chihuahua a lomos de caballo y mula mil quinientas copias de Trozos Selectos del Libro de Mormón. Como consecuencia, tres años después (1879), bajo los auspicios del apóstol Moses Thatcher la obra misional empezó en la Ciudad de México y sus alrededores donde se establecieron ramas de la Iglesia en la misma ciudad y en varios pueblos que rodeaban la base del Popocatépetl así como en Nopala Hidalgo.

     Cinco años más tarde (1884) se comenzó el establecimiento de colonias mormonas en Chihuahua, junto con el subsecuente refuerzo en la obra misional en el centro de México, tanto por los misioneros angloamericanos como por los mexicanos. Sin embargo, en 1889, debido a la crisis con el gobierno de los Estados Unidos, los élderes angloamericanos tuvieron que regresar a casa y los esfuerzos misionales que ellos habían patrocinado en el centro de México cesaron, dejando a los miembros mexicanos la tarea de tratar de fortalecer sus ramas y nutrir de una manera viviente el Evangelio en sus vidas.

     Después del Manifiesto de 1890, los santos angloamericanos decidieron pensar mejor en sí mismos e intentar ajustarse al dramático cambio en su vida social, una condición que les consumió su energía por una docena de años. No fue sino hasta después del cambio de siglo consideraron seriamente el hacer proselitismo en el centro de México otra vez.

     En 1901, Anthony W. Ivins, presidente de la Estaca Juárez en Chihuahua y quien había servido tres misiones en México, nuevamente dirigió su atención a los santos nativos en el centro del país y recomendó al presidente de la Iglesia y a los apóstoles elegir a Ammon M. Tenney para dirigir la obra misional en el sur.

     La Iglesia le dio mucha importancia a esta misión, igual que lo había hecho anteriormente en 1879 cuando fue encabezada por el apóstol Moses Thatcher; por lo que se hicieron los arreglos necesarios para que el apóstol John Henry Smith y el presidente Anthony W. Ivins acompañaran a Ammon M. Tenney a la Ciudad de México, tanto para hacer un diagnóstico de los problemas en la Iglesia como para ver cuántos de los antiguos miembros podrían ser traídos de vuelta al rebaño. El presidente Ivins tenía amistad personal con muchos de los miembros de sus días misionales a principios de la década de 1880 y estaba ansioso de verlos nuevamente.

     Cuando los misioneros comenzaron a hacer las rondas por algunas de las primeras ramas, descubrieron que aunque muchos miembros se regocijaban al verlos, al mismo tiempo dudaban que la Iglesia se volviera a establecer, tanto así, que varios habían hecho a un lado su membresía. A pesar de todo, durante los doce años que habían quedado paralizados los esfuerzos de los misioneros, muchos de los viejos miembros habían trabajado más allá de cualquier expectativa razonable para mantener su fe y conservar la organización de la Iglesia viva.

     Cuando los misioneros solicitaron una audiencia con el presidente Porfirio Díaz, éste expresó su satisfacción por las proezas económicas de los santos en el norte y les dio la bienvenida a la ciudad de México. Hasta que la niebla de la guerra civil se abatiera sobre la nación, era una relación que serviría bien a la Iglesia durante la próxima década.

     Después de que Anthony W. Ivins y Henry Smith regresaron a sus hogares, Ammon M. Tenney se subía a cada transporte inverosímil o caminaba a pie a donde nadie pensaría ir para visitar a todas las ramas y los miembros; para enseñar y asegurarles que la Iglesia había vuelto para quedarse. Trabajó para establecer líderes nativos en las ramas, y así lo hizo día tras día, implacable, durante casi un año; él solo, excepto cuando era acompañado por algunos hermanos locales quienes había llamado a misiones de corto plazo: Lino Zárate, Julián Rojas, Juan Méndez, Simón Zúñiga, y un hermano Camacho. Otros pronto se unieron: Ángel Rosales, Margarito Bautista, Jacobo González, y Juan Mairet, el hijo de una familia suiza que un americano llamado H. L. Hall había traído a la Iglesia.

     A partir de entonces surgieron cinco actividades consistentes: la incorporación de misioneros de las colonias en el norte y los EUA; el desarrollo del liderazgo local en las ramas; la atención continua de los líderes en las colonias y Salt Lake City al nuevo esfuerzo misional; los fuertes intentos para recuperar a los miembros perdidos que habían sido abandonados; y, como una consecuencia de los exitosos esfuerzos misionales, un exhaustivo trabajo para integrar a nuevos miembros al redil. Así el trabajo progresó y se desarrolló hasta el estallido de la Revolución de 1910-1920.

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